Compartimos el discurso que Margarita de Orellana y Alberto Ruy Sánchez leyeron en la ceremonia del Reconocimiento al Mérito Editorial FIL Guadalajara 2023, un homenaje que busca destacar la visión y el oficio de la edición, fundamental en el mundo de los libros.

Margarita de Orellana: —Gracias a quienes nos propusieron para recibir este reconocimiento y al jurado de grandes editores premiados antes que nos lo otorgó. Gracias Marisol, a ti y a todo el equipo que realiza la FIL. Gracias a quienes trabajan y han trabajado con nosotros a lo largo de tantos años, a los socios que hemos tenido y tenemos, a los aliados, entre otros la Fundación Universidad de Guadalajara, a los más de mil autores y otros artistas que hemos publicado.
Alberto Ruy Sánchez: —A nuestra familia, sobre todo los que están aquí, Martha, Andrea, Tomás, Santiago y Fernando, y muy especialmente a nuestros hijos que han venido desde niños a vender con nosotros en la FIL y han crecido palpitando en el corazón de Artes de México, sus expediciones, descubrimientos, crisis y reconocimientos.
—Es tanto lo que tenemos que agradecer que nuestra historia editorial podría ser simplemente una lista de todo lo que hemos aprendido, no sólo en los 35 años que hemos hecho Artes de México sino mucho antes.
—Aprendimos, por ejemplo, de Huberto Batis, a tener la piel dura, porque uno debe ser su peor crítico y abrir las puertas de las páginas una y otra vez a nuevas voces.
—De Fernando Benítez, como él decía, a “poner toda la carne al asador”, dar todo lo mejor y todos los recursos en cada edición.
—De Octavio Paz, a poner los reflectores, no sólo en lo que sucedió sino en los temas y puntos de vista que vendrán, o deberían venir.
—De Roland Barthes, a ejercer la crítica no como demolición sino como desciframiento de los lenguajes que nos rodean.
—De Roberto Calasso, que cada libro elegido para editar sea necesario y sea único.
—De Franco María Ricci, que editar no sea sólo saber elegir lo que ya existe sino construir lo excepcional en fondo y forma y lucidez.
—La lista es interminable, pero toda vino después y poco a poco. Porque, tal vez, editar, de verdad editar, es agradecer.
Y mi agradecimiento a Magui es permanente: con ella me unió, desde nuestra primera conversación, la letra impresa, lecturas comunes, la belleza de ciertos libros, una dimensión estética de la vida y una curiosidad por comprender y conocer los diversos Méxicos que desde entonces se nos presentaban como fascinación y enigma. Teníamos 20 años.
—Nos conocimos en la antesala para entrar a la universidad. La admisión me fue negada porque había una cuota reducida de mujeres bajo el argumento de que se casaban y abandonaban sus estudios. Al conversar con Alberto y escuchar su forma aguda de argumentar, pensé que me podía ayudar a hacer una carta de protesta demostrando la estrechez e injusticia de este criterio.
—Así, Margarita me hizo leer primero los principales textos feministas del momento; me introdujo a una sensibilidad que marcaría nuestra relación, mi obra y nuestro trabajo editorial. Su protesta fue tan exitosa que no sólo fue admitida sino que la regla sexista fue derogada. Ahí juntos editamos algo que nos daba sentido, era de una belleza afilada y tuvo efecto. Tal vez, ahí me hice editor.
—Alberto ya en ese tiempo escribía, publicaba y mantenía una atención sostenida sobre la elaboración de libros, entre otros intereses. La edición estaba en sus venas. Era una época de búsqueda y formación. Y nos fuimos impregnando uno del otro de nuestra curiosidad. Gracias, Pollo. Lo que nunca imaginamos, después haber hecho cada uno estudios distintos en Francia, es que acabaríamos trabajando juntos, tres lustros después, en un proyecto editorial.
—En Francia, Magui se inició en los estudios de una corriente que se llamó Historia de las mentalidades. Más allá de la historia de los grandes eventos y la historia de las ideas, esa corriente construyó vías para analizar con rigor elementos que no eran fáciles de comprender en su complejidad e importancia, como la imaginación de una comunidad y la realización material de esa imaginación en objetos, rituales y conductas. Algo útil para entender tanto los mundos artesanales de México, como la peculiaridad mexicana de convertir a la naturaleza en cultura. Así, el fenómeno de nuestros agaves, del maíz, del chile, el cacao y el nopal.
—Alberto, como autor de una obra de esmerado rigor formal, que explora a fondo mundos imaginarios y corporales, y que ha escuchado a muchas personas, sobre todo mujeres, para realizarla, traslada ese rigor y escucha al mundo de la edición. También como ensayista formado, entre otros por Roland Barthes, practica una reflexión sutil y profunda que toma otra vida en la concepción de libros. Como desde antes de esto él era editor, supo transformar los instrumentos de la edición para que adquirieran la fuerza de su peculiar creación literaria y pensamiento crítico.
