En esta crónica, un viaje en motocicleta a lo largo de las cada vez más deterioradas carreteras del país detona una reflexión sobre la urgencia de repensar el sentido de la idea de “México”.

Fotografía: cortesía del autor
Al mediodía del domingo la temperatura era agradable. Habían pasado más de treinta horas y mil kilómetros desde que Optimus —mi inseparable motocicleta— y yo salimos de casa para tratar de visitar nueve pueblos mágicos más de los 132 que existen y planeo conocer en los próximos meses. Sólo faltaba alcanzar Tlatlauquitepec en el estado de Puebla para llegar a 46; pero tras dejar Cuetzalan y tocar base brevemente en Tetela de Ocampo, la ruta que había planeado me obligaba a regresar por sesenta kilómetros de la carretera más abandonada y derruida que recuerdo.
Sentía gran fastidio de volver a este tramo por dos razones. La primera: el desgaste acumulado. El día anterior había sido largo y pesado. Inició con un frío intenso de 2°C en las montañas, pero la temperatura lentamente alcanzó más de 30 °C. Sumado a esto, durante la jornada encontré tráfico por todas partes. Aquel sábado parecía que más de medio México había salido a la ruta y de ninguna manera parecía inmerso en una pandemia. Tampoco ayudó que por la tarde entrara al auricular del casco una llamada de mi esposa, quien monitoreaba de forma remota mi localización.- “¡Qué haces en Martínez de la Torre!” “¡Sal de ahí, es una de las zonas más peligrosas del país!”. A ras de tierra, sin embargo, el municipio parecía menos una zona de guerra y más la capital americana del lichi, que se cultiva en la región y que los pobladores ofrecen casi regalados al pie de la carretera.
La segunda razón del fastidio era que, luego de los primeros 5000 kilómetros de esta loca cruzada con la que de nuevo recorro el país en motocicleta, tenía en la cabeza una opinión actualizada sobre el mal estado de las cosas. Desde que el crimen organizado comenzó a fragmentar al país en 2006 —como se hace patente cada vez que un grupo de sujetos armados me detiene en algún retén de los que los motoristas encontramos con frecuencia— mi principal preocupación ha sido que, de no cambiar trayectoria, la viabilidad de “México” como la idea que nos une estaría en juego. Tal vez sea demasiado tarde.
Además del crimen, lo primero que llama la atención al recorrer las carreteras de México es la devastación del patrimonio ambiental en amplias zonas del centro del país. En el Estado de México existe un desolado corredor que inicia al norte de Valle de Bravo y continúa hasta Querétaro. Ahí hace menos de veinte años había bosques de coníferas que ahora son un polvoriento desierto de meseta. Junto con esto, familias y empresas han construido lo que quieren en donde les da la gana durante décadas. Visto desde los caminos, México es cada vez menos hermoso. Aparte de la pérdida de belleza natural, la desertificación y los abusos en el uso de la tierra traen consigo fenómenos mucho más graves, como la sequía generalizada y la desaparición y contaminación de lagos y ríos. Unas semanas antes de mi visita a Cuetzalan estuve en Cuitzeo, Michoacán, dónde descubrí con horror que el vasto lago que lleva el nombre del pueblo está transformado en un pastizal. Además, muchos de los cuerpos de agua que subsisten en el centro del país son casi siempre pozas y corrientes malolientes.
Luego, está el rápido deterioro de la infraestructura. Nunca había visto tantos kilómetros de caminos en tan mal estado. Cada vez es más común ver carreteras estatales y caminos municipales abandonados, a decir de los lugareños, por falta de presupuesto, y los que no lo están —en general vías federales— se encuentran a un nivel mínimo de conservación. Poco a poco se pierden conexiones importantes y nada triviales, como la que transité ese día entre Tetela de Ocampo y Cuetzalan. Durante la mañana vi circular tres ambulancias diferentes, con los códigos encendidos, transportando pacientes de una ciudad a otra.
La tercera pieza de evidencia la conseguí ese domingo al salir de Papantla. La ruta se adentró por huertos de árboles frutales que se extendían desde la costa hasta las montañas. Me dió la impresión de que la mayoría eran de cítricos, por el agradable aroma que desprendían al amanecer. Al acercarme a las montañas, apareció la siempre difícil niebla matinal de Veracruz, que afortunadamente se dispersó temprano. Después de las plantaciones, el ascenso continuó a través de angostos caminos vecinales que cruzaban los bosques tropicales de la región. Todo iba muy bien hasta que el pavimento se volvió intermitente. Aparecieron segmentos de menos de un kilómetro pavimentados con losas de concreto artesanal —resultado del actual programa gubernamental de caminos vecinales— intercalados con terracería. Muchas veces, al entrar en alguna pequeña comunidad, observé sobre el camino montículos de materiales de construcción (grava, arena y cemento) y grupos de personas trabajando diligentemente con herramientas de mano para nivelar y pavimentar el tramo que le correspondía a cada localidad. Pronto el patrón quedó claro: donde hay una comunidad organizada, el camino está pavimentado; donde no, permanecen los caminos rústicos.
Pero los esfuerzos de incluso la comunidad más organizada resultan insuficientes cuando la traza misma del camino es deficiente. Al avanzar aquel día por las montañas de Veracruz la carretera se volvía poco a poco más caprichosa: las pendientes eran exageradas y las curvas totalmente forzadas. A falta de maquinaria, ingenieros y capacidad técnica, estos caminos son un tratado de improvisación en obra pública. Aunque el esfuerzo de estas comunidades por construir “sus” pedazos de camino apenas tiene uno o dos años, ya existen zonas dañadas por hundimientos y deslavadas por corrientes de agua. Con todo, no encontré demasiados problemas sino hasta después de Zozocolco.
