El “Mapa de Uppsala”: la historia de un gran tesoro mestizo

El llamado “Mapa de Uppsala” o “Mapa de Santa Cruz” es uno de los documentos históricos y geográficos más valiosos para los habitantes de la actual ciudad de México. En sus trazos se encuentran no sólo la configuración urbana y ciertos retratos de la vida cotidiana de Tenochtitlan inmediatamente después de la Conquista, hacia 1550, sino las primeras muestras de un arte verdaderamente mestizo. El siguiente texto da cuenta de ello sin olvidar las pistas de su origen y su consiguiente paradero en una ciudad sueca.

En mitad de la laguna salada
se asienta la metrópoli,
como una inmensa flor de piedra.
—Alfonso Reyes

En la Biblioteca Carolina Rediviva de la Universidad de Uppsala, Suecia, se encuentra un mapa de 1.14 metros de largo por 78 centímetros de ancho. Al parecer está hecho con dos trozos de piel de mamífero unidos por el centro. En él se observa a la naciente Ciudad de México durante las primeras décadas del dominio español. Pintados de varios colores aparecen los edificios, las calles y las acequias que cruzaban la urbe, así como los lagos, los ríos, las montañas y la vegetación de la Cuenca del Anáhuac. También se ve a los antiguos pobladores —casi todos con prendas blancas— en sus actividades diarias: gente que pesca, cosecha, pastorea animales o lleva diversos cargamentos sobre sus espaldas. Incluso hay dibujos de indígenas golpeados por españoles.  

Aquel documento, conocido como “Mapa de Uppsala” o “Mapa de Santa Cruz”, es considerado “la pintura más minuciosa y antigua de que se tiene noticia” sobre la región donde se asentó la capital del país. El historiador Miguel León Portilla y la cartógrafa Carmen Aguilera le han dado tales calificativos al plano y han realizado un estudio detallado acerca del mismo. En 1986 ambos publicaron por primera ocasión el libro Mapa de México Tenochtitlan y sus contornos hacia 1550.  A partir de 2016, una segunda edición, a cargo de editorial Era y el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, se encuentra disponible en librerías. La reciente edición, lanzada a la venta en el marco de los 90 años de vida de León Portilla (cumplidos en 2016), no sólo está mejorada y ampliada; además, permite a los lectores tener entre sus manos un facsímil desplegable del mapa en cuestión, con el tamaño y colorido originales. Así, se puede apreciar a cabalidad una de las primeras grandes muestras del arte mestizo producido en territorio mexicano.

De acuerdo con los autores, el “Mapa de Uppsala” muy probablemente fue elaborado en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco hacia 1550. Una prueba de ello es la exageración con la que se plasmó dicho recinto en la pintura, rompiendo “la escala general, cual si se deseara poner de relieve su importancia”. Por otro lado, se aduce que en ese colegio, inaugurado en 1536, “según lo refieren cronistas como Sahagún, Mendieta y Torquemada, hubo una confluencia de elementos culturales indígenas y españoles. […] Al converger la tradición indígena y la cultura renacentista española, se produjeron obras extraordinarias: un herbario, verdadero tesoro farmacológico mesoamericano, un códice como el llamado Florentino, y numerosos otros trabajos (traducciones, elaboraciones de sermonarios, etcétera), de los que da cuenta fray Juan Bautista (1600)”. 

Los elementos que confieren al mapa una clara influencia indígena son los cerca de doscientos glifos toponímicos insertados en él a la manera mesoamericana, así como el amplio y visible conocimiento que tenía de la ciudad quien o quienes pintaron el plano. En cuanto a aquellos aspectos por los cuales es considerado, al mismo tiempo, de corte renacentista (corriente que predominó en Europa durante los siglos XV y XVI) está la concepción del mapa “como un paisaje con escenas de la vida cotidiana” y, también, la presencia del alfabeto latino para designar diferentes lugares.

Durante algún tiempo se pensó que el mapa había sido elaborado por el cosmógrafo Alonso de Santa Cruz, quien vivía en España y servía al rey Carlos V. De ahí uno de los nombres por los cuales se conoce al documento en nuestros días. Sin embargo, explican los autores, lo más probable es que la obra cartográfica haya sido creación de “estudiantes y sabios indígenas en colaboración de frailes españoles como, tal vez, Bernardino de Sahagún”. Y el lugar donde se llevó a cabo esa labor fue, a todas luces, el colegio homónimo ubicado en Tlatelolco.

Aunque todavía no son muy claras las razones por las cuales el mapa llegó a Suecia, se tiene la certeza de la permanencia del mapa en ese país desde hace al menos dos siglos. Asimismo, los investigadores están seguros del trayecto del documento desde entonces y hasta que fue a parar a la ciudad de Uppsala:

Consta que el mapa se encontraba ya en Suecia por lo menos desde fines del siglo XVIII. Se sabe además que quien lo poseía, el obispo Carlos Gustaf Nordin, lo regaló, con otros documentos, al rey Gustavo III. De la Biblioteca Real pasó más tarde a la de la Universidad de Uppsala donde hasta hoy se conserva.

