El penacho en disputa: la repatriación más allá de gestos “decoloniales”

El siguiente ensayo reanima el debate acerca de la repatriación del patrimonio histórico. Su enfoque critica planteamientos recientes, como los del libro The Contested Crown, basados en la culpa histórica y en intentos académicos, mal informados, guiados por la corrección política.

Gran parte de la literatura sobre la repatriación de colecciones y piezas de los museos se ha centrado en las denuncias de los estados-nación poscoloniales y en los reclamos de comunidades indígenas en contextos colonizados, como en Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. América Latina, sin embargo, ha estado bastante ausente en este debate. Los pocos casos de repatriación latinoamericanos han sido negociados entre museos y coleccionistas privados que han regresado escasos objetos a sus países de origen por buena voluntad. Sin embargo, no han sido en su mayoría producto de una política contundente de restitución dirigida por los estados. Además, son realmente exiguos los casos en los que artefactos y restos humanos hayan sido devueltos a las comunidades de las que fueron extraídos y no a los gobiernos nacionales a través de sus instituciones dedicadas a administrar el patrimonio. En 2022, en un acto de reconocimiento y restitución sin precedentes para cualquier nación latinoamericana contemporánea, el Museo Nacional de Historia Natural de Chile devolvió un moai, uno de los monumentos de piedra icónicos de Rapa Nui, a la isla.

En México, pero también en otros contextos nacionales de la región, el escaso debate en torno a la propiedad de objetos de colecciones hechas por comunidades y personas indígenas se debe en gran parte al poderoso legado del indigenismo como política para la creación del estado-nación, legado que justificó la apropiación de manifestaciones y objetos culturales indígenas para beneficio nacional. Si bien el presidente actual así como sus antecesores han reclamado el regreso de piezas consideradas patrimoniales a México —notablemente con la actual campaña #MiPatrimonioNoSeVende—, sólo se han logrado repatriar un puñado de piezas importantes, como los murales Teotihuacanos del Museo De Young en San Francisco y el relieve de Placeres del Museo Metropolitano en Nueva York, ambos recuperados hace varias décadas y actualmente expuestos en el Museo Nacional de Antropología (sin ninguna cédula que dé cuenta de ello, por cierto). La gran mayoría de las piezas repatriadas en tiempos recientes han sido menores: colecciones de figuritas y tepalcates devueltos por sus dueños mediante gestos de buena voluntad y no a raíz de un proyecto real de la Secretaría de Cultura para asegurar el patrimonio mexicano, disperso en muchos museos que históricamente nutrieron sus salas y bodegas de extractivismo y saqueo en tierras mexicanas.

Copia del Penacho de Moctezuma conservada en el Museo Nacional de Antropología e Historia, Ciudad de México. Fotografía de: Thomas Leddi, con licencia de Creative Commons CC BY-SA 4.0
Copia del Penacho de Moctezuma conservada en el Museo Nacional de Antropología e Historia, Ciudad de México. Fotografía de: Thomas Leddi, con licencia de Creative Commons CC BY-SA 4.0

#MiPatrimonioNoSeVende ha sido más bandera demagógica dirigida sobre todo a casas de subasta que un real esfuerzo de recuperación de la enorme cantidad de piezas en colecciones internacionales que en verdad deberían de volver a México. Mediante notas y conferencias de prensa cada vez más frecuentes, el INAH y la Secretaría de Relaciones Exteriores —que ha movilizado a varios de sus agentes consulares para organizar estas repatriaciones— anuncian como grandes triunfos la recuperación de cientos o miles de piezas. Sin embargo, no queda claro qué destinos, ni qué fines tendrán estas piezas en los museos del INAH, cuyas bodegas están de por sí saturadas de objetos costosos de resguardar y pocas veces disponibles para que los estudien los especialistas, y mucho menos expuestos para un público más amplio. De hecho, muchos museos fundados para resguardar el patrimonio arqueológico de México, tanto nacionales como regionales y de sitio, están en condiciones muy precarias o de plano han tenido que cerrar, con presupuestos cada vez más reducidos para llevar a cabo sus actividades básicas de conservación y divulgación.