Pasado aquel pueblo, el engañoso camino se convirtió en un balcón de terracería con una vista espléndida de las montañas. Momentos así te hacen sentir la plenitud de ser motociclista de aventura. Una curva más adelante, el concreto volvió y en la siguiente curva de descenso abrupto, apareció una brecha de piedras sueltas en dirección a una hondonada misteriosa. Obviamente en esa zona no había nadie, ni tampoco cobertura celular. Podría haber dado marcha atrás, pero eso hubiera implicado perder el día y regresar a casa por la aburrida autopista, además de dejar pasar tres pueblos mágicos a los que tendría que volver en otra ocasión; es decir rodar mil kilómetros adicionales en lugar de terminar los treinta que faltaban para llegar a Cuetzalan.
El gran problema de llevar a Optimus por esos caminos es que, a pesar de tener toda la capacidad para atravesarlos, es endemoniadamente alta y pesada, por lo que las maniobras sobre piedras sueltas a baja velocidad son muy complicadas, en especial para los conductores de pata corta como yo. Mientras bajaba hacia la hondonada, mi corazón latía a tope. Estaba totalmente fuera de mi zona de confianza y, al llegar al fondo, la subida resultó ser mucho peor que la bajada. Al pie de la colina frené de forma brusca y terminé en una zanja, recargado contra la pared. Nada grave, pero en la suma de las cosas —y luego de dos caídas adicionales que magullaron a Optimus y a mi ego— la mejor alternativa para salir de ahí era perseverar hasta conquistar la cima. Así que seguí adelante y descubrí que los tramos de pedregales y terracerías se hacían cada vez más largos y constantes, pero la adversidad me había dado una buena lección y más confianza para negociar y divertirme en esos caminos. Poco después llegó la calma frente a un delicioso desayuno en “La Terraza de Cuetzalan”.
El relato de esta ruta, no estaría completo si omitiera lo que en el fondo contribuyó a mi mal humor en esa mañana. Encima de que el actual gobierno ha abandonado la responsabilidad de construir y conservar la infraestructura nacional para en su lugar favorecer con el presupuesto la autoconstrucción improvisada de caminos, que durarán poco y al estar incompletos y mal hechos no sirven de mucho, también está en marcha otro gran programa que devasta al país. En muchos lugares de la ruta, pero sobre todo entre Cuetzalan y Tetela de Ocampo, proliferan los viveros financiados por el programa Sembrando Vida, el cual está diseñado para pagar a los campesinos y ejidatarios por la siembra y el cuidado de árboles con potencial comercial. No suena mal; pero es evidente —y varios investigadores así lo han documentado— que al pagar de forma masiva e indiscriminada por la siembra de árboles jóvenes en realidad se promueve la tala de los bosques silvestres. Se calcula que en sus primeros dos años el programa ocasionó la pérdida de más de 70 mil hectáreas de bosques y selvas adicionales a las que ya se perdían cada año.
Este proceso de deterioro de la infraestructura y destrucción de nuestro patrimonio ambiental no es diferente a lo que hacen los chatarreros sin escrúpulos que pagan por desguazar casas para extraer el cobre de los cables y las tuberías.. Aun si la parte productiva de Sembrando Vida se hiciera realidad dentro de varios años, la desintegración actual del país hace que sea poco probable que los campesinos se beneficien. Sin seguridad pública, acceso a créditos baratos y buenos caminos, entre otras cosas, será difícil que la producción logre llegar a buen precio al mercado, como los lichis en Martínez de la Torre.
Al parecer, la mayor parte de quienes participan en estos procesos de fragmentación y desguace se encuentran optimistas por lo que están logrando —en estos caminos existen muchas bardas y carteles con mensajes de apoyo y agradecimiento al gobierno—; probablemente porque no está hecha la conexión entre los costos que provocan la pérdida del patrimonio ambiental y la decadencia de la infraestructura nacional, contra las paupérrimas ganancias obtenidas a través de los programas. Este modelo fragmenta el país, lo depreda y promueve una visión premoderna del desarrollo. A través de él, delincuentes y políticos fortalecen sus cacicazgos y feudos locales, controlan el territorio, las personas y la economía de pueblos y ciudades. Nos aleja de la posibilidad de que “México” se convierta en un proyecto de nación integrado y congruente con los retos y las oportunidades de nuestro tiempo.
Pero volvamos a la ruta. Tras el camino infame, siguió un tramo de vieja carretera federal de montaña, bien trazada pero algo agujerada y descuidada. Poco antes de las dos de la tarde llegué al centro de Tlatlauquitepec. Permanecí en la plaza principal del pueblo meditando este proceso de desguace y muerte de México. Volví a ponerme el casco, los guantes. Monté mi maltrecha Optimus, mientras los autos de campaña de diversos partidos políticos hacían perifoneo por las calles del centro, promoviendo candidatos para la elección de junio, creando una cacofonía imposible de entender y que terminó de ilustrar la situación que vivimos.
La idea de “México” está perdida y abandonada al fondo de una barranca, en tanto todo tipo de vividores hacen leña del bosque en el que podemos cultivar nuestro país. Los actores políticos que podrían poner sobre la mesa un nuevo proyecto de nación para unificarnos están más perdidos que nosotros: sólo quieren desplazar a los chatarreros que actualmente fragmentan y desguazan. Aceptemos que no podemos “salvar”, “reformar” o “rescatar” la idea de país que ha muerto en nuestras manos. Lo que queda es comenzar de nuevo y reinventar lo que “México” significa en términos de un futuro por alcanzar.
Carlos Viniegra
Ensayista y curioso empedernido
Y cuando despertó en 2024, la corrupción todavía estaba allí