El Pinocho de Guillermo del Toro es una afirmación de ideas. El cineasta mexicano busca, en el cuento clásico de Collodi, una nueva forma para hablar de la rebeldía de los monstruos y el valor de entender y aceptar, como afronta al orden divino, la importancia de la imperfección.
I
Una semilla es el principio de todo. La piña del pino como una figura divina, un obsequio de la naturaleza que ningún hombre podría tallar, una forma de madera perfecta. Cuando Geppetto y su hijo Carlo buscan una piña, están buscando la piña perfecta. Esa obra divina que encarna lo imposible para el carpintero, a pesar de todo su talento.

En esa época ideal, un momento al que regresará una y otra vez armado de una botella, Geppetto tenía una vida realizada. Los transeúntes lo describían como el padre perfecto, el italiano perfecto, el cristiano perfecto.
Pintando la sangre sobre la frente de Cristo, la vida de Geppetto se trastorna. Las bombas caen y queda para siempre incompleta su obra maestra. Para siempre se le trunca la vida por la muerte de Carlo, por la casualidad estúpida de las bombas.
Empieza entonces, en el acto de darle sangre, carne, cuerpo, al hijo de Dios (un acto para siempre incompleto), la comprensión de que la perfección no es algo que nos concierne. La perfección divina nos rebasa y nuestras vidas son burdas copias. No hay persona enteramente realizada. No hay una forma más completa que otra. O, más bien, como viles mortales, no tenemos manera de atribuirles perfección.
El pecado de Geppetto, por sentirse feliz y realizado, fue creer que sabía lo que significaba la perfección, un acto humano de hubris. La realización humana es un insulto a lo divino porque niega el poder del azar. Ese azar que nos quita todo con una bomba que cae.
Geppetto entiende, por las malas, con la muerte de su hijo, que la perfección y la plenitud son conceptos que no nos corresponden como mortales. De hecho, Carlo muere por regresar a la iglesia a buscar la piña perfecta que tanto le había costado encontrar. Hay un castigo moral en esta búsqueda de la perfección; la búsqueda que volvía humano a Cristo bajo el pincel del carpintero, la búsqueda que cultivó en su hijo con una piña de pino.
II
El mundo queda mudo ante la tragedia de Geppetto. No le interesa en lo más mínimo. La piña perfecta se convierte en un árbol. Crece como el deseo nostálgico de regresar el tiempo en la ebriedad de Geppetto; una burla que alimenta sus raíces con lágrimas. El árbol se convierte, también, en un hogar perfecto para el grillo filósofo que admira las patillas enfadadas de Schopenhauer. Su corazón hueco es un hogar para pensar lo poco que controlamos la vida, lo poco que sabemos de ella, lo presos que estamos de una voluntad ciega.
La naturaleza sigue, el mundo sigue, Geppeto no. La secuencia en la que Geppetto, completamente borracho, corta el árbol que creció de la piña perfecta, entraña una rebeldía. El hombre que, como Job, se enfrenta a Dios, harto, y quiere negar la naturaleza irremediable del tiempo, lo contingente del pasado. Al cortar ese árbol, Geppetto quiere convertir el símbolo de la muerte de Carlo en una nueva encarnación de su recuerdo.
Este acto prometeico de desafío a lo divino, a la muerte, al tiempo, a la vida que sigue, tiene que estar calcado, en el pensamiento de Del Toro, con la creación tormentosa del Dr. Frankenstein. Una noche lluviosa, llena de truenos; una cámara que filma con contrapicados expresivos, a contraluz, para la perspectiva de sombras angulosas, el acto brutal de Geppetto, su rebelión contra Dios. En esos ojos inyectados del carpintero ebrio, nace una aberración.
Porque Pinocho es una aberración. El diseño de personaje habla de la mano de un ebrio que cincela, con sencillez, el vago recuerdo de una cara que se difumina en el pasado. Los clavos salen, obtusos, de las juntas. Los miembros están mal proporcionados. El niño de madera no es una marioneta perfectamente tallada, como las que maneja con habilidad Spazzatura (tipos fijos de la comedia burguesa). Es una figura monstruosa. Es una afrenta a Dios.
