El filo oscuro de lo que somos: Entrevista con Lina María Parra

En La mano que cura (Polilla, 2024) la escritora colombiana Lina María Parra explora un territorio donde lo real y lo mágico se cruzan. Su novela se construye desde un lugar íntimo, pero no complaciente. La autora parte de su familia, sus recuerdos, de la autoficción aunque nada de eso se queda inerte. En sus manos, los vínculos se deforman, los silencios crecen hasta tomar forma de monstruos y la magia no es un recurso amable, sino una fuerza que exige mirar lo oscuro, lo que por lo común evadimos.

A lo largo de la entrevista, Parra vuelve una y otra vez a una idea que marca la novela: el duelo no es un acto solemne, sino un proceso físico. Hay que abrir cajones, tocar las cosas que deja quien murió, limpiar, ordenar y reconocer que en ese trabajo aparecen monstruos, reales o imaginados. En esta charla nos asomamos a una obra que entiende la magia como algo peligroso y profundamente humano.

Melissa Cassab: El personaje principal de tu novela, La mano que cura (Polilla) se llama igual que tú: Lina. ¿De dónde viene la necesidad de usar el mismo nombre?

Lina María Parra: Yo tengo dos libros de cuentos que se llaman Malas posturas y Llorar sobre leche derramada. Desde ahí empecé a jugar con este registro autoficcional, en donde hay un personaje que se llama Lina y es como yo, pero no soy yo. Me gusta robarme estos personajes de la vida real, que en este caso somos mi familia y yo, mis papás, mi hermana, llevarlos al registro de la ficción, y hacer con ellos cosas que no tienen que ver con nuestra vida real. Entonces no es sólo una literatura intimista, porque Lina en la novela tiene poderes. Obviamente eso es ficción, pero me interesa mucho ese juego de volver poroso el límite entre lo que se supone que es verdad y lo que no; generar esa zozobra en la lectura. La novela surge de conversaciones que tuve conmigo misma sobre esos cuentos.

MC: ¿Encuentras mayor inspiración a partir de personas reales, en este caso tú y tu familia, que en la mera ficción?

LMP: Hasta ahora –no digo que para siempre– me ha divertido. Es como vampirizar a mi gente querida. Entonces si alguien que es cercano, en quien confío y respeto me cuenta una historia o tiene alguna característica particular que a mí me gusta entonces me la robo y lo llevo a la ficción. Pero son personajes, sólo que les puse los nombres de gente que conozco, de gente real. Entonces termino hablando mucho más de la autoficción de lo que quisiera, porque cada vez estos personajes son menos parecidos a sus inspiraciones reales.

MC:En la novela también existe ese límite poroso entre lo mágico y lo real. ¿Qué podemos aprender de lo oscuro, la magia, la noche, las sombras? Todo aquello a lo que rehuimos.

LMP: Para mí escribir sobre esos temas es asomarme a ese lado más complejo, oscuro, contradictorio e incómodo que a veces en la vida cotidiana no queremos mirar. También incluye los sentimientos terribles que tenemos nosotras mismas en privado porque a veces a una se le ocurren unas cosas que una dice ¡hijueputa! ¡qué bueno que nadie me está escuchando el pensamiento! En la escritura me interesa acercarme a esos lugares oscuros. No sé si para aprender algo, pero para reconocer que también existen. Así también les quitamos un poco el misterio y aceptamos los lugares oscuros en nosotras mismas: nuestras partes violentas, vengativas, egoístas, ególatras. Para mí la escritura es eso: una forma de asomarme a lo que en general la gente quiere olvidar. Creo que a veces incluye la muerte de nuestros seres queridos, la decisión sobre cuándo queremos morir. El asunto de la buena muerte, uno de los temas que aparece en la novela, pero también lo que decías de la magia.

Ahora hay una especie de boom de magia bella, buena, individualista, sobre todo, como para mejorar la vida propia. Para mí todo eso es muy aséptico. En cambio, la magia que se practica en América Latina se hace con rituales que incluyen la muerte, la sangre, la tierra, las malas intenciones. La brujería no es una herramienta ni buena ni mala, pero depende de quién la utilice. Hay trabajos que implican matar animales, echar sangre, conseguir ciertas plantas, ingredientes tradicionales como tierra de cementerio, huesos, cositas de ese estilo. En la novela quería explorar eso: que la magia no fuera limpia y buena y fácil.

MC:Otro tema de la novela es el duelo, el dolor de despedirse de alguien sin saber si lo vas a volver a ver. A partir de la muerte del padre se mete al departamento un monstruo, algo turbio que crece a partir del silencio entre ellas. Cuéntame sobre la personificación del duelo como un ente mágico, peligroso, violento, ¿por qué lo imaginaste así?

