El desperdicio de una complacencia: Han Solo: una historia de Star Wars


La nueva película de la familia Star Wars parece llenar de alegrías a los fans más ansiosos y expectantes. No complace de igual manera a los que ven, en el manejo de la biografía de Han Solo, un ejercicio casi cursi de auto-justificación moral, como lo propone, en un balance más indignado que matizado, la siguiente reseña.

Han Solo: una historia de Star Wars
(sin spoliers)

Dirección: Ron Howard
Guion: Jonathan Kasdan, Lawrence Kasdan
Elenco: Alden Ehrenreich, Woody Harrelson, Emilia Clarke, Donald Glover

El nuevo spin off de Star Wars, Han Solo: una historia de Star Wars, es una cinta divertida, sin riesgos, plana, acartonada y dedicada, enteramente, al fan service. Esto no es necesariamente malo y sé que muchos la disfrutarán. Pero a mí me parece frustrante que se explique una historia que no debería explicarse y que se construya a un personaje que tenía, en el misterio, uno de sus mayores atributos.

Han Solo es un apostador, un cínico redimido por el amor, un personaje que llevó de la mano a Luke con la realidad de un mundo que le era ajeno. Skywalker tiene una misión trascendente, pero Han siempre estuvo ahí para enseñarle el precio de la lucha por el bien en la escala de los hombres. Luke es un monje, Han era su contraparte terrenal.

En esta caracterización de Solo, sin embargo, Disney se permitió ciertas libertades sin tomar riesgos. Quiso continuar una idea ya fabricada del personaje sin añadir nada y sin, tampoco, arriesgarse a nada. Corrieron a Phil Lord y Christopher Miller —los creadores de esa maravillosa reflexión literaria que es The Lego Movie— para imponer a Ron Howard; y, con este gesto, mostraron que querían pagar la originalidad, la frescura de una propuesta cómica, con un tono más serio, más solemne, menos disruptivo. Nunca sabremos lo que pudo ser la cinta de Miller y Lord. Sin embargo, podemos diseccionar el porqué detrás de las suaves herejías de Howard.

El nacimiento del pistolero

Desde esa escena prototípica de la cantina de Mos Eisley, supimos que Han Solo era un personaje rápido con el gatillo; su reino es el de los pistoleros con un chiflido de Morricone. Su ayudante es un entrañable alivio cómico que sólo él entiende, su corcel es la nave más veloz del universo. Ayudantes, pistoleros, caballos, duelos; Solo, definitivamente se formó como un préstamo del Western a la ópera espacial. Con esta idea, el mítico guionista Lawrence Kasdan (que escribió El imperio contraataca, El regreso del Jedi y El despertar de la fuerza) y su hijo, crearon Solo e integraron elementos campechanos de Western con otros tropos conocidos.

La cinta comienza con un Solo adolescente (Alden Ehrenreich) en un planeta inhóspito de esclavos que deben pagar tributo a Lady Próxima, un gusano usurero ajeno a cualquier compás moral. Solo y su interés amoroso, Qi’ra (Emilia Clarke), crean un plan para huír de este mundo y vivir libres recorriendo la galaxia. Pero su escape se frustra y terminan separándose.

Desesperado, Han Solo se enlista en el ejército imperial para convertirse en piloto. En medio de un conflicto, se encuentra con un grupo de mercenarios guiados por Tobías Beckett (Woody Harrelson) que lo enrolan en una aventura para ganar el dinero suficiente e ir a rescatar su amor perdido. El problema es que la misión consiste en transportar una fuente de energía altamente codiciada y sumamente inestable. El tiempo, pues es esencial… ¿Y quién podría tener una nave tan rápida para hacer la corrida de Kessel en menos de 12 pársecs?

Durante esta acelerada aventura, Han se dará cuenta de que las deudas deben pagarse, de que el amor decepciona y que los amigos no son para siempre… Y así se transforma, sin mucha sutileza, en el cínico que conocimos, tanto tiempo atrás, en una cantina de Mos Eisley.

Western campechano

Esta premisa muestra bien que los guionistas quisieron crear una amalgama de películas de guerra, de robo y de western para darle un trasfondo nostálgico y novedoso a un personaje legendario. Así, siguiendo las inspiraciones de Rogue One: una historia de Star Wars, esta película se encuentra también en el cruce de Atraco perfecto (The Killing, Stanley Kubrick, 1956), Bob el jugador (Bob le Flambeur, Jean-Pierre Melville, 1956), Los siete magníficos (The Magnificent Seven, John Sturges, 1960), La gran evasión (The Great Escape, John Sturges, 1963)y Los cañones de Navarone (Guns of Navarone, J. Lee Thompson, 1961).

Por un lado, encontramos entonces al viejo lobo del desierto, basado libremente en el Long John Silver de La isla del tesoro, que debe enseñar al aprendiz sobre el mundo despiadado (encarnado por un Woody Harrelson que, además, pistolea como Clint Eastwood); tenemos un asalto al tren del dinero; tenemos el viejo tropo de la carga peligrosa (refiriéndose, claro, a Le salaire de la peur del gran Henri-Georges Clouzot y su remake, Sorcerer, por el gran William Friedkin); tenemos el interés amoroso de la damisela en peligro y la idea misma del vaquero seductor y adicto al peligro que, a pesar de su altanería, lucha por el bien mayor y la justicia.

