El aula, la colección y la sala de exhibición

Las actividades en línea son muy ingratas. Todo el mundo está harto. A pesar de eso, son muy necesarias. Aquí voy a referirme a tres recursos digitales que han cobrado mayor importancia durante la pandemia y la cuarentena consiguiente: las clases en línea, los acervos digitales y las exposiciones virtuales.

Ilustración: Estelí Meza

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En un editorial publicado en febrero de 2020, y que se difundió con velocidad, el reconocido filósofo italiano Giorgio Agamben expresó una opinión —frecuente en aquel momento— contraria a la adopción de medidas de excepción para poner límite a la pandemia de covid-19. Teórico del estado de excepción, Agamben supuso —es evidente que no tenía fundamento— que la epidemia era inocua. Para opinar así se apoyó en un boletín de prensa del Consejo Nacional de Investigación italiano.2 Este punto de vista provocó serios cuestionamientos, por lo que el famoso filósofo publicó una nueva opinión, en mayo de 2020, en la cual lamentaba el uso de distintos artefactos digitales para impartir clases a distancia. Sería el fin, aseveró, de la convivencia con los estudiantes. Las pequeñas ciudades que viven en simbiosis con las universidades perderían para siempre la alegría de los jóvenes.

Los profesores que aceptan —como lo están haciendo en masa— someterse a la nueva dictadura telemática y realizar sus cursos sólo en línea son el equivalente perfecto de los docentes universitarios que juraron lealtad al régimen fascista en 1931.3

Una opinión exagerada. Paradójicamente, circuló profusamente en las redes sociales, propagada por usuarios que la retransmitían con sus telefonitos.

Aunque fuera de lugar, apoyada en una lectura bastante peregrina de los datos existentes y criticable por su afán protagónico, la opinión del filósofo italiano está lejos de ser inexplicable. En obras como Estado de excepción y Homo Sacer, Agamben se ha dedicado a explicar los mecanismos que permiten a los Estados modernos ignorar los derechos humanos y ciudadanos de la población. La obligación de la cuarentena es un mecanismo que no toma en cuenta al ciudadano y sus derechos, sino únicamente al “vector” de contagio: al ser viviente que no tiene derechos y debe ser confinado a los márgenes de la ciudad. Agamben se apoya ampliamente en las categorías del derecho romano para explicar los mecanismos que utilizaron los Estados modernos, en especial las dictaduras europeas del siglo XX, para sus proyectos de exterminio y purificación racial. Es un planteamiento sensible y erudito, pero frente a sus desafortunadas opiniones sobre el covid-19 podría pensarse que el notable pensador italiano cedió a la tentación de considerar que sus estupendas explicaciones podían entenderse como leyes de la historia o como una lógica omnipresente en cualquier circunstancia y tiempo.

El aula virtual

Si la opinión del profesor Agamben no lo acredita como infectólogo, su tono apocalíptico y malhumorado es común entre los colegas profesores de todo el mundo. Llevamos un año intentando dar clases en línea. Es difícil y los resultados son magros, pero valen dos reflexiones desde la experiencia universitaria. La primera reflexión se refiere al vínculo que tienen las comunidades académicas con diferentes aparatos y tecnologías. La pandemia de ninguna manera inauguró el uso de artefactos en el aprendizaje y la enseñanza. La técnica más empleada desde hace cientos de años, y aún en pleno uso, es la arquitectura. Las aulas siempre se concibieron con propósitos semejantes a los de la tecnología digital: la administración de las multitudes y de los diálogos. El salón de clases determina quién puede ver a quién, quién puede hablar con quién, quién puede escuchar. En ese sentido, el funcionalismo de los edificios escolares apunta en la misma dirección que los teléfonos digitales y su control obsesivo. Se ha argumentado —con razón— que no todos los estudiantes mexicanos tienen el acceso y los aparatos para acceder a esas clases de manera equitativa. Es verdad. Lo que no toman en cuenta quienes opinan así es que con frecuencia sus estudiantes hacían recorridos de dos horas o más, en cada sentido, todos los días, para llegar al salón de clases. La velocidad de conexión ha sido un mecanismo de exclusión, pero también la geografía urbana lo era.

La enseñanza en línea ha sido ingrata, pero en cierta medida esto se debe a que ha puesto en evidencia formas de docencia obsoletas. Pocas experiencias son tan agotadoras y desquiciantes como hablar durante dos horas frente a una pantalla; sin embargo, ningún profesor estaba obligado a organizar su clase para hablar sin parar. Son muchas las formas de trabajo que pueden ponerse en práctica con o sin presencia física: el diálogo entre los estudiantes y con ellos sobre el trabajo realizado de manera personal, la discusión de sus propuestas y la lectura compartida durante las sesiones, las exposiciones en equipo. La educación a distancia sólo ha mostrado que la conferencia de los profesores requería ya el complemento de otras actividades; que la enseñanza tiene una importancia desmedida frente al aprendizaje. Las crisis recurrentes de descontento estudiantil durante los últimos años no las había provocado ninguna pandemia. La distancia entre profesores y estudiantes aumentó durante la cuarentena, pero es el resultado de un proceso social complejo y viene de antes.