LMP: Sí, el asunto de la muerte del padre de Lina, el esposo de Soledad, en la novela es una de las columnas de la historia. Empieza a suceder eso que vos decís que ellas hacen este duelo a solas, en silencio, a pesar de que viven juntas en ese departamento. Entonces Soledad sale a manejar en carro, Estefanía se dedica a trabajar y Lina se concentra en ordenar los libros del padre. El ritual es el velorio o la misa, el entierro y después ¿qué queda? A la gente cercana le toca organizar la ropa, regalar algunas cosas, donar otras. Hay que abrir cajones, encontrar papeles viejos, escarbar la huella material que dejó el muerto. Ese es el duelo que me interesa. Por eso la novela empieza después de la muerte, después de la misa, después de todo eso. En la lógica de la historia, ellas tienen poderes y ese silencio que mantienen lo que hace es cuajar esa cosa oscura en la casa, esa negación de la muerte se transforma en una entidad que las está acechando.

El duelo me sirve como explicación personal, porque me hago esa pregunta: ¿cómo será cuando me pase a mí? Pero en la novela sirve de quiebre emocional. Porque ese asunto de los poderes por sí mismo puede ser muy divertido, pero la muerte de un ser querido importa tengas o no poderes, igual tenés que lidiar con los libros, con la ropa, con el cajón lleno de cosas.

MC:Mencionas este lado oscuro de la magia y ciertas partes de nosotras que tendemos a esconder. ¿Cómo fue escribir un personaje como el de Soledad que no le tiene miedo a ese filo, a esa oscuridad que todos guardamos?

LMP: Ahí está el juego que yo hago, digamos, con la autoficción expandida. Yo no tengo ese filo. Cuando hablo de esa fuerza en el personaje, es esa capacidad de reconocer cierto lado malvado dentro de vos y a veces usarlo sin miramientos. En cambio, yo soy más tímida y prefiero no molestar. Escribir a Soledad para mí es muy divertido porque ahí puedo poner esa parte mía que en la vida real no ejerzo, pero que me gustaría ejercer. Como a veces, hijueputa, dan ganas de vengarse de la gente, hacer cagadas, pues yo quisiera, pero no… Entonces me parece bacano escribir ese personaje. Y se me han acercado personas que se identifican con ese filo de Soledad y me parece muy interesante. Como que les gusta que Soledad use los poderes, que sea medio egoísta y se deje llevar por la rabia. Siento que no es tan usual encontrarse personajes así, que disfruten de la maldad, sobre todo en esta época porque puede ser muy problemático. A mí me divirtió un montón y me gustó escribir ese personaje.

MC:Hablemos de Ana Gregoria, un personaje central de la novela, ¿ella nace completamente de la ficción o también surge de alguien real?

LMP: Mi mamá tuvo una maestra que se llamaba Ana Gregoria, entonces a partir del nombre aparece esta mujer, este personaje. Yo no sabría cómo explicarte, pero en mi mente es como un collage de un montón de gente que conozco y de cosas mías. Yo no escribo un personaje y luego pienso en la historia, sino que el personaje surge en tanto la historia lo requiere. Ana Gregoria es Ana Gregoria, en tanto la historia pide eso de ella, no otra cosa. Lo mismo de Lina, lo mismo de Soledad, de Iván, de Estefanía. Yo los voy construyendo a medida que ellos van apareciendo en la historia. Si yo no necesito algo de ellos, pues no lo pongo. Entonces no sabría responderte cómo la construí. Creo que ahí es la parte inexplicable de la escritura que uno intenta darle orden.

MC:También por medio de Ana Gregoria hablas del racismo en Colombia.

LMP: Sí yo pongo esa premisa de que ella es una mujer negra pero que está en las montañas, en un pueblo en Antioquia. Donde es una de las pocas mujeres negras en el sur. Sufre este racismo de la época en estos pueblos, pero también tiene este lugar de prestigio pues es la maestra de la escuela. Entonces está salvaguardada socialmente, pero no tiene amigos ni pertenece a ningún sitio. Ella habita en el borde porque es bruja, sobre todo.

MC: ¿Cómo crees que se ha transformado el significado de ser bruja? Sobre todo en América Latina.

