La historia de los Óscares es roja, al igual que la alfombra donde posan sus más célebres actores y actrices, para la posteridad del día siguiente. Las películas que mejor sobreviven esa noche de huesos largos son las más violentas. Enumero algunas que brotan de la bruma de la memoria: Bonnie and Clyde (1967), The French Connection (1971), El Padrino I, II y III (1972, 1974, 1990), Taxi Driver (1976), Deer Hunter (1978), Platoon (1986), El silencio de los corderos (1991), Pulp Fiction (1995), Gladiador (2000), No Country for Old Men (2007), Django (2012), El Guasón (2019), etcétera. Nadie como los americanos para celebrar matanzas, explosiones, homicidios, persecuciones, torturas, guerra, destrucción total. Nadie como los industriosos tecnócratas de Hollywood para salvar al último ser humano del planeta o al presidente de los Espantados Unidos, a punto de ser asesinado por el Eje del Mal. Conocen bien sus pecados. Les gusta salpicar la pantalla de sangre. El líquido púrpura se expande silvestre por sus celuloides. Sus relucientes cintas producen toneles de publicidad, toneles de pólvora, y toneles de dinero. Alguna vez le preguntaron a Ghandi que pensaba de Estados Unidos, a lo que respondió: “Es un imperio joven. Por eso está obsesionado con la violencia y el sexo”.
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América siempre ha tenido enemigos. Y en los estudios de Los Ángeles se alimenta ese odio. Sus venas se nutren del dolor ajeno, el de los Otros, los extranjeros e incluso ahora los alienígenas. ¿Cuántos estereotipados personajes chinos, ex-soviéticos, nazis, musulmanes, negros, latinos, nativos americanos, no hemos visto caer destripados a manos de elegantes e implacables superhéroes? El rival es casi siempre tumultuoso, ineficiente y de reacciones lentas ante la eficacia y dureza del agente imperial. Hoy se incluye a las mujeres. Contamos con heroínas elásticas, guerreras planetarias, enérgicas salvadoras de la democracia, la libre empresa y la libertad. Las tres divinidades de la teología occidental.
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La preciada estatuilla del Óscar apareció en 1929. Cedric Gibbons, director de la Metro Goldwyn Mayer realizó el diseño. Un musculoso caballero medieval, un cruzado, sosteniendo firmemente su espada entre las manos, parado sobre una cinta de película magnética, con cinco elevaciones que representan a productores, directores, artistas, guionistas, y técnicos. Poderosos engranajes de una de las industrias más ubicuas del planeta. El escultor angelino George Stanley dio vida a la pieza que Margaret Herrick, bibliotecaria de la Academia de los Premios Cinematográficos, bautizó con ese nombre, porque se parecía a su tío “Oscar” Pierce. Mide 34.8 cm. y pesa casi 4 kg. Se cuenta que Dolores del Río, amiga y luego esposa de Gibbons en esos años, le pidió a su compatriota Emilio Fernández, El Indio, que posara desnudo para que hicieran un sketch de la figura. El brioso ranchero mexicano dudó en un principio. Más tarde, inflamado en su mucho macho pecho, aceptó. Julia Santibáñez cuenta una nocturna anécdota feminista contra las inflamaciones masculinas del Indio, a cargo de una de sus esposas, Columba Domínguez:
El machismo del Indio era tan desmesurado como su egosistema. Lo tenía bien aceitado. En su casa las mujeres debían andar descalzas y hablar en susurros, para no molestarlo, en tanto él llegaba de madrugada a despertar a su esposa para que le sirviera de cenar. En una de esas noches exigió mole. Columba explicó que no tenía los ingredientes para preparar el platillo, pero ante la insistencia accedió. A la mañana siguiente, el director preguntó por su gallo de pelea y campeón de los palenques. “Te lo cenaste anoche”, respondió la actriz. Olé.1
Algo de la lubricidad del Indio kikapú flota en la atmósfera hollywoodense cada vez que los premiados y las premiadas acarician la delicada silueta de la estatua y la besan. Algo aceitoso les llena de placer las yemas de las manos y los labios.
