e-scenarios
Poner el cuerpo I

Este cuarto en que estamos encerrados sangra,
grita nuestra carne.
Philippe Jaccottet

Pensar en el acto político de poner el cuerpo en momentos como éste, con un nuevo año que arranca en semáforo rojo y celebraciones en confinamiento, nos sitúa precisamente en ese territorio que mantiene en suspenso el panorama de la práctica escénica.

En una encuesta informal realizada hace poco entre colegas de la escena acerca del elemento fundamental de nuestra práctica, la respuesta unánime fue el cuerpo y la presencia. Estos términos, cuerpo y presencia, derivan en todo un entramado conceptual que es tan extendido actualmente que parecería una obviedad. Sin embargo, no lo es y no siempre se le ha considerado así. Hagamos un pequeño recuento histórico.

El mismo nombre “arte escénico”, de hecho, parecería indicar que lo esencial en esta práctica es el escenario y su capacidad para el montaje: la posibilidad de construir imágenes en movimiento que adquieren gran potencia simbólica. Así lo postuló, hace poco más de un siglo, el escenógrafo Gordon Craig, quien consideraba al actor como un elemento más dentro de la plástica escénica. Quizás hoy en día los herederos más interesantes de esta visión son los que abrazan el llamado posdrama, que se interesa en lenguajes visuales con potencia significante donde la supermarioneta de Craig emerge con fuerza como una figura pulsante que configura el paisaje y genera claras tensiones provocantes para quienes miran.

En la imagen aparece la actriz Irma Sofía Olmos Vázquez, durante una presentación de la obra TIMBOCTOU (14 de marzo de 2012) en el RedCat Teather de Los Ángeles, California. Crédito de la fotografía: Cultura UdG.

No es sino a partir de la segunda mitad del siglo XX cuando la llamada performance y el arte vivo se postulan como prácticas donde la exhibición del cuerpo es el gran acto. Al mismo tiempo, Peter Brook, en su libro El espacio vacío, declara que lo único indispensable en el teatro es una persona que actúe y otra que mire. Es así como la escena adquiere su definición más extendida en la actualidad: un lugar donde se pone el cuerpo.

Los feminismos y otras tantas luchas sociales nos hablan de poner el cuerpo como acto de reivindicación política y no sólo como un acto estético, de allí que la práctica escénica se desborde hacia territorios de liminalidad. Poner el cuerpo nos planta frente a la posibilidad de detonar, desde la escena, infinidad de dinámicas con inventiva de espectro amplio que van desde el acto lúdico y festivo hasta el acto de visibilizar y exponer ciertos conflictos que se ocupan de lo común. José A. Sánchez nos dice que “la irrupción de lo real se produce sobre todo a raíz de la consciencia del cuerpo y de las consecuencias que para la creación escénica tuvo la aceptación de su centralidad”.

Recordemos que el arte visual también tiene un trabajo que le hizo desdibujar sus límites de un marco. Todas aquellas prácticas artísticas que rompieron con los cánones estéticos decimonónicos ya han sido por demás teorizadas y por eso palabras como montaje, representación, exhibición, se cargan de igual manera hacia un contexto de lo político.

Ha quedado por sentado, pues, la indudable potencia política del teatro y por tanto sus claras repercusiones en el imaginario social. Así llegamos al presente y a la pregunta: ¿cómo poner el cuerpo hoy? A inicios de este 2021 seguimos habitando un tipo de incertidumbre que nos atraviesa invariablemente. Los semáforos dictados por el sistema administrativo y de salud afectan la manera en que nos habíamos acostumbrado a poner los cuerpos sobre un escenario, frente a las miradas y las presencias de las otras personas que llamamos espectadores. El teatro se ha debilitado en su potencia para el acercamiento de los cuerpos. Aún así, tal como ya hemos hablado en anteriores ocasiones, la situación pandémica hizo emerger nuevas maneras de presentar y representar en aras de mantener vigencia, sin pretender obviar la subsistencia económica como elemento detonante de todas las manifestaciones escénicas que se suscitaron desde diferentes plataformas a raíz del cierre de foros y espacios dedicados para la vocación teatral. Es importante reconocer que la producción y difusión del quehacer escénico no ha mermado únicamente debido a la prohibición del encuentro físico: en México, entre otros países, uno de los puntos más endebles se encuentra en la escasa inversión de recurso público encaminado a reforzar las prácticas. Urge replantear los mecanismos mediante los cuales quienes nos dedicamos al arte vamos a asegurar el debido reconocimiento como agentes esenciales para la transformación, el desarrollo y la educación.

