El experimento soconusquense

La región del Soconusco, en la actual Chiapas, conoció casi dos décadas de excepción política. Contra el desconocimiento cabal de su historia social, la siguiente pieza arroja luz sobre un episodio de “neutralidad” territorial en pleno nacimiento del México independiente. ¿Cómo puede funcionar un territorio sin gobierno central? ¿Vivió realmente el Soconusco bajo un régimen de tolerada anarquía a mediados del siglo XIX?

Entre 1825 y 1842, el Soconusco —la región más meridional de Chiapas, que colinda con el océano Pacífico y Guatemala— vivió una situación totalmente excepcional. Durante esos 17 años no formó parte ni de México ni de su vecino del sur —que fueron primero las Provincias Unidas de Centro América y, después de su disolución en 1839, Guatemala—, pero tampoco fue un país independiente. Las dos naciones entre las que se encontraba lo declararon “territorio neutral”, pero esta expresión oscurece más que aclara su peculiar realidad política. En esas casi dos décadas, se gobernó sin que existiese una autoridad central. No tuvo jueces letrados ni cárceles. Obviamente, no existió forma alguna de poder legislativo. Es más, no se supo a ciencia cierta por qué reglas debía regirse: ¿por las Leyes de Indias o por los nuevos códigos legales que lentamente se aprobaban en México y en Centroamérica? Tampoco contaba con una fuerza armada —ejército o policía—; solamente con milicias de ciudadanos voluntarios.

Aunque funcionarios de México y Guatemala recurrieron a ese epíteto, no se trató de una república anarquista, dado que existieron órganos de gobierno y autoridades electas. El Soconusco contaba con tres ayuntamientos (Escuintla, Tapachula y Tuxtla Chico), conformados por un cabildo electo que se renovaba cada año y que tenían a su cabeza a un alcalde primero. Los catorce pueblos que los componían —poblados en su mayoría por indios, pardos y mulatos— habían conservado sus cabildos, también cadañeros, de origen castellano, impuestos durante el dominio español, que convivían, no sin fricciones, con los ayuntamientos de los que dependían. Tanto el alcalde primero de los ayuntamientos como los cabildos de indios o mulatos, a un menor nivel, impartían justicia haciendo la labor de jueces. La región tenía también sus autoridades religiosas: tres párrocos —uno por municipio—, que siguieron perteneciendo a la Diócesis de Chiapas y Soconusco, cuya sede se encontraba en Ciudad Real, la actual San Cristóbal de Las Casas.

La experiencia de este “territorio neutral” ha pasado totalmente desapercibida por parte de los politólogos, a pesar del enorme interés que representa para sus reflexiones teóricas: ¿Cómo funciona un territorio sin un gobierno central, sin jueces letrados, sin un cuerpo represor separado de la población? ¿Qué sucede con el orden público, con los grupos de poder, con las distintas corporaciones? ¿Cómo se ventilan y resuelven los conflictos resultado de la convivencia humana y de la lucha por los recursos?

Los historiadores —mexicanos y guatemaltecos—, en cambio, han dedicado miles de páginas al Soconusco de aquel entonces. Sin embargo, hasta fechas recientes, todos sus esfuerzos se habían centrado en documentar el conflicto diplomático que enfrentó a la república mexicana con su vecino del sur con el propósito de demostrar los legítimos derechos que cada nación alegaba tener sobre el Soconusco en particular y sobre Chiapas en general. Esos libros son tan sólo unos capítulos más del largo conflicto que enfrentó a las dos naciones vecinas y que en ocasiones amenazó con desatar una guerra. Sus autores, obviamente, carecen de toda imparcialidad y no se interesan en conocer lo que vivieron los soconusquenses en esos años; sólo reiteran que éstos siempre se sintieron mexicanos o guatemaltecos, según la nacionalidad del historiador.