En este sentido, cuando vemos una escena de reposo, al lado de una fogata, en donde los personajes intercambian armas y experiencias, entendemos muy bien lo que quisieron hacer con Solo y las referencias al western. El intento es loable, ciertamente, y los mundos que presenta son grasientos, reales, intrigantes —en gran parte por la maestría en la fotografía de Bradford Young (La llegada). Pero todo este contexto, todas estas referencias, se topan con un vacío de tono en la película. Esta cinta se nota como un parche no comprometido de una comedia con un drama, de la solemnidad más grandilocuente con un histrionismo ensayado, de géneros que no se consolidan y relaciones que no cuadran.

Así, a pesar de que es una película de aventuras clásica, con grandes escenas de acción y un ritmo que no te deja reposar las pupilas, Solo se siente fabricada, plástica, acartonada. Es una bandeja de peltre en la cual se colocan viejas referencias para que todos en el cine se congratulen de entenderlas: la pistola, el que tiró primero, el wookie que arranca brazos, el lenguaje de Chewbacca, los dados de Han, las capas de Lando, el juego de cartas en el que se apostó el Millenium Falcon, los tropos del western, del robo, de la guerra…

Vi a muchos fans salir satisfechos del cine; qué digo satisfechos, pletóricos. Y eso siempre es bello. Pero a mí me quedó la inquietud de saber por qué no me sentía igualmente satisfecho, por qué a pesar de reconocer los guiños y de ver viejos tropos que me fascinan, estaba tan incómodo. La respuesta es sencilla: creo que Solo es una película que da satisfacciones inmediatas sacrificando intenciones duraderas. En ese sentido es una hermosa mezcla campechana de referencias a la que le falta un elemento esencial: la coherencia con un universo previo. Es decir, un bello plato de suadero con longaniza en un reino sin tortillas.

Solo, lo que queda

El problema de coherencia con el nuevo Solo está en dos cuestiones que contradicen el fundamento mismo del personaje.

La primera es que esta película intenta, con todas sus fuerzas, mostrarte por qué Han Solo es como es. Básicamente, es una larga película para justificar por qué Han Solo disparó primero en la cantina de Mos Eisley; explicar, pues, cómo un héroe de una historia maniquea es capaz de asesinar. Han, retratado por Ron Howard, fue en algún momento bueno e inocente. Y son las decepciones amorosas y las traiciones que lo convierten en un cínico…

El problema aquí se reduce a una pregunta muy sencilla: ¿Era necesaria esta explicación? ¿Era necesario explicar por qué Han es como es? ¿Era necesario volver a justificarlo como quiso hacerlo Lucas con los cambios a la secuencia de Mos Eisley mostrando que su oponente disparó primero?

El personaje más interesante de esta cinta es Lando Calrissian interpretado por el genial Donald Glover (Community, Atlanta) con una imitación hilarante de Billy Dee Williams. Y es tan interesante el personaje porque, justamente, no sabemos nada de su pasado. Lando, acompañado de su genial robot emancipador, es un punto álgido porque representa lo que Solo encarnaba en Star Wars: un forajido al límite de la moralidad que está rodeado de misterio. La fuerza seductora de estos personajes era, como el Bartleby de Melville, la falta de explicaciones biográficas y no el contrario.

La segunda es que esta cinta intenta darle textura a un personaje valiente, a un apostador empedernido, sin que, en ningún momento, exista un peligro real. Como es evidente, Solo va a sobrevivir en esta película. Así que Howard decidió matar a personajes secundarios para darle un sentido de peligro que siempre parece impostado. La confianza de Han Solo en sus capacidades, su altanería rebelde, no tiene ningún punto cuando todos saben —incluyendo, de la manera más visible, al actor que lo interpreta— que no le va a pasar nada.

¿Qué representa ser valiente cuando el riesgo es absolutamente inexistente? ¿No pierde coherencia la figura misma de un apostador cuando conoce, de antemano, el resultado del juego? ¿Tiene sentido, finalmente, la seducción, cuando se conoce el desenlace?

Donald Glover es genial con su maravillosa robot, la cinta es entretenida, hay secuencias de acción geniales, la fotografía en claroscuros de Bradford Young tiene un manejo impresionante de colores y texturas, la dirección poco inspirada de Howard es eficiente y Woody Harrelson y Emilia Clarke son, más o menos, al límite de sus capacidades, convincentes. ¿Pero qué importa todo esto si el personaje central de Solo traiciona la esencia que lo hacía tan encantador?

Alden Ehrenreich es un gran actor, lo vimos en su genial personaje para Hail, Caesar! de los Coen. Pero no puede hacer nada con un guión que le resta todas las aptitudes al personaje. Este guión se siente como algo complaciente, una suma de gestos que todo fan puede reconocer, entregados de la manera más burda, en un excusa de trama que quiso ser un western pero nunca se comprometió para lograrlo.

Sin el peligro real, sin el misterio que lo rodea, sin la capacidad de ser un apostador, de vivir al límite, sin los elementos consolidados del western a flor de piel, Solo se convierte en un cascarón vacío, en pura imagen, en un recorte de manierismos, tropos campechanos y vestuarios estrafalarios sin ninguna carne alrededor de algunos huesos complacientes.

 

Nicolás Ruiz Berruecos

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Publicado en: Permanencia voluntaria