El hombre de plástico

En los años setenta, llevado por un compromiso personal, un familiar de quien esto escribe asistió a una ceremonia de entrega de premios en Los Pinos, encabezada por el presidente Luis Echeverría. Con responsabilidad cívica, intentó seguir lo que decía el mandatario:

Me concentré para entenderle, pero a los pocos minutos perdía la atención. Varias veces intenté regresar al discurso, pero otras tantas me quedé con la impresión de que no estaba hablando de nada y me ponía a pensar en otra cosa. Primero pensé que era yo, pero al final, renuncié a comprender.

A diferencia de su antecesor, que tiene en la historia un lugar bien ganado como villano díscolo e impositivo, Luis Echeverría queda en la memoria colectiva como un confuso enjambre de palabras. La bibliografía y la producción periodística que todavía provoca su locuacidad es considerable. La atención por la figura presidencial es muy anterior y además es mundial; baste recordar la atención que pusieron los escritores del boom latinoamericano en los dictadores. Pero con Echeverría el presidencialismo se convierte en una obsesión para las humanidades, las ciencias sociales, la prensa, las caricaturas y los chistosos de las sobremesas. Sería imposible hacer aquí una revisión sistemática de esa copiosa literatura, pero pueden derivarse algunas consideraciones útiles de dos libros que, siendo muy distintos, compartieron el proyecto de interpretar y explicar la figura presidencial. Uno de ellos es El estilo personal de gobernar de Daniel Cosío Villegas;1 el otro es El presidencialismo mexicano de Jorge Carpizo.2 Son obras muy distintas, pero comparten un sitio importante como antecedentes de la transición mexicana.

Lo primero que llama la atención es la correspondencia de ambas reflexiones, explícita en el caso de Carpizo, con el debate estadunidense que en los años setenta se divide con enojo en torno a la figura de Richard Nixon. El alud de análisis formales e informales que provoca el carácter tóxico de aquel mandatario lleva a la redacción de varias obras, entre las que destaca La presidencia imperial de Arthur Schlesinger jr., un estudio sistemático de la manera en que las declaraciones de guerra, que en teoría debían ser aprobadas por el Congreso, se habían hecho casi siempre de manera extralegal, estableciendo un amplio margen de autoridad presidencial libre de trabas. La guerra de Vietnam, los abusos de Nixon y la posibilidad de que éste se perdonara a sí mismo son el escenario del análisis.3

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

 

La noción de “estilo” tiene un origen en la literatura y la oratoria: deriva del latín stilus,un instrumento para escribir, y remite a una época en que la preceptiva retórica permitía imaginar un orden reglamentario para todas las prácticas expresivas. El análisis de Cosío Villegas lleva esa venerable noción a los límites de su significado original, pues es un análisis retórico de las palabras, a su juicio siempre expresivas y con frecuencia incoherentes de Echeverría. “El presidente habla de continuo, sobre todos los temas y ante cualquier género de auditorio”. Este exceso habría permeado en la sociedad, donde los empresarios y funcionarios imitaban la locuacidad del primer magistrado, “el ‘diálogo’ se ha extendido a un número sorprendente de monologistas”. Esta expansión de la palabra a través de una sociedad de merolicos provocaba “aturdimiento”. Tan grave, que a unas novísimas computadoras que había adquirido un banco se les pidió organizar los discursos del mandatario, pero a las computadoras les ocurrió lo mismo que a mi pariente y “el final fue un lienzo desdibujado y confuso”. En último término, Cosío se preguntaba si en esa retórica podía encontrarse el ansiado espíritu de apertura democrática que pregonaba el Ejecutivo. Su respuesta era categórica: no. Tan sólo había que recordar las declaraciones del presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que al felicitarlo por su segundo informe, lo había incorporado a una misteriosofía de evidentes resabios teológicos: “Aun cuando por disposición constitucional, los poderes son tres, el gobierno es uno”.

