El encanto del pequeño escritorio

En una época donde la música parece fabricada para viralizarse, el fenómeno de los Tiny Desk Concerts representa una revolución discreta. Nacido casi por accidente en 2008 en la sede de NPR en Washington, D.C., el formato se convirtió en una plataforma global que reformuló lo íntimo, lo acústico y lo humano como virtudes estéticas y políticas. Sin grandes escenarios, sin efectos especiales ni filtros digitales, el concierto sucede en una oficina, frente a un puñado de trabajadores curiosos y una cámara fija.

Todo comenzó cuando Bob Boilen, conductor de NPR, y el editor Stephen Thompson invitaron a la cantautora Laura Gibson a tocar en la abarrotada oficina de Boilen, tras no poder escucharla bien en el festival SXSW. Así nació el primer Tiny Desk Concert, cuyo nombre proviene de la banda que Boilen integró en los años setenta: Tiny Desk Unit.

Desde entonces, más de 1 100 conciertos se han grabado bajo la misma premisa: sin monitores, sin escenografía. Un formato que exige reinterpretar las canciones desde su esqueleto. Como dijo la artista catalana Silvia Pérez Cruz en una entrevista con El País, el entorno es tan simple que impone: una sala de juntas improvisada como camerino, sin distracciones, en el que cada nota y gesto cuenta. En esa sobriedad escénica se esconde una prueba para los artistas: la de enfrentarse al sonido sin armaduras.

A lo largo de los años, el fondo del escritorio se ha llenado de objetos que los músicos han dejado como ofrenda: una baraja, unos calcetines, un cepillo de pelo. Cada concierto deja su rastro físico y emocional. Y no hay concesiones: todos los músicos, sean celebridades o desconocidos, enfrentan las mismas condiciones.

Horizontalidad musical y criterio curatorial

Lo más radical de Tiny Desk es su formato democrático: estrellas del pop, bandas de jazz, cantautores uruguayos o grupos de K-pop comparten el mismo escritorio y las mismas reglas. No hay privilegios técnicos ni boletos VIP. El criterio de selección lo define un grupo de once productores especializados en diferentes géneros; entre ellos, Félix Contreras, mítico locutor del programa Alt.Latino desde 2010 y encargado de curar la presencia latinoamericana.

Durante la pandemia, el formato se adaptó con los Tiny Desk (Home) Concerts, grabados en casas o estudios, sin perder su ethos de cercanía. Lejos de decaer, su popularidad creció: 45 millones de visitas mensuales en la página de NPR y transmisiones que han sido seguidas por más de 120 millones de personas alrededor del mundo.

Uno de los más exitosos de esos tiempos fue el de C Tangana, el primer artista español en grabar un Tiny Desk que al momento de escribir este texto acumula 69 millones de vistas. Su sesión fue grabada en Madrid, en la emblemática Casa Carvajal, la histórica estructura brutalista de Somosaguas construida en los años 60 con un legado árabe asumido y enormes bloques de hormigón. En medio del acogedor salón y la suave luz del atardecer madrileño, Tangana se reunió junto a Kiko Veneno, Niño de Elche, Antonio Carmona, Alizzz y su propia madre y tía para estrenar el formato de música y sobremesa que lo acompañó en la gira Sin cantar ni afinar y que llevó al escenario del Vive Latino en su edición 2022.

Según Suraya Mohamed, productora ejecutiva de NPR Music, los conciertos deben durar unos veinte minutos, y aunque se prefiere una formación reducida (es decir, que quepa en ellos la mesura), han hecho excepciones como el caso de una marching band de 23 integrantes o de la banda completa de Carín León, formada por dieciséis músicos, hace apenas un mes. La única ocasión en que el escritorio se movió de lugar en tiempos no pandémicos fue cuando Common se presentó en la Casa Blanca, por invitación de Barack Obama.

Un canon contemporáneo y sus hitos

Hay conciertos que ya forman parte del canon. El de T-Pain (2014), donde cantó sin autotune, que era su marca de casa y al mismo tiempo una prisión de estilo, fue un punto de inflexión para su carrera. Su voz poderosa y afinada desmontó todos los mitos que se habían construido a su alrededor, el principal: que era un mal cantante. Se sacudió el traje de “el que canta como robot” para probarle algo al público. La propia NPR lo cita para ilustrar una coyuntura en la serie.