III
La deidad que aparece, enternecida frente al acto desesperado de rebeldía humana de Geppetto, para darle vida a la marioneta que hizo ebrio y despechado, también tiene atributos rebeldes; una divinidad que crea un contrapeso entre las leyes del universo y la desobediencia.
Es en ese balance que el Pinocho de Del Toro encuentra voz propia. A diferencia de los cuentos morales de Collodi (porque cada aventura era una enseñanza o la continuación de una enseñanza), este Pinocho no busca transformarse en un niño de verdad. Y de hecho, nunca lo hace, al menos no de la manera en que Collodi lo quería.
Pinocho encuentra la mortalidad, el peso de la vida —y el gusto por vivirla— en la aceptación de sí mismo como ser imperfecto. Otra rebeldía. La fábula de Collodi se retuerce sobre su eje en la cinta de Del Toro porque la perfección deja de ser la meta. La perfección trazada por los hombres como una terrible vanidad, como un hito moral, no es lo que busca este Pinocho.
Nacido de la desobediencia divina, el Pinocho de Del Toro plantea la rebeldía humana como un principio creativo, esencial para afrontar la muerte, lo inevitable, lo opresivo.
IV
La perfección que idealizó Geppetto en su Cristo, en su vida pasada, en el recuerdo de Carlo, es una idea perversa que lleva a pensamientos peligrosos. Es el paso libre al fascismo y a todas sus purezas.
Geppetto estaba lleno de furia porque seguía pensando que su vida sólo tenía sentido en la nostalgia de un pasado perdido. Es la misma nostalgia furibunda que dio vida, en la Italia de la entreguerra, al fascismo; ese pensamiento enamorado de fantasías del antiguo orden romano y pureza contra las invasiones bárbaras.
La crueldad de Geppetto hacia Pinocho viene de ese odio por lo imperfecto, por lo que no se adecúa a un pasado idealizado. Geppetto, a pesar de nunca hacer propiamente el saludo fascista, alimenta en su desesperación, la posibilidad de adoptarlo. Pinocho le enseña, con sus hazañas, a abandonar la idea de que podemos moldear la vida como queremos y controlarla como un artista en pleno dominio de su técnica.
La enseñanza final de Pinocho es que crecer es ver morir a los que queremos hasta que nosotros mismos, lentamente, desaparecemos. No hay más, pero no es poco.
El amor hacia la muerte, hacia el fin azaroso de la vida, a veces violento e incomprensible, es algo que nos permite ver la tierra y dejar de ver al cielo. Entender la mortalidad es entender que la perfección no nos toca.
El juego peligroso, de orgullo, que nos lleva a juzgar un orden divino lleva a las trampas de querer imponerlo. El único mandato humano que debemos honrar es aceptarnos. Somos monstruos, maltrechos, malhechos, deshechos que se encuentran y que aman un momento; que se pierden y se lloran, que desaparecen para que alguien más exista.
V
Del Toro ama a los monstruos. Ama la idea de lo imperfecto y lo desgastado. Es sabido que ama las imágenes de parias y marginados por su diferencia.
Lo que hace con Pinocho, sin embargo, es nuevo. Está siguiendo el impulso fílmico exuberante de Nightmare Alley. Ahí, la forma era una expresión del fondo: los reflejos, los objetos, la construcción de símbolos y la cámara inquieta como una manera de adentrarse en el alma del monstruo.
Aquí, de nuevo, Del Toro encuentra el mecanismo que más le sirve para la historia que cuenta. Para una oda a la imperfección, no hay nada más maravillosamente meticuloso que el stop-motion.
El stop-motion crea su propia realidad; vive de luz propia, con reflejos, sombras, polvo y vegetaciones creadas a escala. En sus sets se escribe una historia llena de capas y de frescos. Esta realidad tiene peso, textura, profundidad y volumen. Al mismo tiempo, no deja de mostrarse como un simulacro.
El stop-motion permite, con singular inteligencia, en el esfuerzo de realismo, la más grande artificialidad. La animación de Del Toro y Mark Gustafson está hermosamente pensada para encontrar la torpeza cotidiana en los movimientos más naturales y la profundidad reflexiva de los rostros y los ojos. Sus marionetas están vivas, pero nunca dejan de mostrarse como marionetas. La magia de la vida de Pinocho se desdobla en la magia de los movimientos creados por cuerpos invisibles que mueven los hilos de un universo. Las marionetas, en su naturalidad, no entienden el juego de los dioses que las controlan.
