El pensamiento mágico contra el “enemigo invisible”

Las expresiones del pensamiento mágico abundan en el mundo contemporáneo y se han multiplicado durante la pandemia. Desde políticos que muestran públicamente sus escapularios hasta sectores de la población que atacan al personal de salud. La mayoría de nosotros tampoco puede negar mencionar a veces la “mala suerte” o la “buena fortuna”. Nadie está exento de caer en las lógicas específicas del pensamiento mágico, lo cual, como nos lo muestra este ensayo desde el punto de vista de la antropología, ofrece interesantes enfoques sobre nuestras maneras de entender el mundo y sobrellevar la angustia.

En estos meses de pandemia vimos a un jefe de estado protegerse del coronavirus con un “detente” del Sagrado Corazón y otros amuletos que guarda en su cartera. Vimos también a varios otros presidentes declarar un estado de guerra contra el virus, dispuestos a enfrentarse a un “enemigo invisible”. También nos encontramos a un pastor evangélico que sopla “el viento de Dios” para ahuyentar la enfermedad de las casas de sus fieles. Semejantes expresiones excéntricas —por decir lo menos— al igual que otras recetas y productos milagro que se anuncian como medida eficaz para combatir la epidemia, se multiplican en la sociedad conforme se extiende la emergencia. Por supuesto, no son nuevas ni se acabarán junto con el dichoso virus.

El tema de la “magia” ha sido uno de los objetos de estudio predilectos de la antropología, enfocada en explicitar un tipo de razonamiento distinto al analítico e “hipotético-deductivo”. Para autores clásicos de la disciplina como James George Frazer, Bronislaw Malinowski y Marcel Mauss reflexionar sobre la magia fue una oportunidad para indagar en los límites entre la religión y la ciencia, para explorar las fronteras entre la creencia y la técnica.

A inicios del siglo XX el análisis del pensamiento mágico procedía de una visión histórica evolucionista: las sociedades transitaban de la etapa de la magia a la etapa de la religión para finalmente llegar a la ciencia. Se explicaba así el desarrollo de la humanidad: de una causalidad mágica a una causalidad experimental.

En su “Esbozo de una teoría general de la magia”,1 Marcel Mauss y Henri Hubert muestran cómo el calificativo “mágico” se atribuye a grupos sociales específicos en función no de sus cualidades individuales, sino de los sentimientos que despiertan en la sociedad. Por lo común, se trata de enfermos, mujeres, extranjeros o de ciertas profesiones en contacto con residuos del cuerpo, como médicos o sepultureros.

Asimismo es frecuente que el calificativo “mágico” se asigne a grupos subordinados: los colonizados recurren a la magia, en cambio los colonizadores hacen uso de la razón. En este sentido, las acusaciones contra las supersticiones toman a veces la forma de una denuncia en contra de una falsa religión, o como lo describe Mauss para la Europa medieval: “la herejía hace la magia”.

En su artículo Mauss y Hubert definen la magia como “un sistema de inducciones a priori operadas bajo la presión de la necesidad”. El pensamiento mágico busca panaceas con propiedades misteriosas cuya eficacia reside en energías espirituales escondidas, inestables y violentas. En este registro todo está conectado: el individuo representa al grupo, lo animal se substituye a lo humano y fuerzas invisibles actúan sobre el mundo perceptible. La magia es una cuestión de fe, de creencia en poderes que actúan en un mundo separado pero superpuesto al de la realidad empírica.

Para la experimentación mágica, las coincidencias fortuitas son normales y los hechos contradictorios son negados. Se establece así la creencia unánime en la verdad de ciertas ideas y en la eficacia de ciertos gestos. En la magia no hay intervalo entre el deseo y su realización: “la asociación subjetiva de ideas lleva a concluir una asociación objetiva de los hechos, los vínculos fortuitos del pensamiento equivalen a los vínculos causales de las cosas”.

La magia es un “juego de juicios de valor”, una serie de aforismos sentimentales que atribuyen propiedades a cualquiera de las cosas que componen nuestro mundo. Son categorías del pensamiento colectivo que juzgan, clasifican, separan, unen, establecen fronteras y límites. El pensamiento mágico se basa en analogías, metáforas y personificaciones. Sus asociaciones de ideas son también preceptos imperativos. Se establece así un prejuicio según el cual el signo crea la cosa, la parte actúa sobre el todo y la palabra provoca el acontecimiento. La creencia en la magia surge de una necesidad colectiva, de deseos unánimes que sugieren a todos un mismo fin. Esto pasa, según Mauss, porque “la sociedad se paga siempre a sí misma con la falsa moneda de sus sueños”. Detrás de cada mago yace la ansiedad del pueblo y “la idea alucinante de una meta común”.