El concierto de Mac Miller junto a Thundercat (2018), grabado poco antes de su muerte, es recordado con nostalgia por ser la última presentación que dio y que lo mostraba en el pico de sus capacidades, como un artista al borde de un nuevo estrellato que no pudo ser. Dua Lipa (2020) tiene el más visto, su concierto de la serie pandémica from home tiene hoy 140 millones de reproducciones.

Otros nombres destacados: BTS (2020) que mostró la voz del grupo usualmente enterrada en capas de coreografías y luces en sus conciertos, y que reluce en su Tiny Desk como un grupo de chicos de singular capacidad vocal y un estilo propio. Se puede hablar de Sting & Shaggy (2019), que presentaron un poco de su disco en conjunto, se convirtió en un tour y se les ha visto colaborar desde entonces en festivales hasta este año. Adele se presentó en 2011 y su set está repleto de encanto y humor, contrastando con la realidad de sus canciones y su voz poderosa, un triunfo de la artista que entonces tenía apenas 22 años.

Cranberries que, después de un largo descanso, reapareció en la serie en 2012 y su show, con esa voz quebrada y singular, se convirtió en una forma de recordar a Dolores O’Riordan, fallecida seis años más tarde. Está el de Tyler, The Creator (2017) con ese set oscuro y angelical al mismo tiempo, una clase de sofisticación musical a toda prueba; IDLES (2019) cuyas canciones caóticas pero puntuales los catapultaron a una fama que todavía no conocían, recibiendo su primera invitación a Glastonbury ese mismo año, sin saber que 5 años después en ese mismo festival, durante su actuación en el Other Stage, Banksy lanzaría una poderosa instalación con una balsa inflable similar a las que llegan cada día a las costas europeas llenas de migrantes.

Cada uno de estos conciertos transformó algo: la percepción pública sobre un artista, la manera de interpretar una canción, o el propio formato. No es casual que muchos de estos Tiny Desk hayan sido seguidos de giras internacionales, premios o saltos de popularidad. Entre los conciertos más influyentes están también los de artistas que, desde su singularidad, reescribieron lo que puede ser una presentación acústica en toda regla, un ejemplo claro: el set de Natalia Lafourcade (2017), donde mostró el poder poético de su delicada voz e hizo que gente que no entendía una palabra de lo que cantaba se conmoviera hasta las lágrimas, como si hubiese escuchado ese canto en otra vida.

El caso Catriel y Paco Amoroso

Uno de los últimos grandes hitos de Tiny Desk ha sido la sesión de los argentinos Catriel y Paco Amoroso (2024), que alcanzó millones de vistas en unos cuantos días. Con una mezcla de humor, estética provocadora, dominio absoluto de cámaras y una presencia escénica afinadísima, el dúo reventó el formato. Su presentación fue subversiva y lúdica, con referencias al machismo y la presión de “ser un chad” en la industria musical, satirizando el mandato cultural que pesa sobre los hombres en la música y en el espectáculo: ser deseables, viriles, dominantes, siempre carismáticos. Ellos no asumen estos roles con seriedad, los vuelcan y desmontan, poniendo en crisis la figura del chad como estándar de éxito.

El gorro azul de Paco, protagonista total de la sesión, se volvió un ícono en toda regla: en sus conciertos, fans acuden disfrazados con la misma prenda, hecha por ellos mismos. Un gorro de piloto soviético con orejeras, de peluche, que sugiere un gesto caricaturesco y adorable frente a la energía más frontal de Catriel. Es tan poco cool que se vuelve cool. Consiguieron que pasara de un sencillo accesorio escénico a un símbolo replicable como el pasamontañas de Rosalía o los lentes de Bad Bunny. En ese sentido, el Tiny Desk de Catriel y Paco no sólo fue un concierto exitoso: fue un ritual performático que saturó Instagram, TikTok y YouTube. En menos de un año, superaron los 38 millones de reproducciones. Su sesión funcionó como una coreografía visual y sonora que los halló listos para su momento cumbre, con dinamismo, humor y una propuesta musical y visual arrebatadora que ya dejó como estela una presentación en el show de Jimmy Fallon, una colección de ropa en conjunto con Bershka y en el caso de México, un concierto agotado en el Palacio de los Deportes, acompañado de una invitación para abrir la gira latinoamericana de Kendrick Lamar. Pero también están las ganas de que el dúo siga su intuición y abandone un poco de su estilo habitual electrónico en favor de algo más cercano a lo que mostraron en su Tiny Desk. Por otro lado, Catriel y Paco son herederos de Illya Kuryaki and the Valderramas. Si bien puedo escuchar por qué hay tanta gente que encontró referencias en ambas cosas, IKV eran barrocos verbalmente, Catriel y Paquito hablan desde el colapso del lenguaje, códigos meméticos, autocitaciones, frases sueltas, nacen de un mundo pos internet, con lógicas de trap, de glitch y meme, además de una relación irónica con el mainstream. IKV respondía a una época de expansión latinoamericana, de una especie de “nueva latinidad cool”, y quizás Catriel y Paco surgen por el agotamiento de esos modelos y en consecuencia, su deformación. Uno representa el goce del paradigma del macho cool, y el otro su descomposición irónica en tiempo real.