Afortunadamente, en las últimas décadas, investigadores académicos han abordado el estudio de la incorporación de Chiapas y del Soconusco a la república mexicana más con el afán de comprender e interpretar lo sucedido que con el de justificar o deslegitimar las acciones de una nación u otra.1 Pero, a pesar de su calidad, el énfasis continuó puesto en la historia diplomática. Otros quisieron documentar la vida interna del Soconusco neutral, pero sus esfuerzos se vieron frustrados por la escasez de documentación local: el clima cálido y húmedo del Soconusco no es nada propicio a la conservación de los archivos. Sólo ahora, el historiador Justus Fenner ha logrado avanzar en esta tarea en su fascinante libro, Neutralidad impuesta. El Soconusco, Chiapas, en búsqueda de su identidad, 1824-1842 (CIMSUR-UNAM, 2019).

No es una casualidad que este investigador haya sido el primero en lograr acercarse a las experiencias de los soconusquenses durante esos años. Desde 1986, Justus Fenner se ha dedicado a rescatar del olvido y de la destrucción innumerables archivos locales, públicos y privados, en todo el territorio chiapaneco, además de haber prestado su ayuda y su asesoría experta a muchos de los grandes repositorios documentales del estado. El archivo histórico municipal de San Cristóbal de Las Casas se ha conservado gracias a que, el 1.° de enero de 1994, este historiador se armó de valor y fue a convencer a los zapatistas, que habían empezado a vandalizar el ayuntamiento, de que respetaran el archivo histórico, que resguardaba, según argumentó acertadamente, la memoria del pasado de los indígenas de Los Altos. Su apasionada defensa logró que el subcomandante Marcos ordenase poner sellos en la puerta del archivo municipal para salvaguardar así su integridad.

Con esos antecedentes, Justus Fenner se ha convertido en la persona que más sabe de archivos sobre Chiapas —no sólo de los que se encuentran en el estado, sino también de los que existen en el país y en el resto de mundo—, especialmente los que contienen información posterior a la Independencia. Lógicamente, este historiador supo dónde encontrar los testimonios escritos que le permitieron rescatar algunas tramas de aquella sorprendente historia.

La incorporación de Chiapas a México

Pero, ¿cómo fue que el Soconusco acabó convertido en “territorio neutral” durante casi dos décadas? Tras la Conquista, el Soconusco, que había sido una provincia tributaria de México-Tenochtitlan, pasó a formar parte, junto con el llamado “Despoblado” —ahora la región Istmo-Costa de Chiapas— de la gobernación del Soconusco, que a partir de 1569 quedó definitivamente sujeta a la Audiencia de Guatemala e incorporada al reino de ese mismo nombre, al igual que la vecina provincia de Chiapas. Al crearse la intendencia de Chiapas en 1786, la gobernación del Soconusco quedó integrada a ésta como uno de sus tres partidos (los otros eran Tuxtla y Ciudad Real). Posteriormente, en 1805, se ordenó dividir dicho territorio en dos, dando lugar a los partidos de Tonalá —la antigua región de El Despoblado— y al de Tapachula —el Soconusco, propiamente dicho—.

En agosto de 1821, tras conocerse el triunfo de Iturbide, varios ayuntamientos de Chiapas declararon su independencia de España y la incorporación de la intendencia a lo que sería el Imperio Mexicano. Su ejemplo fue seguido por algunas ciudades y provincias del reino hasta que, en enero de 1822, las autoridades guatemaltecas también aceptaron unirse al recién formado Imperio Mexicano.2

Sin embargo, a raíz de la abdicación de Iturbide, el 19 de marzo de 1823 un congreso centroamericano acordó su separación de la naciente república mexicana. Las autoridades de Chiapas, sin embargo, se negaron a participar en dicho congreso y, en cambio, el 8 de abril autoridades civiles y eclesiásticas, junto con varios notables, acordaron instalar una junta de representantes de los 12 partidos para decidir el futuro de la provincia. A pesar de que no habían llegado a la reunión los delegados de los partidos de Tapachula e Ixtacomitán, el 8 de junio se sometió a votación a qué nación debía agregarse Chiapas. El resultado fue un empate a cinco. En vista del resultado, los representantes de los partidos acordaron erigirse en Junta Suprema Provisional, misma que regiría a la provincia hasta que se tomara una decisión definitiva sobre su destino.

