El Cantar de mio Cid y la moral de la violencia

Más allá del disfrute de las hazañas narradas en el Cantar de mio Cid, el lector contemporáneo puede hallar en este poema épico una guía para comprender cómo ha sido la relación social del mundo hispánico con los “grandes hombres” y con la violencia.

Ilustración: José María Martínez

Decir que vivimos en una época violenta resulta tautológico. ¿Hay alguna que no lo sea? Mejor sería afirmar que mucha de la violencia de hoy —más, al menos, de la que se esperaría “naturalmente”— se antoja gratuita. Las ciudades de México están plagadas de atropello, homicidios y crueldad. El cacicazgo, pasión negra de estas tierras, nos ha mostrado su más espantosa cara. Crímenes horrorosos se consideran ya algo tan cotidiano que ni un escándalo ameritan.

Claro que la violencia no es cosa nueva: las culturas siempre encuentran cómo encauzarla, regularla y hasta sublimarla. La cuestión crucial es por qué algunas sociedades prosperan mientras que otras languidecen con la violencia. Es una pregunta espinosa y muy distinta a la que se aborda con frecuencia, es decir: ¿cuáles son las causas de la violencia? Hemos creído que un buen diagnóstico conduce necesariamente a un tratamiento adecuado, pero nos equivocamos: ¿necesitan los seres humanos motivos para ser malvados? Entonces, sería más provechoso indagar los mecanismos para sobrellevar la violencia, muchos de los cuales se encuentran en la literatura cuando nos acercamos a ella como historia que sirve a la vida. Para adentrarme en los usos y códigos que rigen la violencia en el mundo hispánico, me apoyo en el Cantar de mio Cid.

Pero ¿es acaso sensato buscar respuestas en un texto de más de ochocientos años de antigüedad? La Edad Media es un espejo para el Occidente moderno: es lo suficientemente lejana para llenarnos de extrañeza y forzarnos a ver lo que no queremos, y su relativa cercanía nos permite una identificación más fácil que, digamos, la Antigüedad clásica.

El renacimiento medieval actual, válgame la expresión, se lo debemos principalmente al mundo anglosajón. Aunque el ánimo por el Medioevo mengua y resurge periódicamente, hoy el medievalismo parece un fenómeno casi del todo anglo y como tal es exportado. En el mundo hispano, los intentos de medievalismo tienen un sabor muy anglófilo. La identidad medieval española, con su renombrado ánimo realista, carece de encanto cuando se compara con el colorido y ya muy bien trabajado medievalismo anglosajón.

El Cantar de mio Cid ha quedado relegado a sentimientos nacionalistas españoles, a la academia y a las aulas de Hispanoamérica. El Cantar, a pesar de sus muchos defectos, del estado adulterado en el que llegó hasta nosotros, es un precioso acceso a los orígenes de nuestra cultura. El texto no sólo nos deleita, sino que sirve también de inspiración, es decir, es fuente de tradición y aporta ideas nutritivas para nuestro tiempo.

Al seguir un hilo de significado en el Cantar, intentaré exponer uno de los principios que caracterizan al mundo hispánico: su modo único de relacionarse con los “grandes hombres”, tema que ha quedado irresoluto en América Latina, a pesar de la facundia de valerosos intentos.

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El Cid, exiliado al inicio de su aventura, no puede esperar la protección de ninguna ley. En este sentido, Ruy empieza su aventura como una suerte de Robin Hood, ambos forajidos a la espera de un señor justo. En la primera peripecia del Cantar, la de los judíos Raquel y Vidas, el Cid los engaña para obtener dinero. No se trata de antisemitismo en sentido estricto, pues la astucia no se efectúa con violencia. El episodio es picaresco y sitúa al Cid fuera de la ley.

El Campeador merodea en tierras extranjeras donde pronto revierte su situación desesperada y se convierte en cid, es decir, en señor:

Por lanzas y por espadas – habremos de guarecernos
si no en esta tierra yerma – no podremos vivir.

Su supervivencia depende no sólo de su talento en la batalla campal, sino también de la veracidad de su causa. Perdido el favor del rey, la intervención divina es explícita; por ejemplo, en el sueño del Cid la noche antes de abandonar Castilla:

El arcángel Gabriel – a él vino en visión:
“Cabalgad, Cid, – el buen Campeador,
pues nunca en tan buen punto – cabalgó varón;
mientras que lo quisieres – bien se hará lo tuyo”.

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El éxito del Cid está remarcado a cada paso por la adquisición de la ganançia. El botín de guerra es repartido generosamente. Tras la toma de Castejón:

“Todos ya fueron pagados – y ninguno por pagar.
Temprano mañana – echemos a cabalgar”,

Y lo mismo en Alcocer:

A caballeros y a peones – los ha hecho ricos,
entre todos los suyos – no hallarían un mezquino.
Quien a buen señor sirve, – siempre vive en delicio.

