Uno no puede evitar sentir alguna devastación después de leer las primeras páginas de El universo dividido (México, Fineo, 2015). El recorrido que nos vemos obligados a hacer, llevados de la mano de Eduardo Subirats, uno de los pensadores más originales de nuestro tiempo, es ciertamente pesaroso pero esclarecedor. Se requiere de una disposición particular para ejercer violencia sobre nosotros mismos y re-conocernos en otra historia, muy distinta a la que cuenta el canon convencional de la historiografía filosófica, de la historia del pensamiento y las ideas en occidente.

Más todavía cuando, como resultado de las sucesivas esciciones del universo de las que este ensayo da cuenta, nuestros centros de enseñanza e investigación han departamentalizado el conocimiento y la producción del saber, estrechando la mirada del académico, del investigador, del estudioso. Esta es parte de la segmentación a que hemos sometido al mundo natural y humano, a la cultura, a la existencia, a ese mundo que fue concebido antes, digámoslo con Hermes Trimegistus, como “un mundo todo uno”.
Una primera división del universo: el monoteísmo judeocristianoislámico, singularmente para nuestro caso el cristianismo y su teología vindicadora de la separación radical de Dios y su cielo de los cielos con respecto a la casi nada, a la imperfección y la corruptibilidad representadas por la existencia humana y terrenal. Enseguida, la culpa, la Mea culpa, la agustiniana vergüenza y autohumillación del “Yo me desprecio a mí…”. Este Dios es “la luz que oprime el cerebro” (Steiner), la “tiranía de lo revelado” (Blake). Con la revelación mosaica, afirma otro crítico contemporáneo de la cultura, “las exigencias impuestas al espíritu son, como el nombre de Dios, indecibles. Se manda al cerebro y a la conciencia que crean, que presten obediencia, que amen a una abstracción más pura, más inaccesible a los sentidos corrientes que la abstracción más acabada de la matemática. El Dios del Torá no sólo prohíbe hacer imágenes que lo representen sino que ni siquiera permite imaginarlo (…). Nunca se impuso al espíritu humano exigencia más feroz, más cruel, pues el espíritu humano tiene la tendencia compulsiva, orgánicamente determinada, a la imagen, a la presencia representada”. (George Steiner, En el castillo de Barba Azul. Aproximación a un nuevo concepto de cultura, Barcelona, Gedisa, 2001, p. 57).
Segunda división del universo: el desplazamiento, sin solución de continuidad, del centro de la creación hacia el sujeto, la separación radical del sujeto y el objeto, el Je pensé cartesiano con todas sus consecuencias en la instauración de una avasallante racionalidad tecno-científica. En última instancia, separación del orden del ser y negación de la unidad originaria, presente en el pensamiento arcano, de ser y nada, de cosmos y caos, de hombre y naturaleza.
Introducción del principio moral negativo de la culpa y del principio epistemológico de separación del sujeto y el objeto. Sucesivamente, el colonialismo: la colonización de cuerpos, almas y territorios por unas lenguas, una economía, unas armas, una religión, un mainstream cultural inauténtico, exterior y ajeno a una arché propia y proveedora de sentido pleno a un universo unificado en su heterogeneidad.
Pérdida de la creatividad gozosa, vital y aurásica del arte que cede a la técnica, al entretenimiento trivializado que transmuta lo extático en estatico. De aquí la máquina de máquinas, las megamáquinas, la Gran Máquina que opera anónima e invisible, práctica y funcional, igual en el ámbito financiero que en la dimensión simbólica o en el plano de la dominación pospolítica reduciendo todo a lo espectacular ya sin teologías, sin grandes narrativas, y sin teleología, sin grandes fines o propósitos. Un automatismo que, obedeciendo a su propia racionalidad incontrolable, da lugar al peor y más eficaz de los nihilismos: el nihilismo corporativo, una nada que nadea en el desencanto del arcoíris, de la pérdida de autonomía y de la engañosamente feliz inconciencia de las redes de toda laya.
El relato y la argumentación de Subirats sostienen la posibilidad de la vuelta, o mejor dicho la re-vuelta, a la filia prometeica cuya philantropia contiene un afán de esclarecimiento, de activación en el mundo humano del fuego iluminador de “todas las artes” y, por tanto, de restitución de un universo no dividido.
Por eso mismo, no estamos ante la reivindicación romántica de un pasado arcano idealizado en las mitologías de las culturas antiguas; no estamos ante la nostalgia del Absoluto de que hablara George Steiner hace cuatro décadas en el ensayo del mismo título. Para empezar, porque, a diferencia de los referentes steinerianos (las”metarreligiones”, “antiteologías” o “credos sustitorios” de ciertas corrientes del pensamiento social del siglo XX, o los “cultos de la insensatez” cristalizados en la astrología, los salvadores “hombrecillos verdes” extraterrestres, el ocultismo o los clichés de cierto orientalismo), no hay aquí remisión alguna al Absoluto metafísico y omniabarcante, sino a realidades precisas e incontestables.
