El gran desencuentro del socialismo chileno: 50 años después

De varias formas, septiembre ha sido un mes emblemático no sólo para Chile sino también para la izquierda latinoamericana. Un viernes 4 de 1970 fue electo Salvador Allende y tres años después, un martes 11, fue derrocado por un golpe de Estado. Se han escrito numerosos ensayos y libros, pero quizá uno de los más completos y penetrantes ha sido El gran desencuentro. Una mirada al socialismo chileno, la Unidad Popular y Salvador Allende de Ricardo Núñez, un respetado político y académico que lideró en tres ocasiones el Partido Socialista de Chile.

Núñez ha escrito un libro monumental, no sólo por sus 653 páginas, sino porque en realidad se trata de tres libros: el de Salvador Allende, el del gobierno de la Unidad Popular (UP) y el del Partido Socialista chileno. De manera ordenada, coherente y lógica los tres se entrelazan para contar, documentar y explicar lo que su autor llama “el gran desencuentro” en la historia del socialismo chileno. Es decir, el conflicto entre, por un lado, “la impaciencia revolucionaria” que con ortodoxia urgía a acelerar el proceso para construir una sociedad socialista y, por el otro, el gradualismo reformista que operaba bajo la lógica de las condiciones reales, tanto políticas como institucionales, en que se ejerce el poder en un régimen clasificado entonces como democrático-burgués. Ese gradualismo, por lo demás, se acentúa cuando el ejercicio del poder es o pretende ser diametralmente distinto al estado de cosas previo. Digamos que es un libro que casi resuelve el misterio trinitario: tres personas distintas y un solo dios verdadero. Y este es el nudo de la cuestión.

Se trata, sí, en primer lugar, de un libro de historia, dividido en esas tres partes y con una abundante y rica bibliografía. Además muy bien escrito, con vena literaria, ágil, alejado tanto de la pedantería del cubículo como de la camisa de fuerza teórica donde si la realidad no corresponde a mis ideas peor para la realidad. Es igualmente un libro honesto que no busca la salvación de su alma por el sendero de la culpa ni del remordimiento; a lo largo de sus páginas mantiene un sentido crítico, una duda metódica, casi una dialéctica, para contrastar la historia a la luz de ideas, actores, posiciones y hechos que, no obstante la larga estabilidad política y parlamentaria de Chile, están bajo tensión y contradicción permanentes. Semejante tensión no concluye cuando la Unidad Popular llega al poder por la vía electoral y sus distintas fuerzas encuentran —o mejor dicho: debían haber encontrado— un camino de convergencia hacia el socialismo, sino en la tragedia del 11 de septiembre de 1973, cuando esas contradicciones se han agudizado y en alguna medida pavimentan las condiciones creadas por la derecha histórica chilena, los medios de comunicación, el gobierno norteamericano,1 la clase empresarial, las fuerzas armadas y desde luego la geopolítica de la Guerra Fría, para deponer al gobierno democráticamente electo y constitucionalmente establecido de Salvador Allende. Todo lo cual sintetiza con precisión la frase del dirigente del PS Carlos Altamirano que Núñez recoge: “Mientras yo sea —dice Altamirano— el gran culpable del fracaso de Allende, todos los demás pueden dormir tranquilos”.

En segundo lugar, hay que decirlo, el autor no es un observador neutral, que analice a distancia y con los recursos de la historiografía el largo recorrido del PS chileno, la correlación de fuerzas en un momento determinado o la aproximación crítica y autocrítica a los mil días de la UP. Lo hace, desde luego, pero desde la mirada de un protagonista que ya en la vida parlamentaria, ya en la militancia y la dirigencia socialista, examina con un instrumental esencialmente político y pragmático, ese período decisivo en la historia moderna de Chile.

En ese sentido, si bien el libro estructura lógicamente los orígenes, las acciones y las relaciones del PS durante el siglo XX con los sindicatos, con otros partidos y formaciones de izquierda, con los gobiernos de Frei y de Allende o con la dictadura de Pinochet, es en el capítulo introductorio —en realidad, un largo epílogo— donde se condensa el análisis fundamentalmente político. Aquí es donde el Núñez historiador cede el paso al Núñez político:

Sostuve que el descalabro económico que vivía el país debíamos asumirlo como inevitable y propio de la naturaleza del proceso revolucionario en el que estábamos empeñados […] En el fondo no asumíamos el grado de polarización que se había instalado en la sociedad chilena […] Es más, estábamos convencidos de que tal polarización era la expresión superior de la lucha de clases (p. 28)

Dicho esto, el libro es relevante no sólo por la investigación histórica y el análisis político en que se funda. Tampoco lo es sólo por oponerse a la “verdad revelada” con que los condotieros y los arquitectos de la dictadura intentaron reescribir la historia de esos años, sino porque tiene también algo esencial: el peso moral y político necesario para, desde allí, plantear una explicación convincente y sofisticada del desencuentro, con la distancia y el sosiego adecuados para hablar de lo que en realidad sucedió.