Nostalgia de Chimalistac

Los recursos digitales para los estudiantes también son un problema, pues son escasos. Lo muy poco que estaba ya digitalizado, particularmente en México, fue una maravilla que nos permitió sortear tres semestres; pero no va a ser suficiente en el futuro, con o sin pandemia. También la digitalización no hace más que poner en evidencia limitaciones independientes de la pandemia o de la tecnología digital misma. La insuficiencia de los acervos bibliotecarios; el atraso considerable en la organización, descripción y catalogación de los archivos; la muy incompleta catalogación del patrimonio cultural material son males que están con nosotros de mucho tiempo atrás. El proceso reciente de la Ley General de Archivos (LGA), aprobada en 2018, es muy sintomático a este respecto. El proyecto original de ese ordenamiento tenía graves inconvenientes que se mitigaron un poco por la presión gremial de los historiadores, pero la LGA rebasa los límites de esa preocupación priista. Estableció la tutoría del Estado sobre un vasto universo de documentos y acervos públicos y privados, bajo el liderazgo del Archivo General de la Nación, pero no le otorgó a las entidades correspondientes los recursos para realizar las sofisticadas tareas de ordenamiento y catalogación que determinó como obligatorias.

Es el mismo error que se cometió, muchos años antes, con la Ley General de Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos (LGMZ), de 1972. Desde la década del 2000, cuando la Auditoría Superior de la Federación comenzó a complementar sus dictámenes relativos al gasto con auditorías de desempeño, se ha señalado de manera recurrente el grave retraso en los catálogos del patrimonio cultural de la nación que los dos institutos federales —el INBAL y el INAH— están obligados a hacer en virtud de la ley. Aunque se han presentado avances importantes, en general se trata de documentos muy críticos y que señalan, además de un retraso generalizado, la inconsistencia en los criterios para la catalogación. En años anteriores se había declarado concluida la catalogación del 100 % de los bienes del patrimonio cultural, pero en el informe relativo a la cuenta pública de 2017, la ASF reportó que se habían incluido en ese ejercicio 1 581 677 de los 2 096 871 “bienes bajo custodia”. Además, “se determinaron inconsistencias en los sistemas de información que no permitieron determinar el número real de bienes catalogados”. Las inconsistencias son palmarias, pues el propio informe reporta sólo 1 279 088 bienes inventariados. Esto es: las instituciones reportaron más bienes catalogados que bienes inventariados.4 Sin entrar en precisiones lexicológicas (¿qué es catálogo?, ¿qué es inventario?), esto es absurdo.

El problema es mundial. En 2014, una comisión del Parlamento francés encontró que el 80 % de los museos de aquel país tenían catálogos muy deficientes o de plano no tenían idea de lo que había en sus colecciones.5 Ahora bien: el atraso mexicano es aún mayor si se cuentan, dentro de los acervos o porciones del patrimonio cultural que sí se han catalogado, cuáles son accesibles al público. No todos los bienes pueden ponerse en línea: hay restricciones determinadas por los derechos de autor y también debe considerarse la seguridad y conservación del patrimonio. Es aquí donde faltan criterios públicos sólidos que deriven en una catalogación profesional que haga posible el acceso del público.

Los registros no se hacen solos. Una vez elaborados, permiten una variedad de operaciones automáticas; pero la elaboración misma no es automática. Requiere de un esfuerzo interdisciplinario entre profesionales de la catalogación y de los saberes involucrados: historia del arte, historia, antropología. Las políticas de austeridad en este rubro están vigentes desde el sexenio de Miguel de la Madrid y cada nuevo gobierno las profundiza. A diferencia de las bibliotecas, donde hace tiempo se entendió la necesidad de contratar bibliotecólogos profesionales con plenos derechos, las instituciones públicas mexicanas evitan a toda costa la contratación de personal calificado con derechos laborales para la catalogación del patrimonio.

