THE CROWD: Yes, yes, we are all individuals!
Monty Python, Life of Brian
Soy María, de complexión media, tengo el cabello castaño, lacio que me cae hasta por debajo de los hombros, uso lentes, mi cara es redonda con pecas y tengo ojos claros. Soy Alberto, de complexión delgada, tengo tez clara, mi cabello es entrecano y corto, traigo un bigote también entrecano, mi rostro es ovalado de facciones más bien alargadas y mis ojos son de color café.
Vocalizando este tipo de audiodescripción para personas ciegas es que daba inicio cada conversación del seminario De la inclusión a la interpelación: escena, discapacidad y política que organizan Teatro UNAM y el Consejo Británico, con la curaduría de 17 Instituto de Estudios Críticos, y es así como también quisimos comenzar la presente entrega de esta columna, en la que seguiremos pensando cómo poner el cuerpo desde la práctica escénica que se desarrolla ahora mismo.
En nuestra colaboración anterior —Poner el cuerpo I— mencionamos una encuesta informal que realizamos entre colegas de la escena, sobre lo que consideramos como el elemento esencial de nuestra práctica. De las opiniones que allí obtuvimos, pudimos observar que existe el interés particular de un gran número de artistas escénicos en nuestro país —quienes escribimos esto incluidos— por crear un arte que tenga incidencia en lo político (si bien no necesariamente en la política). Somos artistas que concebimos que el sentido mismo del arte, su propósito, debería ser desestabilizar al sistema o para ser más claros: desestabilizar el ordenamiento propuesto por grupos de poder para la organización del mundo. Dicho de otro modo, nos referimos a un tipo de arte que tiende a desestabilizar un ideal regulatorio del que ya nos habla Michel Foucault y que invariablemente tiene injerencia en los cuerpos; mismo que Judith Butler señala en su libro Cuerpos que importan: existe una “práctica reguladora que produce y reproduce los cuerpos que gobierna. El poder para producir, demarcar, circunscribir y diferenciar los cuerpos”.

Legacy Circus. Fotografía: Isóptica Agencia Fotográfica
Por supuesto que no toda práctica artística es contestataria: existe un tipo de arte que promueve el statu quo; también existen manifestaciones y prácticas que persiguen una búsqueda técnica o estética que se relaciona exclusivamente con el arte por sí misma. Sin embargo, las valiosas ambigüedades que rodean al campo de lo artístico favorecen que en la práctica escénica que nos ocupa se crucen los caminos que conforman el territorio de lo común. Esta potencia desestabilizadora de la práctica escénica nos interesa a un gran número de artistas en México y en el mundo.
Como ya mencionamos en nuestra colaboración anterior, un elemento importante de este potencial político se basa en que en la práctica escénica hay que poner el cuerpo. Creemos que mientras más disidentes sean los cuerpos expuestos, más se propicia el temblor desestabilizador, es decir, se hacen más evidentes las fallas, las fisuras del propio sistema rector.
Por todo esto, nos resultó de particular interés el seminario De la inclusión a la interpelación: escena, discapacidad y política que se lleva a cabo desde el 30 de noviembre del año pasado y que concluye este 8 de marzo. Así pues, con el fin de indagar un poco más en la concepción del seminario, platicamos con Beatriz Miranda y Benjamín Mayer de 17 Instituto de Estudios Críticos. Desde el inicio nos llamó la atención el nombre que eligieron, pero antes de hablar de “inclusión” versus “interpelación”, quisimos revisar el término “discapacidad”, ya que consideramos que el concepto es cuestionable. En primer lugar porque agrupa a personas que lo único que tienen en común es que son diversas, lo cual más que una paradoja lo vuelve una falacia; en segundo lugar porque, por más que se intente sacudirlo para que se vea limpio y lustroso, “discapacidad” es un término que suena a deficiencia. Como dijera Peter Pál Pelbart en su libro Filosofía de la deserción, es un “modo caduco de agremiación” pues obedece a una noción de subordinación respecto de los cuerpos dominantes, es decir, los cuerpos que son considerados aptos dentro de la lógica normalizante. Al respecto del uso del término “discapacidad”, Benjamín Mayer nos aclaró:
[…] desde 2013, [en 17] siempre escribimos la palabra “discapacidad” entre comillas. Y sabemos que hay una discusión grande en torno a los términos, y que ahora se habla de la diversidad funcional y mil otras cosas, pero nos gusta la solución porque jurídicamente la palabra “discapacidad” tiene una importancia capital. Se ha hecho una construcción gigante de derechos que, aunque tenga problemas, no se puede desechar así nada más porque sí: es muy costoso desecharla. Incluso sustituir por diversidad funcional es algo que nosotros pensamos que es un craso error, por problemas que tiene la propia conceptualización de diversidad funcional, pero además porque descoloca toda la larga lucha jurídicamente asentada en torno a “discapacidad”. Entonces nos parece que poner el término entre comillas es —como bajo sordina— ponerle unas marcas que te hacen hacer preguntas, sin echar todo lo ganado por la borda.