También El presidencialismo mexicano, de Jorge Carpizo, se refiere a las palabras; pero su análisis es muy diferente. Como la mayoría de los juristas de su generación y época, Carpizo pensaba que el lenguaje encuentra un orden superior en la ley y no reparó demasiado en los usos retóricos de los presidentes. Con un apretado análisis sistemático, revisó las facultades constitucionales del presidente, pero también las establecidas en algunas leyes secundarias y otras más, que sin expresarse en ley alguna, se ejercían sin cortapisas. El entonces titular del Ejecutivo (1978) tenía casi asegurada la aprobación de todas las leyes que propusiera al Poder Legislativo. La organización interna del gobierno no le oponía ningún contrapeso real: el Ejecutivo organizaba las elecciones, nombraba a su sucesor y tenía facultades muy amplias para intervenir en la economía.

Pero algunos rasgos de aquel sistema eran un poco distintos de lo que se piensa. Un análisis numérico de las resoluciones de la Suprema Corte de Justicia de la Nación arroja un sorprendente 42 % de casos ganados por ciudadanos que se amparaban contra el gobierno; apenas abajo del 46 % en Estados Unidos. Aunque el presidente elaboraba el presupuesto de ingresos de la federación para enviarlo a la Cámara de Diputados, ni uno ni otra tuvieron esa facultad de manera explícita hasta una reforma al artículo 74 constitucional en 1977. Igual de sorprendente es que la facultad de promulgar reglamentos no estuviera considerada de manera explícita y clara, una omisión que llevó al jurista Andrés Serra Rojas a decir que esa atribución “[…] no necesita incluirse en la Constitución, ya que es un principio universal del derecho”. Una excepción rara en un sistema jurídico que se organizaba en torno a las leyes escritas y, en cambio, desconfiaba de otras fuentes del derecho. Sin llegar a los extremos que un siglo de guerras habían permitido a los presidentes de Estados Unidos, los presidentes mexicanos también habían recurrido a su propia autoridad, sin pasar por el Senado, para entablar algunos “convenios ejecutivos” en el ámbito internacional.

Todas estas facultades no constitucionales dibujan una imagen ambivalente del presidencialismo priista. El presidente designa a su sucesor, pero en el momento de hacerlo, pierde la mayor parte de su autoridad. Tiene amplias facultades en la economía, pero sólo hasta 1977 se hace explícita la que le permite proponer el presupuesto de ingresos. Promulga reglamentos, pero la falta de facultades explícitas para ello habla de un poder político menor del que suponemos: había cosas que no se podían proponer al Congreso. Ni Cosío Villegas ni Carpizo le dedicaron demasiado espacio a la articulación del poder presidencial con los poderes estatales y municipales; si lo hubieran hecho, habrían encontrado la misma combinación de facultades excesivas y límites no tan obvios. Aunque Carpizo revisa con cuidado el procedimiento de desaparición de poderes, este último define una situación excepcional.

