Heredero de grandes fotodocumentalistas como Héctor García o Bernard Plossu, Aristeo Jiménez se ha aventurado en la noche de Monterrey para tejer la crónica visual de sus rincones oscuros. El siguiente recorrido traza las coordenadas por las que camina este ojo que narra.
Si en Álvarez Bravo encontramos la claridad solar y en Brassaï la nocturnidad dionisiaca, en la mirada de Aristeo Jiménez (Ahualulco, San Luis Potosí, 1960) advertimos un tránsito pendular que oscila entre ambos cuadrantes.
Vuelvo a ver la obra de Aristeo y reafirmo su mirada como una tentativa del contar. Una parsimonia que se toma su tiempo para recoger evasivas esquirlas de luz, atmósferas inquietantes, texturas que configura el paso del tiempo.

Vaquero urbano. Cantina el Caracol. Aristeo Jiménez, 1995.
El trabajo documental de este fotógrafo que ha cultivado su estilo en la ciudad de Monterrey, se nutre indudablemente de la herencia y los ecos de grandes fotodocumentalistas como Héctor García o Bernard Plossu; con ciertos visos a la toma cándida, pero no por ello menos minuciosa. “Mi preocupación es el tiempo”, afirma el fotógrafo.
Si la mirada es un privilegio, Jiménez la despliega con la solvencia del censo automático y el entrenado reflejo. Sus instantáneas son narrativas depuradas que conjugan en apenas una fracción de segundo la complejidad de accidentados tránsitos; ecuaciones de una ciudad que se transfigura segundo a segundo, uno que de pronto ya es pasado: memoria mutable, violentada y frágil.

Circo Miami Show, Monterrey. 2001. Aristeo Jiménez
Como Weegee en Nueva York, Aristeo ha ganado a pulso el mote y la fama en Monterrey de ser el fotógrafo de la noche. Alguien que ha sabido ir a los lugares donde las historias palpitan, hábil en el adentrarse y mirar para luego narrar: lo mismo los paupérrimos circos, los perros de la calle, los animales escuálidos de las granjas domésticas, las periferias de la periferia; la ubicuidad travesti, los borrachos amanecidos, los mendigos que de un día a otro desaparecen. Cocinas mínimas, callejones laberínticos, cantinas congeladas en el tiempo.
Su ojo indaga, pregunta, se vuelve un confidente, absorbe, y luego refleja y relata: esa luz rasante que apenas se filtra por una rendija de polvosos ámbitos, perfilando con su mínimo pincel el contorno de una botella, la mirada turbia de aquel hombre ebrio, las várices de la elefantiásica mesera (“El amor es un invento de los ricos”) la roña que carcome la pintura de esa pared, el enigma que va perfilando la pugna de la luz y de la sombra en aquella flotante penumbra.

El Escenarios Bar. 1995. Aristeo Jiménez
Más allá de la estética de lo atroz
Del también egresado de la Escuela de Artes visuales de la UANL algunos especialistas han dicho que su registro participa de una “estética de lo atroz”.
Pero Aristeo va más allá: ese adentro y ese afuera que la imagen despliega ante nosotros entreteje una intención curiosa y una piedad, el atisbo y la intromisión: la cháchara y la camaradería. El ojo que en el barullo se detiene a ver. Un ojo que mientras su dueño habla e irrumpe, censa, mide, encuadra, compone, registra a velocidades infinitesimales, y armada de un agudo sentido del contraste, la oposición, la grandilocuencia y cierta luz casi siempre agónica, erige su estatuto. Habla.

Café la Gloria y el infierno. Aristeo Jiménez
Porque sus fotos son elocuentes, chismosas. Nos cuentan historias.
De la lluvia y la fonda y la carretera. Del horizonte hostil y aquel travestido como un tótem contra la noche. Del hombre que nos mira desde su última vejez, y la comida de esas ollas y esos animales, formas repetidas infinitamente, como un juego de espejos donde la sordidez es solamente otra forma del azar y del accidente.

Éxtasis del primer trago. Bar el Venado 2. Monterrey. 2017. Aristeo Jiménez
Mirada que funde y contrasta. Que detiene y recorta.
Un asombro, un suave horror que es cotidianidad y extrañeza.
Y por encima de todo, las miradas. Esas que nos interrogan desde una oscuridad omnisciente, apenas entrecortada por el fulgor de mínimos focos y luz de radiolas: seres engullidos por la noche.
Ya en 2009, el narrador regiomontano Ricardo Elizondo había dicho en Ojos que da pánico mirar, libro dedicado a la obra de Aristeo:
“Son como un pozo de verdad que nos confronta. Como un reproche en un silencio de alto volumen que nos ensordece. Tienen una condescendencia comprensiva de la que carecemos y una sinceridad que molesta. Nos aterra pensar que son ojos conciliadores con ganas de olvidar lo que ya se hizo y comenzar de nuevo. Son la tristeza de un puente que no da con la otra orilla.”

Ventana sellada. Monterrey. 2017. Aristeo Jiménez
El blues de la carretera 57
El desierto. La noche de Monterrey. Las cantinas.
Hay globos melancólicos y luces mortecinas, y sillas como tarántulas sobre las mesas de bares vacíos. Hay claroscuros, camas desechas, arrugas y lenguas y radiolas y estufas y humo de cigarro y lenones contando dinero. Hay un silencio ensordecedor y cielos negros. Y bestiarios famélicos y paredes en ruinas y aterraderos. Y nombres de lugares como El Jardín, El Richards, El Venado 2, El Wateke y las calles de Emilio Carranza, Colón, Arteaga y Villagrán; o barrios como La Coyotera, la Independencia o el Cerro del Topo Chico.
Y una terca negociación invisible: “Hacer un retrato es complicado. Para poder acceder a las personas que fotografío, me cuesta muchas horas, a veces semanas, e incluso años conviviendo con ellas para poder hacer la fotografía. No tengo prisa, ni ambición por sacar dinero. Solo aspiro a dejar una memoria para la ciudad. No cuento con estudio fotográfico, ni teléfono de contacto, ni página donde anunciar mis servicios, la ciudad es mi centro de trabajo.”

Curtain, calle Galeana, Monterrey, N.L. 2017. Aristeo Jiménez
Hace un par de años Aristeo presentó un proyecto para el Sistema Nacional de Creadores: documentar los paisajes que colindan la carretera 57, esa especie de Route 66 nuestra: una víbora negra y retorcida que va desde la frontera coahuilense de Piedras Negras hasta la mera capital del país; un camino de llantas y palmas, de horizontes y soledades interrumpidos apenas por el mínimo fragor de una fonda o una vulcanizadora. Animales muertos, nubes negras, relámpagos. Trocas polvosas, letreros baleados.
Ese ojo, previamente afilado contra el centro de la noche, agarró la carretera y se dispuso a ver, se puso a narrar.
Alejandro Pérez Cervantes
Profesor Investigador en la Universidad Autónoma de Coahuila, periodista y narrador. Autor de Murania (Premio Nacional de Cuento Julio Torri 2007) y del libro de ensayos sobre fotografía Los estatutos de la mirada (IMCS 2017).