A principios de 2015, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) puso al alcance del público la primera edición digital sobre un códice mexicano: el Códice Mendoza Digital, disponible en versión web y a través de una aplicación para iPad. La edición digital, a diferencia de otros esfuerzos similares disponibles en línea,[1] incluye diversas herramientas para la representación y la comprensión del documento a diferentes niveles de profundidad.
La edición permite estudiar a detalle las características físicas del códice (materialidad), vincular información directamente a los elementos que lo integran (hipermedia), transcribir in situ al inglés y al español el texto (transcripción) y posicionar geográficamente en mapas digitales la información contenida en sus secciones (mapas y calendario). Estas herramientas, junto con estudios y materiales multimedia, permiten que el lector se acerque de manera más completa al contenido del códice.
Vale la pena recordar que los códices mexicanos son registros históricos, geográficos, calendáricos, económicos y simbólicos elaborados en diferentes soportes como papel de maguey o de amate, piel o papel de algodón. Son objetos de conocimiento que funcionan de manera muy diferente a como entendemos un documento escrito en nuestros días. Los códices son sistemas semasiográficos donde las imágenes son el texto, y la relación entre ellas es la que carga el significado.[2] Eran leídos en voz alta y muchas veces en contextos rituales donde se echaba mano de otros elementos semánticos o contextuales que potenciaban su contenido.
Los códices son artefactos culturales complejos que funcionan a través de diferentes canales comunicativos. En términos contemporáneos podemos decir que son multimediáticos. Por esta razón, representarlos en una edición impresa limita en gran medida las posibilidades expresivas que los caracterizan.
Si bien las ediciones facsimilares son un esfuerzo invaluable de difusión (pensemos por ejemplo en las cuidadísimas y excepcionales ediciones del Fondo de Cultura Económica), es necesario admitir que, hoy día, ante la realidad tecnológica, el papel como soporte resulta limitado. En especial para incluir materiales interactivos y audiovisuales que amplíen su comprensión y que repliquen de una manera más cercana (aunque inevitablemente limitada) sus características y funcionamiento original.
El Códice Mendoza fue creado en 1542, por comisión del Virrey Antonio de Mendoza para conocer el status de la tierra recién conquistada. Está compuesto por 72 folios ilustrados y anotados en náhuatl y 63 folios complementarios con su respectiva glosa en español. Cuenta con tres secciones: la primera dedicada a la expansión territorial del imperio azteca, la segunda da cuenta de los tributos realizados por las provincias del imperio y la tercera es una crónica etnográfica sobre la vida cotidiana en esos tiempos. Desde el siglo XVII el documento está en custodia de la Biblioteca Bodleiana de Oxford y es considerado una de las fuentes documentales más importantes para conocer el México prehispánico.
Además de su valioso contenido, el Códice Mendoza es de suma importancia por simbolizar en diferentes niveles formales el encuentro entre la cultura mesoamericana y la europea: la iconografía es indígena, pero la glosa está en español; la técnica de manufactura es también indígena, pero el papel y el encuadernado son europeos; conviven interculturalmente la lengua española y el náhuatl al igual que conviven un sistema fonético de representación junto con un sistema semasiográfico.
La doble representación cultural muestra la riqueza implícita del documento junto con su valor histórico. Estos polos añaden también un mayor grado de complejidad a la hora de trasladar el documento a un ecosistema digital.
Hoy las herramientas digitales nos permiten hacer una representación más holística e integral aunque siempre limitada por el vacío temporal y cultural que nos separa del documento. Como en cualquier traducción lingüística, es mucho lo que se pierde. Aun así, vale la pena recordar que Miguel León-Portilla hace algunos años estableció una interesante y afortunada analogía entre los códices y los CD-ROMs, tecnología de punta hace una década. Allí, León-Portilla apelaba a los muchos canales de comunicación y al afán de representar la totalidad del conocimiento en estos dos soportes en apariencia tan lejanos (León-Portilla, 2003).

La analogía nos ayuda a sustentar la pertinencia de explorar las posibilidades de los medios digitales para representar y estudiar documentos históricos tan importantes como los códices mexicanos.
