El estado del cine mexicano. Primera parte: industria dependiente

Cuando se dice que el cine mexicano vive una crisis, es en términos de industria y competencia internacional. Se dice a partir de los números de taquilla y asistencia, en términos de butacas ocupadas y consumo. El cine, en este sentido, es un negocio, y el público mexicano que tiene el cuarto lugar en asistencia a nivel mundial, aún no consume cine nacional de la misma manera que consume cine estadounidense. En gran medida, el problema de la producción ha sido superado; de acuerdo al anuario estadístico del Instituto Mexicano de Cinematografía, en 2014 la producción nacional alcanzó 130 películas, colocando a nuestro país entre los primeros 20 con mayor producción cinematográfica a nivel mundial, número que creció aún más durante 2015, alcanzando 140 producciones. Este aumento constante se debe principalmente a los estímulos y fondos que el gobierno otorga cada año a través de IMCINE. La mayoría de las películas realizadas en México cuentan con el apoyo de programas como Eficine, Foprocine y Fidecine enfocados a la producción, postproducción y distribución de cine mexicano. Según las estadísticas de IMCINE, de las 130 películas producidas en 2014, solo 36 fueron producidas sin apoyo del gobierno.

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Sin embargo, que una película sea producida y figure en las estadísticas de un año no significa que haya tenido salida en salas. Muchas de las películas que se producen —con o sin fondos del gobierno— no alcanzan la distribución a nivel nacional o tardan mucho tiempo llegar al público. La oferta sigue creciendo, pero aún no se refleja el interés del público mexicano por ver y apoyar su propio cine. Recientemente, IMCINE ha tomado varias medidas para incentivar que el cine mexicano de hecho se vea en nuestro país. Las más destacadas son la Semana de Cine Mexicano en tu Ciudad, una gira que lleva cine mexicano a las salas de los distintos estados, y la nueva plataforma de IMCINE en el sitio español FilminLatino, que ofrece un amplio catálogo de cine nacional al que los usuarios pueden acceder de manera gratuita.

En el top

A diferencia de hace una década, cuando la producción cinematográfica nacional aún luchaba para salir de la sequía fílmica de finales de los noventa (según el último anuario estadístico de IMCINE, en 2005 se estrenaron 25 películas mexicanas), el problema ahora es la demanda. ¿Por qué en este panorama, próspero en términos de asistencia general y producción cinematográfica, el cine mexicano sigue sin generar ingresos sustanciales en taquilla? ¿Por qué aún no alcanzamos un estatus de industria sustentable?

Es importante notar que este problema tiene diversas causas y no se limita a México. En un artículo para LatamCinema, Cynthia García Calvo apunta que “cada año, son contados los lanzamientos de películas latinoamericanas en salas de la región. A las multisalas llegan los grandes lanzamientos —escasísimos— avalados por alguna major, mientras que el grueso de la creciente producción latinoamericana queda en manos de distribuidores independientes que se enfrentan a las dificultades de un escenario cada vez más complejo”.

En México, este escenario incluye enfrentar a las dos cadenas exhibidoras más importantes y cubrir el VPF (Virtual Print Fee), una cuota para financiar la compra de proyectores digitales para las salas de las grandes exhibidoras. La digitalización de las salas implica “disminuir considerablemente el costo de producción de las copias (en promedio US$1,000), pero sobre todo los costos de traslado y almacenaje”, apuntan Mariana Cerrilla y Rodrigo Herranz en el artículo “El precio de la digitalización” publicado en la revista CineToma en 2012.  Sin embargo, a más de tres años de su implementación en México, el VPF aún resulta prohibitivo para la mayoría de las distribuidoras independientes. No es casualidad que el top 10 en taquilla de películas mexicanas de 2015 se haya repartido entre cuatro distribuidoras: Videocine, Warner, Universal y Cinépolis, pues la taquilla depende en gran medida del número de copias y la publicidad. Aún así, según los resultados preliminares de Canacine, los ingresos representan apenas 5.7% del total de taquilla en México. El tan discutido y repudiado VPF tiene fecha de caducidad. Una vez completado el proceso de digitalización de las exhibidoras, el subsidio de recuperación de la inversión será eliminado y el VPF ya no será un factor decisivo para que las distribuidoras o productoras pueden estrenar sus películas en salas comerciales. Que esto tenga un efecto positivo en la distribución de cine mexicano se verá reflejado a lo largo de los siguientes cinco años.

