La semana pasada se difundieron fotografías que despertaron una mezcla de nostalgia, tristeza y arrepentimiento: el predio en el que se encontraba la discoteca Patrick Miller en la colonia Roma está en renta. La pandemia acabó con un centro nocturno fundamental de la ciudad. La siguiente crónica se ocupa de los mitos que revolotean aún alrededor de ese curioso y gigantesco antro.
Estoy cansado. Estoy mareado. Medianamente mareado. Mareado de la forma en que uno sigue entendiendo por qué está mareado. Mareado al fin. Tengo un pomo en la mano y camino por una calle familiar que me hace enojar. No quiero estar ahí.
Podría muy bien estar en el sillón de un amigo gesticulando, bebiendo y vociferando para dar a entender que aprecio la música que suena. Contar anécdotas gastadas, la misma madre de todos los viernes. Podría estar tranquilo, con mi pomo. Esto es lo que conozco.
Pero tenemos que salir. Ese tenemos tan omnipresente y abstracto. Ese tenemos que, de repente, me incluye, ya ni me acuerdo por qué.
—Oye, ¿no conoces el Patrick Miller?
—Sí, conozco el Miller.
—Está bien chido. Vamos a bailar.
Bueno, pienso, al Patrick Miller no vas a bailar. No ahora, no así, al menos. Lo que ustedes quieren es ir a ver a otros bailar e irrumpir en eso, bailando mal. Ver los códigos que ahí se bailan. Verlos, imitarlos mal. Decir que estuvieron ahí.
No dije eso, claro.
—Bueno, vamos, si quieren.
Inercia imbécil. Vamos a hacer algo que sé que no voy a disfrutar. ¿Cuántas más, Patrick Miller?
Amo la idea de ese lugar. Pero no me gusta entrometerme. Ir al Miller es entrometerme. Me siento como cuando entré a ver la gente rezar en la iglesia de San Juan Chamula. Miserable. Turista. Risible. Atraído por lo exótico. Ridículo, al fin.
Y, claro, entiendo el romance que tienen con la idea del Miller. Yo también amo esa idea. Pero no hacía parte de ese lugar. Es de otra generación. Es de otra banda. Lo entiendes o no lo entiendes, pero ibas ahí como vas a un zoológico: para ver especies en peligro de extinción. Todo desde las gradas. Con tu chela tibia.
—Vamos pues, carajo.
Me fascinaba, cuando era niño, ver los carteles en los muros y bardas que anunciaban el mito de lo que sería el Miller. El mito del high energy. Algo enorme y misterioso en esos coloridos promocionales. POLYMARCHS. Común y lejano. Sonido Faraónico. Anuncios de algo titánico. FARAÓNICO. La caligrafía, un aborto de portada de Metallica. Polymarchs. No tenía idea de qué significaba. Eran cachos de papel mal pegados en una pared. Eran los anuncios de algo que se iba a cristalizar en una pista de baile, primero en el centro, luego en la Roma.
—Venga. Levántate. Vamos al Patrick Miller.
—Bueno vamos. Me voy a llevar mi pomo.
—Sí, carnal. Vamos a ir a bailar, va a estar bien chido.
Uno sabe, instintivamente, con la tiranía de la experiencia, cuando algo no va a estar bien chido. Inercia imbécil.
Imagen
El lugar del Miller, a esas alturas, se alimentaba de la esperanza de estar adentro. Pero antes había que pasar por el trámite. No eran las luces, el baile, lo que se vestía de hermosura estrafalaria de alta energía. Era una reja que extendía alguna función burocrática al horario nocturno. Pagas tanto, entras. Hay fila. Un chingo de fila. Y alambre de púas. Cateo. Parece campo de concentración.
—Déjame ver si hay cancha.
—¿Cuántos son en tu grupo? Va.
Cuando pasas esa reja, todos los controles, cuando pasas por esa frontera que divide dos países, tal vez mantienes la esperanza de algo. Una esperanza cada momento más delgada. Adentro, vas a ver, de forma difusa y coptada con los pequeños dramas de conseguir una chela, algo que no entiendes.

Ilustración: Patricio Betteo
Cuadras antes, lo imaginas, lo disfrutas o no en tu cabeza, luego lo ves. Porque siempre quieres ver, porque ver nunca basta, porque ver es menos ideal que imaginar.
Tengo todavía el pomo en la mano.
—No puedo entrar con mi pomo, ¿verdad?
—¿Tú qué crees, carnal? Échatelo aquí de una vez.
¿Importa mucho cómo te la pasas? ¿O importa más decir que estuviste ahí? Tienes algo que no te pertenece y lo sabes. African Safari medio pedos.
—Saben qué, mejor ya no entro. Ya hasta perdí mi pomo en esos arbustos. Estoy hasta la madre. Quiero una hamburguesa.
—Va a estar bien chido adentro. A eso venimos.
—No, ya estuvo.
En el San Luis, en el Barba Azul, la misma cosa. Turistas de ocasión. La noche vale más puntos si fuimos a bailar. Vale doble si es un lugar exótico. Un ecosistema que se mantiene y desaparece ante tu mirada.
—Me quedo afuera, ya.
Estoy suficientemente ebrio para convencerme de que no me importa. Veo la reja. No tengo ninguna sensación de alivio. Al final, sí quería entrar. Aunque sólo fuera para ver de lejos.
Una vez, vi una jirafa en Chapultepec. La vida de ese sonido, de ese baile, de esa escena, me es lejana como la sabana.
Antes de irme, derrotado, veo de nuevo la banqueta mientras la gente pasa. La fila en ese meollo burocrático se llena de esperanzas. Perfume mezclado con tabaco, dinero, expectativa, cateo y más ilusos que piensan en que va a estar bien chido.
Tal vez viví más cerca el sonido del Miller cuando rozaba las paredes llenas de carteles mal pegados que prometían un concierto faraónico.
Siempre he sido un turista. Debería empezar a aceptarlo. No bailo, no pertenezco, sólo colecciono instantáneas. Ver el Miller fue hermoso. Verlo era crearlo y verlo también era destruirlo. Preservar, cristalizar, mal pegar.
Ya no existe el Miller. Queda el mito. Quedan los recuerdos de gente que piensa que se la pasó bien chido.
Tal vez lo que amábamos del Miller era una imagen mítica. Así, como mito, es un lugar que nos pertenece y no es nuestro. Generoso y misterioso, el Miller era la idea de un mundo, de una civilización de signos propios, de algo que pudimos presenciar, imitando un paso barroco, de madrugada.
—Vamos a bailar.
—¿Al Patrick Miller?
—Te la pasas bien chido.
—Deja eso, carnal, el Miller es cultura.
Nicolás Ruiz Berruecos
Editor y crítico de cine. Twitter: @Pez_out.
Fe de erratas: En Patrick Miller no se encuentra en la colonia Juárez como lo publicamos en este artículo originalmente, sino en su frontera en la colonia Roma norte. Agradecemos a Alexandra Rodríguez por su señalamiento.
Te informo que el Patrick Miller no está en La Juárez.