Sin embargo, no es sólo esta analogía, en apariencia remota, la que impulsa este esfuerzo. Detrás hay varios objetivos trazados a inicios del 2014. Por un lado, la edición digital permite al gran público conocer un documento fundacional de la historia de México. Al mismo tiempo, provee al especialista de herramientas y diversos materiales para ampliar su investigación, y con suerte reintegrarlos al recurso digital. Por otra parte, el Códice Mendoza Digital, al ser el primer esfuerzo de este tipo en México, es un antecedente para crear nuevas líneas de investigación y ediciones digitales de documentos históricos mexicanos. El INAH invita así a otras instituciones a ver el lanzamiento de esta edición como un catalizador para el trabajo y la reflexión en torno a estos temas.
El tercer objetivo, y en el cuál se ahondará un poco más en estas líneas es la universalización del conocimiento contenido en el Códice Mendoza, a través de su edición digital. La argumentación de cómo se universaliza el conocimiento a través de este tipo de recursos nos orilla a discutir el concepto de repatriación virtual. Dicho concepto, como veremos, se pude aplicar a algunos casos análogos, pero es difícilmente aplicable a nuestro caso.
El término repatriación virtual se empezó a utilizar hace más de una década para describir el esfuerzo de algunas instituciones (en un inicio canadienses) por vincular a los miembros de culturas nativas americanas con artefactos culturales alojados en instituciones dentro o fuera del país. En su mayoría se buscaba que estos artefactos, vigentes en términos socioculturales, históricos y religiosos, pudieran volver a ocupar un lugar en la comunidad. De paso, la repatriación virtual permitía a las comunidades añadir conocimiento al objeto a través de internet. (Hennessy, 2009)
Existen algunos ejemplos paradigmáticos como el Museo Virtual de Canadá, donde las culturas indígenas de Norteamérica pueden acceder e interactuar con objetos pertenecientes a su cultura de manera virtual, pese a estar custodiados por instituciones fuera de su territorio. También hay bases de datos virtuales de conocimiento tradicional o esfuerzos que buscan aglutinar iniciativas similares en diferentes países, como Digital Return.
En primera instancia resultan totalmente loables los beneficios de esta práctica. Sin embargo, hay varios aspectos que problematizan la repatriación virtual y que nos impiden aplicarlo a nuestro caso, como veremos a continuación. De cualquier manera, sin importar el término que utilicemos, vale la pena centrar la atención en la universalización del conocimiento albergado en el Códice Mendoza.
Uno de los cuestionamientos válidos que se hacen a menudo es qué se repatria si el objeto en sí permanece fuera y lejos de su origen. La definición de la Real Academia Española nos dice que repatriar es “devolver algo o alguien a su patria.”(DRAE, 2012) Concretamente, no se devuelve nada, y la custodia del objeto sigue estando fuera de la comunidad a la que pertenece. En este cuestionamiento van implícitas algunas de las discusiones recursivas alrededor de los objetos culturales en la era digital (por ejemplo, los libros): la materialidad del objeto contra su virtualidad y la transparencia de la representación en relación con el objeto original. Vale la pena mencionar que la repatriación virtual también abre debates añejos sobre colonialismo cultural y patrimonial. En este sentido, la repatriación virtual ha resultado una salida neutral al asunto permitiendo a las comunidades originarias acercarse a su patrimonio aunque de manera mediatizada.
En el caso que nos atañe, quizá el contenido, el saber y la posibilidad de estudiar el objeto cultural, es lo que importa. Katherine Carlton matiza de manera pertinente este asunto diciendo que quizá en vez de hablar de repatriación virtual de objetos deberíamos de hablar de repatriación de conocimiento, con lo que podríamos dejar de lado las querellas semánticas (Carlton, 2010).
Sin embargo, hablar de repatriación de conocimiento es igualmente conflictivo para nuestro caso ya que, en rigor, se pone el conocimiento a disposición del gran público, pero no se repatria propiamente sino, más bien, se universaliza su contenido. Este matiz también resulta conflictivo en otros casos como por ejemplo, alguna máscara ritual perteneciente a una cultura viva de Norteamérica, o de alguna cultura africana. En este sentido es el objeto en sí, el aura que contiene junto con su carga simbólica lo que importa, no tanto su representación para estudio o el conocimiento que pueda albergar.
Después de estas consideraciones podemos hablar de las particularidades de los códices mexicanos, y mostrar que el término repatriación virtual no es aplicable a las ediciones digitales de códices mexicanos, como la del Códice Mendoza.