Con este telón de fondo, el libro The Contested Crown (2022), de Khadija von Zinnenburg Carroll, es un bienvenido análisis de cómo los debates y las reivindicaciones suscitadas por las repatriaciones en todo el mundo ––desde los bronces de Benín hasta los objetos tonga maorí, pasando por el saqueo nazi–– podrían llevar a las instituciones europeas a tomar medidas para la restitución de sus posesiones de las Américas. El caso de estudio escogido por Carroll, el famoso Penacho de Moctezuma, es especialmente oportuno para pensar en estos debates. El primer registro del Penacho que llegó a Europa mediante una serie de intercambios, lo ubica a finales del siglo XVI entre las colecciones del castillo de Ambras, en Innsbruck  –que perteneció a los Habsburgos, los antepasados de la autora, como se revela en la introducción. El Penacho se incorporó posteriormente al Museum für Völkerkunde de Viena, que acabó convirtiéndose en el Weltmuseum Wien. Durante dos siglos, el Penacho ha sido objeto de controversias no resueltas para determinar si en realidad perteneció al último emperador azteca; si es que fue robado o regalado y por quién; si más bien era un tocado, un manto, una corona, u otra forma de insignia; e incluso si el artefacto que aún sobrevive puede considerarse azteca, dados los numerosos retoques a los que ha sido sometido a través de los siglos.

El libro de Carroll, sin embargo, no pretende ser un estudio a profundidad de esta fascinante historia, sino una reflexión personal que toma como pretexto el Penacho y su localización en una colección europea para criticar las historias coloniales en las que la propia autora está implicada. Como descendiente de la nobleza habsburga, su conexión familiar con el castillo de Ambras y, por tanto, con el primer hogar europeo conocido del Penacho, es fundamental para su investigación. El libro defiende un conjunto de imperativos morales que, Carroll sostiene, deberían regir el actuar de museos europeos: creados de la mano del colonialismo, estos —argumenta la autora— pueden empezar a enfrentar y corregir, hasta donde sea posible, su legado colonial mediante una política de repatriación. Esto debería ocurrir independientemente de si la procedencia o contexto original de extracción de los objetos pueden ser documentados. La autora se apoya en su historia personal y en una narrativa con aires poéticos para proponer respuestas emocionales a la violencia colonial, exponiendo una ética de la repatriación que no se base “únicamente en hechos científicos” (p. 25).

La transparencia de Carroll acerca de sus conexiones familiares con el caso es una estrategia loable para enmarcar de forma reflexiva el libro y sus afirmaciones. Sin embargo, en lugar de ofrecer un acceso privilegiado a los archivos familiares, entabla conversaciones más bien superficiales con historiadores (no identificados) que han documentado esa historia. Esto sirve para insinuar lo que ella, sorprendentemente, imagina como historias paralelas de despojo a las que se enfrentan su propia familia y el Penacho. En sus propias palabras:

Este es un proyecto sobre el proceso de recuperación de la historia familiar y los objetos que la encarnan. La confusión y la vergüenza de no poder responder a las preguntas de un experto en historia sobre algunos episodios familiares del siglo XVI es el mismo problema al que se enfrentan los mexicanos cuando se les pide que expliquen las generaciones entre Motecuhzoma y ellos mismos. (p. 43)

Más allá de lo problemático que resulta comparar los esfuerzos de la nobleza europea para reconstruir sus historias familiares y los del pueblo mexicano para lidiar con los perdurables legados del colonialismo, Carroll procede a comparar la experiencia mexicana con otras historias de violencia, exterminio y robo, al dedicar dos de los siete capítulos del libro a los casos de arte saqueado por los nazis. En base a estas prácticas codificadas, propone un modelo posible, un protocolo a seguir basado en la ética para el retorno de objetos que fueron llevados a Europa mediante procesos de desposesión violenta. Sin embargo, lo que podría haber sido una interesante exploración histórica de la política cultural de los museos en la Austria de los años 1930 y 1940 y sus efectos, y del lugar particular que ocupó México en ese paisaje político a través de su postura en estos años de la segunda guerra mundial, se convierte en una digresión que aplana especificidades históricas y regionales.

También hay una contradicción fundamental en el libro de Carroll respecto a lo que podría haber sido su argumento más interesante y provocador. En el capítulo 4, “Lo real y la réplica”, muestra la rica historia de las reproducciones del Penacho —en la danza y el espectáculo, en las instituciones del patrimonio mexicano— para desafiar el interés mundial de los museos por los “originales” auténticos y singulares, y opta así por defender el poder afectivo de las réplicas y las repeticiones. Sin embargo, la insistencia del libro en el regreso del Penacho que se encuentra en Viena acaba por consolidar la lógica preservacionista de las instituciones patrimoniales, pues subyace la creencia en la fuerza de un Penacho original o “real”.

