El alucinante mundo del cyberpunk selvático.
Un diálogo con Edmundo Paz Soldán

La curiosa novela del escritor boliviano Edmundo Paz Soldán pertenece a un nuevo género acuñado por su autor: el cyberpunk selvático. Las fronteras entre lo humano, la realidad virtual y el reino vegetal se amalgaman, como muestra esta entrevista, en la trama de La mirada de las plantas (2022). Editado en México por Almadía, el libro se presenta hoy en la FIL de Guadalajara.

El riesgo es desperdiciar el alma, y la esperanza ensanchar sus confines
—Henri Michaux

La huella de la tecnología digital en la vida cotidiana es indeleble. Casi podría decirse que es la nueva marca, el tatuaje de nuestra tribu, la versión psy-fi del pecado original. Funcionamos por y para el internet, incluso estando afuera de las ciudades. Pocas son las cosas que hacemos día a día sin la mediación de una computadora o un teléfono inteligente. Estamos tan cerca de los dispositivos, que a veces la mano se confunde y los busca inconscientemente, como si estuvieran ensamblados al cuerpo.

Y es que los beneficios y las facilidades de lo digital son innegables. Gracias a ellos durante la pandemia millones de personas han podido trabajar y acceder a salud, educación y a la conexión con sus seres queridos. Pero, desde luego, no todo es color de rosa; las herramientas suelen ser armas de doble, de triple filo. La misma tecnología que nos ayuda también nos aliena, también encuentra la forma de abocarnos al consumo y generar múltiples mecanismos para hacer daño. La infraestructura extractivista, las máquinas de guerra, las estafas y los robos digitales son sólo una mínima muestra de ello. Como señala Bruno Latour,1 las invenciones científicas no vienen solas sino en redes, su impacto no puede entenderse si los consideramos como entes aparte y no en su relación con las realidades sociales, políticas, económicas y afectivas de quienes las usan. 

Quizás debido a esa ambivalencia, son más urgentes que nunca las reflexiones que amalgaman las relaciones entre tecnología, humanidad y naturaleza. Sobre todo si pensamos en los tiempos de emergencia planetaria y crisis ambiental que estamos viviendo. “A los novelistas nos corresponde hacer ese tipo de preguntas complejas e incómodas”, asegura Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967), escritor y catedrático de Literatura Hispánica en la Universidad de Cornell. Su nueva novela, La mirada de las plantas (Almadía, 2022), se plantea la pregunta de cómo narrar los mundos virtuales desde las profundidades de la selva amazónica de Bolivia.

Recibido por sus primeros lectores como un relato distópico y presentado por el propio autor bajo el mote de “ciberpunk de la selva”, La mirada de las plantas se concentra en una inquietante suposición: ¿qué pasaría si un grupo de científicos se instala en el Amazonas e inicia una serie de experimentos para analizar las potencialidades, no sólo terapéuticas, sino recreativas, de poderosas plantas lisérgicas en seres humanos con el fin de crear un videojuego que rebase los alcances de la realidad virtual tal y como la conocemos? A ese telón de fondo llega Raimundo, el protagonista de la novela, a debutar como técnico supervisor en las instalaciones de “el laboratorio” dirigido por el Doctor Dunn, un científico con una visión tan particular de la ética que no duda en insertar los traumas de su propia vida en la trama de realidad virtual que intenta pulir. El trabajo de Rai, quien esconde los oscuros traumas de una masculinidad cuestionable, consiste en evaluar el proceso de los distintos voluntarios que se ofrecen, por una conveniente suma de dinero, a tomar ciertas dosis de la alita del cielo (acaso un nombre en clave poética de la ayahuasca).

En un mundo donde se entremezclan fenómenos como la masificación de los viajes transatlánticos, el turismo chamánico y la necesidad de terapias ante los malestares provocados por el estrés y la sobrecarga laboral, esta obra anuncia su extravagante pertinencia. De hecho, el proyecto de novela de Paz Soldán parte de una conspiración fraguada en los años sesenta conocida como el MK Ultra: un conjunto de pruebas de la CIA que consistía en suministrar LSD a distintas personas, muchas veces sin su consentimiento, para dejarlos fuera de combate o para hacerlos confesar sus actos, como si se tratara de un suero de la verdad. “Vi un reportaje sobre esa situación y tuve la idea de llevarlo al espacio de un laboratorio en la selva boliviana, que había visitado recientemente”, comenta el escritor. Aquí la conversación que sostuvimos:

Camilo Rodríguez: Tu novela plantea un cuestionamiento muy vigente; cómo repensar las relaciones del ser humano consigo mismo a partir de la tecnología. Hoy se habla mucho de cómo las aplicaciones tienen la capacidad de transformarnos. Se dice, por ejemplo, que Tinder nos lleva a re-pensar la noción del amor romántico, que Twitter nos hace re-pensar la noción de información, y Facebook la de amistad. En tu novela aparece la problemática de la virtualidad. La presencia del videojuego nos hace reflexionar sobre nuestra perspectiva de lo “real”, y por otra parte se aborda la relación que tenemos con la terapia, los fármacos y las sustancias alucinógenas, o como se nombran en la novela, los “lisérgicos”. ¿Podrías hablar un poco más al respecto?

