El derecho a estar en otra parte: entrevista a Daniel Goldin

Ilustración: Estelí Meza

Julio González: Daniel, creaste todo un catálogo, fuiste director de una de las colecciones más emblemáticas del FCE. ¿Para ti qué es el Fondo de Cultura Económica?

Daniel Goldin: Entré al Fondo porque era el principal referente editorial en México y uno de los principales en Hispanoamérica. Era una editorial en donde habían publicado los autores más importantes de literatura, pero también de filosofía, economía, sociología, historia. Y siempre se caracterizaba por defender un catálogo, que me parece una cuestión fundamental de una editorial. En ese momento estaba bajo la dirección de Jaime García Terrés, y una serie de editores importantes que llamaría “Guardianes del Fuego”. Hubo editores que tenían muy clara la historia del Fondo, que debían preservar e innovar, desde José Luis Martínez a Jaime García Terrés. Lo que caracterizaba al Fondo –una visión que impuso su fundador, Daniel Cosío Villegas– es que era una editorial que procuraba crear un mercado y al mismo tiempo respondía a las necesidades sociales y políticas de un país en un proceso civilizatorio, por usar un término de uno de los autores señeros del Fondo, Norbert Elias. Era una editorial que apostaba por el diálogo y que procuraba al mismo tiempo incidir de manera natural y positiva en la creación de un mercado editorial.

En el momento en que yo entré, el Fondo todavía era el lugar en donde muchos de los autores principales estaban publicando primeras ediciones: Octavio Paz, Carlos Fuentes, Juan García Ponce. También se iniciaban algunos de los autores más relevantes de la literatura contemporánea, por ejemplo, Elsa Cross o José Luis Rivas. Adolfo Castañón estaba al frente de la Gerencia Editorial y a su alrededor se alimentaban muchas conversaciones. En una de ellas surgió la idea de publicar libros para niños y jóvenes. No era algo tan disparatado, aunque pudiera parecer muy extraño para una editorial tan seria como el FCE. Algo parecido estaba pasando en muchos grupos editoriales afines, por ejemplo, Gallimard, Oxford University Press, Cambridge, Farrar Stauss, Austral. En un principio el proyecto no me interesaba.

JG: ¿Y cómo llegaste a él?

DG: Llegué a él por azares. El proyecto fue pensado originalmente para que lo dirigiera Francisco Hinojosa. Pancho dijo que él quería ser básicamente un autor, y entonces me lo propusieron. Yo estaba a punto de ser padre, necesitaba mejores ingresos. Tenía la duda de si el Fondo debía publicar o no libros para niños, pero de lo que no tenía ninguna duda es que si se publicaban, debían responder a los mismos criterios de la editorial. Mientras en México se publicaban libros para niños pensando en criterios nacionalistas –que los niños mexicanos leen libros de autores mexicanos– con una idea un poco tradicional de los libros como instrumento de identidad nacional, yo dije: no. Los libros para niños deben responder a los criterios del Fondo, en donde estábamos publicando obras originales de Borges, Norbert Elias, Heidegger, Rulfo y Carlos Fuentes. Entonces, el proyecto que presenté y metí a concurso respetaba la idea, la trayectoria del Fondo. Fue el mejor proyecto, lo eligió Enrique González Pedrero. Y me lancé a publicar sin conocer el campo de libros para niños.

Establecí la meta de que el Fondo debía responder al criterio básico de Cosío Villegas: los libros son un instrumento para hacer algo con ellos y no son el objetivo único y fundamental. Deben suscitar conversación, potenciar al niño como un interlocutor, suscitar comunidades, lectores y sobre todo, facilitar el surgimiento de un mercado. Y aposté por él y creo que fue una apuesta muy exitosa en dos términos. El primer término es que hasta el día de hoy, si no me equivoco, un amplio porcentaje de las ventas del Fondo vienen del catálogo que yo publiqué. Cuando estaba al frente, publicamos entre 21 y 23 novedades al año y reimprimíamos tres veces al año toda la colección. No caímos ante el embrujo de las novedades. Es la labor más secreta de lo que yo hice al frente del proyecto: apoyo a librerías, a instituciones públicas e instituciones privadas para la formación del mercado y políticas de apoyo a la formación de lectores y de promotores de lectura.