Ahora bien, la idea de contagio es uno de los elementos fundamentales que los autores clásicos de la antropología identificaron dentro del pensamiento mágico. En un inicio, los antropólogos describieron el funcionamiento de las prácticas mágicas en función de lo que llamaron las leyes de simpatía. Estas leyes de contigüidad, similitud y contraste se definen de la siguiente manera: las cosas en contacto permanecen unidas, lo similar produce su similar, y el contrario repele a su contrario. La magia postula que fuerzas y propiedades se transmiten por contagio, por contacto, por continuidad. El contagio no se limita a la enfermedad, se contagia del mismo modo la risa y el bostezo, se transmite la buena y la mala suerte, se propaga la ansiedad y la esperanza.

Algo de este pensamiento se manifiesta en los discursos del presidente en sus giras por el país. Al inicio de la pandemia López Obrador no podía dejar de saludar a sus seguidores. El político sigue actuando como si su honestidad, su carisma, su fuerza moral, su “maná”, debiera propagarse por el territorio. El presidente “lleva” la transformación, cree que su entusiasmo es contagioso y necesario para cambiar a la nación. En sus mítines repite frases del tipo “se acabó la corrupción”, afirmaciones con sabor a enunciado mágico, exorcismos, hechizos que buscan provocar su efecto por simpatía, como si describir el acto alcanzara para producirlo, como si expresar el deseo bastara para cumplirlo.

Siendo justos lo mismo sucede con ciertos opositores que esperan que el régimen caiga por la fuerza de sus gritos en las calles, o de sus mensajes en las redes sociales. Nos pasa a todos cuando repetimos internamente “no te va a pasar nada” o imploramos en secreto a cualquier fuerza superior, como la buena suerte, que nos proteja. Ni siquiera tenemos que pronunciar estas palabras mágicas ya que, como apunta Mauss, “el silencio aparente no impide el hechizo sobreentendido que es la conciencia del deseo”.

Ilustración: Víctor Solís

La magia nos atrae y fascina. También nos repugna y alimenta las quimeras que habitan nuestro espíritu. Cuando aumenta la incertidumbre también incrementa nuestra propensión a recurrir a poderes mágicos. Hacemos confesiones de impotencia al descubrirnos frágiles y vulnerables y lanzamos súplicas a entes capaces de salvarnos. Por esto nos entregamos a figuras de autoridad, a dioses o demonios, a los designios del destino o de la fortuna, incluso cuando estamos acatando las medidas científicas sanitarias.

Por otro lado, hemos visto también que la angustia del contagio también provoca cacerías de brujas. Al inicio de la emergencia, cuando la epidemia asolaba China, las personas con rasgos orientales se volvieron sospechosas de cargar el virus. Podríamos suponer que esta intuición mágica se explica por la ley de contigüidad. Sin embargo, se trata más bien de un claro ejemplo de la ley de similitud. Si el virus está en el todo (un área geográfica) entonces también está en sus partes (su población); y a la inversa, si la enfermedad está en una de sus partes (habitante de una región) también lo está en el todo (la población que se le asemeja).

Los mecanismos de las leyes de simpatía operan también en los nefastos ataques que han ocurrido contra el personal de salud en México. El atacante puede considerar que una persona que estuvo en contacto con el virus nunca deja de estarlo. Pero no sólo eso. Hay aquí una manifestación de la ley de contraste: el uniforme del personal hospitalario, símbolo de salud, termina representando lo contrario. Así, el agresor cree combatir la enfermedad, como si estuviera deteniendo la tormenta con fuego. Estas actitudes que parecen ilógicas son en realidad analógicas y operan en contextos de gran incertidumbre y ansiedad.

En momentos de anhelo colectivo, los magos adivinan, predicen, y diagnostican la fuente de los infortunios. A pesar de sus diferentes técnicas y diversos grados de eficacia, en la mayoría de las sociedades hay personajes de este tipo, cuya función es la gestión de la incertidumbre. Antaño, estos especialistas interpretaban las entrañas de los animales sacrificados y los movimientos de los astros; ahora interpretan datos, curvas gráficas y elaboran modelos predictivos. Las características compartidas con los adivinos podrían explicar la importancia actual de economistas, meteorólogos y epidemiólogos, expertos que vislumbran el futuro, anticipan comportamientos, identifican causas y proponen soluciones, marcan las fases y los pasos a seguir frente al desastre. Las predicciones de nuestros expertos actuales han llegado a un extraordinario grado de precisión, desafortunadamente esto no significa que sean absolutamente certeras —ni asegura que las autoridades responsables las consideren al tomar sus decisiones.