LMP: Creo que la bruja es un símbolo, tiene un montón de caras. Antes era radicalmente negativo, pero los movimientos feministas se apropiaron también de la bruja como símbolo de poder y de mujer desobediente y ha cobrado una carga positiva. Entonces incluso muchas mujeres que no son brujas «de verdad», es decir, que no trabajan con brujería, igual se nombran a sí mismas brujas porque son revolucionarias, contestatarias, porque buscan salirse de la norma. En ese sentido ha cobrado una cara positiva: un símbolo de fuerza y resistencia. Pero todavía muchas mujeres en Latinoamérica son acusadas de ser brujas, también en África o Asia y sufren las consecuencias de este estigma. Desde que te echen de tu barrio o nadie vuelva a ir a tu negocio o que te aparten socialmente. Hay campamentos de brujas en África, por ejemplo, comunidades de mujeres que son desterradas de sus pueblos y viven juntas para protegerse porque fueron acusadas de brujería y eso es básicamente una sentencia de muerte. Eso es lo interesante del símbolo de la bruja: que además de tener tantas caras, todavía existen esos extremos. Puede ser algo positivo o una condena.

MC:Tiene mucho que ver en dónde estás y en qué momento. Si estás en Medellín o en Ciudad de México autodenominarte bruja no tiene muchas consecuencias, pero esta misma declaración en la sierra o en algún pueblo pequeño te puede costar la vida.

LMP: Sí, en Colombia durante el conflicto armado muchas mujeres murieron acusadas de brujería por los diferentes frentes. De pronto alguien te veía conversando con un guerrillero y le decía a los paramilitares: yo vi que esa bruja está haciendo trabajos para ellos, y te mataban fuera cierto o no. La conexión de la brujería y la violencia es muy fuerte. Hay brujas que trabajan con narcos, con políticos, con gente poderosa y violenta. Y si el trabajo no funciona, te matan. Entonces sigue siendo un trabajo peligroso. O sea, una cosa es ser bruja en tu casa, leyendo el tarot, pero otra cosa es ser una mujer cuyo oficio de vida es brujear.

MC:Sé que esta no es tu primera vez en México, ¿has encontrado similitudes en la brujería, en los trabajos, entre México y Colombia?

LMP: Sí, mucho. Aunque en Latinoamérica cada país y región tiene sus particularidades, pero compartimos un montón de tradiciones híbridas y muy mestizas. Algunas vinieron de España, algunas son indígenas, algunas son afro. Hay ingredientes comunes: el hecho que se le llame «trabajo», la simbología. El lugar que ocupa la brujería en Latinoamérica es muy particular porque muchos lo comparten, pero a la vez es marginal. Sobre todo la gente cuyo oficio es ser bruja está en los mercados, a vista de todo mundo. Aquí [en Ciudad de México] uno va caminando en el centro y le ofrecen el panfleto para el amarre, para el rezo, para los ángeles. En ese sentido creo que está muy arraigada a la cultura Latinoamericana. Por ejemplo, en Europa yo pregunto por una bruja y pues no.

MC:Un eje central de la novela es la transformación no deseada. Porque muchas veces la vida, con magia o no, nos trae cambios inesperados.

LMP: Creo que lo que yo descubrí escribiendo la novela es que la transformación de Lina es involuntaria. Ella estaba quieta y la muerte de su papá hace que se le abran los ojos. Y esto implica que tiene que enfrentarse a un destino que no sabía que era suyo. Ella estaba como en pausa porque además yo caí en cuenta hace poquito que Lina no trabaja. Que a mí igual no me importa, no me parece que todos los personajes deban tener toda la vida explicada en la novela. Y pues pensé, claro, Lina no trabaja porque está paralizada. Lo único que hace es arreglar la biblioteca del papá que acaba de morir. Estaba en espera de que ese destino se manifestara.

MC: Por último, ¿novelas que te hayan inspirado o te gusten como retratan la magia, lo oscuro?

LMP: Te voy a dar dos novelas que me inspiraron pero que leí después de escribir La mano que cura porque no me gusta leer sobre el tema que escribo porque siento que me unto, se me pega lo del otro y en ese momento no lo necesito. Uno es Carcoma de Layla Martínez y el otro es Jarroa de Andrea Fernanda Plata Gómez. Ambos libros conversaron mucho conmigo y mi novela.

  • Lina María Parra, La mano que cura, Polilla, Ciudad de México, 2024, 265 pp.

Melissa Cassab

Editora en nexos


Un comentario en “El filo oscuro de lo que somos: Entrevista con Lina María Parra

  1. Excelente entrevista. Me hizo abrir los ojos para entender las similitudes entre la vida de las mujeres brujas en Latinoamérica (Las de Colombia con las de México) y su ausencia en Europa.

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