Algo de lo que me enorgullezco mucho es crear un espacio intelectual para pensar esto tan confuso que es  la formación de usuarios de la cultura escrita, para no hablar de lectores. Inicié la Red de animación a la lectura del FCE, desde donde organizamos seminarios, encuentros, y talleres y fue el germen de la colección Espacios para la lectura. En esa colección publicamos libros originales de Roger Chartier, de Emilia Ferreiro, de Robert Darnton, de Michèle Petit.

Cuando asumí el cargo disponía de un presupuesto de un millón de dólares, de los cuales gasté sólo 5000, pues me di un tiempo para pensar el proyecto bien: se trataba de dinero público y hay que cuidarlo con celo.  Cuando comencé a publicar los libros vi que disponía de una partida muy nutrida para gastos de publicidad, pero no había puntos de venta. Para qué gastar en promover libros si la venta no se podría consumar. Me parecía una incongruencia. Como institución pública, me propuse apoyar en la formación del mercado, sin hacerle competencia a otros editores. O preciso, sin hacerle competencia desleal a otros editores. La única competencia legítima era subir la vara de la producción editorial. Publicar los mejores, al tiempo que apoyar el surgimiento de autores, ilustradores, promotores y libreros. La meta era  incidir en la población para que pensara que el libro era un potencial aliado para establecer nuevas maneras de vincularse a los niños y a los adultos. Dicho en otras palabras, conseguir que aprecien los libros, algo muy extraño en un Estado acostumbrado a regalar libros, desde mi punto de vista, con muy poca efectividad.

JG: Me estás hablando de tres cosas que confluyen en un mismo ente. Por un lado, el FCE como casa editorial, en segundo lugar, como librería y, en tercer lugar, como formador de lectores. ¿Cuál crees que es la esencia del Fondo?

DG: Creo que el Fondo de Cultura Económica es una entidad pública. En mis tiempos el 50 % de sus ingresos debían ser autogenerados. El otro 50 % venía del Estado. Como entidad pública debía responder a las necesidades del mercado. No era un editor, no era una imprenta, como podía ser una imprenta o entidad que regalara libros, promovía la valoración del libro como una mercancía y podía incidir como institución pública promoviendo una discusión sustentada, plural, diversa, sobre las cosas públicas. Recuerdo con muchísima fidelidad una conversación que tuve con Miguel de la Madrid que, como Director del Fondo de Cultura, fue decisiva. Me dijo “yo estoy publicando libros que son valiosos en sí mismos y que no forzosamente corresponden a mis criterios ideológicos ni a mi valoración”. Y entonces publicó un libro que criticaba terriblemente la reforma educativa que él había hecho. Entonces había un criterio.

Ahora, como institución pública, podía ser un agente de diplomacia cultural, podía ser un agente transnacional. Finalmente, el Fondo en Argentina, el de Colombia, eran entidades que publicaban libros, que tenían un catálogo propio. Y que respondían a una vocación de proponer en la agenda Iberoamericana del libro una alternativa. Ante el regreso de la democracia en España, la industria editorial española creció, se diversificó y la industria latinoamericana, en buena medida sostenida por republicanos, decreció. Lo que justifica que el Fondo reciba dinero público, pues no es sólo para sostener un catálogo de libros bien o mal elegidos, sino para sostener otras funciones. Yo siempre procuré que el Fondo vendiera, que contribuyera a la generación del mercado, pero también a realizar otro tipo de actividades que eran básicamente gratuitas. Los seminarios que tuvimos con Michèle Petit, Delia Lerner, con Emilia Ferreiro, con Roger y Anne-Marie Chartier, etcétera. Son seminarios que nadie más podía hacer y probablemente nadie más debía hacer.

JG: ¿El Fondo lo concebiste como una escuela de editores? ¿Cómo lo veían tú y tus colegas?