Los sitios Mexicana, de la Secretaría de Cultura, y Memórica, de la Presidencia de la República, lo mismo que la Mediatecadel INAH, se apoyan en los esfuerzos previos de otras instancias públicas y organizaciones privadas; así que la calidad de sus registros depende de la calidad de los registros originales. Aquí me refiero solamente a los ejemplos muy positivos del Sistema Nacional de Fototecas del INAH y del Centro de Estudios de Historia de México Carso.6 La Pachuteca, como cariñosamente se conoce en el medio a la Fototeca Nacional, inició la digitalización de sus acervos hace décadas. Puede abonarse en su crédito una sensibilidad bastante temprana sobre las implicaciones políticas del acervo y una eleccion muy razonable de los estándares para la catalogación de las imágenes. El esfuerzo ha sido visiblemente sostenido y sistemático, aunque con frecuencia acusa las consecuencias de un trabajo interdisciplinario insuficiente: los registros relativos a la Revolución mexicana y a los presidentes de la República están en general muy completos; lo mismo puede decirse de las fotografías que tienen un contenido etnográfico o antropológico; pero no siempre es así cuando se trata de fotografías relativas a las artes. La combinación de tres estándares de metadatos diferentes es quizás su mayor fortaleza.

No hay sorpresa en que el Centro de Estudios de Historia de México Carso tenga uno de los mejores catálogos del país. Esto precede a la era de las computadoras, cuando el muy apreciado Centro Condumex descollaba como una biblioteca y archivo bien organizado y con un servicio impecable. Adquirido por el consorcio Carso, mantuvo su alta calidad. El catálogo digital no podría reproducir la paradisíaca sala de lectura de Chimalistac, pero sí refleja la fortaleza de sus viejas tarjetas de cartulina. Esos venerables registros vienen ahora con imágenes de alta resolución de la mayor parte de los documentos, que pueden verse sin restricciones absurdas.

Un acervo público y otro privado, los dos con virtudes considerables que derivan de una larga historia de trabajo académico profesional. Ambos han sido un alivio en condiciones que no permiten pedir a los alumnos que salgan a comprar un libro, que vayan a la biblioteca (que por lo demás está cerrada) o que visiten un archivo. No todas las historias son así de brillantes, y las necesidades de lectura de los últimos meses se han resuelto también con los acervos digitalizados en otros países.

La sala de exhibición y la exposición virtual

Es poco aconsejable convocar a grandes multitudes para visitar salas de exhibición que, en condiciones óptimas, sólo deben tener ventilación artificial. Las exposiciones se hacen con artefactos que casi siempre proceden de una variedad de lugares, algunos muy remotos. Las restricciones mundiales en la movilidad están echando por tierra ambiciosos proyectos de exposición. Con cada vez menos personal y cada vez menos posibilidades de obtener préstamos, la parálisis de numerosos museos es un hecho.

Algunas exhibiciones en línea intentan, en distintas medidas, reunir los materiales de  exhibición en un esfuerzo semejante al de la elaboración de un guion museográfico, que deriva en la elaboración de páginas interactivas que combinan textos, imágenes y videos. Tanto el Museo Nacional de Antropología e Historia, con la exposición Roma aeterna, como el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, con el proyecto Sala 10, son buenos ejemplos de esta alternativa. Lo que muestran es algo parecido al material de trabajo previo a una exposición: un expediente que agrupa imágenes de distintos objetos, que una vez desplegados en el espacio se convertirán en un discurso que tendrá interacción con los espectadores. Los documentos y las imágenes, los letreros y los textos explicativos tienden a repetir una tendencia gremial a pensar en las exposiciones más en función de sus “núcleos temáticos” que en sus recorridos espaciales. Digamos que la exposición es un dispositivo que depende todavía de cuadros sinópticos aristotélicos. Se conciben a veces como instrumentos intelectuales para clasificar el mundo, no para organizar un discurso en el espacio. Naturalmente, esta preferencia es mucho más pronunciada en los museos históricos que en los de arte contemporáneo; estos últimos tienden a organizar las acciones de la página alrededor de cada uno de sus elementos.

Un cierto número de proyectos en internet tratan de reproducir el espacio de exhibición. El INBA tiene varios “recorridos virtuales” de sus museos —todos ellos muy mareadores—, en los que es posible ver algunas salas de exhibición y fotografías de obras. Son interesantes, pero ver esos videos no es lo mismo que visitar un museo. Incluso modelos con herramientas muy sofisticadas son representaciones que no reemplazan el recorrido, como la reproducción del templo de Dendur en el Metropolitan Museum of Art, que combina el video en 360 grados con una herramienta para girar, o la extraordinaria maqueta virtual de los murales de Orozco en el Dartmouth College, que permite la apreciación en alta resolución e incluye diferentes niveles de explicación.7

Las dificultades para organizar “la exposición virtual” son conceptuales. El museo es una herramienta que dramatiza el espacio y lo pone en el centro de un discurso sincrónico: se apoya en las comparaciones, en las orientaciones, en los ejes. El discurso le propone al espectador hacer caso omiso del tiempo necesario para su recorrido, erigiendo el espacio como la categoría central de la experiencia. Es un modelo conservador en la forma, aunque sus consecuencias puedan ser radicales: es una retórica que se organiza como sucesión de espacios de la memoria. Es una ficción difícil de reproducir con los instrumentos de la realidad virtual. Incluso en los videojuegos más avanzados, el espectador conserva su orientación en el espacio que ocupa su cuerpo, no en el de la pantalla o las gafas. Un adolescente jugando Fortnite no vuela sobre una isla, está tirado en el sofá de su casa.

