Somatizamos mucho la indignación.
Y ser feminista no es fácil:
Si 24 horas estuviéramos despiertas,
24 horas estuviéramos indignadas…
—Lorena Cabnal
En entregas anteriores hemos hablado de la escena, el teatro, como el espacio donde se pone el cuerpo. Primero, en “Poner el cuerpo I”, subrayamos la naturaleza del espacio escénico como un tipo de tribuna política y social, en particular cuando en él se exhiben aquellos cuerpos que no son usualmente visibilizados: cuerpos que son considerados como disidentes. Es así como, durante las últimas décadas, la práctica escénica se reconoce como un espacio propicio para tocar asuntos de lo común, por lo cual la práctica adquiere un tono fundamentalmente político.
Quisimos secuenciar este poner el cuerpo con un diálogo acerca de la incursión de cuerpos diversos en la escena: específicamente de personas con alguna “discapacidad”. En “Poner el cuerpo II” caímos en la cuenta de que la escena se vuelve un espacio aún más propicio para cruzar barreras y encaminar conceptos, al cuestionar la tan afamada inclusión y dislocar el término hacia la interpelación.
Ahora que escribimos de nueva cuenta bajo el título de “Poner el cuerpo III”, no podemos obviar que cerramos la serie enmarcando esta colaboración en el mes en que se conmemora el Día Internacional de la Mujer: el 8M, cuando las compañeras salen a marchar. ¿Pues cómo no se ha de poner el cuerpo vivo y pulsante en la marcha cuando nos han sembrado el territorio nacional y el mundo entero con incontables (pero no olvidados) cuerpos de mujeres?
Los movimientos feministas fueron capaces de desarticular la trampa de “la ropa sucia se lava en casa” cuando salieron a la calle para gritar que lo personal es político; y aún desde antes, cuando las sufragistas salieron a la calle para rayar en las paredes y reclamar nuestros derechos como ciudadanas, exigiendo el voto. Las feministas marxistas también salieron a la calle para visibilizar la explotación doméstica; las mujeres en todo el mundo salimos a la calle para reclamar que somos dueñas de nuestros propios úteros; y en México alzamos el grito de “¡Ni una más!” porque mantenernos vivas es también obligación del Estado. Así pues, hoy no podemos decir poner el cuerpo, sin pensar en los feminismos que nos enseñaron que en lo político, como en el amor, se pone el cuerpo.
Y la escena, como espacio político, no se ha mantenido neutral. Las prácticas se han reconfigurado gracias a los desplazamientos sociales y políticos de estos tiempos tan álgidos. A través de esa ventana que es la bocaescena, hemos visto desfilar y presentarse una gran diversidad de posturas, pues, en tanto que en el teatro vemos cuerpos, vemos también posturas políticas. Escritoras, dramaturgas, técnicas, jefas de foro, directoras, productoras y realizadoras se hicieron de una habitación propia en una estructura en la que hace un tiempo, por mucho tiempo, sólo existían nombres de señor.
Judith Butler nos dice que existe un ruido que emerge de ciertos colectivos; un ruido que puede ser el grito, la risa, el llanto, el gemido; un ruido que es susceptible de articularse como el discurso político por excelencia. Ahora que la polarización irracional de los discursos de los políticos nos han llevado a una cacofonía carente de sentido, apelamos al ruido que surge de los cuerpos cuando se juntan y nos revela las fisuras que hay en la organización del mundo… ¡y también en la escena!
El teatro sigue siendo un lugar que dista mucho de ponerse al corriente con la deuda histórica que tiene el mundo con las mujeres. No se trata nada más de un asunto de cuotas: existe un tipo de actitud que refuerza la validación de las mujeres cuando se emulan, en lugar de cuestionarse, los cotos de poder masculinizados y masculizantes. Es decir, existe un tipo de aplauso aprobatorio cuando detrás de los logros de mujeres hay actitudes que hacen gala de rigidez, rudeza hostil, autoritarismo dominante e imposición jerárquica. Esas conductas son leídas como actitudes inherentes al liderazgo. En cambio, determinadas figuras conductuales de empatía y emotividad son leídas como signos de debilidad y falta de autoridad. La verticalidad versus la horizontalidad son todavía un binarismo muy arraigado en el imaginario social y que ha llevado a muchas mujeres a practicar una mímesis patriarcal.