Y en cuanto al concepto de “inclusión” versus “interpelación”, el mismo Benjamín nos explicó:
Con la palabra “inclusión” es más radical lo que estamos proponiendo. Toda esa construcción institucional, supernormalizada, supernaturalizada, es problemática de raíz, porque tiene inmediatamente una suposición de un adentro y un afuera. ¡Si te tienen que invitar a la fiesta es porque no estabas allí! [… En cambio,] la noción de “interpelación” la venimos trabajando desde hace mucho tiempo. En resumen, lo que nos interesa y valoramos, en una dimensión social y de abordaje más hondo respecto a la “diversidad”, es que [el término “interpelación”] tiene una criticidad inherente: inmediatamente pone en cuestión un montón de ilusiones de la llamada “normalidad”, desordena las cosas en relación con su orden hegemónico usual, etcétera. Desde ese punto de vista, y combinado con algo que viene del trabajo de Beatriz Miranda, en la dimensión política esa inherencia crítica de la discapacidad es valiosísima para la sociedad. ¡Y la sociedad permanentemente anda acallando, institucionalizando, encerrando, etiquetando, normalizando… justamente para resistirse a esa interpelación continua que la discapacidad plantea! [… En el caso del seminario,] la gran confluencia es con el campo artístico; y dada la larga historia del movimiento en el Reino Unido, esa interpelación desde la discapacidad, potenciada artísticamente, se vuelve hiperelocuente socialmente: se vuelve visible y tiene toda clase de efectos […].
Beatriz Miranda opina que un ejemplo para reforzar el término “interpelación” versus “inclusión” se puede encontrar en el trabajo de la compañía Seña y Verbo: teatro de sordos, no sólo por tratarse de una compañía mexicana fundada en los años noventa y que ha trabajado con la comunidad sorda en todo el país y en el extranjero, sino porque es un proyecto que no partió del deseo de incluir a las personas sordas en el teatro. Su interés artístico proviene de lo que la lengua de señas y la cultura sorda pueden aportar al campo de lo escénico. Jamás se trató de un proyecto de inclusión —concepto que, nos aclara Beatriz, se impone desde el campo de la educación y no del arte—, sino que nace de la interpelación de la sordera hacia la práctica escénica en particular y hacia las nociones de “normalidad” en general.
Por nuestra parte, al reflexionar después sobre estos temas, pensamos que quizás el problema del concepto de inclusión no está en el suponer que existe un adentro y un afuera o, como diría Benjamín, que hay quienes han sido invitados a la fiesta y quienes no. No cabe duda de que existen cuerpos que han sido excluidos de la cultura dominante y cuya irrupción en la fiesta hegemónica resulta subversiva. Como nos dice Judith Butler en Cuerpos aliados y lucha política: “Es cierto que toda versión de ‘pueblo’ que excluya a algunos de sus miembros no es incluyente y, por lo tanto, no es representativa; pero también es verdad que toda definición […] implica una demarcación respecto al colectivo elegido”.
Consideramos más bien que la falla en el concepto “inclusión” está en su ingenua intención de suponer que lo “correcto” es hacer encajar todos los cuerpos en el claustro de una norma que clasifica cuerpos entre aptos, menos aptos y no aptos para responder a una lógica de producción que domina todos los esquemas de subsistencia en el mundo. Interpelar, en cambio, es desestabilizar la estructura misma del claustro, tirar sus muros para dislocar la gran fiesta del privilegio.
En la práctica escénica se pone el cuerpo, de eso no hay duda: ponemos el cuerpo mediante todos los soportes posibles para resistirnos a restricciones normativas reguladoras de los propios cuerpos, ponemos el cuerpo para alejarnos de determinismos, ponemos el cuerpo para celebrar lo diverso, y proponemos una práctica escénica como un territorio de instancia crítica al orden clasificatorio que ha intentado por siglos imponer toda clase de binarismos. Así pues, queremos concluir citando a Beatriz Miranda:
En la medida en que vayamos atacando la marginalización, el uso del poder para determinar quién puede y quién no puede hacer arte, y la definición misma de arte, estamos haciendo un trabajo político.
María Sánchez Portillo y Alberto Lomnitz tienen amplia experiencia en el estudio y el ejercicio de las artes escénicas. Generaron juntos el Manifiesto de Arte Vivo Digital en respaldo a las prácticas emergentes del tiempo presente. María es madre de un hijo con síndrome de Angelman y Alberto fue director artístico de Seña y Verbo: teatro de sordos desde su fundación en 1992 hasta 2017, año en que fue relevado por el artista sordo Eduardo Domínguez.