La riqueza de los detalles

El plano cartográfico más vetusto que se conoce de la Ciudad de México es el “Mapa de Cortés” o “Mapa de Nuremberg”, conservado en la Biblioteca del Congreso, en Washington, Estados Unidos. Dicho documento es atribuido a Hernán Cortés por haberlo enviado junto con su Segunda carta de relación a la Corona Española.1

Sin embargo, y aun cuando la comparación de estilos resulte encomiable para advertir en él las pautas de los mapas realizados en esa época en Europa, el de Nuremberg muestra mucho menos detalles de la urbe, y prácticamente nada de la vida cotidiana, si se coteja con el de Uppsala. He aquí la enorme riqueza de este último.

“El mapa (de Uppsala) es todo un mundo viviente”, “una bella obra de arte”, señalan León Portilla y Aguilera en su libro. “Ello se logró a base del dibujo, la aplicación de colores y una incipiente tridimensionalidad. Múltiples escenas con figuras humanas confieren fuerza y dinamismo al conjunto”.

Pero además de una obra de arte en sí misma, el “Mapa de Uppsala” es todo un compendio sobre las formas de vida en la antigua Cuenca de México, un baúl de información sobre el pasado. Los detalles son abundantes, asequibles en su gran mayoría. Con excepción de los glifos toponímicos, cuya lectura sigue resultando compleja para el común denominador de los mexicanos, las interpretaciones de los dibujos no requieren altos niveles de comprensión. Desde el primer vistazo puede distinguirse buena parte de los elementos que conforman el mapa. 

No obstante, el pertinente análisis cartográfico hecho por Carmen Aguilera ayuda a unir, de manera más precisa, el pasado con el presente. El “Mapa de Uppsala” no está exento de imprecisiones, sobre todo en lo tocante a la escala y ubicación de algunos lugares que hasta la fecha se conocen. Por esta razón, resultan importantes las referencias proporcionadas a los lectores para orientarse en el mapa, al tiempo que les dan un mayor sentimiento de proximidad con la información ahí vertida.

El delineado de las casas e iglesias asentadas en la isla da noticias de la ciudad erigida en las primeras décadas del Virreinato. Resulta evidente la anulación de los centros ceremoniales prehispánicos y la preponderancia de la arquitectura europea, con los palacios dibujados en el centro de la urbe. Las casas de los indígenas aparecen sólo en las orillas y en tierra firme, alrededor de los lagos.

“Mapa de Upsala”, detalle de las actividades de pesca en la zona sur de la ciudad, disponible en línea en la Biblioteca Digital Mundial.

Aún funcionaban canales como el que cruzaba la ciudad desde la actual zona de San Lázaro (oriente) hasta un poco más allá de las colonias Juárez y Tabacalera (poniente), teniendo como cauce la hoy calle Venustiano Carranza; o bien, aquel que iba de la zona de Mixcalco (centro) hasta los lagos de Xochimilco y Chalco (sureste), cuyo trazo corresponde al de la Calzada de la Viga. Lo mismo se observa el viejo acueducto que nacía en Chapultepec y terminaba a la altura del hoy Eje Central Lázaro Cárdenas.

En cuanto a las actividades humanas reconocidas en el libro se enlistan la caza de venados, liebres y aves, ya fuese con arco y flecha, fisgas o redes. Para la pesca también eran empleadas estas últimas, anzuelos o incluso las propias manos. Otras actividades plasmadas en el mapa son el pastoreo, la recolección de frutos y sal, la extracción de aguamiel, la producción de cal, la tala de árboles, el transporte de carga por parte de tamemes, los viajes y hasta las reprimendas de españoles a los nativos.

En suma, como sugieren Miguel León Portilla y Carmen Aguilera, el “Mapa de Uppsala” es todo un tesoro del pasado mexicano, un acercamiento invaluable a los orígenes mestizos de la Ciudad de México. He aquí las palabras del historiador y la cartógrafa para invitar al lector a conocer, de un modo pocas veces tan didáctico, las primeras huellas de un camino al que todavía no se le ve fin:   

El Mapa de México Tenochtitlan hacia 1550 es espejo de formas de vida en las que perduran, y a veces se amestizan ya, realidades de dos mundos culturales. Lo indígena mesoamericano y lo hispánico se hacen aquí presentes en el consumado acercamiento de su existir en un escenario henchido de luz. Para los mexicanos de hoy el mapa es algo así como un antiguo retrato de familia. Para las gentes de otros rumbos del mundo hay aquí un microcosmos abundante en sorpresas. Mapa-paisaje, concebido como otros de clara influencia renacentista, en él late también la vida de la Mesoamérica indígena.

 

Roberto González Rodríguez
Ha colaborado en diferentes medios nacionales y es egresado del Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia.


1 La Segunda carta de relación de Hernán Cortés al emperador Carlos V está fechada en 1520. El “Mapa de Nuremberg” aun conservado, cuyo nombre se debe a que fue incluido en la edición latina de esa Segunda carta, publicada precisamente en esa ciudad de Alemania, data de 1524.

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Publicado en: Noticias de Cipango