Esta situación se ve perfectamente retratada en la obra Testosterona, escrita por Sabina Berman. Se trata de un claro ejemplo de cómo estas exigencias configuran una lógica de ascenso para ocupar cargos de liderazgo profesional en un mundo construido con base en una noción de éxito. La protagonista, Alex, es una mujer que, en aras de lograr su tan anhelado ascenso, se ve obligada a masculinizarse para ganar fuerza y terreno frente a un contrincante varón que aspira al mismo cargo directivo. Antonio —director de un periódico, amigo y amor platónico de Alex— enfrenta un cáncer terminal y mira en Alex una oportunidad de retomar un pulso aventurero de la vida, en lugar de verla como la candidata mejor capacitada para ocupar su lugar en la dirección. Se trata de una obra en la que se evidencian las violencias enclavadas en lo más secreto de la dinámica laboral.

Gabriela de la Garza y Álvaro Guerrero en Testosterona de Sabina Berman
Al igual que Sabina Berman, existe una pléyade de artistas mujeres que usan la escena como trinchera. Entonces, ¿cómo es que después de décadas y cambios de milenio entre revueltas feministas no tenemos más mujeres directoras al frente de puestas en escena, más dramaturgas con obras en cartelera, más obras producidas por mujeres? ¿Acaso es que no todas las mujeres hemos logrado el nivel requerido de Testosterona como para tener un marcado e irrefutable liderazgo? Cierto, existen muchas mujeres que han logrado reconocimiento en la escena y que no asumen características aparentemente masculinas ni tampoco patriarcalizadas, pero aún siguen siendo las menos. Sin embargo, el problema de fondo no es un asunto de números, sino de la prevalencia de una mentalidad binaria.
Nótese que el binarismo masculino/femenino no es indefectible. Pascal Quignard, en su libro El sexo y el espanto, nos cuenta que en la antigua Roma había un tipo de práctica sexual que, más que con el género, tenía que ver con una actitud pasiva o activa en la cópula, ligada en gran parte al vello facial. Las personas sin barba habían de adoptar una actitud pasiva, es decir, sus cuerpos eran susceptibles de ser penetrados. Al nacimiento del vello facial en el hombre, aquel cuerpo que alguna vez fuera lampiño y tomado por pasivo, al convertirse en piloso, adoptaba una actitud activa, tomada por honrosa.
Así mismo, el binarismo masculino/femenino no es el único que caracteriza al patriarcado. La escritora poeta, dramaturga y filósofa francesa Hélène Cixous nos dice en su libro La risa de la medusa, que el patriarcado es la máquina de encontrar todos los opuestos posibles para enfrentarlos: verticalidad/horizontalidad, pasividad/actividad, femenino/masculino, tú/yo, nosotras/ellos, blanco/negro. Y así, hasta llegar al binarismo más antiguo de todos: la lucha entre el Bien y el Mal, que es el origen de toda guerra.
Estamos en marzo, el mes en que la vida emerge con un nuevo ciclo y se pintan las calles de Ciudad de México color jacaranda; un cambio estacional que celebra también a la poesía; el mes en que las mujeres salen a poner el cuerpo por todas aquéllas que ya no tienen cuerpo y por todas aquéllas que no pueden salir a marchar. Y para todo lo demás, allí está la escena: ese lugar donde se pone el cuerpo, protegido de los gases y tanques del Estado. Un espacio que se puede construir a sí mismo como un dispositivo capaz de activar memoria y detonar actitudes políticas comprometidas con su tiempo; un avistamiento de temblores; un territorio de actitudes políticas desafiantes; un termómetro de necesidades y deseos colectivos que busca construir sentido. Cada vez más los escenarios teatrales se desbordan de sus límites y se proponen trasminar en las inquietudes de un imaginario social que proyecta sus ansias de reagenciar cuerpos y mentes para erosionar aquellos muros que nos enclaustran en binarismos que siguen predominando en nuestras conductas más íntimas y cotidianas, y también en la escena. La consigna sigue vigente: lo personal es político.
María Sánchez Portillo y Alberto Lomnitz tienen amplia experiencia en el estudio y el ejercicio de las artes escénicas. Generaron juntos el Manifiesto de Arte Vivo Digital en respaldo a las prácticas emergentes del tiempo presente.