Documentos históricos como los códices en la mayoría de los casos han dejado de cumplir una función específica entre las culturas indígenas contemporáneas[3], tal y como lo podría hacer un objeto sagrado para alguna cultura. No por esta razón dejan de ser objetos culturales muy valiosos al ser fuentes fundamentales de la historia e identidad nacional.
Su contenido y forma representan el devenir de la historia de México, apelan a nuestra identidad y esas son dos razones suficientes para pensar en repatriarlos. El INAH, tiene la misión de investigar,preservar y difundir el patrimonio mexicano dentro o fuera de nuestras fronteras. Por esa razón, el INAH explora nuevas formas de acceder y acercar el patrimonio mexicano haciendo uso de este tipo de herramientas. Al digitalizar el documento se pone a disposición del público y de los investigadores, se permite el acceso antes inexistente, por lo que cualquier esfuerzo es en esencia válido.
Hay un aspecto más que vale la pena resaltar, y es que un esfuerzo como el que motiva estas líneas permite añadir contexto y conocimiento casi de manera inmediata e ilimitada. En ese sentido, la edición digital del documento se convierte en un recurso vivo, que con suerte será fuente de otras investigaciones y de otras ediciones similares.
El presente esfuerzo universaliza el conocimiento que contiene el Códice Mendoza y acerca al público a un documento fundacional de la nación mexicana. A diferencia de los casos de repatriación virtual que se conocen, donde los objetos siguen ocupando una función específica para la comunidad de origen, el Códice Mendoza ocupó una función específica en su momento para informar al Virrey de Mendoza sobre el estado de las cosas en el imperio azteca. Aun así, incentivar a académicos y al público en general a que conozcan y estudien el patrimonio custodiado fuera de nuestra nación es una misión ineludible y un trabajo necesario.
El INAH encuentra en estas acciones una extensión de su labor permanente de investigar, preservar y difundir el patrimonio nacional. La publicación digital del Códice Mendoza Digital logra innovar en la forma como vinculamos a los ciudadanos del siglo XXI con el enorme patrimonio de nuestra nación.
Bibliografía
Berdan, F. F. & Rieff Anawalt, P. (1997) Essential Codex Mendoza. EUA, University of California Press.
Boone Hill, E. & Mignolo, W. (eds.) (1994) Writing Without Words: Alternative Literacies Mesoamerica & the Andes. EUA, Duke University Press.
Carlton, Katherine. (2010) Native American Material Heritage and the Digital Age:“Virtual Repatriation” and its Implications for Community Knowledge Sharing. University of Michigan (Honors Thesis)
Hennessy, Kate. (2009) “Virtual repatriation and digital cultural heritage” en Anthropology News, Vol. 50, núm. 4. Pags. 5-6.
León-Portilla, M. (2003) Códices: los antiguos libros del nuevo mundo. México: Aguilar.
Real Academia Española. (2012). Diccionario de la lengua española (22.aed.). Consultado en http://lema.rae.es/drae/
[1] La Biblioteca Digital Mexicana o los discos compactos publicados por el INAH en el 2006 son ejemplos de esfuerzos valiosos. Sin embargo, consideramos que las herramientas que ofrecen para estudiar y comprender el contenido de los códices, son en ambos casos limitadas.
[2] El concepto de sistema semasiográfico fue aplicado por Elizabeth Hill Boone a los códices mexicanos en su estudio Writing Without Words:Alternative Literacies Mesoamerica & the Andes. (1994)
[3] Vale la pena decir que algunos casos donde los códices siguen cumpliendo funciones específicas dentro de la comunidad. Sirva como ejemplo el lienzo de Zacatepec en custodiade la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia (BNAH) que periódicamente es visitado por la comunidad de Santa María Zacatepec, de la Mixteca de la Costa de Oaxaca para llevar a cabo algunos rituales comunitarios.

Excelente artículo! Me parece muy importante distinguir la diferencia entre repatriación y acceso. Esto proyecto es un gran esfuerzo para dar acceso a un documento antes solo accesible para quienes podían ir a Inglaterra o ir a una biblioteca con copias facsímiles de este códice, pero para nada se debe considerar este esfuerzo como una “repatriación”. Espero si, que este esfuerzo inspiren a otras instituciones para crear proyectos similares. Este es el proyecto mas completo para entender este códice en todos sus contexto! Gracias! MRamos