Por mucho que uno esté de acuerdo en que el regreso del Penacho sería un acto político importante, la repatriación necesariamente implica cuestiones pragmáticas. Hay breves instancias en las que Carroll reconoce que su devolución no sería una tarea sencilla: “el patrimonio nacional de propiedad estatal como el Penacho es mucho más difícil de repatriar debido a la falta de procedencia y a la cuestión de si debe mantenerse en el Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México” (p.172). Pero nunca se aventura a explorar exactamente hacia dónde, a quiénes, ni cómo podría tener lugar esta repatriación. Para muchas comunidades de México, por ejemplo, los objetos resguardados por el Museo Nacional de Antropología son también producto de relaciones coloniales y del despojo forzado por el Estado, que se naturaliza por la legislación patrimonial del gobierno mexicano, y niega sus propios legados coloniales internos.

Carroll ofrece testimonios de un puñado de individuos que ella perfila como “la perspectiva mexicana” (p.177), con lo cual reduce la diversidad de opiniones de los mexicanos al respecto. Por ejemplo, califica como “desleal” (p.123) la perspectiva de una restauradora mexicana que no coincide con su visión, sin interés alguno en las motivaciones detrás de esa opinión diferente a la suya. En una comunicación personal con quien hace esta reseña, la restauradora mexicana María Olvido Moreno Guzmán —a quien Carroll nunca entrevistó—, que junto con su homóloga austriaca Melanie Korn fue responsable del estudio y la restauración binacional del Penacho entre 2010 y 2012, insistió en que el equipo estaba preocupado por el posible movimiento que podría afectar al artefacto y no por su viaje per se. Diseñar los medios para transportar el Penacho sin someterlo a vibraciones que acelerarían su deterioro estaba en manos de ingenieros, no de restauradores leales o desleales. No obstante, para Moreno Guzmán la restitución más importante puede ser ni siquiera la del artefacto, sino la del conocimiento adquirido al estudiarlo, que hizo visibles por primera vez las técnicas y tecnologías indígenas que se usaron para su creación. Devolver estos conocimientos a las numerosas comunidades que todavía trabajan con plumas, tanto para artesanías como para rituales, sería otro tipo de restitución. La restitución también podría implicar un proyecto multinacional para restaurar los ecosistemas casi destruidos donde habitan el quetzal y otras aves, cuyas plumas se utilizaron para el Penacho. De nada de esto habla Carroll.

Más allá de su desinterés por la complejidad de las perspectivas mexicanas, el libro de Carroll está plagado de errores fácticos que van mucho más allá de una edición descuidada. Por ejemplo, aparecen los presidentes de México Lázaro “Cárdena” (p. 161) y “Filipe Calderon” (p. 99); lugares ficticios como el “Palazzo” Nacional (p. 118); también confunde el estado-nación moderno con el antiguo Imperio Azteca —este último sólo ocupaba una fracción de lo que hoy es México (p. 3). La autora se equivoca, además, al decir que el Penacho mide tres metros por cuatro, más del doble de su tamaño real (p. 14).

Más preocupante aún es el desinterés de Carroll por los estudios sobre coleccionismo mexicano, en particular estudios escritos y publicados desde México, con una perspectiva local y situada, muchos de los cuales se han publicado también en inglés y en otros idiomas (para los que no leen español). Por ejemplo, las publicaciones de Laura Cházaro, Frida Gorbach, Haydeé López Hernández, Federico Navarrete, Johannes Neurath, Mario Rufer y Adam Sellen, entre otros. Los nombres de los escasos estudiosos con quienes Carroll pretende dialogar son confusos y a veces irreconocibles: Miruna “Archim” (Achim) (p. 199, p. 213, p. 215), “Vincent” (Rubén) Gallo (p. 218), Carla “Herrara Pratts” (Herrera-Prats) (p. 199), y un “experto llamado Motecuhzoma” (p. 215) en lugar de Eduardo Matos Moctezuma —uno de los arqueólogos más importantes de México que por cierto acaba de ser galardonado con el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales. Carroll presenta a la restauradora Lilia Rivero Weber (a la que se refiere también como Lilia “Rivera”) como la directora del INAH (p. 47). Y agradece a una Sandra “Rozenheim” (p. 199), que supongo que soy yo —porque un apellido judío puede ser igual a cualquier otro. Pero bueno, los errores suceden. Sin embargo, esta larga lista de erratas revela el desinterés de la autora por entablar un verdadero diálogo con interlocutores en México. Entonces, ¿hasta qué punto puede el lector tomarse en serio los argumentos éticos de Carroll sobre la necesidad de “descolonizar” los museos europeos cuando su propia política de citación vuelve a establecer las mismas relaciones de poder epistémicas y coloniales?

