Tejer la oscuridad es la novela más reciente de Emiliano Monge. Su estructura y trama narrativa es poco común. En la siguiente charla, el escritor mexicano nos revela cuáles fueron sus propósitos e ideas al crear una novela de ochenta personajes.
Tejer la oscuridad (Random House, 2020), la nueva novela de Emiliano Monge, coloca las consecuencias de la crisis climática en una provincia indeterminada de México. Si generalmente se imagina la catástrofe en proporciones mundiales, la última entrega de Monge se sitúa en una geografía y en un lenguaje específicos. “Tras la detención de Mamá Rosa, quien estaba a cargo del albergue La Gran Familia, me obsesioné con los huérfanos que estuvieron con ella por lo que procuré seguir la noticia. Esto fue el primer detonador de lo que sería la novela. Buscaba tender hacia el futuro, pero a un futuro que estuviera en manos de aquellos a quienes les negamos el futuro, es decir, la infancia recluida en orfanatos”, dice el autor en entrevista. Los niños de Tejer la oscuridad son precisamente huérfanos que, tras la destrucción de su orfanato, emprenden la búsqueda de un sitio donde pueda resurgir la vida. Conforme la novela avanza, el grupo de niños va creciendo hasta volverse una multitud. Deambulan por parajes que ha destruido el calentamiento global. Y dejan testimonio de su paso por esta tierra baldía en un cuaderno compartido: un cuaderno comunal.
Además de construir una comunidad, el hecho de escribir entreteje temporalidades en la novela. La escritura da testimonio de un presente apocalíptico, pero también se piensa como una forma de memoria. Los niños dialogan con diversas fuentes de las crónicas de la Conquista, todo ese corpus de textos que también señalan un universo de destrucción y un nuevo comienzo civilizatorio. Con lo cual, Monge se apropia en este libro de la crónica colonial, reúne también los presagios mesoamericanos previos a la Conquista y algunas obras precolombinas para acercarse a la realidad del fin de un mundo. En una novela que aborda el tiempo histórico, ¿cómo concibió el autor este collage entre una escritura del pasado y una escritura propia? “Lo que buscaba en esta novela era tender hacia el futuro, un futuro que no es consecuencia del triunfo que vende la idea que rige el sistema en que vivimos, que no es, pues, consecuencia del desarrollo, del progreso y del éxito individual. Un futuro que no depende de la luz, en sus diversas formas”, señala el autor. “Tanto la ciencia como la religión colocan a la luz en el centro y en el futuro: el próximo descubrimiento nos conducirá más lejos con su iluminación, dice la ciencia; Dios, que es luz, nos espera allá adelante, dicen las religiones. En mi novela, la idea de buscar el futuro en la oscuridad, que puede ser tanto la oscuridad interior como un regreso a lo más profundo de la cueva. Un regreso hacia el pasado. En este sentido, el futuro sería, antes que un avance, un retorno. Un retorno a los pasados que fuimos dejando cancelados, a pesar de que podrían habernos otorgado muchas herramientas que harían mejores nuestros presentes y nuestros futuros. Y esos pasados, en Tejer la oscuridad están representados por lo que los personajes llaman ‘libros negros’ o ‘libros antiguos’, que son esos tres libros que los guían de diversos modos y en los que basan muchas de sus ideas y creencias. Esos tres libros, que extraen de los hospicios son, precisamente, el Popol Vuh, el Chilam Balam y La visión de los vencidos. Es así como surge el collage del que me preguntas.”

“Nadie escribe ya más en nuestros días en una lengua materna”, apunta Cristina Rivera Garza en Los muertos indóciles. Para la teórica y novelista, la literatura contemporánea que atiende la crisis climática debe superar la idea del lenguaje como propiedad del autor para hablar en los términos de lo colectivo. Las voces de los niños de Tejer la oscuridad parten de la experiencia propia, pero se entrelazan para hablar sobre los hechos: la traición de los mayores, el encuentro con otros niños migrantes. Una voz polifónica narra una sola trama. “La novela tiene más de ochenta personajes —puntualiza Monge— por lo que el lenguaje debía ser trabajado para que se volviera un personaje más. Quise que se experimentara la disolución del yo, que no existiera una individualidad como sí puede leerse, por ejemplo, en No contar todo, donde son tres narradores los que cuentan la trama. En cambio, el lenguaje de Tejer la oscuridad es un lenguaje de lo común y de lo utópico”. Un lenguaje idóneo para afrontar y reflexionar sobre la posible muerte del planeta.