Cinco meses después, el 24 de marzo de 1824 la Junta volvió a programar una reunión para acordar definitivamente a qué nación pertenecería Chiapas, pero en esa ocasión los términos de la convocatoria sufrieron un cambio drástico. La decisión no la tomarían los doce representantes de los partidos, sino los ayuntamientos, con la peculiaridad de que los votos de cada uno de ellos se multiplicarían por su población total.

La consulta a los ayuntamientos y el “cómputo” de los votos se demoró casi cinco meses. En el ínterin, el 3 de mayo el ayuntamiento de Tapachula —cabecera del partido— se pronunció a favor de la integración a México y nombró a su representante ante la Junta Suprema Provisional. Pero el 24 de julio el bando pro-guatemalteco, aprovechando la ausencia de los alcaldes primeros de Tapachula y de Tuxtla Chico, declaró la agregación del Soconusco a Guatemala, lo que fue rápidamente aceptado por la Asamblea Constituyente de Centro América y, en cambio, rechazado por la Junta Suprema Provisional de Chiapas. A pesar de aquella declaración, el representante del Soconusco participó en la reunión en Ciudad Real del 11 de septiembre en la que se contabilizaron los “votos” de los pueblos. El resultado fue de 96 829 votos para México, 60 391 para Guatemala y 15 724 indiferentes.

A raíz de ello, tanto México como Guatemala reclamaron al Soconusco como parte de su territorio. El primero alegó que, al formar parte de Chiapas, éste había quedado incorporado a su república, de acuerdo con el conocido principio del derecho romano: “lo accesorio sigue a lo principal”. Guatemala, por su parte, legitimó su postura con base en la declaración del partido del 24 de julio. En enero de 1825, esta nación decidió hacer efectiva dicha incorporación, y una fuerza armada ocupó el Soconusco. Lucas Alamán, a la sazón ministro de relaciones interiores y exteriores, amenazó, entonces, con enviar tropas para asegurar la soberanía mexicana sobre el Soconusco. Ante el riesgo de que se desatara una guerra, las dos naciones acordaron que el Soconusco sería un “territorio neutral” mientras se negociaba un tratado de límites, negociación que, según preveían, no habría de tardar más de algunos meses. Las tropas guatemaltecas se retiraron del Soconusco, pero por pequeñas discrepancias en el contenido del acuerdo, éste nunca llegó a firmarse, de tal forma que quedó tan sólo como un “pacto de caballeros”. Contrariamente a lo previsto, el tratado de límites no habría de concretarse en unos meses, sino que las negociaciones se demorarían 57 años para llegar a buen fin.

La creencia de que la ambigua situación del Soconusco sería de corta duración explica que no se hubiesen previsto medidas para su gobierno y que los alcaldes primeros de los tres ayuntamientos quedasen como las autoridades de más alto rango en el territorio. Esta situación excepcional habría de terminar abruptamente en 1842, cuando Santa Anna, haciendo caso omiso del pacto con Guatemala, ordenó la invasión del Soconusco, alegando que sus habitantes, supuestamente hartos del desorden y de los conflictos en que se hallaban envueltos, suplicaban su incorporación a México.

Ilustración: Ricardo Figueroa

El Soconusco neutral

¿Hasta qué punto eran ciertos esos alegatos? Esta es la pregunta central a la que busca dar respuesta el libro de Justus Fenner. Resumamos, aquí, la abundante información que Neutralidad impuesta aporta y sus principales argumentos. Ciertamente, durante esos quince años, el Soconusco no vivió en perfecta armonía. La región contaba tan sólo con unos diez mil habitantes, de los cuales dos terceras partes eran indios y el resto pardos, mulatos, mestizos, junto con unos pocos —pero poderosos— españoles. Los tiempos del auge del cultivo de cacao habían quedado atrás, como resultado de la catástrofe demográfica que había sufrido la región en el siglo XVI. En aquel momento, su mayor riqueza provenía de la ganadería, cuya producción controlaban en gran medida tres familias españolas que poseían grandes extensiones de tierra. Los demás pobladores vivían de sus milpas, de la pesca y de la producción de algunos cultivos comerciales en pequeña escala, como eran el añil, la vainilla, el cacao y la caña de azúcar, que servía para producir aguardiente.