¿El nuevo Unplugged?

Como los MTV Unplugged de los noventa, Tiny Desk ha definido una época. Se ha convertido en un escalón simbólico que consagra a un artista o que reafirma sus dotes creativas de forma revitalizante para su carrera. El formato está tan arraigado que ha inspirado proyectos similares en todas partes del mundo, tal es el caso de los Homegrown Concerts de China, que reproducen el concepto de conciertos íntimos en las casas de artistas poco conocidos y mínima producción. Creado por dos estudiantes chinos cansados de sus empleos corporativos en Beijing, proyectaron el arranque de su serie en julio de 2020 luego de que uno de ellos volviera a Pekín inspirado por el modelo Tiny Desk, llenando un vacío de espacios íntimos para artistas emergentes en el país asiático, donde un programa de estas características era inédito. Sofar Sounds en Reino Unido surgió un año después que Tiny Desk y propuso conciertos secretos en salas de estar, bajo el formato secret gig con algunas apariciones destacadas como la de Karen O en Nueva York hace once años. Todos estos modelos confluyen en lo que la serie de NPR formalizó: la revalorización del show íntimo.

Las raíces del formato

Antes de Tiny Desk existieron las Peel Sessions de la BBC, en las que John Peel grababa bandas alternativas desde los años 60: algunas de las mejores canciones de punk fueron grabadas en este programa. También podríamos contar las sesiones de KCRW o KEXP. Pero fue con MTV Unplugged que el público masivo se expuso al formato acústico o al menos prescindiendo de tanto artilugio. Como ya sabemos, la etiqueta unplugged pronto se convirtió en un concepto que significaba intimidad, no sólo instrumentos desconectados. Producciones de La Blogothèque en Francia desde 2006 ya mostraban músicos tocando en la calle, bares o casas improvisadas. Pero tras 2008, estos formatos ganaron mayor popularidad y se asociaron con la estética íntima que Tiny Desk popularizó. La Blogothèque revolucionó la forma con sus Take Away Shows, espacio en el que han participado artistas como R.E.M., Sigur Rós o Arcade Fire, filmados con el extraordinario ojo de Vincent Moon, el director francés encargado del documental A skin, a night de The National, y autor de videos para Xiu Xiu, Sufjan Stevens, Liars y Tom Jones, entre otros.

El escritorio como escenario

El verdadero hallazgo de Tiny Desk, sin embargo, no radica en la música que presenta. También hay mucho que decir sobre el espacio: una oficina real, con libros apilados, juguetes dispersos, un desorden tolerable y computadoras de fondo. La escenografía no es neutra, es deliberadamente común. Lleno de camisetas, tote bags, vinilos, libros de música, cintas, vasos que se usaron como percusión, algunos setlists firmados, una lata de jugo que tomó Juvenile, el vaso de martini forrado de pedrería de Sabrina Carpenter junto a un Domo de peluche, la cue card de un sketch sobre la serie que se hizo en Saturday Night Live, y un pequeño testimonio del espíritu de los Tiny Desks: una calavera que dejó Cypress Hill luce la peluca pelirroja de Chappel Roan, coronada por un sombrero rojo de DEVO. El estante de libros que rodea el escritorio también ocupa un papel protagónico, pues se utilizan como pilas para acomodar los micrófonos, como props, entre otras cosas. De forma reciente, Architectural Digest hizo un tour por la oficina donde se aprecian éstos y otros detalles junto a una entrevista con los ingenieros de audio, en especial el director técnico de la serie, Josh Newell, que explica a cabalidad cómo es que se ejecuta la mezcla de sonido en condiciones adversas e impropias para un concierto. Los artistas, según Newell, siguen sorprendiéndose de que no se trate de un escenario artificial construido ex profeso para la ocasión, sino de una oficina real. En ese pequeño espacio han hecho caber pianos de cola, cimbales, tubas y más. De hecho, tienen una habitación dedicada a los instrumentos que cubren alrededor del 75 % de las necesidades de los artistas.