—Es importante decir que en todo esto, que suena muy académico, hubo siempre una enorme dosis de gozo. Todo lo que hemos hecho juntos y por separado nos ha resultado siempre muy divertido. Ya Roberto Calasso se preguntaba muy seriamente “¿por qué es tan divertido hacer libros?” Y en su respuesta habla tanto de la naturaleza del oficio como del mar de historias que los editores cuentan. Incluso decía que si el trabajo editorial no te lleva con frecuencia a una carcajada es que no se está haciendo con seriedad. A la risa, nosotros hemos agregado la sensualidad. Artes de México extiende una mano cordial a las personas dejándose tocar, dejándose escuchar por los ojos, dejándose apetecer por el olfato, dejándose seducir por las ideas. Hemos querido que en nuestras páginas, quien las abra encuentre una parte sorpresiva de sus deseos. Nuestra pregunta es también ¿por qué es tan placentero editar?
—El comienzo de Artes de México, la solución de cada una de sus crisis, los retos humanos y económicos de realizar cada edición, forman una cadena interminable de historias que nuestros más cercanos se saben de memoria, muchas veces por haber formado parte ellas. Algunas de esas historias han sido de verdad como novelas policiacas. Otras han sido carnavalescas; una que otra muy dramática. Gracias a todos los que nos han ayudado a sortear los momentos críticos. Nosotros vivimos con la certeza, que de manera tácita, todas esas historias, emociones y afectos forman parte material de la tinta y el papel de cada una de nuestras publicaciones. Por eso, cuando las vemos o las tenemos en las manos, o vemos cómo emocionan a otras personas, nos llenamos siempre de un afecto positivo.
—Nuestro catálogo es una constelación de afectos que detrás llevan ideas. Son destellos de preguntas que hemos planteado a la diversidad cultural de México. Hemos tratado de construir en 35 años un ámbito que ilumine por lo menos fugazmente lo que hacemos y cómo lo hacemos. Que pueda ser un lugar donde confluyen las personas sin que necesariamente coincidan. Que despierte en ellas una nueva curiosidad inquieta. Nos damos cuenta de que en nuestro público lector, ese placentero escalofrío le hace identificar nuestras ediciones más diversas. Le da unidad dentro de la diversidad. Editar es como tender el hilo de plata de un collar que no siempre es evidente pero se sabe que sostiene a cada piedra. Una radiación secreta, una música bailable al fondo.
—Hemos publicado a más de mil autores y más de mil artistas. Hemos vendido más de ocho millones de ejemplares. Pero nuestro catálogo, tan bien nutrido y coherente, no representa ni la mitad de los libros que hubiéramos querido haber publicado. A la certeza de que nuestro proyecto era necesario, como habíamos sentido a la hora de comenzarlo, se ha sumado con el tiempo esta sensación de que hay tanto que es urgente por hacer. Tal vez un editor se define por esta interminable comezón del espíritu.
—Educados en los setentas, una época en que el nacionalismo a ultranza en México mostró rápidamente su cara nociva, hemos hecho de la indagación cultural de Artes de México, un proyecto de un profundo nacionalismo muy cosmopolita. La presencia de Francia, Inglaterra, España y el mundo islámico en nuestra cultura son analizadas con rigor y sin ideas preconcebidas. Al mismo tiempo fuimos durante varios años la editorial de gran difusión que más se ocupó de hacer publicaciones en lenguas originarias.
El nacionalismo convertido en historia oficial anquilosada renace cíclicamente como gran demagogia. Mucha gente agradeció que en plena celebración del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución, en vez de editar biografías de héroes dedicáramos un número completo a La mosca en el arte, recordando la hazaña de Luciano de Samosata en el siglo I, que en los juegos florales donde todos los poetas hacían elogios de sus líderes y gobernantes, él se ocupara sorpresivamente del único tema que seguiría vivo veinte siglos después: El elogio de la mosca.
—Hemos defendido en nuestro oficio algo que admiramos en los mejores editores y que va más allá de su selección de autores o de temas. Que atraviesa también la forma física del libro pero que no se detiene en ella. Lo hemos llamado algunas veces el alma del libro tratando de nombrar la concepción editorial. Eso que es el toque fino, el sazón como huella personal e intransferible de un cocinero, eso que un compositor logra. Muy poco cuantificable porque no ocupa un renglón en los presupuestos y sin embargo, es la enorme diferencia entre un libro común y un libro único. Tal vez sea una utopía lograr que se pueda diferenciar esta característica primordial de nuestro oficio. Pero es nuestra labor cotidiana. Gracias a todos los reconocen en nuestros libros esa cualidad.