El sitio y la cuarentena

¿Debemos quejarnos, como lo hace el profesor Agamben, del lenguaje de guerra empleado para el “combate” a la pandemia? Seguramente: las acciones sanitarias no deben confundirse con las “estrategias” y “tácticas” militares. Pero valdría recuperar la experiencia de las personas. En menor medida que en las guerras, la experiencia de las poblaciones se parece: el encierro, las restricciones a la movilidad, el tedio. A la par, las relaciones personales adquieren una importancia mayor que la acostumbrada, y existe un apetito de información que es caldo de cultivo para rumores e interpretaciones jaladas de los pelos. Aunque deben guardarse las proporciones, las lecturas más interesantes que el suscrito ha encontrado en esta temporada han sido las que se refieren a los sitios de Leningrado y Stalingrado. En particular la novela de Vasili Grossman, que en la edición reciente de Galaxia Gutenberg se incluyen (con una tipografía un poco distinta) los extensos fragmentos omitidos por la censura estalinista, la cual eliminó especialmente los pasajes relativos a la desavenencia familiar o de pareja.8 Retomo una frase de la crónica de Hugo Hiriart sobre el 11 de septiembre de 2001: “Fue gradualmente desenvolviéndose la percepción de esa sorpresa brutal, histórica y por completo inverosímil. Es decir, como en la banalidad cotidiana, la araña de la historia teje su telaraña”.9 El peligro de una red de discursos que no tenga sustancia ya es patente en la colérica conversación en línea, y por eso es necesario volver a articular la experiencia con los recursos que tenemos ahora mismo.

 

Renato González Mello
Investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Es Miembro de la Academia de Artes.


1 Contracción de “Poentientiam agite” o “hagan penitencia”; es una frase atribuida al predicador medieval radical Gherardo Segarelli. Su exhortación es característica de Salvatore, uno de los personajes de El nombre de la rosa, de Umberto Eco. Orsi, R. “Verso ‘Il nome della rosa’ la Serie #5 – Il movimento apostolico”, Thriller Storici e Dintorni (blog), 18 de marzo de 2019.

2 Agamben, G. “Giorgio Agamben / La invención de una epidemia”, Artillería inmanente (blog), 26 de febrero de 2020. “Coronavirus. Rischio basso, capire condizioni vittime”, Consiglio Nazionale delle Ricerche, 22 de febrero de 2020.

3 Agamben, G. “Réquiem por los estudiantes”, Artillería inmanente (blog), consultado el 24 de julio de 2021.

4 Auditoría Superior de la Federación, y Cámara de Diputados. “Informe General Ejecutivo. Cuenta pública 2017”, institucional, 18 de febrero de 2019.

5 Sutton, B. “French Museums’ Collections in Disarray, Government Audit Reveals”, artnet News (blog), 9 de julio de 2014.

6 Mexicana, catálogo, Secretaría de Cultura, México, 2018. “Acerca de Memórica”, catálogo, Memórica, 2019. Mediateca INAH | El repositorio digital de acceso abierto del Instituto Nacional de Antropologia e Historia de México, catálogo, Instituto Nacional de Antropología e Historia, consultado el 25 de julio de 2021. “CEHM | Inicio”, catálogo, Centro de Estudios de Historia de México Fundación Carlos Slim, consultado el 25 de julio de 2021.

7The Met 360° Project”, institucional, The Metropolitan Museum of Art, 2017. “Explore ‘The Epic of American Civilization’ by José Clemente Orozco in 3D”, plataforma para realidad virtual, Matterport, consultado el 25 de julio de 2021.

8 Kirschenbaum, L. A. The Legacy of the Siege of Leningrad, 1941–1995: Myth, Memories, and Monuments, Cambridge University Press, Cambridge, 2006. Grossman, V. Stalingrado, trad. Andréi Kozinets y Jorge Ferrer, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2020.

9 Hiriart, H. “Un martes (no cualquier martes) en Nueva York”, Proceso, 16 de septiembre de 2001, In4mex.

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Publicado en: Dislexia política