Edmundo Paz Soldán: Al principio yo tenía dos proyectos de novela. El primero era una historia de ciencia ficción basada en los experimentos de la CIA y planeaba ambientarlo en el futuro, en un laboratorio sofisticado. Y el segundo sería producto de las distintas impresiones que había tenido durante mi viaje a la frontera entre Bolivia y Brasil, especialmente sobre el desequilibrio de los sistemas, la gentrificación del paisaje de la jungla y el turismo chamánico. El Big Bang de la novela ocurrió cuando me di cuenta que esos dos proyectos eran uno solo. Cuando conversaba con un amigo al respecto, me dijo que la cuestión tecnológica, lo cyberpunk, no encajaba en el contexto del amazonas porque era algo urbano. Yo lo contradije, le respondí que la selva no es ajena al contacto con la tecnología y mi gran desafío en la novela fue ensamblar ambos polos; entonces surgió la expresión del cyberpunk selvático.

En cuanto a lo que mencionas sobre la virtualidad estoy de acuerdo. La tecnología nos ha cambiado la manera de percibir la realidad y eso tiene una incidencia sobre nuestra forma de entender el yo. La novela no trata tanto de narrar los diferentes espacios geográficos, sino las distintas formas de percibir esos espacios y en particular de percibirse a uno mismo, de notar cómo esa entidad monolítica llamada yo va resquebrajándose poco a poco. En la novela el proyecto de las nuevas realidades virtuales y del video juego dan cuenta de esa disolución del yo. Es algo que sucede a través del lente de ciertos personajes cuyas miradas y vivencias se funden y se confunden, como entretejidas en una misma urdimbre.

CR: Además está la pregunta ética de los científicos: si logramos, por ejemplo, que un violador viva la experiencia de la violación desde los ojos de la víctima, ¿no podría cambiar algo en su conducta? Ahora bien, en la novela se menciona a Thomas Metzinger, un filósofo alemán que investiga la mente y afirma que los procesos cerebrales, esos embudos de la consciencia, crean la experiencia subjetiva que tenemos de lo real de una manera similar a la de diseñadores que construyen los cuadros de una realidad virtual. Me pregunto si la literatura se construye también como una realidad virtual.

EPS: Sin estar muy seguro, pues no conozco a detalle ambos procesos, diría que al menos la idea los asemeja. De todas formas, considero que escribir una novela es como hacer un viaje a una tierra desconocida. Uno va descubriendo el lugar adonde quiere llegar conforme avanza en la escritura pero eso es algo que sólo se ve en el camino y no se sabe con certeza de antemano.

Ahora, hablando de la investigación, cuando empecé a escribir no había en juego una teoría del yo ni propiamente un vínculo con la neurología. Pero al ir avanzando en los capítulos sentí que debía profundizar en temas como la deforestación, el chamanismo, los efectos de los lisérgicos y el resquebrajamiento del yo. Así fue que descubrí que la reacción del cerebro cuando se consumen lisérgicos y se tienen experiencias alucinatorias converge mucho con las reacciones ante una realidad virtual que es capaz de engañar a la consciencia. Eso me hizo sumergirme en la investigación desde la filosofía y la neurología.

Además, el personaje del Dr. Dunn me daba ese canal para articular esas ideas. Porque nunca me he identificado con la literatura que introduce la investigación del escritor o la escritora en bloques, sin ensamblarla con el resto de la trama. Yo creo que la investigación debe encajar de una manera orgánica con las directrices del libro, considero que debe estar presente pero desde adentro de la novela. A mi modo de ver, los temas deben amalgamarse desde la ficción misma.

CR: Ahora me voy a mover a otro tema, un poco más amplio, más general: ¿cómo concibes la relación que hay entre la ciencia y la literatura? En La mirada de las plantas veo la intención de visibilizar temas tan necesarios como el calentamiento global, la idea de que las plantas, así como los seres humanos, tejen redes de  apoyo mutuo y a veces de lucha en busca de la supervivencia, e incluso del extractivismo, que en el libro no se limita al de los taladores de árboles o el de la minería, sino también al extractivismo de los científicos, que sacan información de los individuos sometidos a los experimentos; inclusive entra en ese juego el escritor, que muchas veces funge como un “extractor de datos privados”.