—José Luis Martínez definió a Artes de México como una enciclopedia de lo mexicano en forma de monografías. En 35 años hemos logrado que, salvo contadas excepciones, cada una de nuestras ediciones se haya vuelto la referencia sobre cada tema. Algunas veces explorándolos por primera vez, otras revisándolos con ojos nuevos. Nos ha inspirado la enciclopedia de Denis Diderot, que fue la primera que no se ocupó de guerras y dinastías de gobernantes. Porque Diderot, hijo de artesanos, estaba seguro de que un país y sus culturas se definen por las cosas que la gente hace con las manos, los oficios. Y que lo más banal y olvidable en la naturaleza de un pueblo son sus gobernantes. La creatividad por encima de la política. Al mismo tiempo, Diderot dejó una carta a los libreros en su tiempo dándoles una guía de cómo lograr que las ediciones llegarán a más gente, evitando los monopolios. A eso lo llamó precio único. Gracias Diderot.
—Todas las sociedades están llenas de prejuicios. Parece de la prehistoria que cuando comenzamos Artes de Méxicose pensara que existían artes mayores y artes menores.
Hemos abolido esa distinción. Pero no faltaron artistas que nos reclamaran que en la portada de nuestro tercer número apareciera una jarrita de cerámica de talavera de Puebla que atesoró Franz Mayer. Y que ahora, al reproducirla, un taller de Puebla ha llamado a su versión de la pieza del siglo XVIII, Artes de México. Otra distinción despreciativa que abolimos cayó cuando a un notable artesano de Metepec le preguntamos si él se consideraba artista o artesano. Tiburcio Soteno respondió lúcidamente: “Yo sólo soy un amante del barro”. Tirar prejuicios, redefinir a las cosas, encontrar nuevos nombres para lo innombrado ha sido para nosotros un reto editorial irrenunciable. Gracias, Tiburcio.
—No podemos dejar de mencionar que, si bien nos hemos ocupado de todo el país, y falta mucho por recorrer en nuestras páginas, Jalisco ha ocupado un lugar central. Muchos de nuestros temas lo muestran.
Gracias a Trino Padilla, Raúl me invitó a inaugurar como autor su librería Don Quijote. Después, en la primera edición de la FIL, vine ya como autor y como editor y fue aquí donde se vendieron las primeras 52 suscripciones de Artes de México cuando nuestra revista libro era todavía un proyecto. Rendimos aquí homenaje agradecido a Raúl Padilla por tantas cosas, entre las cuales su aprecio sostenido a nuestro trabajo, su generosa curiosidad por nuestra aventura y sus consejos siempre precisos y respetuosos, viendo en nosotros lo que podríamos ser más que lo que éramos, costumbre suya que ya señaló aquí Ricardo Villanueva. Alfonso Alfaro, también de Guadalajara ha sido nuestro cómplice a lo largo de todo este tiempo. Sin su lucidez este proyecto editorial no sería lo mismo. Algunos de nuestros mejores libros únicos, como la biografía intelectual de Luis Barragán, o el desciframiento de la Morisma de Zacatecas, son investigaciones brillantemente escritas por él. También fue creación suya una de nuestras líneas editoriales cruciales, los siete números dedicados a la huella de la cultura jesuítica que anima una concepción barroca del mundo que define a México. Alfonso es nuestro mejor guía y cómplice. Muchas gracias Alfonso.
—Entre nuestras colaboradoras de Jalisco más cercanas, erudita implacable, traductora y correctora ideal, tristemente recién fallecida, está María Palomar. Gracias por tanto, María. Entre los más brillantes autores que tenemos se encuentran muchos de Jalisco, menciono tan sólo a Gutierre Aceves, José María Muriá, Guillermo de la Peña, Juan Palomar, Guillermo García Oropeza, Otto Schondube, Tomás de Hijar, Juan José Doñán, Arturo Reynoso, Jorge Esquinca, Hugo Gutiérrez Vega, José Luis Martínez, Cristina Palomar, Renée de la Torre, Carlos Petersen, Trino Padilla, Sergio López Ruelas, Pilar Gutiérrez Lorenzo, Rubén Paez, Claudio Jimenéz Vizcarra, Cristina Palomar, José Martínez Verea y muchos otros colaboradores. Gracias a la inteligencia y creatividad de Jalisco.
—Gracias a todos ustedes por estar aquí. Son nuestro aliciente, aliento que nos da vida.
Margarita de Orellana
Editora, directora de Artes de México (revista y editorial)
Alberto Ruy Sánchez
Director de Artes de México y escritor. Su novela más reciente es El expediente Anna Ajmátova.