Muchos de nosotros somos adictos a las redes sociales, esos dispensadores de dopamina que recolectan nuestros datos personales para manipularlos. Aquí presentamos una breve reseña de un documental reciente que busca mostrar los peligros de esa esquina del internet.
El dilema de las redes sociales (2020), de Jeff Orlowski, es un documental que está disponible en Netflix y que fue producido para esa plataforma. Trata de manera entretenida un asunto pertinente y de actualidad: los riesgos psicológicos y políticos de redes como Facebook, Twitter e Instagram. Aunque la materia sea relativamente novedosa y aunque logra evidenciar el reto que representa este desarrollo tecnológico, el documental tiene la limitación de ser sólo temático y de ofrecer un análisis poco elaborado.

Ilustración: Estelí Meza
Varios personajes públicos se han referido a esta película. Por ejemplo, Jorge Carrión, autor de libros como Contra Amazon y Lo viral, quien se declara usuario reticente de las redes, anotó en Twitter: “Recomiendo ver The Social Dilemma en Netflix: un docudrama impactante sobre la necesidad de relacionarnos críticamente con las redes sociales. Gracias, […] por recomendarlo y por verlo como una lectura complementaria a Lo viral”. A su vez, la sinopsis de Netflix describe a la cinta como “un híbrido entre documental y drama que ahonda en el negocio de las redes sociales, el poder que ejercen y la adicción que generan en nosotros: su carnada perfecta”. Pero, ante ojos cinéfilos, este documental ni es híbrido ni es impactante.
El dilema de las redes sociales es audiovisualmente muy convencional: tomas de ubicación, algunas imágenes de otro tipo y, sobre todo, muchas entrevistas con personajes clave de las principales empresas del mundo de las redes. Estas conversaciones han sido editadas para exponer un argumento sencillo: las redes tienen un modelo de negocio que se basa en la explotación de datos personales que los usuarios mismos damos no sólo voluntariamente, sino como adictos a la entrega de esa información. Entre esta exposición el director ha embutido el relato ficticio de una familia con hijos adolescentes que ilustra de forma bastante obvia algunas cuestiones nocivas de las redes sociales.
En esta historia inventada se encuentra la mayor debilidad del documental. Para explicar el manejo de la información personal que hacen las empresas de redes, el filme recurre a la metáfora de un centro de control en el que varios personajes maquinan cómo manipular a uno de los adolescentes a partir de su uso de redes. El problema es que, en realidad, esto es precisamente lo que no pasa y es un punto que el mismo documental plantea como desafío significativo: el funcionamiento de las redes excede al control directo de los trabajadores de las empresas e incluso a lo que previeron sus creadores. Lo más decepcionante es que se apunte una supuesta solución: el problema se resolvería si hubiera leyes por medio de las cuales los gobiernos controlaran las redes. Ninguno de los entrevistados ni —más importante— de los realizadores del documental parece darse cuenta de la contradicción: al advertir sobre un poder excesivo de las redes, se recomienda dar más poder a los gobiernos para que sean más poderosos que esas redes poderosas.
Otro error es suponer que los algoritmos de las redes, que seleccionan los contenidos que vemos cada uno de los usuarios, inevitablemente ejercerán poder sobre nuestras decisiones. Esto puede ocurrir e incluso sucede con frecuencia. Pero no es ineludible. En eso Carrión acierta —acaso sin darse cuenta— cuando apunta a una alternativa liberal individualista en lugar de la opción estatista: la de relacionarse críticamente con las redes. Esta alternativa, cabe aclarar, no implica asumir una posición ingenua en la que “la solución soy yo”. No obstante, en lo fundamental, la opción personal de ejercer, llanamente, el pensamiento, es lo que puede protegernos de las prácticas problemáticas de las redes sociales, como la obsesión por la deferencia y la referencia a uno mismo. El uso de las redes, desde una posición crítica, necesita liberarse de los clichés que aparentan ser críticos sin llegar a serlo; así como, más que un tema de conversación, un documental puede ser una experiencia cinematográfica.
Germán Martínez Martínez
Escritor, editor y gestor cultural. Doctor en teoría política