El sociólogo Max Weber, quien falleció víctima de la epidemia de influenza hace exactamente un siglo, compara el proceso de racionalización que se extiende por todos los rincones de la vida a un “desencantamiento del mundo”.2 Este término describe a una sociedad moderna, secular y burocrática en la cual se valora más la comprensión científica que la creencia. El término “desencantamiento” tiene dos consecuencias en la teoría de Weber. En primer lugar la de una desacralización, una pérdida de valor de las explicaciones místicas o mágicas. La racionalización permite así liberar al individuo de antiguos vínculos y organizar eficazmente a la sociedad. A nivel individual, la racionalización creciente no trae consigo un mayor conocimiento de las condiciones de nuestra vida ya que implica la especialización y por lo tanto la “renuncia a la universalidad fáustica”.3 Esta racionalización sólo significa que los poderes ocultos e imprevisibles ya no entran en juego en la explicación del mundo: ahora confiamos en que especialistas serán capaces de resolver cualquier problema mediante el cálculo y la previsión.

El “desencantamiento” evoca también una desilusión, una pérdida de rumbo: “Las ciencias, si algo hacen, es hacer extinguir radicalmente la fe en que pueda haber cosa así como un sentido del mundo”. Para Weber se crean así las condiciones de un nuevo politeísmo en el que “dioses antiguos, desmitificados y convertidos en poderes impersonales, salen de sus tumbas” y surgen nuevos profetas que pueden regresarnos en silencio “al ancho y piadoso seno de las viejas iglesias”. También se corre el riesgo de que una racionalización desprovista de ética lleve a una lucha cuyos sobrevivientes serán “especialistas sin espiritualidad, hedonistas sin corazón”. De manera que la racionalización no brinda únicamente aspectos positivos: Max Weber anticipa el peligro de una organización burocrática y controladora que encierre a los individuos en un “caparazón duro como el acero”.

El miedo y la angustia hoy tan omnipresentes se deben no sólo a que la pandemia amenaza nuestras vidas, sino porque cimbra nuestros sistemas clasificatorios, replantea las fronteras de nuestro entendimiento, interroga los límites del cuerpo y cuestiona la precisión de nuestros modelos predictivos.

A diferencia de la magia que opera en situaciones de vida o muerte, la ciencia necesita tiempo para comprobar sus resultados. Las disciplinas científicas basan su autoridad en estándares probatorios y en la constante evaluación por los pares. Las controversias en el campo científico tardan años o incluso décadas en resolverse. Eso explica por qué, en lo que llega la certidumbre de las soluciones autorizadas, muchos acuden a cualquier mecanismo reconfortante.

El pensamiento mágico puede representar un alivio en este sentido; al buscar soluciones en fuerzas espirituales y misteriosas encontramos formas imaginativas de sobrellevar la angustia. Sin embargo, este reflejo puede ser un arma de doble filo: la pandemia nos ha mostrado que el miedo a un “enemigo invisible” puede alimentar instintos violentos en la población y le allana el camino a políticos demagogos y científicos charlatanes. Cuando el mundo pierde su sentido, como apunta Weber, “no basta con esperar y anhelar”,4 es necesario actuar para mejorar las condiciones de nuestra vida. Si algún día nos acercamos a esta utopía de una mejor sociedad, tal vez diremos como Fausto al perder su apuesta con el diablo: “detente ¡eres tan bella!”

 

Marcos García de Teresa
Doctor en Antropología por la UAM-Iztapalapa y la EHESS en París.


1 “Esquise d’une théorie générale de la magie” es un artículo de Marcel Mauss y Henri Hubert publicado originalmente en l’Année Sociologique (1902-1903).

2 En La ética del protestantismo y el espíritu del capitalismo (1904-1905) y en El político y el científico (1917-1918).

3 José M. González García, “Herencias de Goethe en el pensamiento contemporáneo”.

4 Es la conclusión del ensayo “La ciencia como vocación” en El político y el científico.

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Publicado en: Con guante blanco