Ilustración: Patricio Betteo

Por ejemplo, en el último capítulo, referido en específico a Salvador Allende, Núñez repasa, en una clave intelectual que no puede dejar de lado la comprensión y la lealtad— virtudes raras pero primordiales en política—, dos aspectos importantes. Por un lado, el esquematismo que enfermaba las relaciones de la izquierda chilena más radical con el gobierno de la UP y que llamaban a su presidente –porque eso era: su presidente– a decantarse por alguna facción; por otro lado, un maniqueísmo –buenos contra malos, burgueses contra proletarios, dominadores contra dominados– que a la postre resultó autodestructivo. Creo recordar un ensayo de Eugenio Tironi sobre la empatía y antipatía de los gobernantes donde evoca cómo un seguidor de Allende, en medio del desbarajuste económico, el desabasto y los cacerolazos, lo justificaba así: “este gobierno podrá ser una mierda pero es mi gobierno”.

Aquí reside uno de los componentes más sugestivos del libro de Núñez o, dicho con más propiedad, del drama de Allende: la imposibilidad de articular un escenario de consenso partidista o al menos de concertación entre dos lógicas políticas al parecer antagónicas. Por una parte, la lógica del reformismo que ejecuta acciones específicas para producir a la larga cambios revolucionarios y, por otra, la de la agudización del conflicto que lleva hasta sus últimas consecuencias la contradicción principal como prerrequisito de una genuina revolución. Vista con los ojos del siglo XXI, la vía de las reformas parecería normal; vista con los de hace 50 años, fue el combustible que inflamó el desencuentro.

Ricardo Núñez recuerda uno de los últimos momentos de Allende, la mañana misma del 11 de septiembre de 1973, cuando ya se ha iniciado el operativo militar del golpe de Estado. Un enviado de la dirección del Partido Socialista, Hernán del Canto, acude a La Moneda a verlo para pedirle instrucciones acerca de qué deberían hacer los cuadros del partido. Ante tal solicitud, Allende replica que si nunca durante los tres años de gobierno de la Unidad Popular le pidieron opinión, por qué habría de hacerlo entonces: “Ustedes, que tanto han alardeado, deben saber lo que tienen que hacer. Yo he sabido desde un comienzo cuál era mi deber”, termina diciendo.

Probablemente este hecho evidencia lo que constituyó uno de los problemas elementales en la experiencia chilena: la dirección política del proceso. Sin embargo, no fue el único. Como bien lo propone el libro, es necesario explicar por qué llega la Unidad Popular al gobierno y por qué cae; cuáles fueron sus errores tácticos y cuáles los estratégicos; cuál el papel de la vía electoral y de la legalidad; cuál la respuesta de los aparatos de la burguesía nacional y del imperialismo y, finalmente, cuáles eran, tras esta lección, las asignaturas básicas de la transición al socialismo.

Para el movimiento comunista internacional de la época, los tres años de la UP sirvieron en buena medida para replantear en unos casos y reafirmar en otros algunas de las posiciones teóricas sostenidas durante una parte del siglo XX. Después de la Revolución cubana de 1959, el triunfo de Allende significó una nueva oportunidad para las fuerzas socialistas de ascender al poder político formal; el hecho de que hubiera sucedido mediante los cauces electorales, en un país con una larga tradición democrática, con todo lo que ello implica –libertades civiles, pluripartidismo, estabilidad política–, distaba de las condiciones que antecedieron y al modo como se dio el proceso cubano. Si esto es cierto, se decía, ¿por qué entonces el socialismo cubano tenía ya veinte años para entonces y el de Chile fracasa?

O bien, ¿tuvo razón el secretario general del Partido Comunista Italiano cuando señaló ex post que la experiencia de la UP arrojaba tres moralejas principales: que el triunfo electoral no era “garantía suficiente para la supervivencia y el éxito de un gobierno de izquierda”; que era necesario ensamblar una alianza “lo más amplia posible para evitar una polarización y empate de fuerzas entre la clase media y la clase obrera” y, por último, que ello demostraba “lo absurdo de confiar en la legalidad burguesa, el mito de la existencia de fuerzas armadas apolíticas o benignamente neutrales, el peligro de la movilización popular insuficiente y por supuesto, la necesidad de crear una milicia popular”?. O incluso, como se dijo desde el PC de la extinta Unión Soviética, que la “pedante adhesión” de Allende a la legalidad lo había atado de manos, y que “los eventos de Chile comprueban […] que los movimientos revolucionarios [deben] estar preparados plenamente para defender las ganancias democráticas con las armas”,2 como lo planteaba el Movimiento de Izquierda Revolucionaria.