La mayoría de las cintas más taquilleras de 2015 recibieron apoyo del gobierno, ya sea por el estímulo fiscal Eficine, por el fondo de inversión Fidecine o por el fideicomiso Foprocine, y están dirigidas al llamado “gran público”. Aunque entre este top 10 hay un par de películas que sorprendieron a la crítica por su calidad y alcance, me refiero principalmente a Gloria de Christian Keller, una cinta biográfica sobre Gloria Trevi en la cual la excelente Sofía Espinosa protagoniza una versión que no es ni victimizante ni apologética de la vida de la icónica cantante, la mayoría de las producciones que han puesto a México en el mapa del cine internacional no están ni cerca de alcanzar estas cifras. En este top 10 también figura Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando de Manolo Caro, una comedia negra que, a pesar de su guión en ocasiones forzado, en general resulta interesante por las actuaciones de Cecilia Suárez, Mariana Treviño y Vanessa Bauche. Sin embargo, hay otros ejemplos menos afortunados que siguen una de muchas fórmulas copiadas al cine estadounidense que, aunque suelen ser exitosas, aportan poco al cine nacional. Como ejemplo basta mencionar A la mala de Pedro Pablo Ibarra, la única película mexicana dirigida al público adulto que logró superar la marca de 100 MDP en taquilla, una comedia romántica que sigue las reglas y clichés del género (en sus peores momentos) al pie de la letra. A la mala es una apuesta segura, como lo han sido las películas mexicanas más vistas de los últimos años (No se aceptan devoluciones y Cásese quien pueda, por poner dos ejemplos recientes), sobre todo porque la fama de quienes las protagonizan, en este caso Aislinn Derbez, es suficiente para llenar salas. Sin embargo, también está relacionado a las estrategias de mercadotecnia y publicidad de Videocine, la empresa que estuvo encargada de la distribución de seis de las diez películas más taquilleras de 2015.

Ante estos resultados, es inevitable preguntarse: ¿acaso al público mexicano solo le interesan las películas nacionales que resultan familiares por el tema (Gloria Trevi); el elenco (cualquier miembro de la familia Derbez o demás actores cuya fama se deba a la televisión); o que ofrezcan un producto conocido (Un Gallo con Muchos Huevos —¿cómo es que siguen haciendo esta franquicia?— ocupó el número uno en taquilla el año pasado). Como bien apunta Cynthia García Calvo en su artículo: “El problema de la distribución de cine latinoamericano es como el dilema del huevo y la gallina. ¿No vemos cine latinoamericano porque al público no le interesa y los distribuidores y exhibidores no quieren arriesgarse, o ante la falta de distribución y exhibición, el público no puede generar el hábito?”

México dependiente

En 2015 se estrenaron 71 filmes mexicanos en salas comerciales, incluyendo algunas de las mejores películas realizadas en México en lo que va de esta década. Cintas como Güeros de Alonso Ruizpalacios, Carmín Tropical de Rigoberto Pérezcano y  600 millas de Gabriel Ripstein, pusieron a México en el radar del circuito de festivales internacionales los últimos dos años. Estas cintas reflejan distintas realidades de un México diverso a través de géneros cinematográficos con el potencial de atraer a un gran público. Ya sea una comedia en blanco y negro sobre movimientos sociales, el clasismo mexicano, y el desencanto de la juventud con los discursos políticos, que interactúa con el público derribando la cuarta pared; o un thriller situado en Oaxaca sobre la violencia velada contra la comunidad muxe, este nuevo cine mexicano ofrece visiones valiosas que, sin apelar a lo exótico, han encantado al público de afuera. Sin embargo, la recepción al interior del país ha sido en extremo limitada. De esta lista solo las primeras dos se estrenaron en fechas que pudieron ser registradas en el histórico de taquilla y resultados preliminares disponibles en el sitio de Canacine y, a pesar de la cobertura mediática nacional e internacional, sus premios y nominaciones, no figuraron entre los primeros lugares de estrenos semanales cuando estuvieron en cartelera.

