La película de Alejandra Márquez Abella, El norte sobre el vacío, triunfó en el Festival de Morelia. En el filme se deshace el maniqueísmo de buenos contra malos absolutos para desdibujar el contorno de un problema capital y muy mexicano: la posesión de la tierra.

Cualidad rara la de señalar sin decir, ya que predomina en el cine un propósito más didáctico que expresivo. Alejandra Márquez Abella, directora de tres largometrajes de ficción, explora de qué forma las imágenes se acumulan para sugerir más que explicar o incluso denunciar. Su obra es una apuesta propia, incluso con historias prestadas como la de Las niñas bien, película de 2018 en la que retoma la novela de Guadalupe Loaeza, y en la que construye un mosaico con relieves que bosqueja cómo las clases altas amurallan su poder. Premio Ojo al mejor largometraje de ficción en el Festival Internacional de Cine de Morelia 2022, El norte sobre el vacío, su nuevo filme, echa mano del western para desdibujar el contorno de un problema capital: la posesión de la tierra.
El renovado interés por el western comenzó quizá un poco antes del estreno de Secreto en la montaña. La cinta de Ang Lee es importante, abre camino, en este siglo, para desmontar el género de calado machista —construido con base en estereotipos raciales y de género— que culmina con El poder del perro, de Jane Campion. En medio hay películas notables muy conocidas como Sin lugar para los débiles y otras más discretas, por ejemplo Seraphim Falls, que incorpora elementos fantásticos y enrarece el género. Ni qué decir de las series que tanto le deben al western, sobre todo las de narcotraficantes, que han formado audiencias enteras. Esta inclinación, sin embargo, viene de más atrás. Su emblema es la revolucionaria Johnny Guitar, de Nicholas Ray, que en 1954 puso al frente no a una sino a dos mujeres temerarias con posturas políticas antagónicas: una de ellas cree en la libertad que permitirá la construcción del ferrocarril; la otra, en la amenaza que esa libertad supone. Su dilema no es maniqueo y por si fuera poco muestra a las mujeres tomando las armas, actitud inesperada en el western.
El eco transgresor de Johnny Guitar resuena en El norte sobre el vacío. Márquez Abella y Gabriel Nuncio, guionistas de la película, retomaron un hecho noticioso. En 2010 el empresario Alejo Garza recibió un ultimátum del cártel de Los Zetas: desalojar su rancho en Tamaulipas. El hecho lo cuenta el documental El valiente ve la muerte sólo una vez, de Diego Enrique Osorno. Sin ceñirse a los detalles reales, la cineasta echa por tierra las aclaraciones de lo ocurrido. La urdimbre de El norte sobre el vacío desafía los prejuicios del espectador a la manera de Johnny Guitar, donde la gente buena también es mala, y la gente mala también es buena.
Reynaldo, dueño de un rancho, y Rosa, una sirvienta de pocas palabras, son los personajes centrales del fresco norteño que la directora pinta en terreno árido. La hostilidad poco a poco gana terreno. La película transcurre durante la fiesta de aniversario del rancho, donde la presencia animal señala algo vedado a los personajes. Las imágenes de insectos, sapos y reptiles, que conforman un bestiario que sugiere que la tierra no es sólo sitio para el asedio o la invasión, generan rupturas en el montaje a través de efectos visuales y sonoros sutiles. Hay algo indeterminado e inquietante en la visión de la directora; quizá que los animales son testigos y reparan indiferentes en las pugnas. La idea del terruño atraviesa la trama. Reynaldo, al que interpreta con paciencia Gerardo Trejoluna, es la cabeza ya no de una familia terrateniente y apegada a sus tradiciones (la caza, los asados comunales), sino de una familia en plena transformación; aquí y allá hay pinceladas sobre la vida de los hijos que el padre no acepta y que apenas logra expresar con su esposa (Dolores Heredia). La suma de estas diferencias es que los hijos no sienten el mismo arraigo por la tierra que les heredó el abuelo. La misteriosa Rosa, que conoce mejor el lugar y sus secretos, es más cercana a él.
Buena parte de El norte sobre el vacío recuerda la ambigüedad de La ceremonia, de Claude Chabrol. Cuando dos hombres irrumpen en la reunión familiar para anunciar que hay que pagar derecho de piso por el rancho, comienzan las sospechas y conjeturas sobre quién está detrás de la amenaza. Es un problema del narco, sí, pero la película no se gasta en denuncias. También es un conflicto de clase entre la familia de Reynaldo y sus empleados. Y de igual forma un problema de dominio; Rosa es considerada como una propiedad, adonde vaya la familia, ella tiene que ir. Aunque se le prohíbe opinar de ciertos temas —“por no ser parte de la familia”—, es una mujer con criterio, carácter y determinación. De esta forma, las intrincadas relaciones entre los personajes desafían las ideas preconcebidas del espectador. Por ejemplo los prejuicios lingüísticos y sociales podrían haber al escuchar a Guzmán —al que interpreta con astucia Raúl Briones—, un inquietante mensajero norteño deslenguado que curiosamente muestra la lengua, como las serpientes, cuando habla; este personaje podría ser un villano fársico en, por ejemplo, una película de Luis Estrada, pero Márquez Abella lo dota de una dimensión ambivalente. También Rosa, que en la piel de la actriz Paloma Petra es lacónica con sus palabras, pero no corta de ideas, y quizá por eso es tan enigmática e inquietante.
Con esta película, Alejandra Márquez Abella —que ya desde su primera obra de ficción, Semana Santa, ensayó la posibilidad de sugerir que debajo de la superficie de lo concreto hay misterios, por ejemplo los planos de una alberca que sugieren la tensión que habita el aburrimiento— confirma que la sutileza es un estilo vigoroso; que no ceñirse estrictamente a un género tampoco implica titubeos ni andar por las ramas, como le reprocha cierto sector de la crítica. Ese estilo propio es, más bien, una manera de insinuar correspondencias. Ahí está, por decir algo, la imagen de El norte sobre el vacío que enturbia lo que puede ser una simple historia violenta: el prisma que une a Reynaldo y Rosa, víctimas y victimarios, que refleja correlaciones no evidentes, que son más bien sombras en una tierra de la que hay que preguntarse quién es el dueño.
Carlos Rodríguez
Traductor y periodista cultural