Los asuntos comunes tienen la facultad de congregarnos, de allí que tantas otras ramificaciones de la práctica performática y escénica pisan los territorios del acto político y ciudadano de encontrarnos: las marchas, el carnaval, la fiesta, la revuelta, alzar la voz a coro en las consignas, estar juntos. Todo eso ahora mismo son rememoranzas o anhelos que nos fueron arrebatados. Sin embargo, la tarea actual es hacer que prevalezca nuestra consciencia clara de cuidarnos en lo individual para cuidar a las otras personas. Queremos pensar que justo eso es poner el cuerpo: yo pongo mi cuerpo a salvo para resguardo del bienestar común.

¿Hacia dónde se desplaza entonces, en la práctica escénica, el acto político que supone exhibir o visibilizar los cuerpos? ¿Tienen la misma carga política el exhibirse y el hacerse visibles en las llamadas redes sociales? ¿O al hacerlo nos volvemos parte de una inercia que nos hace desaparecer en el polvo del universo cibernético? ¿Debemos pensar en las redes sociales como un lugar de espacio público? Todos estos cuestionamientos no escapan a un constructo social cargado de subjetividades, pero no son preguntas retóricas.

Desde que la plaza y los corrales fueron espacios permeados por el arte escénico, el teatro subrayó su carácter de acción política. No es de extrañarse que, ante la imposibilidad de poner el cuerpo en el mismo suelo geográfico, el arte escénico insistiera en seguir poniendo el cuerpo y la presencia en los territorios dispuestos para hacerse ver. La liquidez de la pantalla del dispositivo digital convierte en imagen nuestros cuerpos de tal manera que corren el riesgo de diluirse, pero también podemos aprender a rediseñarnos gracias a la potencia de permear en espacios íntimos a distancia, de transminarnos con maleabilidad. Ahora podemos poner el cuerpo con la posibilidad de tomar estos espacios para incidir, para continuar con la vocación de nuestra práctica que busca intervenir en lo social. (El arte como intervención social: la palabra intervención es fuerte. Relacionada con el argot médico, supone una cierta violencia en aras de recuperar la salud.)

No tenemos claro qué va a ocurrir después de la reapertura de nuestras casas, de nuestros teatros, de los mercados y de las fronteras; aun si no tenemos claro hacia dónde vamos, sabemos lo que hacemos. Por ello, el comportamiento social del arte escénico es y ha sido visibilizar los cuerpos en toda su diversidad. Este impulso está en el centro del corazón del arte escénico actual y por eso su pulso vital prevalece incluso en las condiciones más adversas.

La mera acción de visibilizar cuerpos vuelve al arte escénico —llámese teatro, danza, performance o cualquier otra manifestación escénica— en un acto profundamente político, más allá de cualquier mensaje explícito o panfletario que una obra en particular presente. El impacto social de poner el cuerpo por parte de personas que han sido excluidas e invisibilizadas por la cultura dominante —mujeres, personas con discapacidad, comunidad LGBTIQ, indígenas— responde, de entrada, al acto inclusivo de visibilizar. El interés actual en manifestaciones artísticas inclusivas es más que evidente —en nuestro país como en buena parte del mundo— y no sin razón. Esto es ya en sí una fuerte enunciación, es, como dice el escritor keniano Ngũgĩ wa Thiong’o, “una lucha por desplazar el centro desde el que se observa el mundo, moviéndolo de su limitada base para descomponer la hegemonía cultural”. Poner el cuerpo es una declaración que propicia un sano y necesario intercambio de visiones encaminadas a amplificar y diversificar, en lugar de reducir, la realidad cultural y social del momento.

Si reflexionamos sobre todo esto, podemos concluir que lo que hoy entendemos como la esencia de nuestro arte, en realidad no es el intérprete ni la interpretación, sino la exhibición de su persona. El artista escénico pone el cuerpo donde encuentra fisuras. Poner el cuerpo es lo que hacemos. No concebimos un arte escénico sin ello. Esta visión del arte escénico es consistente con una conciencia cada vez más extendida de que el nuestro es necesariamente un arte político, pues en nuestro oficio exhibir es sinónimo de visibilizar.

Reiteramos entonces la pregunta que urgentemente busca respuesta: ¿cómo se pone el cuerpo hoy?

 

Alberto Lomnitz y María Sánchez Portillo tienen amplia experiencia en el estudio y el ejercicio de las artes escénicas. Generaron juntos el Manifiesto de Arte Vivo Digital en respaldo a las prácticas emergentes del tiempo presente.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: e-scenarios