DG: Creo que siempre fue una escuela de editores. Daniel Cosío Villegas se inició como editor en el Fondo: creando el Fondo. Ahí se forma Arnaldo Orfila como editor [que después hará Siglo XXI], donde se forma Joaquín Díez-Canedo, primero cuidando ediciones y después lanzando su editorial [Joaquín Mortiz], donde se forma Marcelo Uribe, donde se forman muchos editores siempre con criterios muy altos de lo que debía ser el trabajo editorial y lo que debía ser el mercado. No hay una escuela de edición, creo yo, más que editar libros. Aprender sobre la marcha.

JG: ¿Cuál es el mayor orgullo que tienes del tiempo que estuviste en el FCE?

DG: Que casi 20 años después, todavía me para gente en la calle para agradecerme los libros que publiqué. Todavía cuando entro a la librería están los libros que publiqué. Algunos de los libros más vendidos del FCE son libros que publiqué en contra de la decisión de los asesores editoriales. Haber publicado a Anthony Browne, una colección que sigue siendo la mejor colección del libro álbum en México y probablemente en el mundo, con una selección muy variada, muy diversa. Siento un enorme orgullo de haber publicado Espacios para la lectura y a alguien tan influyente, tan decisiva, como Michèle Petit, que han leído muchas personas en América Latina, en España. El mayor orgullo es el presente del trabajo que hice. Y ha habido embates para desaparecer o para transformar las colecciones. Lo que sostiene ese proyecto son las ventas, el mercado es importante en ese sentido.

JG: Quiero ir hacia el presente. ¿Cuál es el balance que haces del FCE? ¿Qué es hoy en día?

DG: El Fondo ya no es el Fondo. Se convirtió en una fusión de tres empresas públicas muy distintas. Por un lado, Educal, una institución que potenció enormemente Raúl Zorrilla. Durante su gestión, Educal tenía al menos una buena librería en todos los estados. Es incongruente hablar de un país de lectores cuando en la mayor parte de las ciudades de este país, es decir, de poblaciones mayores a 500,000 habitantes, no hay una buena librería y no puedes conseguir una oferta que te ayude a formarte. Y no la consigues en las ruinas del sistema bibliotecario. Destruir Educal, me parece un despropósito. Por otro lado, el Fondo de hoy es el resultado del Departamento de Publicaciones de Conaculta, de la Secretaría de Cultura, que tenía la vocación de impulsar proyectos editoriales diversos, no forzosamente comerciales. Y después el FCE como una editorial que básicamente se concibe como una imprenta para editar y distribuir libros muy baratos que no se venden, o que podría venderlos o distribuirlos Conaculta, o podría publicarlos la Sep.

Todo esto parte de una visión muy poco crítica sobre las políticas culturales del libro y la lectura en México. De Vasconcelos a la fecha, no hay país en el mundo que haya publicado más libros. Y es uno de los países, ya no en el mundo, sino en América, que tiene peor índice de librerías por habitante, que es quizás el índice más claro de cuál es la salud de un mercado editorial. Se hizo con una idea que yo cuestioné siempre, que es la de Vasconcelos, de que hay que regalar libros buenos, porque el principal enemigo de los libros es el precio. No hay ningún dato que lo sostenga. Para que se forme un lector debe haber una oferta plural, diversa. En ninguna otra materia se expresa la diversidad como en la lectura. Compara tus lecturas con las de tus amigos más íntimos o de tus seres queridos. Nunca serán iguales. Hay que propiciar ese ambiente y procurar encuentros que aumenten el aprecio de las personas por los libros. Si hay aprecio, el precio deja de ser el factor determinante.

No conozco bien  la producción editorial actual del FCE. Sin duda debe haber algunos buenos títulos, pero el Fondo perdió una parte importante de su catálogo y perdió su diversidad ideológica. En el FCE estaban Adam Smith y Marx. Estaban Rulfo, Fuentes y Krauze, y muchos autores distintos. Era un editorial con presencia en todo el mundo de lengua española, era un referente. También perdió su protagonismo en muchas áreas del pensamiento (y por tanto de la posibilidad de incidencia en la realidad). Acepto sin conceder que el FCE debería sumarse acríticamente a unas políticas progresistas. Pero me pregunto, ¿dónde están los libros para alimentar la discusión pública sobre  la ecología, la salud, la violencia, la desigualdad? Necesitamos obras relevantes en todas las disciplinas para  alimentar  la discusión pública en todas las áreas de conocimiento, no sólo obras literarias. ¿Por qué dejar el protagonismo a las editoriales privadas?

