El momento del diablo como soberano del mal ha sido instantáneo. Durante varios siglos tuvo que luchar para abrirse un lugar en el cosmos del terror y la angustia de la Edad Media. Un mundo poblado por santos, almas y un variopinto grupo de demonios. El proceso fue largo y complejo.
Es hasta el siglo XV cuando el diablo se erige en la personificación absoluta del mal. Y, para ello, como señala Robert Muchembled en su libro Historia del diablo (México: FCE, 2002), la figura de Satanás tuvo que adoptar la clásica estampa principesca, cuya capa cubre un cuerpo soberbio de color rojo negruzco con rasgos animales. Imponente y aterrador. Otro resorte para adquirir este protagonismo fue la relación que forjaron los teólogos entre el diablo y el libertinaje sexual: simplemente el cuerpo humano poco podía hacer frente a las tentaciones de la pasión sexual. Mefistófeles pasó, entonces, a formar parte de nuestro cuerpo, de su lado animal y primitivo. No obstante, el ingrediente decisivo fueron los paranoicos procesos y ejecuciones judiciales por delitos de brujería que demostraban la veracidad de la teoría teológica y del mito popular.
Pocos siglos después, el impacto del racionalismo filosófico y de los descubrimientos científicos desinflaron la idea del mal enraizada en el diablo. Simplemente la fe en el progreso y la razón no dejaron espacio alguno para el temible Aquelarre. Satanás empezó a adoptar formas lúdicas y poéticas, tal es el caso del movimiento artístico romántico, que le cantó como emblema de rebelión al negar el orden divino y fundar el primer no libertario. Actualmente, salvo algunas curiosas excepciones, como el caso de la secta Wica en Estados Unidos, que aglutina poco más de dos millones de fieles, Lucifer ha dejado de ser visto como un tipo de cuidado.
El debilitamiento del diablo –y de su inexorable antagonista, Dios- se ha leído en buena medida como un paso más en el proceso civilizatorio de la humanidad. El abandono de una idea irracional y mística del mundo, para abrazar una noción científica y objetiva de éste; así como una saludable corrosión de los absolutos que permite sociedades plurales y abiertas. Es cierto, el mundo es mejor sin una majestuosa figura del diablo. Mas todo este proceso también nos arrebató una joya valiosísima: el consuelo.
Durante los siglos XVI y XVII, apogeo de la figura de Lucifer, Europa fue sacudida. Guerras por causas religiosas, epidemias, el movimiento de Reforma, la amenaza de los turcos a las puertas de Viena, el descubrimiento de un nuevo continente y el ocaso de la autoridad de príncipes y clérigos, fragmentaron la armonía de la sociedad europea. Ante este ambiente de sufrimiento e incertidumbre, Mefistófeles nos tendió la mano. La figura del diablo dio sentido al misterio de la enfermedad, explicó las inauditas calamidades de la época y diluyó la inquietud ordenando dicho caos en un episodio más de la eterna lucha entre el bien y el mal. Satanás transformó el sufrimiento y lo hizo soportable.
Por el contrario, la sociedad contemporánea, con el debilitamiento de sus iglesias y pensamiento religioso, difícilmente acepta una explicación suprahumana del sufrimiento. Pero, al mismo tiempo, la lectura racional o del fortuito destino no satisface. Atestiguamos terremotos, inundaciones, entre otras catástrofes, y buscamos una explicación a esa tragedia. Y aunque la respuesta científica sea sólida, no es capaz de darle sentido al absurdo que es el dolor humano, sea colectivo o individual. Así, a cambio de un mundo binario, irracional y oscuro, la figura del diablo proveía consuelo: el dolor, la enfermedad, la muerte, la separación, el abandono eran explicables. El azar que influye en nuestras vidas adquiría sentido; el sufrimiento era digerible… Nada mal para ser un ángel caído.
Saúl López Noriega. Profesor e investigador de tiempo completo del Departamento de Derecho del ITAM. Twitter: @slopeznoriega