Cuando se habla de cine independiente mexicano por lo general se piensa en las películas que hacen ruido en festivales internacionales y ganan premios, como las mencionadas arriba, o en realizadores como Carlos Reygadas y Nicolás Pereda, reconocidos en circuitos festivaleros por romper convenciones y por su visión autoral. El concepto de “cine independiente” suele pensarse como sinónimo de “cine de arte”, categoría un tanto endeble por carecer de criterios sólidos para establecer exactamente qué la define. En ocasiones, cuando se utiliza ese calificativo, parece que más bien se quiere decir “cine para un público limitado”, esas películas que no son para todos, que dificultan la ingesta de palomitas.

La característica que define al cine independiente es haber sido producido fuera de los circuitos comerciales y sin la inversión de las grandes casas productoras o con el apoyo de empresas exhibidoras y distribuidoras. Como en México esta industria simplemente no existe —ni siquiera las películas afiliadas a alguna major pueden prescindir por completo de los fondos y estímulos del gobierno (Gloria, distribuida por Universal, obtuvo Eficine al igual que A la mala de Videocine, empresa que a su vez funge como contribuyente aportante, por regresar a ejemplos anteriores)—, las películas independientes serían aquellas que se producen al margen de dichos fondos y estímulos, pues, en realidad, la categoría de cine independiente responde a los medios y vías de producción de una película, no a su contenido.

En un artículo para El Economista publicado a finales de 2015,  Vicente Gutiérrez escribió: “los números indican un fracaso del cine nacional en el circuito comercial y la inversión del Estado en el cine mexicano, que supera 800 millones de pesos, va a fondo perdido, pues casi nunca se recupera la inversión.” Aunque es difícil contradecir esta declaración, pues los números parecen probar que existe un déficit insostenible en términos de inversión y recuperación, hablar de un “fondo perdido” es anular hasta cierto punto el valor de la producción de cine nacional. En 2015 se estrenaron varias películas muy bien recibidas en festivales nacionales e internacionales que aún no llegan a la cartelera nacional. Te prometo Anarquía de Julio Hernández Cordón, Las elegidas de David Pablos y Monstruo de mil cabezas de Rodrigo Plá, son tres ejemplos que, esperemos, estén disponibles para el público mexicano en salas o en plataformas digitales a lo largo de 2016. Películas como estas destacan por su calidad, tanto en términos de contenido (historias narradas desde y para México, pero con valores universales, que tocan temáticas urgentes e invitan a reflexiones sobre el funcionamiento de nuestro país), como en términos de lenguaje cinematográfico y construcción dramática.

Este tipo de películas no podrían realizarse sin el apoyo de las instituciones gubernamentales dedicadas al fomento del cine y la cultura. ¿De qué depende que estas películas logren romper el círculo de “fracaso” en taquilla? ¿Acaso el trabajo de difusión de las distribuidoras debe mejorar? ¿Sería obligación del gobierno impulsar aún más la distribución comercial de estas cintas en las que ya invirtieron? ¿Deberían las exhibidoras facilitar que este tipo de películas lleguen a más salas y en mejores horarios? ¿Acaso la respuesta es una política pública —que muchas veces se ha trazado pero no ha llegado a concretarse— para aumentar de manera obligatoria el porcentaje de salas que exhiben películas mexicanas? La participación aislada de uno de los actores de esta industria incipiente no puede revertir este fenómeno.