Al Fondo lo que más le recrimino no es su politización, sino la chatura de su postura política.

JG: ¿Cuál crees que es el futuro previsible del Fondo? ¿Y cuál es el futuro que a ti te gustaría ver?

DG: Paco Ignacio Taibo ha vendido muy bien su gestión ante las autoridades que toman decisiones. López Obrador y Claudia Sheimbaum no conocen el campo y supongo que les parece adecuado regalar libros. Yo pienso que el FCE debería ser parte de una política de Estado alrededor del libro y la lectura.  Me parece grave que el Fondo alimente a las Brigadas para leer en libertad y la Red de bibliotecas públicas muera de inanición, por decir algo.

¿Y cuál es el futuro deseable? Me gustaría que gente como Rosaura Ruiz, alguien que entiende de investigación, replanteara cuál es la función que debe tener, cuáles son las políticas nacionales de lectura, empezando por la Sep, siguiendo con la Dirección General de Bibliotecas. Y desde ahí, qué lugar tiene o qué lugar podría tener una institución como el Fondo, en un momento de crisis de la industria editorial en todos los países, en parte por la transformación de las prácticas de lectura y escritura, de información, de entretenimiento, etcétera. No se trata de subsidiar a editoriales, ni de becar a autores. Se trata de pensar en acciones puntuales para formar un mercado lector que acompañe procesos sociales. Y eso entre muchas otras cosas supone destinar recursos y atención a investigar. Es vergonzoso que no haya datos en este campo. Hay ejemplos en este país de que el Estado puede propiciar políticas públicas que favorezcan a autores, editores, maestros, padres de familia, librerías y bibliotecas.

JG: ¿Qué significó para ti estar en el FCE?

DG: Estar en el Fondo me dio la posibilidad de incidir en el bienestar de muchísimos niños, padres y maestros a lo largo de dos, tres décadas. Sé que los libros que publiqué le ayudaron a vivir a muchísimos niños, ayudaron a muchísimos padres a reconocerse como tales y a compartir espacios con sus hijos. También ayudó a mucha gente que trabaja alrededor de la infancia a pensarse de manera diferente. Y significó una fuente enorme de alegría y de satisfacción. Creo que es el trabajo político más importante que he hecho: para reconocer los derechos de la infancia sin demagogia, el derecho a escapar del mundo donde estás y estar en otra parte. Hubo una apuesta por la inteligencia de los lectores, una apuesta por la diversidad. La manera en que se traducen los valores en los que yo creo, valores liberales, de izquierda, está traducida implícitamente en el catálogo, sin demagogia. Y esa falta de demagogia es lo que me parece más relevante que debe hacer un editor. El editor es alguien que está pensando en los efectos, no en el discurso que transmite. El editor es la contraparte, el que está pensando en el dominó. El dominó es un juego de parejas, alguien lleva la frente y el editor es el que posibilita el juego, no es el que quiere bajar todas sus piezas, sino el que está viendo adelante, está viendo a los lados y está haciendo posible el juego.

JG: ¿Cuál es tu libro favorito del catálogo del FCE?

DG: Pienso que Willy el tímido es mi libro favorito, un libro que decidí publicar. Es un libro inglés. Lo decidí publicar porque yo sentía que era Willy, un flacucho, debilucho, tímido. Y lo que me gustó de ese libro es que era un libro que le posibilitó a todas las personas reivindicar la vulnerabilidad como un valor. Y obviamente cada quien sentía que era un libro para él. A lo largo de los años me he encontrado con muchísimas personas, algunos que tú piensas que son muy valientes, muy grandes, muy gordos; otros flacuchos, niños, adultos. Incluso mujeres que sienten que ese es un libro para ellos. Entonces pienso que el mejor libro que un editor puede publicar es un libro que muchos sienten que es publicado para ellos. Un libro singular. Me enorgullece mucho haber publicado los libros de Michèle Petit, me enorgullece La peor señora del mundo de Francisco Hinojosa, pero con el que me quedaría es Willy el tímido.

 

Julio González
Ensayista y editor de Nexos

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Publicado en: Corresponsal