En su novela anterior, No contar todo (Literatura Random House, 2018), efectivamente hay tres narradores: un padre, un abuelo y un hijo estructuran la trama. Con Tejer la oscuridad, Emiliano Monge transitó de una novela sobre el yo individual a una sobre lo colectivo. “Cuando uno escribe una novela con tres o cuatro narradores, es fundamental que esos narradores sean diferentes entre sí, que sean claramente identificables, que sus voces y maneras, pues, los individualicen al máximo”, aclara. “Y más cuando se trata de narradores-personajes. Pero cuando uno escribe una novela con tantos narradores, lo que se necesita es todo lo contrario: que no haya mayor individualización, que no importen tanto las diferencias como las similitudes, sobre todo en una novela como ésta, en la que, insisto, lo importante es la búsqueda de una voz común, compartida, plural. Pensemos en una orquesta y en un coro. En el primer ejemplo importa tanto la individualización de cada instrumento como su papel en el conjunto. En el segundo, importa, sobre todo, sumarse a la corriente del conjunto, de manera, a veces, identificable. No es un símil exacto, por supuesto, pero creo que ayuda a explicar lo que digo. Por eso, por ejemplo, los nombres de todos esos narradores-personajes de Tejer la oscuridad tampoco los individualizan demasiado, se parecen mucho entre sí. Y por esos sus cuerpos habrán también de irse entremezclando hacia la parte final.”
Tejer la oscuridad pone en tensión dos formas de pensar la escritura: la oral y la propiamente escrita. Una se relaciona más con el cuerpo ; la otra con las tecnologías de la escritura. Se ha dicho que la escritura oral —que se asume más propia de las comunidades indígenas— es una no-literatura por no encontrarse entre las dos tapas de un libro. La novela de Monge cuestiona esta idea: “Uno de los temas que recorren la novela desde el comienzo hasta el final es la oposición entre el yo y el nosotros. Mi novela, en buena medida, se trata de imaginar una nueva forma para cada una de estas dos maneras de estar en el mundo, la individual y la colectiva. Y de esta situación dependen tanto la épica como la lírica del libro, es decir, tanto la forma como la historia. Por eso Tejer la oscuridad es narrada por tantos personajes, que más que buscar su propia voz, están buscando su voz común, y por eso, también, es una historia en la que el personaje principal es un colectivo, un grupo humano y no un individuo, una suma de cuerpos y no un cuerpo. Además, es un intento por recordarnos que el lenguaje, que es la primera tecnología que los seres humanos nos dimos a nosotros mismos (si aceptamos que el alfabeto es eso, una tecnología) es también y ante todo una manera de estar en el mundo, un modo de habitarlo, de sentirlo y de respirarlo. Hablar y escribir no son actos diferentes, son, ante todo, instantes diferentes de un mismo acto, el acto de asumir que al estar uno forma parte de algo más, antes que ser tan sólo ese espacio cerrado e invulnerable que ocupa espacialmente. Hablar, al igual que escribir, es, simple y sencillamente, romper el plano que nos había sido dado. Hablando, rompemos el plano espacial; escribiendo, el plano temporal. Aparte de ésta, no hay otra diferencia que sea realmente importante entre la oralidad y la escritura. A mí, por lo menos, me resulta evidente que la oralidad es tan literaria como la escritura. Es más: la literatura nació antes que la escritura, pues nació en torno al fuego, cuando alguien contó, por primera vez, una historia que entonces sucedió fuera del espacio en el que había permanecido confinada. Luego, mucho después, alguien la escribió, y esa historia trascendió también el tiempo en el que había permanecido confinada”.
En el ensayo “Ciencia ficción mexicana: Del modernismo al cyberpunk”, el escritor Rodrigo Mendoza declara que “uno de los argumentos que los detractores de la ciencia ficción mexicana esgrimen es que México no es un país de primer mundo y, como tal, no produce tecnología ni puede considerarse un centro científico históricamente, a diferencia de muchos países europeos”. Tejer la oscuridad podría insertarse en una tradición que, como señala Rodrigo Mendoza, ha sido poco estudiada en nuestro país. “No quisiera pensar mi novela o la obra de otros colegas según géneros. Finalmente, estamos hablando de literatura. Pero México y Latinoamérica tienen autores que hacen ciencia ficción u horror. Es posible que en esta región aparezca obra como la de Alberto Chimal, o Nuestra parte de noche, la última novela de Mariana Enríquez. La ciencia ficción y el horror son también formas para la literatura de este lado del mundo.”
Tejer la oscuridad puede, finalmente, leerse desde una preocupación muy actual. ¿Cómo puede la literatura insertarse en la discusión sobre la crisis pandémica presente y el futuro del planeta? ¿Qué nuevos sentidos gana el oficio literario? “Creo que con esta pandemia puedo decir que hago lo que hago por distintas razones. Debemos volver a la oscuridad y reunirnos a un lado de la fogata para escuchar historias. Esa fogata que nos permite pensar más. La literatura, el arte, hacen esa fogata. La pandemia es una muestra de qué está pasando por el planeta, pero también una forma de volver a la oscuridad”.
• Emiliano Monge, Tejer la oscuridad, México, Literatura Random House, 2020, 240 p.
Christian Mendoza
Vinculador editorial en Arquine.