No hay trucos, es sólo un escritorio. Ese gesto, en apariencia menor, es profundamente significativo. Coloca a la música en el centro y rompe con el aura distante que suele rodearla en la industria. Es también una suerte de reapropiación del lugar laboral como espacio artístico. Donde antes había silencio productivo, ahora hay gongs y maracas.

Aventurándonos un poco, podríamos pensar en Tiny Desk como una especie de rizoma cultural: no hay centro, ni jerarquía, ni orden lineal en la forma en que se comparte. Se accede por distintas rutas: un post viral, un algoritmo, una recomendación, un concurso. Cada concierto conecta con otros por afecto, lengua, ritmo o estética. Un día es jazz etíope, otro día es bolero queer, otro más banda sinaloense.

Hay cierta lógica rizomática que explica su expansión: no se trata sólo de música, sino de una forma horizontal de circulación cultural. Memes, playlists, fragmentos, remixes, reacciones. Una red de afectos y escuchas que crece de forma lateral, sin necesidad de una fuente única.

También es posible pensar en Tiny Desk como una ficción de la autenticidad. Un simulacro bien logrado de lo íntimo y lo sincero, a la manera de Baudrillard. Otra forma de mirar la serie es también como una forma de resistencia frente a la hiperrealidad sonora que domina la industria. En vez de presentaciones espectaculares autocorregidas de forma digital, se apuesta por lo imperfecto, lo humano y real. Una oficina cualquiera, sin escenografía, y una voz en vivo. Esa puesta en escena funciona porque, en su precariedad, se siente verdadera.

El encanto de Tiny Desk es su puesta en escena de lo íntimo, sincero y acústico. Sin embargo, esa estética está cuidadosamente diseñada: cámaras bien posicionadas, iluminación acogedora, curaduría. Lo que parece improvisado y real es, en parte, una ficción de la autenticidad, un simulacro de lo íntimo que aunque puede funcionar como resistencia cultural, también lo hace como producto viral.

NPR Music se sostiene de donaciones individuales, patrocinios éticos y cuotas de afiliación de estaciones públicas. Sin embargo su financiación es compleja y a veces malentendida. Se trata de una organización sin fines de lucro que produce y distribuye su contenido entre una red de más de mil estaciones públicas afiliadas en todo el territorio estadunidense. No cuenta con torres y frecuencia propias, sino que se trata de una red de distribución de contenidos. Entre los proyectos más importantes se encuentra, desde luego, la serie de Tiny Desk Concerts y el programa All Things Considered con 54 años al aire.

NPR cobra cuotas de afiliación a dichas estaciones, quienes en muchos casos son las que reciben fondos públicos directos a través de la Corporation for Public Broadcasting (CPB). Los patrocinios éticos son los que acepta NPR y que cumplen normas estrictas como la publicidad indirecta, anunciados bajo el formato “Support for NPR comes from…”. Las donaciones individuales representan casi el 20-25 % de su presupuesto, lo que se traduce en millones de dólares vía membresías, también donaciones mayores de filántropos además de fundaciones como la MacArthur y la Ford. La CPB antes mencionada es una organización independiente financiada por el Congreso de Estados Unidos que hoy ve amenazado su fondeo gracias a que, en mayo de 2025, la administración Trump firmó la orden ejecutiva 14290 para cesar el financiamiento a CPB por completo, acusando a NPR y PBS de sesgo ideológico. Aunque los fondos federales representan una mínima parte del presupuesto de NPR, el gesto amenaza el futuro de una de las instituciones culturales más influyentes del siglo XXI.

Y sin embargo, mientras haya un escritorio, una cámara y una canción, Tiny Desk resistirá.

Luli Serrano Eguiluz

Escritora y locutora, ha colaborado en medios como Rockdelux, Vice, La Semana de Frente, Noisey, Gatopardo, Radio Chilango, entre otros.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Música

Un comentario en “El encanto del pequeño escritorio

Comentarios cerrados