Para celebrar este 23 de abril, Día Internacional del Libro, en el que se conmemora la muerte de Shakespeare en 1616 —según el calendario juliano—, ofrecemos una visita al castillo danés que pudo haber inspirado Hamlet. Claro, el viaje cobra sentido en compañía de varios libros necesarios.
Nadie ha dedicado tantas horas como el cervantino Luis Astrana Marín a esclarecer la misteriosa relación de Shakespeare con el castillo de Kronborg —aludido como el Palacio Real de Elsinore en Hamlet. Llego a él mientras preparo un viaje corto a Copenhague, después de haber leído el Viaje a tierra de vikingos, de Jos Martín, una valiente construcción literaria que vuelve compatibles las voces de las más grandes glorias invasoras vikingas del siglo VIII con una primera persona sensible y a la vez rigurosa, redescubriendo la Dinamarca que sucede y precede a Hans Christian Andersen.

Ilustración: Belén García Monroy
No hay evidencia de que Shakespeare haya visitado tierras danesas para inspirar su drama inmortal, aunque, según las propias conjeturas de Astrana Marín —traductor al castellano de buena parte de la obra del dramaturgo inglés—, haya margen para suponer que pudo haber formado parte de la expedición de una compañía teatral isabelina que acudió a recibir un homenaje del rey de Dinamarca. ¿Cómo, si no, fue capaz de describir esos festivos brindis con vino del Rhin, el anuncio del cañón robusto a las nubes o el cielo retumbando ante las aclamaciones del rey y repitiendo el trueno en la tierra? “Existen motivos para creer que Shakespeare asistió personalmente a la inauguración del castillo de Krongborg —dice Astrana Marín—. Este detalle es de importancia excepcional en la dramática shakesperiana pues viene a echar en tierra la creencia común de que el célebre trágico sólo conoció su villa natal, su condado y Londres”.
Poco se sabe sobre el hecho de que Shakespeare se habría inspirado, en gran parte, para escribir Hamlet en las Histoires Tragiques, del francés François de Belleforest, donde se aborda la tragedia del príncipe danés Almeth tras el asesinato de su padre. Según revela la exhaustiva investigación elaborada por el inglés John Casson, existe un ejemplar del libro con anotaciones manuscritas del bardo inglés que “tenían que ver especialmente con lo relacionado con Hamlet”. Tampoco se debe obviar el hecho de que Belleforest, a su vez, bebe de la fuente de la Crónica Danesa de Saxo Grammaticus: el origen de la leyenda.
El castillo de Krongborg, al norte de la isla danesa de Selandia, fue concebido como una fortaleza medieval y zona de peajes marítimos en el contexto de la sempiterna guerra contra los suecos por el control del Báltico. Hasta que Federico II —el verdadero rey del renacimiento nórdico— dirigió los trabajos de acondicionamiento para convertirlo a todas luces en un palacio renacentista al estilo holandés. Con el correr de los siglos, su condición de paraíso monárquico se vio seriamente amenazada por la inagotable hostilidad de sus vecinos nórdicos, la creciente enemistad con los ingleses en la primera mitad del siglo XIX y la presencia de soldados alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.
Dicen que desde el jardín que da al mar se puede divisar la ciudad sueca de Helsingborg, a la que sólo separa de la Elsinor (Helsingør) danesa el Sund: uno de los tres canales de agua en Dinamarca que conectan el mar Báltico con el mar del Norte. Pero la niebla, sombría, se empecina en negarme la plenitud de semejante espectáculo. Entonces descanso sobre el cuerpo de uno de los cañones que apuntan hacia el otro extremo para contemplar el castillo desde allí. Los chapiteles, torres, columnas y techos están cubiertos de un cobre otrora rojizo que, ante el inexorable paso del tiempo y la humedad que trae consigo la bruma, se transforma en ese tono verdoso tan característico de los tejados escandinavos. Bordeando el camino que conduce hasta el puente que conecta la enorme terraza con el patio interior del castillo, leo que Jos Martín admitía sentirse abrumado ante el reto que supone reconstruir una atmósfera shakesperiana, como si el bardo de Avon no lo hubiese dicho absolutamente todo. Yo, en realidad, me siento más bien avergonzado al hacer algunas anotaciones en mi libreta sabiendo que lo mismo hizo un prosista tan lírico y excepcional como Manuel Vicent, para su libro Viajes, fábulas y otras travesías.
Finalmente me interno en el palacio. Como todo hombre dotado de cierto grado de sensibilidad me siento más conmovido por el desenlace fatal de Ofelia que por el del príncipe de Dinamarca. Aunque eso no impide que luego, al caminar entre la oscuridad de las mazmorras, me aterre la idea de ser obligado a consolarla en soledad. Me reconfortan más el rasgo señorial de las baldosas de mármol del salón de baile y la profusa decoración de los techos y paredes del salón de banquetes. Todo el semblante lóbrego de la tragedia inmortal de Shakespeare se desvanece entre tantas muestras de ampulosidad. Hasta que desde el fondo del vestíbulo se escucha una voz inquietante sollozando: Y yo la más infeliz, miserable de las mujeres, / yo, que he sorbido la miel de sus dulces votos. Estremecido, me siento atraído por aquel sonido maligno. Me pregunto qué es mejor para el alma en esos momentos: ¿sufrir insultos de fortuna, golpes, dardos, / o levantarse en armas contra el océano del mal, / y oponerse a él y que así cesen? Decido confrontar el origen de los lamentos. Caminando, indefenso, pienso en lo bien que me vendría portar la espada envenenada de Laertes. O cuando menos una navaja suiza. Al final del pasillo descubro algo parecido a un espectro en forma de mujer. Ríe con demasiada cadencia para tratarse de una creatura etérea, metafísica. Se acerca para decirme algo cerca del oído. Lo interiorizo como un mensaje cifrado en escandinavo medieval. Tras un largo suspiro me doy cuenta de que reconozco el balbuceo de un inglés académico: “Estamos terminando de ensayar”. De pronto aparecen todos: el príncipe danés, Claudio, Gertrudis, Polonio y Laertes. Eran todo menos siluetas fantasmales. La representación del día en el palacio estaba por comenzar. Entonces descarto la posibilidad de haber sido bendecido con la memoria de Shakespeare, como aquel personaje del cuento de Borges. Me encuentro inmerso en un montaje teatral, concebido para satisfacer los deseos de una horda de turistas que día a día se arremolinan en la orilla danesa del estrecho. Tan cerca y tan lejos de abrazar la inmortalidad.
Ricardo López Si
Escritor.