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Este año contienden por el premio diez películas que no han decepcionado; American Fiction, Anatomía de una caída, Barbie, Los que se quedan, Los asesinos de la luna(Killers of the Flower Moon), Maestro, Oppenheimer, Vidas pasadas, Pobres criaturas(Poor Things)y Zona de interés. Me gustaría referirme a dos de ellas que posiblemente obtendrán galardones, y que me asombraron y en las que vi algunas relaciones con la poesía que aquí les comparto..

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¿Cómo decir la bomba? ¿Cómo contarles? Siempre
les invento algo nuevo, les cito el Bhagavad Gita:
soy yo, les digo, el destructor de mundos, me he vuelto
la muerte y les sonrío.
—Elisa Díaz Castelo
Oppenheimer (Dir. Christopher Nolan) parece ser la cinta privilegiada por los críticos. Es la gran favorita. A los seres humanos les gusta documentar su capacidad de destrucción. La Ilíada de Homero relata cómo los aqueos arrastran los cadáveres de sus enemigos, los teucros, que “han mordido el polvo” y derraman su “negra sangre” sobre el campo de batalla. En el Génesis de la Biblia, Caín asesina a su hermano, Abel, con una quijada de burro. Sólo por mencionar dos narraciones fundacionales de Occidente. Basta prender la televisión para seguir “los desastres de la guerra” en Ucrania o en Gaza. Se lucra con la tragedia humana. Y Hollywood es uno de los protagonistas de ese billonario negocio.
La explosiva película cuenta las aventuras mentales (y físicas) del Padre de la Bomba Atómica y sus colaboradores, familiares, amigos y enemigos. Los días consecutivos a mi visión de la cinta, me acompañó Proyecto Manhattan (2020), de Elisa Díaz Castelo, poema dramático que relata la misma épica de los infinitesimales núcleos de uranio. El poemario sirve como notable complemento de la saga cinemática del científico neoyorkino Julius Robert Oppenheimer, director del laboratorio de Los Álamos, en Nuevo México, donde nace “Trinity”, la primera bomba nuclear. En el goteo monótono de imágenes, me asaltan tres momentos:
- Oppenheimer comenta, ingenuamente, que ya no sería necesario utilizar la bomba atómica. Alemania y los nazis habían capitulado el lunes 7 de mayo de 1945, en la mañana. La rendición de los japoneses era inminente. Nonetheless, se lanzaron las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Double kill, como dice el refrán americano.
- Cuando Harry Truman le pregunta a Oppenheimer qué hacer con Los Álamos, el lugar donde se desarrolló la primera reacción nuclear en cadena, éste le responde: “Que se lo regresen a los Indios”. Truman ordena que no dejen entrar de nuevo a “ese bebé llorón” —that cry-baby— a su oficina. Ya no lo necesitan. Terminan con su carrera.
- En una brillante resolución cinematográfica, se mira la explosión atómica que cubre la pantalla con su luz enceguecedora. Todo se vuelve silencio. El efecto es desconcertante y brutal. Los espectadores quedan ciegos de tanta luminosidad. En absoluta soledad. Varios segundos más tarde se oye un estruendo atroz, y un viento fulminante llega al sitio de observación de los americanos. Todo vuela. Lo que pasa es que la luz viaja a 300 mil kilómetros por segundo y el ruido a 343 mts. por segundo. Miramos la flama gigante y mucho después la oímos. Un efecto certero e inolvidable de esa primera experiencia de fisión nuclear.
Hay muchos otros momentos bien trabajados. No debemos olvidar, sin embargo, esa grandilocuente explosión, que no se ha vuelto a repetir, y ojalá nunca ocurra otra vez.
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They are only light because we are dark.
—Natalie Díaz
Los asesinos de la luna (Dir. Martin Scorsese) es una película triste, demasiado triste. Dura tres horas y media narrando la perversa y persistente explotación y genocidio de los nativos americanos, hasta bien entrado el siglo XX. La comunidad de amerígenas Osage, en Oklahoma, tiene la desgracia de encontrar “oro negro” en su territorio. Al parecer, el diablo les escrituró “los veneros del petróleo”, como diría López Velarde. El destino no les sonrió. Hay que sacudirse la rabia que se siente ante la codicia del hombre blanco y las bajezas de que es capaz en su obsesión por el dinero. La actuación de Robert de Niro es impecable. Suda racismo y odio, de una manera tan sutil, que se parece demasiado al odio y el racismo que todavía circula por las autopistas del Imperio. El sufrimiento que encarna la actriz Lily Gladstone, “Mollie Kyle” y sus hermanas “Minnie” y “Anna”, cala en lo más profundo de la butaca del vidente. Estremece y fractura los goznes helados de la historia de los Estados Unidos. Natalie Diaz, poeta de origen Mojave, brillante jugadora de baloncesto y ganadora del Premio Pulitzer, reescribe la continuidad de esa tragedia, hasta hoy, en “Aritmética estadounidense”:
Los indígenas norteamericanos son menos del
1 por ciento de la población de los Estados Unidos.