El principal y continuado motivo de diferencias políticas en el Soconusco tuvo su origen en la pretensión del ayuntamiento de Tapachula de erigirse por encima de los otros dos, dictándoles órdenes, que Tuxtla Chico y Escuintla ignoraban deliberada y abiertamente.

Los párrocos fueron otro motivo de enconados pleitos, principalmente con su feligresía india. Para empezar, todos cobraban obvenciones excesivas. No faltaron, además, los que quisieron adueñarse del ganado de las cofradías o quedarse con parte del dinero recabado para la reconstrucción de la iglesia de Tapachula. Alguno llegó, incluso, a hacerse de tierras comunales para la crianza de su propio ganado.

Como era de esperarse, también hubo conflictos entre los pueblos y los grandes propietarios por el control de las tierras comunales. De hecho, el número de fincas aumentó en esos años, aunque difícilmente esto puede achacarse a la falta de juzgados, ya que en los países vecinos se produjo el mismo fenómeno.

El ayuntamiento de Tapachula conoció una crisis seria en 1837 cuando el alcalde primero, Silverio Escobar —un hombre fuerte partidario de la integración con Guatemala— huyó del pueblo a raíz de la epidemia de cólera que se había desatado. El resto del ayuntamiento, indignado por su cobardía, lo destituyó. Con el fin de recobrar su puesto, Silverio Escobar atacó Tapachula con cincuenta hombres armados, pero fue derrotado y se exilió en Guatemala. Uno de sus más cercanos seguidores, Ignacio Javalois, que también había sido alcalde primero, fue arrestado, juzgado y condenado a prisión; pero cómo no existían cárceles en el Soconusco, siguió en libertad.

Sin duda, el conflicto más agudo fue el que se desató a raíz del refugio que el Soconusco proporcionó al expresidente de las Provincias Unidas de Centro América, Manuel Arce, en el año de 1829. Este político aprovechó la protección de la que gozaba para reunir a sus seguidores en Tuxtla Chico y luego en Escuintla hasta conformar una fuerza de doscientos hombres armados con el fin de lanzar una incursión a Guatemala y recobrar el poder. Mientras el ayuntamiento de Tapachula apoyaba los airados reclamos del gobierno de las Provincias Unidas de Centro América, Tuxtla Chico y Escuintla defendían con ahínco su derecho a ofrecer asilo político. Finalmente, el gobierno de Centro América, previo aviso al gobierno de Anastasio Bustamante, quien enfrentaba en ese momento una nueva rebelión de Santa Anna, lanzó una incursión sobre Escuintla, con el apoyo de voluntarios de Tuxtla Chico y de Tapachula. Dicha acción resultó de lo más sangrienta. Murieron 86 personas, el pueblo de Escuintla fue saqueado y sus casas, quemadas.

Justus Fenner, como buen historiador detallista, nos muestra en su libro la complejidad de estos conflictos. Las oposiciones nunca coincidían con las corporaciones existentes, ya que las diferencias se reproducían también en su interior. Aunque la historiografía tradicional ha querido presentar al municipio de Tapachula como pro-guatemalteco y los de Escuintla y Tuxtla Chico como pro-mexicanos, en cada uno de sus pueblos había partidarios de las dos opciones, que, incluso, se alternaron a la cabeza de los ayuntamientos. De igual forma, aunque el cabildo de Tuxtla Chico había defendido el asilo del expresidente Manuel de Arce, cuando la incursión guatemalteca al Soconusco, varios habitantes del municipio se unieron a las tropas invasoras.

Finalmente, aunque hubo continuos conflictos entre campesinos indios y propietarios españoles y diversos roces entre los cabildos de los pueblos indios y los ayuntamientos controlados por ladinos, los naturales nunca hicieron frente común, por las inevitables diferencias entre pueblos vecinos y al interior de éstos mismos.

