El fin del director visionario

Quienes tenemos más de cuarenta años nos formamos en un medio teatral dominado por la figura del director visionario. “El dramaturgo será el autor del texto”, nos enseñaron, “pero el director es el autor de la puesta en escena”. Bajo esta concepción del hecho escénico, el director (o, muy excepcionalmente, la directora) se presenta como una autoridad absoluta cuya función es poseer una visión artística enteramente original (¡de preferencia genial!) para plasmar en escena. Dicha visión se ubicaba por encima de todo: por encima del texto dramático; por encima de cualquier consideración práctica de la producción; por encima de la voluntad de cualquier otro, y por encima del cuidado de los cuerpos del equipo de colaboradores. La figura del director pasó a dimensiones sobrehumanas.

Asuntos del cuerpo rebelde, Frida Echeverría, 2020

En un artículo reciente publicado en la revista digital Howlround,  Charlie Peters advierte de los riesgos de esta concepción:

Así, se presenta al director como un profeta en lugar de un líder. Se enfoca todo en un destino, una meta final imaginada, y no en el trayecto. Se es individualista en lugar de colectivo. De manera insidiosa, se sugiere que la eficacia del director se determina por qué tan bien logra que su equipo se adhiera a su voluntad.

De este modo, el teatro de director que proliferó en la segunda mitad del siglo pasado en Europa —y por imitación en México— se caracterizó por el abuso, sobre todo de los actores y las actrices, que eran tratados como menores de edad, peones al servicio de la voluntad del director. Algunas de las cualidades mayores que se buscaban en una actriz o en un actor eran la obediencia y el arrojo irreflexivo. Entre las menores: la inteligencia y la voluntad.

Dirigir la creación hacia un cierto destino artístico y lograr que todos los elementos de la escena coincidan de manera armónica es una tarea de la dirección de escena. Pero también se trata de conducir, acompañar al equipo en el proceso de la puesta en escena. Paradójicamente, concebir al director como un visionario le exime de la responsabilidad que, como líder, le corresponde en cuanto al funcionamiento de su equipo y el cuidado de su bienestar. Al respecto, Charlie Peters nos brinda la siguiente reflexión que, de paso, golpea el sesgo ocularocéntrico de nuestra cultura dominante:

Si requerimos una metáfora de los sentidos para describir el trabajo de dirección, la vista no es la adecuada. ¿Qué tal si concebimos el papel de la dirección en función de escuchar en lugar de visionar? ¿Qué tal si la dirección se enfoca en escuchar a la obra que se está escenificando, en escuchar a las y los artistas con quien colabora, en escuchar a la amplia cultura en la cual interviene la obra, en escuchar a los públicos que se relacionan con las presentaciones y, sí, escucharse a su propia persona y a su entendimiento particular del material?

Hoy cargamos todavía con rezagos del teatro de director. No faltan quienes suspiran por los buenos tiempos en que los genios reinaban sobre los escenarios. Sin embargo, ya se respiran otros aires. La figura del director visionario comenzó a tambalearse con el fortalecimiento de una visión que sitúa al teatro como una dinámica de lo colectivo por excelencia y está siendo derrocada de manera definitiva por los movimientos feministas que defienden la integridad de los cuerpos y el valor de la igualdad por encima de cualquier supuesto valor artístico que supone una verticalidad jerárquica. Los feminismos decoloniales aportan argumentos para derribar nociones anquilosadas en la práctica y en las pedagogías del teatro. Pedagogías que intentan reproducir modelos para que se siga perpetuando una sola manera de construir y de hacer en el teatro. Este nutrimento que aporta tales movimientos sociales va alimentando una crítica cada vez más sólida a las formas convencionales de acercarse a la teatralidad y abraza sus desbordes. La feminista decolonial Yuderkys Espinosa señala que “se trata de repensar las relaciones sociales, para revisar todas las maneras de organización social que han excedido su sometimiento a otros cuerpos, pensar acerca de estos fenómenos para ensayar otras maneras como un proceso en construcción”.

Asuntos del cuerpo rebelde, Frida Echeverría, 2020

Estamos presenciando el fin de la era del director visionario para dar paso a la creación de un teatro que celebra la colectividad, la diversidad y que no le teme a los desvíos. Sin embargo, ¿qué implica una creación escénica en la que la figura del director se diluye? El teatro (ese vocablo que parece que se resiste a moverse de lugar) es cada vez más un fenómeno que amplía aristas y abre posibilidades creativas para la escucha de lo colectivo. Por lo tanto, es un espacio abierto a la escucha, abierto al diálogo, pero sobre todo (se antoja más decir: ante todo) el teatro es un espacio que se revisa a sí mismo y eso lo vuelve campo fértil para su propia reconfiguración. Son muchas las personas que ahora deciden enunciar desde el teatro; sin importar cómo optemos nombrarlo, con tal de eludir el vocablo "teatro", para —como dice José A. Sánchez— así evitarnos la discusión infértil. También somos muchas las personas comprometidas con favorecer estos desplazamientos indisciplinados y con cuestionar modelos por oposición al esquema jerárquico y piramidal de la figura del director, que empieza a sonar como una idea casi teológica de la escena.

El teatro de autor/director se resiste a desdibujarse, pero le toca convivir con estos quiebres que desestabilizan una sola idea de teatro. Otros modelos que ya están en práctica apelan a construcciones de conexiones más horizontales y a procesos inacabados que amplían el paisaje. El teatro comunitario, el teatro campesino, el teatro de creación colectiva y el teatro de grupo ensayan nuevas políticas de relación. Lo que estamos haciendo es reafirmar que el teatro se pronuncia por la inseparabilidad con la vida; vamos aprendiendo a reconocer esquemas de opresión que se normalizaron por mucho tiempo. El teatro es, entonces, el lugar de la insubordinación.

 

Alberto Lomnitz y María Sánchez Portillo tienen amplia experiencia en el estudio y el ejercicio de las artes escénicas. Generaron juntos el Manifiesto de Arte Vivo Digital en respaldo a las prácticas emergentes del tiempo presente.

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Publicado en: e-scenarios

Un comentario en “El fin del director visionario

  1. Me parece muy bueno el análisis y el cambio de visión, aunque considero que en la práctica ya se está dando de esa manera.

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