EPS: Resulta que en mi primera etapa como escritor la naturaleza fungía casi siempre como un escenario o un ambiente que marcaba la atmósfera de mis historias, pero no tenía mucha relevancia en el drama humano que era el verdadero protagonista del libro. Y en ese sentido me hago una autocrítica pues con el paso del tiempo me he inclinado cada vez más a darle una agencia a la naturaleza. Desde luego, tampoco llego al punto de darle la misma importancia que la de un personaje, sí me parece que debe ser una fuerza más. Por eso la lectura de obras como El corazón de las tinieblas o La Vorágine fueron fundamentales a la hora de escribir la novela, pues en ellas el escenario tiene una incidencia sobre lo que ocurre en la trama, como el caso del delirio de Arturo Cova y la manera en que tiene la impresión de que la selva le habla, lo ataca y lo va devorando todo. Mi propósito en La mirada de las plantas es que la selva fuera un agente activo, de manera que al lector no le quedaran dudas sobre la importancia de la Amazonía boliviana, sobre sucesos como la fiebre del caucho y la explotación en la región. De hecho, me han mencionado una hipótesis con la cual estoy de acuerdo, y es que también habría una lectura fantástica según la cual las plantas están escribiendo los eventos del drama humano.

Y respecto al papel del extractivismo, para mí ese es un tema que debía verse en la novela en todos los niveles. Está en los personajes, en los diálogos, en las escenas, en tópicos como las redes sociales y en cada uno de los espacios. Lo que ocurre con el personaje de Rai, que con sus falsificaciones de videos pornográficos encarna el acoso desde el mundo digital, muestra cómo quizás lo digital y lo real no están tan separados. O sea que los abusos cometidos en el espacio virtual no están desligados ni pueden librarse de responsabilidades en el mundo de afuera. Yo creo que la red es el mundo real también.

Ahora bien, por supuesto que el extractivismo también puede verse incluso al nivel de un escritor o una escritora cuando busca un tema. Allí hay una crítica que, de una manera un poco extrema, te dice: “si tú no perteneces a esta cultura entonces no puedes escribir sobre tema” y no estoy de acuerdo con eso porque creo que va contra la idea misma de la escritura. A mi parecer la escritura es algo que te saca de tu propia realidad y te permite ingresar a otras realidades, a otros lugares. Obviamente sé que esto debe ocurrir desde la responsabilidad para no incurrir en la apropiación cultural. Sin embargo, radicalizar la idea de apropiación cultural nos restringiría sólo a escribir sobre nosotros mismos y sobre nuestra tribu. En ese punto hay que reconocer que todos estamos insertados en la lógica del extractivismo y de la apropiación. Allí habría que preguntarse si todos los extractivismos son iguales.

CR: Justamente respecto a este tema, en una gestión “desapropiativa” y de difusión, me gustaría preguntarte sobre tus referentes más cercanos de la literatura boliviana actual, sobre la cual me confieso un ignorante más allá de dos o tres nombres como el de Liliana Colanzi o Rodrigo Hasbún. ¿Con qué búsquedas literarias te identificas o tratas de dialogar?

EPS: Pensando en el caso boliviano, creo que hemos tenido una tradición literaria muy realista. Aunque eso me parece bien, resalto la labor de escritores que se han desmarcado de ese pasado como Oscar Cerruto, quien escribió en la primera mitad del siglo XX y fue muy importante con libros como Cerco de Penumbras. En nuestros días se ha continuado con esa intención de narrar lo político y lo social pero me llama la atención cómo esto se ha explorado desde nuevas vías, desde géneros un poco más populares. Hablo precisamente de Giovanna Rivero con su interpretación de lo gótico y el horror en libros como Tierra en su tumba o Para comerte mejor, y también lo de Maximiliano Barriento desde la ficción extraña o ficción weird en obras como Miles de ojos. A mi me interesa mucho que se expandan los registros y las formas de narrar en Bolivia. Por eso sigo de cerca estos proyectos que, sin darle la espalda a la tendencia realista y socio-política del país, tratan de renovar su narrativa.

 

• Edmundo Paz Soldán. La mirada de las plantas. México, Almadía, 2022, 264 p.

 

Camilo Rodríguez
Lector, traductor y escritor. Estudia el doctorado de Escritura creativa en español de la Universidad de Houston.


1 En Nunca hemos sido modernos (Nous n’avons jamais été modernes) Bruno Latour da por terminada la idea de progreso y critica ferozmente la oposición entre técnica y naturaleza, arguyendo que los productos de la tecnología no pueden analizarse aparte de los contextos donde se generan y se utilizan. Asimismo, dictamina la ruptura de la idea de modernidad como una visión que separa el saber de la sociedad y la política. En consecuencia, según Latour vivimos nuevamente en una pre-modernidad en que las ciencias sociales y en particular disciplinas como la antropología, la sociología y la filosofía sólo pueden conocer sus objetos de estudio desde una comprensión híbrida, atravesada por la historia de los procesos de producción.

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Publicado en: Ciudad de libros
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