La cuestión es, ¿hay algo en el mundo que sea imposible comprar? En la velocidad desbordante de la sociedad contemporánea, la respuesta puede aterrarnos porque así como es posible comprar una blusa, también es posible comprar un ser humano, a él y a su cuerpo. Los límites entre lo que está o no al alcance del dinero son ambiguos y tenemos ante nosotros una barrera fácil de derrumbar.
Christine lo sabe. Lo tiene perfectamente claro. Ella y su cuerpo joven representan un estatus, una ganancia, una profesión. Ella, Christine Reade (Riley Keough) es una estudiante de derecho que, absorbida por la competitividad laboral y las carencias económicas, ingresa a una pasantía en un prestigioso bufete de abogados pero, al mismo tiempo, accede al mundo de las escort de alto nivel en Nueva York.

Aunque el planteamiento inicial de The Girlfriend Experience (Starz, 2016) parece provenir de la convencionalidad del drama promedio, hay un sello único y distintivo en su manufactura que la convierte en una serie que explora, con elegancia e inteligencia, el espacio en blanco que significa vivir en una sociedad cada vez más difícil de comprender. Como adaptación de la película de 2009 con el mismo nombre y dirigida por Steven Soderbergh, el producto televisivo adquiere su vida propia y del trabajo cinematográfico inicial sólo recupera el nombre de la protagonista y la línea discursiva en donde la relación cuerpo-dinero es evidente.
Liberada del peso de su antecesora, esta serie compuesta por 13 capítulos, con una inusual duración de 27 minutos cada uno, construye diversas capas de lectura en donde el tema de la prostitución es sólo la excusa para entretejer una extensa red de situaciones contextualizadas en el monstruoso juego de poder entre grandes empresas y la ley de la oferta y demanda; sin embargo, lo que logran sus directores, Amy Seimetz (Sun don’t shine, 2012) y Lodge Kerrigan (Rebecca H. Return to the dogs, 2010), es insistir en el mundo de Christine, insistir, sin preámbulos, en lo femenino.
Gracias a este interés de Seimetz y Kerrigan, en complicidad con el genio fotográfico de Steven Meizler (Rescatando al soldado Ryan, La lista de Schindler) y la música compuesta por Shane Carruth (sí, el director de Upstream Color, 2013), crean un armado de sofisticadas escenas en donde la vida en la gran ciudad es representada y vivida, paradójicamente, en espacios cerrados y asfixiantes como los cuartos de hotel, los restaurantes o los vehículos lujosos. En cada capítulo, Meizler y Carruth acompañan la inexpresividad de Keough con un desfile de encuadres que juegan con los reflejos, la simetría, los colores fundamentalmente fríos y un diseño sonoro enigmático, denso.
Austera desde el número de personajes, locaciones e incluso también percibido en la vestimenta de Christine (vestidos negros, maquillaje discreto), el trabajo de ambos directores ofrece un sugestivo collage de imágenes con alto contenido erótico, complementadas por la absorbente vida citadina y que capítulo a capítulo, los directores imprimen su estilo para que el espectador perciba, desde diferentes aristas, la evolución de la protagonista.
En estos estilos y aristas, las relaciones alrededor de Christine llegan a un punto de quiebre cuando los juegos de poder se transforman en un tedioso juego de apariencias: desde lo laboral con su jefe, David Tellis (Paul Sparks), hasta lo familiar con Annabelle (Amy Seimetz), su hermana. En esta frágil estabilidad, Christine debe lidiar con situaciones límite como corrupción, celos, obsesiones pero que, al final hacen de ella una mujer que explota sin prejuicios la sexualidad y el flujo económico y de control que desprende su cuerpo.
El rasgo distintivo de The Girlfriend Experience y que probablemente la aleja de otras producciones televisivas como Secret Diary of a Call Girl (ITV2, 2007) o El negocio (HBO, 2013) con historias vistas desde el glamour, o de otras series como Matrioshki (beTV, 2005) en donde la miseria y el horror son elementos esenciales para lograr la esencia del drama como género, es, sin duda, ella, su protagonista: Christine Reade, la personificación del desapego, de la ausencia, del distanciamiento que ha definido a la condición humana en las últimas décadas.
La actuación de Keough es desconcertante por una imperturbabilidad que arroja más interrogantes que respuestas. El binomio Reade-Keough es poseedor de una habilidad camaleónica que se adapta a la ficción (sus clientes) y a la realidad (el espectador) y, gracias a ello, la imposibilidad de descifrarla como protagonista, como ser humano y como mujer, se convierte en un elemento profundamente seductor.
Así, The Girlfriend Experience adquiere una dimensión veladamente maquiavélica y fascinante pues en esta comunión entre las dos representaciones comunes del mundo de las escorts es -y que en ese sentido, quizá haya una aproximación más justa con Jeune et jolie (2013) de François Ozon- lo que permite contextualizarla mejor, construir una conexión inmediata con el televidente y vislumbrar el sinsentido que experimenta Christine en un mundo en donde lo monetario es tan asediado y posible que se convierte en accesorio.
¿Qué rol jugará hoy Christine? ¿Qué fantasía cumplirá? ¿A quién escuchará devotamente después de guardar dos mil dólares en su bolsa de diseñador? Y entonces, ante cualquier duda, ella nos dice: “Todo el mundo paga para estar en todas partes. Se llama economía. Estoy vendiendo, sí, pero yo sé exactamente lo que vendo y ellos saben exactamente lo que están comprando”: el cuerpo como objeto, el cuerpo como mercancía pero también el cuerpo como poder. Así, Christine entiende que ella posee algo valioso, asediado, peligroso. y que al asumirse como una profesional independiente, perpetua la desmitificación sobre lo que hay alrededor del cuerpo femenino. Lo dice a su hermana: ella es así porque le gusta, porque lo necesita y porque nada puede cambiarlo.
Lo que logra The Girlfriend Experience es parte de un fenómeno televisivo (como lo hecho The Leftovers, Flaked e incluso Mad Men) que se sale de las narrativas convencionales para instalar un discurso que cuestiona las estructuras humanas más arraigadas a nuestra sociedad: el desencanto disfrazado de poder o el poder disfrazado de desencanto.
Christine desabrocha su bata y comienza a masturbarse, en su cara no hay placer y su mirada se dirige al vacío. Ordena, pide silencio, ahora ella es capaz de dirigir el placer de alguien más y contener el suyo porque sabe que para ser alguien, hay que asumir otra identidad, desdibujar los sentimientos y confirmar que todo, absolutamente todo es posible comprar en este mundo.
Excelente articulo, los que gustamos de leer alguna vez en nuestra vida hemos experimentado el placer de la abstracción que nos brinda el silencio entre lecturas.