El Cid envía maravillosos regalos al rey Alfonso. Con esta acción unilateral no intenta comprar su reconciliación con el rey. Más bien, el botín es signo. El lenguaje de la ganançia se extiende también a los conquistados:

“¿te vas mio Cid?, – ¡nuestras oraciones vayan delante tuyo!
Nosotros quedamos pagados, – señor, de tu parte”.
Cuando se fue de Alcocer – mio Cid el de Bivar,
moros y moras – empezaron a llorar.

Los versos anteriores no son propaganda; más bien, sirven para mantener la economía interna del cantar. La distribución del botín como símbolo es aún más patente al tratarse de las espadas, Colada y Tizona, ambas ganadas en batalla por el Cid. Éstas son regaladas a los indignos infantes de Carrión y, al revelarse la perfidia de éstos, las espadas se otorgan a mejores manos.

Un mecanismo similar opera tratándose de la conpaña. A lo largo del cantar, la mesnada del Cid crece mientras que la de Alfonso, el rey, disminuye.

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Ríos de tinta se han derramado sobre el significado y correcta interpretación del verso 20 del Cantar:

“Dios, ¡qué buen vasallo, – si tuviese buen señor!”.

Los estudiosos del Cid nos piden considerar sutilísimas cuestiones lingüísticas, pues ¡tan difícil les resulta admitir que se pueda criticar a un rey! Quizá no necesitemos de recursos externos al texto para comprender el papel de Alfonso VI en el Cantar. De boca del mismo rey:

“Yo eché de mis tierras – al buen Campeador,
haciéndole un gran mal – y él a mí un gran bien”.

Al inicio del Cantar, la figura de Alfonso es ominosa, dispuesta a la crueldad y a la injusticia:

que a mio Cid Ruy Díaz – nadie le diese posada,
y el que se la diese – supiese estas palabras:
que perderá sus haberes – y también los ojos de la cara,
y además – los cuerpos y las almas.

Poco después, cuando el rey recibe el primer regalo del Campeador, Alfonso se alegra por la ganançia aunque considera que es demasiado pronto para perdonar al exiliado. Sin embargo, ocurre un movimiento importante: el rey permite que la conpaña del Cid crezca a expensas de la suya. Se trata de otro signo que valida y anuncia al héroe como verdadero. Tanto botín como compañía exigen la sanción del rey:

“mucho me alegro de mio Cid – que hizo tal ganançia”,

E inmediatamente después:

“[…] de todo mi reino – los que lo quisieran hacer,
buenos y valientes – acudir a mio Cid,
les libero los cuerpos – y les respeto las heredades”.

Tras otras tantas victorias campales, entre ellas la conquista de Valencia, el Cid envía otro regalo a su señor, quien convenientemente

De misa iba saliendo – ahora el rey Alfonso, […]

Los episodios devocionales poseen significado propio. En la lógica del Cantar, un rey recién salido de misa es uno que ya no puede ser mal señore. Y, efectivamente, encontramos a un Alfonso muy complacido con el Cid. Ahora puede ocurrir la reconciliación. En el reencuentro, el cantar acentúa las yuxtaposiciones. Veamos cómo el Cid se humilla ante Alfonso:

cayó de hinojos y de manos – en la tierra los dejó,
las yerbas del campo – con sus dientes las mordió,
llorando de sus ojos – su gozo era el mayor;
así sabe mostrar humildad – a Alfonso, su señor.

Simultáneamente, el juglar nos informa que la hospitalidad del vasallo fue muy superior a la del señor:

el Campeador – a los suyos mandó
a que adobasen un festín – para todos los que ahí están;
de este modo les paga – mio Cid el Campeador,
todos estaban alegres – y concuerdan en una razón:
que hacía ya tres años – que no comían mejor.

Y finalmente, cuando vasallo y señor se separan, ya reconciliados,

la conpaña del Cid crece – y la del rey menguó.

***

 

En el Cantar, tanto riqueza como prestigio significan y presuponen la veracidad de una causa. Sin embargo, no debemos dejarnos convencer por el principio kratocrático (bajo el que opera un cacique). En el último tercio del Cantar de mio Cid, el Campeador va disminuyendo en protagonismo a pesar de todos sus éxitos, mientras que la figura de Alfonso adquiere una cualidad más activa.

Al casar a las hijas del Cid con los infantes de Carrión, Alfonso desencadena el episodio más vergonzoso del Cantar: el violento abuso de las hijas en el robledo de Corpes. El juglar enfatiza que no fue una decisión tomada a la ligera, sino que

Por largo tiempo – el rey pensó y meditó:
“[…] del casamiento – no sé si [el Cid] lo aprobará; […]”.

El Cid insiste una y otra vez que no es él quien casa a sus hijas, sino que permite las bodas sólo por obediencia al rey. No sólo el Cid puede ver que, como casamentero, Alfonso no atina a dar una. Garci Ordóñez:

“Los de Carrión – son de condición tan alta,
no las deberían querer – a sus hijas por ‘acompañantes’
¿quién se las daría – por parejas o por novias?”

