En Arcángel, deslumbrante cortometraje mexicano, un hombre de campo y una anciana peregrinan. ¿Van camino de un desfiladero o de la salvación? Ambas cosas, según consta en esta recomendación.
Todos los fotogramas provienen del cortometraje Arcángel y se reproducen con permiso de la cineasta Ángeles Cruz. Recomendamos ver el corto antes de seguir leyendo.
Condena
Arcángel, un campesino, lleva a Patrocinia a la ciudad de Oaxaca para buscarle lugar en un asilo. Él está perdiendo la vista. Ella no puede caminar. Vienen de una pequeña comunidad en la sierra. Arcángel es el recuento de las dificultades que enfrentan en el viaje: los criterios de admisión, que excluyen a la gente incapacitada; la Babel burocrática; la apatía de quienes los atienden; la pobreza, sobre todo lo demás, que complica como un nudo en los tobillos cada paso.
Pero más allá de esta dermis argumental, el corto es una íntima exploración de los lazos entre Arcángel y “Pato”. Al campesino y la mujer los aglutina como muégano un amor de madre e hijo. Para ir de un lado a otro, Arcángel la lleva a cuestas: carga con ella en la espalda, envuelta en un rebozo. Si la anciana desciende de esa suerte de refugio es sólo para comer del taco que él le da al ras de la banqueta. Ni siquiera en la oficina del asilo se separan. Sabemos que en el campo, los mercados, las calles, el rebozo se emplea como un segundo vientre. Cavidad de protección, de abasto, de sostén. El de Arcángel también lo es, aunque de signo inverso. Biológicamente, porque aquí quien aloja y preserva la vida es un hombre. Generativamente, porque el hijo contiene a la madre.
El periplo responde a un deber moral, pero no solamente. Arcángel y Patrocinia se tratan con sumo afecto. “¿Te lastiman tus ojitos?”, le pregunta cuando la desembaraza por primera ocasión y el día la deslumbra. “¿Estás bien, Patito?” “¿No estás enojada conmigo?” “¿Por qué no me quieres ver?”, le dice en el piso de baldosa de la estación, mientras esperan la noche. “No, tú no te vas a morir”, afirma desolado, cuando ella no quiere comer. Y así también siempre que ella le habla, en una voz reducida hasta la dulce médula.
Exploración de los lazos, y crónica de su fin. Recorrer Arcángel es atestiguar una gradual separación. Si en el primer tramo del cortometraje hijo y madre, reales o putativos, se aglutinan, en el tramo siguiente ella transita del vientre al exterior y viaja sobre ruedas. Arcángel se hace de una carretilla (¿el sucedáneo de una carriola?) y con ella conduce y pasea a Patrocinia. El cortometraje entra aquí en una fase feliz, de modesta esperanza. Arcángel por fin consigue que la persona a cargo entreviste a Pato. Para celebrar, se acercan a una pequeña verbena, una procesión de bodas con mojigangas, baile y música. La estampa de una anciana circulando mansamente en un diablito de carga tiene acentos cómicos y tanto la cineasta, Ángeles Cruz, como los actores saben valerse de ellos, siempre con delicadeza, para añadir al filme una capa lúdica.
Falsa ilusión. En la escena que sigue a la verbena, Arcángel, con la carretilla y Pato por delante, sale enojado de la entrevista. No ha sido admitida. El último tramo, puede adivinarse, es el de la separación. Si desea ayudar a Pato, si quiere darle alguna oportunidad, tiene que abandonarla. Es una apuesta arriesgada. Bien podrían no darle ingreso, hacer los burócratas y las enfermeras la vista gorda, dejarla desmoronarse a las puertas del asilo, bajo la lluvia y el sol, polvorón de cacahuate. Sabemos que Arcángel quiere a Patrocinia. Debe de estar hundido en la desesperación, no ver rumbo en la pobreza, temer mucho a la ceguera. Y la deja. Como a Moisés su madre. En Arcángel asistimos a una forma benigna de expositio. Desamparar para salvar.
Y es ahora solamente que los roles giran y se normalizan. La escena es muy íntima: un primer cuadro callado y prolongado en el que apenas caben los dos rostros encontrados y un aspecto de la iglesia. Arcángel le acaricia la cabeza, como si esperara algo, y ella por toda respuesta alza la mirada y le da la bendición, un gesto materno y religioso que hasta el más escéptico de los hijos procura. Arcángel besa la cruz de piel curtida y huesos. Luego, como si esto fuera parte de un ritual propio, Patrocinia procede a imponerle las manos, manos imprecisas, flacas, requemadas, húmedas. Las descansa en Arcángel, cubre con ellas sus ojos vacilantes, casi ciegos, y las deja obrar ahí, mientras lo mira y se duele. Arcángel sale del cuadro. La secuencia cierra con un plano abierto: ella en el ángulo inferior izquierdo, él desapareciendo por la esquina opuesta.
Arcángel no tiene un final feliz, al menos no a simple vista. Ella se ha quedado sola a las puertas del asilo y él parece haber cruzado el umbral de la ceguera. La lectura literal del corto es desoladora. Vejez, pobreza, enfermedad en famosa conspiración. Pero Ángeles Cruz consigue retratar una condena y sugerir a la vez una salvación. Arcángel, que encarna al hijo, encarna también a un enviado.