A pesar de estos conflictos —como bien lo señala el autor en las conclusiones—, cada año los cabildos de los tres ayuntamientos se renovaron tras celebrarse elecciones que nadie parece haber impugnado. Partidarios de la unión con México y defensores de la integración con Guatemala convivieron en los cabildos y se alternaron pacíficamente a la cabeza de éstos. Sin duda, el hecho de que ambos bandos supiesen que nadie les consultaría a la hora de decidir a qué país se agregaría el Soconusco restaba importancia a sus posiciones al respecto.

En cambio, en esos años, en México y en las Provincias Unidas de Centro América —y luego en Guatemala—, los conflictos políticos violentos, los golpes de Estado y las guerras civiles fueron el pan nuestro de cada día. No deja de ser irónico que fuese Santa Anna, el principal causante de la inestabilidad política de la república mexicana, quien ordenase la invasión del Soconusco para poner fin al supuesto desorden que reinaba en aquella región.

Quien mejor describió la paradoja del Soconusco neutral fue, sin duda, el comandante del piquete de soldados de Comitán, Eleuterio Negrete. En un informe que redactó en 1831, y que Justus Fenner rescata del olvido, argumenta que el Soconusco, al carecer de un poder central, de leyes y de tribunales, debía de vivir en un estado de total anarquía y despotismo. Pero como nada de ello sucedía, según había podido observar, la única explicación que se le ocurría era que sus habitantes eran pacíficos por naturaleza:

Su actual gobierno verdaderamente es el de una anarquía tolerada. Los pueblos, conforme a sus decretos que los han mantenido en neutralidad deben ser regidos por sus autoridades locales […] Por fortuna, son los habitantes de aquel país industriosos, alegres, pacíficos y, a excepción de pocos de Tapachula, en lo general hospitalarios, amantes de sus amigos y enemigos de pendencias, que, a no ser así, serían aquellos semilleros de perversos, hubieran desgracias y, como allá no se halla lo conveniente para la sustanción [sic] hasta la definitiva de una causa ni para la formalidad de los juicios ni cárceles para contener a los malhechores, y éstos estarían multiplicados en superlativo grado o los alcaldes deberían ser como monarcas absolutos, sin poderle remediar en las críticas circunstancias en que se han visto.3

A pesar de la paz relativa que gozó el Soconusco en comparación con lo que sucedía en las naciones vecinas, el autor no deja de señalar que ninguno de sus habitantes dejó testimonio escrito de que quisieran continuar en la situación en la que se encontraban. En el siglo del nacionalismo, no sólo las declaraciones de las élites, sino también las solicitudes de los pueblos de indios, fueron todas encaminadas a pedir que se pusiera fin a tal anomalía política, ya sea incorporándose a México o a Guatemala. En aquellos tiempos, los políticos y los periodistas se dirigían constantemente a unos ciudadanos que simplemente eran irreales dado que la sociedad se regía por lógicas enteramente corporativas.4 En forma similar, los pobladores del Soconusco clamaban por un Estado que garantizara la paz y el orden, que impartiera justicia y que protegiera a los débiles de los abusos de los poderosos, pero que, como no tardarían en descubrir, sólo existía en su imaginación.

 

• Justos Fenner, Neutralidad impuesta. El Soconusco, Chiapas, en búsqueda de su identidad, 1824-1842, Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur-UNAM, 2019, 377 p.

 

Juan Pedro Viqueira Alban
Profesor-investigador del Centro de Estudios Históricos del Colmex


1 Véase Vázquez Olivera, M. Chiapas mexicana. La gestación de la frontera entre México y Guatemala durante la primera mitad del siglo XIX, UNAM, México, 2018.

2 Vázquez Olivera, M. El Imperio Mexicano y el Reino de Guatemala, FCE/UNAM, Guatemala, 2009, pp. 23-113.

3 Citado en Fenner, J. Neutralidad impuesta, pp. 152-153.

4 Véase el ya clásico libro de Fernando Escalante Gonzalbo, Ciudadanos imaginarios, 2.ª edición,El Colegio de México, México, 2020.

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Publicado en: Noticias de Cipango