En el Cantar, el rey comete dos errores. Primero, el destierro injusto del Cid, y luego un casamiento pésimo que a nadie agrada. Tratándose del exilio, el rey  renuncia a ser garante del derecho; en el caso de la afrenta contra las hijas, sí cumple con su obligación. Y así, un Alfonso reformado —al menos literariamente— puede hablar con imperiosa autoridad:

“Oíd lo que os digo, infantes de Carrión:
esta justa la pelearíais en Toledo – pero no lo quisieron vosotros.
Estos tres caballeros – de mio Cid el Campeador
yo los traje a salvo – a tierras de Carrión.
Ejerced vuestro derecho – y no intentéis engaños,
pues a quien quisiera engañar – se lo impediré yo,
en todo mi reino – no recibirá buen trato”.

Cuando los tres campeones del Cid se enfrentan a los de Carrión, el auspicio del rey garantiza la legalidad y la moralidad de los hechos, bastante violentos, dicho sea de paso. Que los del Campeador venzan es sólo lógico, pues su causa fue verdadera desde un inicio, pero sólo se hizo justa cuando el rey la sancionó.

***

La sociedad en la cual se escribió el Cantar, un tanto posterior a la del Cid histórico, era tumultuosa y violenta. Sería imposible idealizarla como dechado de moralidad y civilidad. Sin embargo, en ésta la hispanidad ya se delineaba. El viejo occidente romano, de siglos arruinado, adoptaría nuevas identidades y una en particular: la de la cristiandad, junto con sus códigos morales.

La aristocracia, instrumental para el éxito de Occidente en sus albores, siempre sería un arma de doble filo. La figura real lograría encauzarla, algunos dirían, hasta domarla. Sin embargo, el instinto aristocrático, el mismo que impulsa al “gran hombre”, no se ha ido a ningún lado.

El renunciar a sus códigos morales pone a Estados debilitados o sobreextendidos en peligro de caer presas del cacicazgo. En Europa, de ingentes burocracias, los grandes hombres se las ven negras. Pero en Hispanoamérica —aunque no sólo aquí— surge fácilmente el cacique. Como el Cid, si los grandes hombres fueran encaminados por una causa justa, éstos podrían ser primus inter pares. Aunque, en nuestro caso, se convierten en excrecencias de poder ahí donde el Estado, por su incompetencia, deja de ser garante del derecho. En este yermo, sólo la violencia puede conferir vigencia.

La secularización —que no es sino la renuncia a los códigos morales preeminentes— permite que el cacicazgo se agudice, ya que en ausencia de un buen señore no queda nada que pueda modular el impulso aristocrático de los grandes hombres. En el momento en el que renunciamos a la noción religiosa, lo más alto es el Estado, que blande ahora sus burocracias, ahora su proxy más insidioso: la voluntad del pueblo.

Se puede teorizar que en una sociedad liberalizada y secular la meta es encumbrar al individuo; ¿no es ése, vagamente, el ideal ilustrado? Así lo creí durante mucho tiempo. No obstante, en la práctica, la individualidad se desmorona en cuanto se renuncia al principio religioso. El liberalismo secular bien pronto degenera en reduccionismo ideológico, socioeconómico y biológico.

Paradójicamente, el Estado secularizado que se arroga a sí mismo la fuente del derecho es menos poderoso que uno fundado en un principio moral. Esto explica, en parte, la languidez del régimen hispanoamericano moderno que simplemente no logra huir de la corrupción y siempre anda cortejando a la tiranía: como si más poder fuera la solución a un uso inefectivo de éste.

Al ceder la fuente del derecho a manos humanas, es viable, y hasta lícito, competir contra el Estado en términos equiparables. Hecho este movimiento, el señor natural debe pelear por su lugar en un ecosistema despiadado de caciques y corporaciones, como un simple participante más. No hablamos ya de un Estado inmoral, como lo puede ser el del Alfonso del Cantar de mio Cid. Se trata más bien de un Estado amoral.

En esta amoralidad, la violencia sólo se gobierna por el pragmatismo y la puede blandir tanto el cacique como el Estado, sin tener siquiera que justificarse. En tanto que el Estado no funja como garante del derecho —sometiendo su poder a un principio superior—, renuncia a su señorío en automático. No sólo denuncio el Estado amoral, sino que advierto su impotencia. Quizá por ello los norteamericanos se aferran tanto a su In God We Trust, admisión de que la mera fuerza no basta.

Al renegar de nuestros orígenes como Occidente cristiano, se desestabiliza la relación entre los grandes hombres y el Estado. De nada sirven las promesas de progreso, legalidad y transformación —únicas monedas discursivas de la Realpolitik charresca—, si el poder efectivo no se fundamenta en un código moral que trascienda a todos los actores sociales.

Una sociedad puede prosperar a pesar de —o quizá gracias a— la violencia. Parte del éxito depende de la relación dinámica entre el Estado y los grandes hombres. Esta relación se apoya en un código que los engloba a ambos y no puede ser incautado por ninguno. El Cantar de mio Cid encierra los mecanismos que la hispanidad codificó en su nacimiento para encauzar la violencia y efectuar una reconciliación.

 

Pablo Medina Brener
Escritor y podcastero.

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Publicado en: Florilegio