Las marionetas, nos dice el meticuloso control de stop-motion, somos nosotros. Todo lo que vivimos está atravesado por coincidencias y azares. Aún así, el no decidir por nosotros mismos, el no aceptar plenamente quiénes somos, con toda nuestra monstruosidad, deformidad y carencia, es convertirnos, verdaderamente, en muñecos sin vida.
VI
A pesar de que la novela original se sitúa en la Toscana después de la unificación italiana (a finales del siglo XIX), las ciudades de Acchiappacitrulli (Atrapatontos) o el Paese delle Api Industriose (El país de las abejas ocupadas) muestran las evidentes intenciones alegóricas del autor. Todo el paisaje fantástico que pinta es una enseñanza. Los lugares cumplen una función didáctica: crean un mundo para que Pinocho se perfeccione hasta llegar a ser un niño de verdad y, luego, un hombre de bien.
En el escenario de Del Toro, el trasfondo de la Italia de entreguerra es particularmente interesante porque también sirve para el desarrollo de Pinocho. La violencia del fascismo ascendente, su necesidad de pulcritud, de perfeccionismo, le dan alas a la rebeldía del monstruo. De un monstruo que nació del despecho de la perfección frustrada.
Por supuesto, Pinocho no crece aquí para volverse un hombre de bien como lo concebía Collodi en el siglo XIX, sino para volverse un ser independiente, crítico, que se opone a la guerra y a los horrores ideológicos —de competencia, violencia y conquista— que la sustentan.
El cuento moral de Collodi, por la virtud del escenario, se transforma en otro tipo de cuento moral. Un cuento que corresponde más a nuestra era; una advertencia sobre el auge del fascismo entre aquellos que se niegan a cuestionar y creen encontrar la posibilidad de una perfección divina.
Del Toro retuerce el cuento moral de Collodi y lo entrega en una forma que difiere de todas las interminables adaptaciones de animación y live-action que se han hecho de Pinocho. Porque su mito entiende la intención de Collodi a través de la forma y no en el fondo.
El periplo de Pinocho en la novela es un arco de crecimiento, un bildungsroman que utiliza la fantasía como advertencia. Era un cuento para niños hecho para manipular con miedo. Del Toro no quiere regañar. Lo suyo es, más bien, una invitación combativa: quiere provocar, a través del artificio, nuestra capacidad de amar la diferencia.
Del Toro lleva el arte de construcción de la realidad con stop-motion hasta su paroxismo. Al mostrar un titánico esfuerzo de animación, de realismo de movimiento, de profundidad emocional en la escultura, muestra también un enorme amor por lo imperfecto. Porque la animación en stop-motion es la imitación más aparente, algo absolutamente contrario al deseo de la mímesis completa de la estética burguesa. Podemos amar y cultivar lo imperfecto, podemos mostrar las realidades creativas, no transparentes, que construímos como vanas imitaciones. Las creaciones truncas, movidas por el deseo, son un acto divino que no viene del hubris. Tanto en el arte como en la política, la idea de perfección es problemática. Tanto en el arte como en la política, la rebeldía es creativa. En las marionetas, en la animación, está la declaración moral de estos principios: el amor al artificio; la creación neurótica de lo imperfecto.
Spazzatura es un titiritero hábil. Tiene la fuerza creativa de quien controla las marionetas, habla por ellas, aunque él mismo no pueda hablar. Spazzatura quiere decir, literalmente, basura. Junto a Pinocho, Geppetto y el grillo escritor, Spazzatura levanta una rebelión creativa, la rebelión de los maltrechos, de los nacidos en el dolor, de los árboles huecos de nostalgia, de la basura, de los que no pueden ser parte de una sociedad impoluta y que, desde los márgenes, crean ilusiones.
• Guillermo del Toro y Mark Gustafson. Guillermo del Toro’s Pinocchio, Estados Unidos, 117 mins.
Nicolás Ruiz Berruecos
Crítico de cine. Twitter: @pez_out.