Es en este punto donde los intentos por esclarecer la llegada de la UP han encontrado mayor espacio para la polémica. Para algunos, la causa principal estuvo en la falta de previsión de la derecha y de la Democracia Cristiana para entender que el establecimiento de un gobierno de orientación marxista era posible por razones circunstanciales y estructurales. Para otros, la sorpresiva victoria de la UP era explicable por uno de esos accidentes de la historia que contradicen sus propias leyes.

Cualquiera que sea la respuesta, el libro parece sugerir que el mantenimiento de la legalidad en que tanto se empeñó Allende fue más bien una táctica defensiva para evitar que cualquier desviación que rebasara las fronteras de la ley se convirtiera en un arma en manos de los enemigos del proyecto socialista. También parece claro que esa decisión simplemente reflejaba la disyuntiva, el gran desencuentro, entre los integrantes de la coalición gobernante: reformismo o revolución.

En algunas escuelas académicas ahora se estila hablar de historia contrafactual para especular e indagar qué habría pasado si las cosas hubieran sido de otra forma.

¿Habría sido otra la historia si, como proponían los ultras, la legalidad burguesa había dado de sí y era inevitable entrar a la fase armada para defender el camino al socialismo? No lo creo porque, como sugiere en varias partes el libro, el desencuentro es una explicación necesaria pero no suficiente.

La conspiración orquestada por las fuerzas armadas, el gobierno estadunidense, los medios, la derecha partidista y las élites empresariales socavó desde el principio la estabilidad del gobierno; usó todos los recursos legales e ilegales para arrinconarlo; abasteció financieramente a diarios como El Mercurio para convertirlo en el principal ariete mediático contra Allende; y organizó todo cuanto estuvo a su alcance para derribar a la Unidad Popular. A mi juicio, esta conspiración fue más funcional para los efectos del derrocamiento que el propio desencuentro al interior de la UP.

Como lo explica el viejo Marx en una carta a Ludwig Kugelmann en abril de 1871:

Si te fijas en el último capítulo de mi 18 Brumario, verás que expongo como próxima tentativa de la revolución francesa no hacer pasar de unas manos a otras la máquina burocrático-militar como venía sucediendo hasta ahora, sino demolerla, y ésta es justamente la condición previa de toda verdadera revolución popular.

¿Era esto posible en Chile de una manera pacífica dentro de los cauces legales y los marcos institucionales? ¿Eran las elecciones el único camino para la transición al socialismo en las condiciones del Chile de los años sesenta y setenta?

A final de cuentas, las grandes contradicciones parecen ser claras: la lectura ideológica inadecuada que hizo la coalición gobernante respecto al reformismo elegido por Allende ; el no haber podido superar la posible dicotomía entre el “avanzar sin transar” y la “consolidación de lo avanzado”; y la decisión de la derecha chilena y sus patrocinadores de adentro y afuera de preferir la guillotina del golpismo a la del cambio de régimen por los métodos de la democracia y el estado de derecho.

Lo que sucedió después del cuartelazo de septiembre, en los siguientes 17 años que duró la dictadura, es, ciertamente, una historia cruel y conocida.

 

• Ricardo Núñez, El gran desencuentro. Una mirada al socialismo chileno, la Unidad popular y Salvador Allende, Santiago de Chile, FCE, 2017, 653 p.

 

Otto Granados
Ha sido embajador de México en Chile (1999-2001 y 2013-2015).


1 Véase por cierto el libro reciente de Barry Gewen, The inevitability of tragedy. Henry Kissinger and his world (New York, W.W. Norton & Co., 2020) y la cita impecable de HK en el capítulo sobre Chile: “No veo porque tengamos solo que detenernos y mirar a un país que va al comunismo a causa de la irresponsabilidad de su propio pueblo”.

2 Las citas proceden de Isabel Turrent, La Unidad Popular Chilena 1970-1973, Tesis de licenciatura, México, El Colegio de México, 1979, p. 141 y ss., y Philippe C. Schmitter, “La Europa latina y las ´lecciones´ de Chile”, en Federico Gil et al., Chile 1970-1973. Lecciones de una experiencia, Madrid, Tecnos, 1977, pp. 352-353.