El grito eterno y la televisión

Estoy casi seguro que fue BEF, en la mítica revista Complot, quien me dejó la noción de que la televisión está diseñada para ser un poco más tonta que el promedio de la población. De ahí todas esas victorias ingenuas de varias generaciones que le gritan al aparato catalizador de canales tontos que transmiten programas tontos. El Otro, entonces, siempre está equivocado. El espectador sabe más: un mejor planteamiento para la película del domingo, una condición moral más elevada para la telenovela de la tarde, un mejor gusto musical y visual para el video de MTV o VH1. Luego de una tarde de desfogue, el ilustrado señor, el certero joven o la mujer sofisticada se van a dormir sintiéndose más firmes en cuanto a su ser. La desgracia, o el quiebre, entonces, sería que la televisión se revelara algún día en un tête à tête, si la vida fuera indulgente, y como un ente superior si la vida es lo que es.

Y entonces nació Discovery Channel, History Channel, NatGeo, que, obviamente, antes existían en publicaciones periódicas o en medios alternativos y el mundo cambió (aunque ahora dejaron de dar propuestas inteligentes para alimentar el morbo). Las mentes, acostumbradas a emitir juicios para demostrar su superioridad, sucumbieron a guiones llenos de información (ojo, información) que los dejaba con las neuronas abiertas. El espectador sólo se quedaba ahí media hora en silencio, quizá un “wow” o un “jamás lo hubiera imaginado”.

Alguien se había cansado o descubierto que la vieja fórmula de “hazla más tonta que ellos” ya no funcionaba. Obviamente, las antiguas opciones permanecieron en canales afines, dispuestas para el encumbramiento de los vengadores de la miseria de la cotidianidad. Pero, entonces, las cifras revelaron que la audiencia de los programas “inteligentes” se incrementaba entre más listos se pusieran. El siguiente paso que desafió la seguridad implacable de los espectadores fue la revolución de las series de televisión. Si Twin Peaks era una cumbre aislada, la tríada magnífica: The Sopranos, The Wire y Six Feet Under hizo que “ese tipo” de televisión se quedara. De ahí: al menos una docena de series nacieron planteando retos intelectuales y sensibles que sólo un arte olvidado se había atrevido a ofrecer: la literatura. El tête à tête ahora era más bien como aquella máxima de Barthes respecto a sus maestros franceses del siglo XIX: “no soy su igual pero me siento como ellos; no sucede que simplemente entiendo aquello que sentían, sino que lo siento yo mismo”. Alejados del “no entiendo nada pero me gusta” o de la saturación de datos para otorgar un placer fugaz, las series de televisión “conectaron” como nunca con los espectadores.

Hace unas semanas me sentí un poco como en los viejos días: en el antepenúltimo episodio de la primera temporada de The Walking Dead, cuando los personajes centrales se encuentran con una banda de pandilleros cuidando un asilo de ancianos, tuve la noción de que esa era una pésima idea y yo la hubiera resuelto mejor. Pobres guionistas, caray, pensé luego. Tener que luchar todo el tiempo contra espectadores soberbios, acostumbrados a que la caja idiota siempre fuera eso: idiota. –Jaime Mesa

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Publicado en: Televisión