El piso faltante

tambien-berlin-se-olvida

Presentamos “El piso faltante”, texto incluido en También Berlín se olvida (Sexto Piso, 2015) de Fabio Morábito. “Como si a través de la escritura buscara descifrar un enigma elusivo, la mirada de Morábito divaga por los más minúsculos y aparentemente nimios resquicios, retratando la ciudad a la manera de un mosaico fragmentario, aproximándose a su propia fantasía de que el tren elevado conocido como S-Bahn transitara por el interior de las moradas berlinesas.”


Hay ciudades vertebradas e invertebradas. Berlín es del segundo tipo. Es la ciudad más extendida de Europa (seis veces más que París), porque creció en medio del agua, por ello no es fácil hacerse una idea clara de Berlín aun desde su punto más elevado, el mirador de la Torre de Comunicaciones de Alexanderplatz. Desde ahí se observa una urbe borrosa, que no acaba de cuajar, con huecos desalentadores. Tanta agua, sin convertir a Berlín en otra Venecia ni proveer la ciudad de un río célebre, le otorga un algo de torpeza adolescente y de índole abierta al imprevisto. Al igual que los adolescentes, que suplen su cara imprecisa con un exceso de disponibilidad, Berlín transmite una sensación mezclada de desolación y de fuerza, de rudeza y de fragilidad. Formada por la unión de distintos pueblos, como la ciudad de México, hay en ella algo inarticulado que nos hace dudar de hallarnos en una gran urbe. Ahora que ya no hay un Berlín occidental y otro oriental, que polarizaban y simplificaban la visión de la ciudad, uno se da cuenta de que Berlín es varios Berlines y quizá sólo el S-Bahn, el tren suburbano, es capaz con su trayecto elevado de fundirlos líricamente, creando un Berlín unitario. Los edificios de departamentos, la mayoría de ellos de cuatro pisos (cinco, si contamos la planta baja), dan la impresión de haber renunciado a una verdadera elevación un peldaño antes de alcanzarla, como si les faltara un piso para acceder a una altura moderna, y a esto se debe una sensación general de opacidad, de falta de coronación y de brillo, en que el agua de Berlín, estática y perdediza, juega un papel preponderante. La escasa costumbre que tienen los berlineses de asomarse a pesar de la abundancia de balcones y de márgenes lacustres, responde tal vez a esa misma frugalidad que los hace poco propensos a demorarse en los bordes y las orillas, y quizá el escaso o nulo maquillaje de las berlinesas se deba a lo mismo. Hay como un rechazo al lustre, al revuelo, al énfasis, que acaba por otorgar a la ciudad un aspecto de perpetua periferia. En cierto modo moverse por Berlín es trasladarse de una periferia a otra y Berlín es la prueba de que una gran ciudad puede ser la suma de sus periferias. No es raro, al viajar por él, cruzar por páramos desérticos, arenales, descampados y pequeñas tundras. Estos vacíos forman parte del alma de la ciudad, acostumbrada a ser interrumpida por el agua, por el bosque, por el Muro cuando había Muro, por las grandes obras de construcción después de la caída del Muro, que en cierto modo lo sustituyeron, y por los Kleingärten, aquí más numerosos que en otras partes de Alemania. Berlín da la impresión de recomenzar continuamente y los berlineses, en efecto, poco dados a entretenerse en los balcones y en los puentes del río, se arremolinan con gusto para observar cómo se levanta un nuevo edificio. En tarimas que se colocan a un lado de las obras de mayor envergadura, la gente contempla arrobada el movimiento bullicioso de la construcción, sobre todo cuando la lucha con la tierra es todavía visible. Lo que en otras partes es una actividad que se trata de ocultar o a la que no se concede el menor glamour, aquí se vuelve un acontecimiento público y llama la atención ver a señoras elegantes y envueltas en costosas pieles que paradas en esas tarimas se recrean con el espectáculo de grúas y excavadoras. Esas obras se han vuelto el segundo rostro de Berlín, y acentúan su carácter inconcluso. Una ciudad nacida en medio del agua, reumática, que soporta el agua sin fundirse con ella y que no recibe del agua ninguna inspiración ni lección memorable, está condenada a asimilarla en dosis intermitentes, y de ahí el aire de perpetua inmadurez de esta ciudad, donde se alternan rigidez y anarquía, severidad y candor. Por ello habría sido mejor no convertir a Berlín en la nueva capital de Alemania y perpetuar su papel de capital moral, de capital incómoda, más acorde con su destino de penúltimo peldaño antes de la cima, penultimidad en que reside gran parte de su secreto. Ahora quizá sólo un puerto, un gran puerto de tierra adentro, una suerte de obra en permanente construcción como son los puertos, podría salvar a Berlín de convertirse en una ciudad adulta y reluciente. Con un gran puerto fluvial Berlín conservaría su sello de ciudad inacabada, su rostro anómalo de ciudad no acuática pero proliferante de orillas; ciudad dispersa y dubitativa, con algo de hamletiano. En este sentido la proliferación de grúas que llegó a ser en algún momento su paisaje más característico, el tono más constante de su cielo, esa multitud de grúas como el coro de una tragedia griega, que sugería una ciudad en permanente avería, retrató su temple como ningún símbolo o monumento habían logrado hacerlo antes.

Fabio Morábito
Escritor. Ha publicado: Lotes baldíos, De lunes todo el año, Alguien de lava, Caja de herramientas y El idioma materno, entre otros libros.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Ciudad de libros