Exhibición y consumo

Así como la producción no puede seguir dependiendo casi por completo del apoyo gubernamental, la distribución y exhibición requiere una estrategia nueva que permita al público mexicano consumir su propio cine. IMCINE y los más de cien festivales que se realizan en México cada año son parte fundamental de la creación de un público interesado en consumir películas que no se encuentran en la cartelera comercial de las dos grandes exhibidoras, sin embargo, su impacto aún es limitado. Festivales como Ambulante, FICUNAM y Distrital son plataformas importantes para la circulación de cine de autor, documental, experimental e independiente, ya sea por su naturaleza itinerante (la gira de Ambulante llega a más estados que ninguna otra), por su labor de difusión en espacios clave con el fin de formar un público crítico y activo  (las funciones de FICUNAM en el Centro Cultural Universitario que se complementan con las actividades realizadas con la Cátedra Bergman de la UNAM), o por poner nuevas expresiones cinematográficas o retrospectivas de autores reconocidos del circuito independiente en plataformas de amplio alcance (en su sexta edición, Distrital ha puesto una gran oferta de películas en plataformas digitales como Cinema Uno, Cinépolis Klic, Festival Scope y MUBI, disponibles hasta el 11 de febrero en distritalmx). Estos tres festivales siempre programan secciones de cine mexicano independiente con el fin de impulsar su exhibición y ponerlo al alcance de sus diversos públicos.

En este presente tan complejo, lo ideal, en un plan a futuro, sería crear una demanda constante para satisfacer esta oferta creciente, es decir, concentrarnos en la formación de públicos. El panorama no se ve muy prometedor a la luz de la controversia más reciente sobre el paternalismo de las instituciones que deciden qué debemos ver y dónde, la cual involucra a la Cineteca Nacional, el recinto más importante en nuestro país híper centralizado para la exhibición y distribución de películas no comerciales, la exhibidora que marca la pauta en el circuito independiente. La semana pasada se publicaron varias notas sobre la decisión de la Cineteca Nacional, dirigida por Alejandro Pelayo, de cancelar el estreno de la coproducción mexicana Lucifer de Gust Van der Berghe. Ante esta noticia, la cual se difundió en redes sociales en muy poco tiempo, el público alzó la voz y el estreno se reprogramó para el 29 de enero (ahora seguramente muy exitoso). Sin embargo, las declaraciones sobre el nivel de “educación” del público que asiste a la Cineteca y que —al parecer— se queja de algunas películas, resultó indignante para muchos. El caso de la cancelación de este estreno se difundió, viralizó y resolvió en cuestión de horas y, aunque más tarde algunas notas aclararon que las declaraciones del director de la Cineteca fueron, en sus propias palabras, “descontextualizadas”, el subtexto es claro: al público mexicano no le interesa ver cine experimental. En una entrevista radiofónica Pelayo matizó: “Dije que ese tipo de cine no narrativo necesita más información para que la gente sepa qué va a ver”. Pero en este sentido, ¿qué no poner dicha información al alcance del público es parte de la labor de la Cineteca como un recinto con el potencial de formar públicos nuevos?

Los números parecen indicar que este desinterés por parte del público mexicano es cierto. Pero, considerando la cantidad de producciones mexicanas dirigidas a este público “educado” que prefiere ver propuestas y narrativas cinematográficas distintas a la oferta repetitiva del cine comercial, existe una urgencia por encontrar soluciones y evitar que dicha inversión se vaya a ese infame “fondo perdido”.  El papel de quienes consumimos cine es fundamental. ¿Es posible transformarnos de público pasivo que consume el cine que se le pone enfrente, a un público activo y organizado que exija una mayor oferta por parte de las exhibidoras? El caso de Lucifer sugiere que sí, aunque se trata de un ejemplo a muy pequeña escala en un espacio de exhibición cuyo modelo no es representativo al del resto de las exhibidoras. Sin embargo, quizá la participación activa del público consumidor sea una manera de comenzar a revertir esta tendencia. En este sentido, ¿qué podemos hacer para recuperar nuestras salas; para reclamar nuestro cine?