Uno y otro autor señalan que la presencia y visibilidad del presidente son cruciales para su ejercicio. Carpizo nota con cierto enfado que “el tiempo del presidente está lleno de actividades”, pues “cumple una serie de funciones ceremoniales que son fatigantes”. Cosío Villegas se expresa con parecida impaciencia sobre los viajes de Echeverría, que constituían “el aspecto visual” de su retórica. “[…] siempre acarrea a dos o tres secretarios de Estado, profesionistas, reporteros, empresarios, escritores, etc., el campo visual mutuo se extiende casi sin límite. Y no se hable de que a éste lo amplifique la televisión”. Ninguno de los dos ensayos se extiende mucho sobre la visibilidad del presidente, y se percibe una confusión entre el hombre artificial imaginario, que constituye al Estado, y el ciudadano específico que ocupa un cargo de autoridad, esforzándose siempre de manera patética para convertirse en el autómata instaurado por el sistema constitucional. Las ceremonias del poder republicano pertenecen al Estado moderno y definen espacios para negociar en la cultura todo aquello que está fuera de la ley, aunque la acompaña. Esto vuelve inverosímil u ominosa la tarea presidencial de convertirse en hombre artificial. Volviendo a Nixon, Country Joe McDonald lo percibió claramente: “Camina, habla, sonríe, gesticula / Puede hacer lo mismo que un ser humano / Es Tricky Dicky, de Yorba Linda / El auténtico hombre de plástico”.4 No es casualidad que una parte de los presidentes de todo el mundo en las últimas décadas procedan de las industrias del entretenimiento, sean actores profesionales o utilicen su autoridad para hacerse de algún espectáculo radiofónico, televisivo o de internet. La construcción del presidente como personaje no es una característica marginal de los sistemas políticos modernos y tampoco es nada nuevo. Schlesinger asegura que Franklin Delano Roosevelt tuvo 1011 conferencias de prensa a lo largo de sus doce años en la presidencia, un promedio de dos por semana que “se convirtieron gradualmente en escenas de multitudes alrededor del escritorio presidencial”. Todo un escándalo.5

El presidente es una figura legal, no una persona concreta. Por eso no creo que pueda coincidirse con Cosío Villegas: es vagamente posible que Echeverría tuviera un estilo retórico, aunque los tratadistas del arte habrían deplorado el vacío de sus alocuciones y habrían dicho que eso no era un estilo en lo absoluto. Para hablar de un “estilo personal de gobernar” sería necesario analizar el espacio simbólico de los rituales y las imágenes, no sólo las declaraciones y las leyes. La noción de estilo ya no está en el centro de las teorías y prácticas de la historia del arte, pero todavía tiene provecho la entrada escrita por Ernst Gombrich para la Enciclopedia universal de las ciencias sociales, que usa algunos ejemplos tomados de la política (el atuendo de Gandhi, el europeísmo en las modas de Pedro el Grande y Mustafá Kemal) para fundamentar su definición del estilo como un término que sirve para señalar diferencias entre las que es posible elegir.6 Cabe preguntarse si los presidentes del PRI tenían realmente la posibilidad de elegir o cambiar en forma significativa su intrincado ceremonial. Es muy dudoso.

Nociones como “estilo” y “presidencialismo”, útiles y bien planteadas en su momento, no podrían explicar a priori una realidad muy distinta a la de hace medio siglo. Los excesos y los límites de los presidentes de los últimos veinte años son distintos porque la sociedad mexicana y el contexto internacional lo son. También es otra la estructura constitucional del Estado. El presidente como personaje nunca fue un modelo de explicación muy bueno para una realidad política compleja y ahora mismo sería un mal remedio para el aturdimiento que provocan los cambios políticos recientes. Personalizar el análisis pudo ser un acierto en los años setenta, pero es un error hoy.

 

Renato González Mello
Investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM y miembro de la Academia de Artes


1 Cosío Villegas, D. El estilo personal de gobernar, 2.ª ed., Cuadernos de Joaquín Mortiz, Joaquín Mortiz, México, 1974.

2 Carpizo, J. El Presidencialismo mexicano, 16. ed., actualizada, Criminología y derecho, Siglo Veintiuno Editores, México, D. F., 2002.

3 Schlesinger jr. A. M., The Imperial Presidency, digital, Mariner Books, Nueva York, 2004.

4 Tricky Dicky era un sobrenombre que aludía a los escándalos de corrupción de Nixon. “He walks, he talks, he smiles, he frowns, / He does what a human can / He´s Tricky Dicky from Yorba Linda, / The genuine plastic man”. Country Joe McDonald, Tricky Dicky, 1972.

5 Schlesinger, ob. cit.

6 Gombrich, E. “Style”, en International Encyclopedia of The Social Sciences Vol 15, ed. Alvin Johnson y David L. Sills, The Macmillan Company, Londres, 1972, The Internet Archive.

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Publicado en: Dislexia política