0.8 por ciento del 100 por ciento.Oh, mi patria eficiente [. . .]
La policía mata nativos estadounidenses más
que cualquier otra raza [. . .]El 1.9 por ciento de los asesinatos policiales
son de nativos estadounidenses, un porcentaje más alto
[per cápita que el de cualquier otra raza [. . .]No soy buena en matemáticas —¿pueden culparme?
He tenido una educación estadounidense.Somos estadounidenses y somos menos del 1 por ciento
de los estadounidenses. Nos sale mejor morir
a manos de la policía que existir.Cuando nos estamos muriendo, ¿a quién debemos llamar?
¿A la policía? ¿A nuestro senador?
Por favor, que alguien llame a mi madre.En el Museo Nacional del Indio Americano,
el 68 por ciento de la colección es de Estados Unidos.
Estoy haciendo lo posible para no volverme un museo
de mí misma. Estoy haciendo lo posible por inhalar y exhalar.Estoy rogándoles: Déjenme estar sola pero no me hagan invisible [. . .]
(Trad. de Elisa Díaz Castelo).
Con datos de archivo, Natalie Díaz denuncia el sistemático exterminio de los dueños -y las dueñas- de este continente. La película producida por Martin Scorsese y Leonardo di Caprio es sólo un capítulo más de la historia de esa infamia. Como Iván Argüelles escribió, en boca de “Alce Negro”: “I don´t believe in anything today / the shadow of the body with my name / has disappeared.” “Hoy ya no creo en nada / la sombra del cuerpo con mi nombre / ha desaparecido”. Y la pantalla donde actúan personajes de piel roja se llena de tristeza. De una inexplicable tristumbre, diría César Vallejo. Lenta, dulce, y extendida. Dolor y sangre a lo largo de tres trágicas horas y media. Y nada más.
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ibant obscuri sola sub nocte per umbram
—Eneida 6, 268
Dos atractivas películas que agradarán al ojo del cineasta. Me parece, sin embargo, que la verdadera ganadora debe ser la pantalla gigante, donde las vi –varias veces–, las gocé, y las recomiendo sobre todo a la generación de los millennials (o Generación Y) y a la Generación Z. Nacidos/as con el internet y la globalización, muchos de ellos/as ya no asisten a los teatros y prefieren la pantalla de sus computadoras, su teléfono, sus I-pads. Netflix, Apple TV, Prime Video, Youtube, etcétera, al alcance de la mano, en el pequeño rectángulo de sus celulares, o en el televisor casero. Esperemos que “el ritual de ir al cine”, la antigua aventura de asistir a los elegantes teatros y a las cinetecas, no muera. Que la experiencia del big screen, y del sensurround, la silenciosa oscuridad y el regreso al vientre cinematográfico, sobreviva y no caiga en desuso. Penoso aceptarlo. El arte por excelencia del siglo XX está en peligro de extinción, al menos en las espaciosas salas del Primer Mundo. En bancarrota y olvido, por falta de público, una a una están cerrando sus puertas. Las marquesinas han perdido su esplendor. El cine sobrevivirá; los teatros, no sé. Tal vez, esos cisnes tenebrosos que somos los antiguos cinéfilos, solitarios y hundidos en una oscura butaca, estamos emitiendo el canto fúnebre del mayor arte visual del siglo pasado. Un estertor como un sol blanco y rabioso que se apaga y nadie parece escuchar. En el sonoro latir de mi pecho, alojo el aleteo del colibrí de la esperanza. Ojalá no deje de palpitar.
—Oakland, CA. 10 de marzo, 2024
Arturo Dávila
Escritor, hizo el doctorado en Lenguas y Literaturas Romances por la Universidad de Berkeley.
1 El lado B de la cultura I, p. 60.