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Publicado en: Cine

2 comentarios en “El estado del cine mexicano. Primera parte: industria dependiente

  1. Hola Hipatia. Es un buen arranque para establecer cuál es el estado del cine mexicano actualmente. Hace falta incluir las voces de quiénes coordinan los apoyos gubernamentales, los dueños de las salas de cine independiente, los productores y directores que han logrado sacar adelante sus películas y por ende profesionalizarse con los distintos estímulos, coproducciones y fondos, las distribuidoras que hacen todo la labor para llegar al público. El panorama no es tan negro, sobretodo si se compara con la situación de finales del siglo pasado.
    Uno de los problemas es seguir encasillando el cine mexicano en cine mexicano. Esa categoría debería anularse. Hay cine bueno, malo, regular, comercial, independiente, de autor, etc. Mientras sigamos metiendo en una caja de cereal a todo lo que se produce en México, y hagamos el llamado a “vean cine mexicano porque es cine mexicano”, no habrá cambio en el discurso oficial, ni de los creadores, ni de la prensa cinematográfica. Actualmente, y lo más importante, es que hay producción, hay variedad y hay profesionalización en el oficio de hacer cine. Los distribuidores y exhibidores independientes están en ello, pero es un camino largo aún.
    Otro elemento al que hay que poner atención es la falta de crítica especializada y prensa dedicada a la cobertura cinematográfica en México. Hay mucha, pero mala. Pocos son los colegas que ven las películas, investigan, se asoman a las locaciones, reportean con alguien más que no sea el director o la protagonista. Las agendas de los medios le dan más importancia a las producciones de las “mayors”. Así, la información llega maltrecha al público.
    Trabajo en FICUNAM y lo que más me ha sorprendido es que hay un público natural del cine no comercial. Es un público que, en su mayoría, no llega a los treinta años y ya ha devorado, en cines, copias piratas, plataformas digitales, redes, más películas que muchos de sus maestros universitarios. Y les gusta experimentar. Les gusta ver películas de las que no saben nada y salen de la sala sorprendidos. A ellos, público cautivo, nadie les está hablando. Y no hace falta, solos descubren lo que quieren ver de entre la nutrida, sobre nutrida, casi obesa, oferta audiovisual.
    Esperamos con ansias las siguientes partes del artículo. Saludos.

    1. Hola Mariana. Gracias por tu comentario. Estoy muy de acuerdo con lo que planteas, sobre todo en términos del encasillamiento indiferenciado de todo lo producido en México. Alguna vez hice un artículo sobre eso en Tierra Adentro y también me parece que deberíamos anular esa categoría, por lo menos como espectadores, y salirnos de ese discurso. Sin embargo, dado que tanto de nuestro cine se realiza con el apoyo del estado, también es importante analizarlo en términos de producción nacional. Creo que tal vez el texto suena un poquito negro, como mencionas, pero también estoy de acuerdo que hay muchísimas iniciativas para difundir buen cine en nuestro país (yo, por mi parte, espero con ansias la programación de FICUNAM de este año) y que hay muchas cosas positivas en este panorama. Escribí este texto por partes (que en principio iba a ser nada más un recuento de las películas mexicanas de 2015) porque me parece que es un fenómeno muy complejo y hay que ver las distintas caras. Tienes mucha razón, creo que es importante analizar los distintos procesos desde el punto de vista de quienes participan en ellos. Me gustaría, en una tercera parte, incluir la perspectiva de quienes otorgan los apoyos institucionales (que me parecen de suma importancia, ya que se ha hecho una labor extraordinaria en este aspecto) y una cuarta enfocada a quienes exhiben y difunden este tipo de cine (los festivales, muestras, cineclubes, exhibidoras independientes, etc). Muchas gracias por tu comentario y muchos saludos.

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