El mejor final. Sobre Apuntes para una despedida

Apuntes para una despedida (Almadía, 2025), la tercera novela de Javier Serena, conmueve y sobresalta en partes iguales. Me gusta, entre otras cosas, por su manera de influir en el lector según su ánimo, o incluso según su estado sentimental. Si en alguna lectura previa asumí que el tema eran las expectativas que depositamos en nuestras parejas y su inevitable derrumbe, en esta última pensé que trata sobre algo más áspero y complejo: la posibilidad de que, al vincularnos con alguien, llevemos a cabo una representación.

En una de las escenas que más admiro ocurre lo siguiente: Maite, una mujer al final de la treintena que se considera una actriz malograda, le pide al narrador, un hombre que ronda la misma edad —insatisfecho con su carrera literaria— que se reúnan porque está en crisis: llevó a su perro en estado grave a la veterinaria y desconoce el diagnóstico. Parece natural, dado que llevan varios meses saliendo juntos, que él es la persona indicada para brindarle algún consuelo.

El narrador acude a la cita, coinciden en las emblemáticas escaleras que llevan al Museo Reina Sofía, en Madrid. Sabe, de antemano, que la tristeza de Maite es abisal, íntima, y que tiene muchos orígenes además de la salud de la mascota, pero sólo encuentra vagas palabras de alivio y un común gesto: la abraza, le dice que el perro va a estar bien y se distrae observando las inmóviles manecillas del reloj de la Estación de Atocha, como si sólo le importara la pesadez del tiempo. Y entonces, quién sabe por qué, se imagina que alguien los descubre así, abrazándose prolongadamente. Tiene la sensación de que podrían juzgarlo por desempeñar —y esta palabra es importante— un papel que no le corresponde: “me asaltaba la certeza de que yo quizá no fuera la persona más indicada para sobrellevar ese episodio junto a ella […]”.

La escena me gusta por todas las preguntas que Javier Serena (Pamplona, 1982) arroja al lector de forma cruel. Por ejemplo, ¿por qué el narrador pone en duda si es la persona más indicada para consolar a la mujer con la que lleva saliendo varios meses?, ¿quién podría juzgarlos por abrazarse de esa manera?, ¿por qué priva la conmiseración sobre la ternura? Es como si el narrador fuera, en realidad, un actor que se distrae de su papel mientras se hace consciente del público.

Serena, de esa forma inopinada, comienza a confrontarnos con una posibilidad que resulta desconcertante y, en gran medida, anima su novela. Una posibilidad que ni siquiera se nos había ocurrido, o que tal vez sí, pero de soslayo, así como quien no quiere la cosa: ¿es factible que cada vínculo interpersonal sea, de algún modo, una representación teatral? El lector, llevado a una vorágine sencilla, exenta de grandilocuencia, comienza a observar con una incómoda suspicacia a sus amores, a sus amistades, sus familiares y sus colegas de trabajo.

Apuntes para una despedida narra la historia de una pareja de artistas españoles —ella es vasca, él es navarro—, que se conoce de manera un tanto azarosa y decide iniciar el tipo de vínculo que carece de ambición. Donde los límites no son del todo claros. Se hacen compañía, realizan algún viaje, beben de manera abundante en las terrazas y cada vez que se miran a los ojos terminan desconociéndose e identificándose al mismo tiempo, lo que provoca apasionadas discusiones que resultan más impetuosas que el sexo.

El narrador y Maite tratan de representar, de la mejor manera que pueden, que son pareja, cuando en realidad no hay nada que los una más allá de un par de coincidencias: la generacional, por supuesto, y el hecho de que son artistas con talento que no han obtenido el reconocimiento que merecen. Parece que han decidido, de forma tácita, que estarán juntos sólo el tiempo suficiente para llegar a extrañarse. En cada encuentro observan ese reloj de inmóviles manecillas adornando una estación de tren; les recuerda que no hay representación más difícil que el amor.

La novela, de acuerdo con esta lectura, abrevaría de farsas como las de Genet, de representaciones que se montan en el teatro que es la vida: “A los meses, a las semanas de dar con ella, yo ya había reparado en que existía una distancia íntima insalvable entre los dos, una frialdad o un desapego o una resistencia que jamás lograríamos vencer”. El escenario, Madrid, en su dimensión literaria —y en congruencia con la farsa—, es un foro al aire libre donde se levantan fachadas de edificios y calles enteras que simulan una ciudad. Madrid no es prescindible, sino reveladora en su falsedad. No está vacía, pero para fines prácticos, podría estarlo. Un escenario que permite el desempeño de dos personajes que, al haber perdido la esperanza de enamorarse genuinamente, se conforman con escenificar que están juntos en un lugar que resulta, vamos a decirlo así, distópico, pero sólo en la dimensión emocional.

La segunda ironía del libro es que el narrador y Maite sólo pueden hacer a un lado la farsa cuando tratan de ayudarse en sus desarrollos profesionales, como si sólo en el fracaso pudieran ser auténticos. Él la ayuda a preparar sus castings, y ella, con base en comentarios precisos, le ayuda a mejorar sus textos. Pero, a diferencia de él, que no puede influir en las voluntades de los directores cinematográficos que rechazan a Maite, ella sí puede mejorar la estima del narrador, que retoma la escritura con la seguridad perdida.

En otra escena memorable, el narrador se encuentra escribiendo mientras escucha el zapateo que proviene de una pequeña escuela de flamenco que linda con su hogar. Después de haber escrito con pormenores sobre un encuentro sexual, se siente satisfecho y comparte las cuartillas con Maite. A ella le gusta lo que lee y le propone que lleven a cabo la escena que escribió para halagarlo; él, entonces, piensa algo que desgarra la simetría en que se había erigido su extraño vínculo: “Maite había apreciado cada vez mayor claridad en los borradores que le enviaba, y según la ley supersticiosa que yo seguía, entonces se agotaban también las lecciones que debía aprender de ella”.

Apuntes para una despedida nos había anticipado, desde el título, que los personajes iban a separarse y no importaba cuándo iban a hacerlo sino quién terminaría por decidirlo, y lo más importante, si su relación se trataba de un performance, de qué manera podía ocurrir el final. Los personajes, intérpretes y espectadores a la vez, carecen de un guion, pero pueden escribirlo. ¿Quién detenta una historia?, ¿el escritor que la narra o la actriz que la ejerce? Ésa es, por fin, la más honesta de las tensiones en cualquier relación romántica: detenta la historia a quien se le ocurra un mejor final.

César Tejeda

Es autor de la novela Mi abuelo y el dictador y del libro de ensayos La compulsión autobiográfica. En el año 2015 fundó, con cuatro colegas, Ediciones Antílope, proyecto del que forma parte desde entonces.

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Publicado en: Ciudad de libros