Carroll no es la primera que aboga por la devolución del Penacho. Varios presidentes —incluido el actual—, artistas y activistas mexicanos han solicitado al gobierno austriaco su repatriación durante décadas. Los artistas Sebastián Arrechedera y Yosu Arangüena, junto con Xokonoschtletl Gómora, hackearon hace algunos meses las audioguías del museo de Viena, para reclamar, desde el interior del museo mismo, el regreso del Penacho. Dichos proyectos refutan las antiguas afirmaciones de que la devolución del Penacho lo pondría en riesgo de desintegración. Aunque la autora menciona algunas de estas intervenciones —Gómora es una de las pocas personas a las que sí entrevistó—, no está claro por qué no habla de la importante obra transmedia de Fran Ilich de 2013, Raiders of the Lost Crown.

La propia Carroll es una artista con una práctica establecida, y el libro se basa, en gran medida, en su performance con Nikolaus Gansterer, The Restitution of Complexity (2020). Cada capítulo comienza con imágenes de la obra, reclamando el regreso del Penacho —en la solapa del libro también aparece ella sosteniendo un Penacho en miniatura sobre su cabeza. Otros artistas, como Eduardo Abaroa, Mariana Castillo Deball, Pedro Lasch y Gala Porras-Kim, por nombrar sólo algunos, también han realizado obras políticamente provocadoras que cuestionan el lugar de los objetos prehispánicos en las colecciones de los museos de México y de otros países. Sin embargo, sus obras se basan en una investigación rigurosa y en un conocimiento profundo de los contextos y complejidades locales en los que intervienen. Estos artistas, a diferencia de Carroll, no sitúan sus obras como intervenciones académicas.

Más que nada, The Contested Crown pone en evidencia el estado actual de las publicaciones académicas, cuando los editores y los procesos de revisión por pares ––incluso en las editoriales más prestigiosas como la Universidad de Chicago–– pueden llegar a mostrar tal desprecio por el trabajo académico, en beneficio de proyectos enmarcados en la “descolonización” que sí pulsan todos los botones “correctos”, incluso si se estos se basan en investigaciones poco sólidas. Además, al parecer, a estas editoriales no parece importarles publicar libros que, de hecho, reproducen las relaciones coloniales al suponer que los espacios, objetos, lenguas e investigaciones de los lugares que estudian no merecen tomarse en serio. En el libro de Carroll, México, sus colecciones y las personas que las estudian operan como meros desvíos para alimentar meditaciones personales basadas en una culpa histórica políticamente correcta y apologética. No confundamos eso con el trabajo tan necesario de cuestionar, lidiar, enfrentar y revertir las premisas subyacentes que sustentaron el colonialismo y que siguen sosteniéndolo.

 

Sandra Rozental
Profesora-investigadora de la UAM-Cuajimalpa

Nota editorial: esta es una versión extendida y traducida al español de la reseña que se publicó en CAA.Reviews el 26 de mayo 2022.

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Publicado en: Noticias de Cipango

Un comentario en “El penacho en disputa: la repatriación más allá de gestos “decoloniales”

  1. Muy interesante artículo…
    Escribe la autora que un Moai fue recuperado por Chile y entregado a la Isla de Pascua, donde pertenecía.
    Quiero informarles que en Chile, hay al menos otro caso de recuperación.
    Se trata de los esqueletos de cinco indígenas alacalufes nacidos en Tierra del Fuego y secuestrados hace 130 años por un empresario alemán, para ser exhibidos en zoológicos humanos europeos y que estaban en un cajón de una universidad en Zurich.
    En enero de 2010 el gobierno chileno los repatrió y los restos de Henry, Lise, Grethe, Piskouna y Capitan, como fueron bautizaos en circos de Europa, fueron colocados en dos cestos de juncos tejidos artesanalmente por una de sus descendientes, tal como manda la tradición fueguina, y depositados en la cueva de la isla Karukinka; elegida como lugar de su descanso final, por ser la más cercana al sitio donde fueron capturados.

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