Salvación
Una alternancia de luz y sombras. El telón del título (negro, salvo por la tipografía). Una toma del vidrio del autobús, luminoso, que la mano de Arcángel procura despejar, como si quisiera barrer la claridad. Así comienza el corto. Luego Arcángel mira abajo, en un sondeo afectuoso, benévolo, de Pato. Y se apea del autobús, con la anciana a cuestas. El sentido del desplazamiento es claro: de la luz intensa al suelo, de arriba abajo. De acuerdo a esta procedencia, Arcángel busca levantar. Asegurada en su espalda, sentada en su regazo, cogida de su cuello, Patrocinia rara vez tiene que tocar el suelo. Solamente para comer, para dormir, para atender las necesidades básicas, se planta en la tierra. Arcángel portador le comunica su índole aérea.
La forma estratificada de la cinta vuelve a saltar a la vista cuando Arcángel y la anciana suspendida descienden todavía más. El piso de oficinas del asilo es una cámara oscura, encerrada, al parecer subterránea: catacumba. Lugar categórico de castigo, por las filas, por el abarrotamiento, por el calor, pero sobre todo por lo que anticipa. Esperar turno, padecer negativas y malos modos, obtener los documentos para un trámite kafkiano, pernoctar en las salas de la estación, tener apenas qué comer, todo esto será un pequeño infierno. Para atravesarlo, Arcángel sube a la anciana en el diablito. Aparece además el flagelo de la culpa, de la postración, del miedo. También son infraterrenos la verbena, la música y el baile, la risa, la posesión, las fuerzas en fin que logran distraernos de la desdicha.
En Arcángel, la ceguera, las alturas y la luz blanca e intensa guardan íntima relación. Siempre que el cortometraje representa la visión borrosa del campesino, con tomas fuera de foco y movidas, aparecen las alturas y la luz. En la escena inicial, el paisaje difuso al que asoma la ventana y que Arcángel no consigue despejar con su mano es brillante e incluye el cielo. Resulta de una perspectiva ascendente que omite todo lo que está abajo. Dicho de otra manera, la cámara se ocupa solamente del estrato superior. El protagonista, además, levanta la barbilla y la mirada iluminada. La radio anuncia remedios para los ojos.
La tríada de la ceguera, las alturas y la luz se manifiesta de nuevo cuando Arcángel y la anciana, luego de mucho caminar, llegan a donde querían y él intenta ver la placa que identifica la entrada; en la sala de la estación, ya de noche, cuando la casa hogar ha rechazado de plano la solicitud de ingreso, y en el baño de la misma estación.
Esta escena, la del baño, es admirable. La cámara, inmóvil, muestra al campesino al fondo, de espaldas, fuera de foco, bajo la luz intensa de un tubo de halógeno. Se sube el cierre, gira, camina hacia la lente, se detiene. Súbita transformación. El hombre que orinaba, pequeño del otro lado del cuarto de azulejos, crece frente a nuestros ojos. Ocupaba la parte inferior de la imagen. Ahora el encuadre, en ángulo ascendente, apenas puede abarcarlo. La cabeza, dominante, rebasa el margen superior. La luz lo recubría. Ahora él es la fuente de luz. Sigue afligido, angustiado, pero en la boca, en el ceño, fragua determinación. Ha decidido qué hacer. La claridad sobre uno y otro hombro prefigura unas formas familiares: alas blancas. ¿Es necesario traer a colación el nombre del personaje? Sólo ahora la corriente religiosa del filme, lentamente acumulada, se despliega a sus anchas, como tormenta eléctrica que aguardaba su momento.
Por todo esto, justamente, el final no entristece. O entristece y al mismo tiempo reanima. De vuelta en el autobús, ya sin nana Patrocinia, Arcángel está abatido. Sin embargo, ahora ya sabemos con qué se asocian la luz fuerte, la ceguera, las alturas. Son atributos, anuncios del estrato celeste. Y ahí está la tríada, sin lugar a dudas: el pavor repentino de no poder ver nada; la ventana borrosa, iluminada de inmenso; los atisbos y la toma ascendente. La ceguera de este corto es blanca. Arcángel no se hunde en las tinieblas. Sube a la luz. Descendió con una misión. Ahora vuelve.
Colofón
Hay ideas con buena estrella, mociones del ánimo que traen en sí, como una semilla viva, el designio de la flor. La de Arcángel es una de ellas. Todo en esta película parece acoplarse naturalmente y funcionar: el principio ordenador de Cruz y la cinematografía de Carlos Correa, elegante y cargada de sentido. Pero también la actuación de Noé Hernández, que produce un personaje de amplio espectro, un vástago protector y un guerrero, un espíritu celeste que empuña sin desenvainar; la presencia redentora, dulce y arcaica de Patrocinia, que supo invocar su calvario personal; el score de Pasatono, sentencioso salvo al final, cuando produce un trino ascendente de guitarra justo para propiciar la lectura trascendental que he procurado glosar; la honda raíz popular, no un afán etnográfico, ni entusiasmo folklorista, sino raíz: lo que viene de dentro. Arcángel es México o, cuando menos, un México.
Arcángel obtuvo el premio del Festival Internacional de La Habana (2018) y el Ariel (2019), entre muchos otros. Merece más: figurar en la historia de la cinematografía mexicana.
Ignacio Ortiz Monasterio
Escritor y editor. Ha publicado: Compás de cuatro tiempos y Anatomía de la feria. La liebre de Durero es el nombre de su blog personal.

excelente. muchas gracias
Gracias Jesús.
Esto: “el rebozo se emplea como un segundo vientre. Cavidad de protección, de abasto, de sostén” ¡así es, así se siente!, leerte me hizo recordarme con hijas bebés, y esto: “ella le habla, en una voz reducida hasta la dulce médula”, leer esto me hizo recordar cómo se sentía oír la voz de mi mamá ya anciana. ¡qué bonito texto Nacho.
Muchísimas gracias por leerlo y comentar Nancy. Nada más gratificante que un texto resuene en una lectora.