El humanismo políticamente correcto prohijado por el cristianismo, el derecho de gentes o los human rights, ese humanismo que decreta lo que es bueno y malo, normal y patológico, elusivo de la heterogeneidad constitutiva del hombre, ese humanismo que consagra a la cárcel o a la clínica como centros de normalización, o sea de pretendida “humanización”, evita o de plano impide la “necesaria revisión intelectual y pública de las categorías de libertad y democracia, y de un derecho a la tierra y a la reproducción autónoma de las especies, a pesar de o precisamente en una edad de decenas y centenares de millones de humanos desplazados, sometidos a violencias militares y tráficos ilegales, y acosados por una creciente degradación ambiental” (p. 96). Humanismo evangélico que termina siendo humanismo colonizador, humanismo portador de un logos biocida: humanismo portador de muerte y nihilizante, humanismo deshumanizante.
No vayamos muy lejos, es en nombre de ese humanismo-tipo, de ese estereotipo, que acá en México se “protege” a la gente de sus propias decisiones: de quitarse la vida propia en cualquier circunstancia, de consumir drogas o de contraer una relación nupcial con quien le plazca.
Y no vayamos más que a unos cuantos kilómetros de este lugar: aquí en Sinaloa se vive en estos precisos momentos una tragedia de proporciones todavía no calculadas en su justa dimensión. Debido a la mal llamada “guerra contra las drogas”, desplegada sin duda en nombre de la humanidad y por el bien de la humanidad, de acuerdo con un comparativo de los datos de los censos del INEGI, de 1970 a 1980, es decir, en los años de la llamada Operación Cóndor llevada a cabo en la sierra sinaloense por el ejército, desaparecieron más de 2000 comunidades serranas. ¿Qué pasó con las personas que las poblaban? ¿Qué ocurrió con sus vidas?
Hace unos meses, el historiador y periodista Héctor Aguilar Camín daba a conocer que, de acuerdo con un estudio de la investigadora Laura Rubio, “desde el año 2008 la violencia interna ha desplazado en Sinaloa casi 2 mil familias. Sólo desde 2012 se han visto obligadas a huir de sus pueblos y sus rancherías 600 familias nada más en los municipios de Sinaloa, Badiraguato, Choix y Guasave (…) el desplazamiento puede haber alcanzado los 25 mil. Para darnos una idea de la magnitud —informa Rubio—, el conflicto (del zapatismo) en Chiapas generó esa cifra de desplazados en diez años” (en la columna “Día con día”, diario Milenio, 28 de octubre de 2015, para el estudio “Desplazamiento interno inducido por la violencia: una experiencia global, una realidad mexicana”, realizado por Laura Rubio, remito a la referencia de Aguilar Camín: http://cmdpdh.org/project/desplazamiento-interno-inducido-por-la-violencia-una-experiencia-global-una-realidad-mexicana/).
Son estas realidades incontestables a las que alude Subirats en su libro. Escribiendo esto desde Sinaloa, digo: no están solo en el drama sirio: aquí están todos los días con nosotros, en la comunidad de El Pozo del municipio de Culiacán, lugar que se ha poblado con esos desplazados de los que nos habla nuestro autor. Están entre los pepenadores de esta ciudad, en los cinturones de miseria de la colonia Las Coloradas de la capital sinaloense. El otro humanismo, el que está por construirse, el humanismo del Homo humanus, “Debe impugnar la permanente expansión de (las) sus armas y estrategias de destrucción. Y tiene que recusar el proceso continuo de fragmentación, manipulación y empobrecimiento mediáticos de nuestra realidad social que hoy confrontamos a todas horas y en cualquier lugar del mundo” (p. 97. Cursivas mías RGV).
Un buen principio sería el del develamiento lingüístico y mediático, el descubrimiento de la cruda y espesa realidad, el develamiento del drama humano que se oculta tras el terrible eufemismo de la palabra “desplazados”.
No hay aquí absolutos, ni inspiraciones nostálgicas. Hay, para empezar a cantar, el llamado perentorio a la realización de una propedéutica dolorosa pero necesaria hoy más que nunca para avisorar con el viejo Goethe “una estrella anunciadora en el camino al hogar a través de la oscuridad”.
Cierro estas líneas transcribiendo un párrafo escrito por Rosa Luxemburg. Por una mujer que luchó por un mundo racional, sí, pero también bello. Un mundo habitado por seres como ella, como la Rosa Luxemburg que, en prisión, añoraba la inconmensurable belleza de la naturaleza, de la vida:
Sí –afirmaba la Luxemburg con ensoñación y esperanza-, conozco efectivamente los amentos rojo rubí del tejo en flor. Son de una belleza indescriptible, como toda planta en el momento de su floración, y apenas acierta uno a dar crédito a los ojos cuando los ve. Esos botoncitos rojos son las flores femeninas, de las que nacerán las grandes y pesadas piñas que inclinan enseguida su punta hacia el suelo; a su lado están las flores masculinas, de color amarillo pálido y poco vistosas, de las cuales se desprende un polvillo dorado… Aquí, ¡ay!, sólo puedo ver de lejos, por la ventana, el verdor de los árboles, cuyas cimas apenas asoman por los muros.