“El sistema económico fundado en el aislamiento
es una producción circular del aislamiento de las ‘muchedumbres solitarias’”.
—Guy Debord
Estamos asomando la cabeza a la vuelta de la esquina del 2021, aún sin poder ver bien qué es lo que viene. Lo cierto es que el cierre del 2020 no se parece mucho al del año anterior. El 2020 sin duda pasará a la historia como aquel en que la humanidad fue forzada a hacer pausa… pero hay que preguntarse si esta pausa inducida nos hizo pausar realmente.
No había manera de adelantarnos; el estado de alerta que el 2020 detonó en nuestros cuerpos se trasladó a nuestras mentes e indudablemente a nuestro campo laboral. Como tantas otras personas cuyos modos de subsistencia quedaron suspendidos repentinamente, quienes somos profesionistas de las artes escénicas tuvimos que activar mecanismos de subsistencia sobre la marcha. Nos vimos de pronto abandonados a nuestra suerte en medio de un riesgo latente; ¿eso nos hizo más conscientes de nuestros privilegios o de nuestras carencias?
En el mes de marzo se cerraron los teatros: se clausuraron los escenarios y foros ante la necesidad de limitar la circulación y evitar aglomeraciones. Pero aunque los espacios teatrales se volvieron inoperantes, las prácticas no podían paralizarse, pues había que buscar la manera de cumplir con el mandato capitalista de hacernos cargo económicamente de nuestras vidas. Ante el quebranto de nuestro quehacer como creadores, nos descubrimos otra vez como empresarios en bancarrota, sin seguridad social ni laboral.
Claro que, para el manejo de nuestras variadas angustias, ahí está siempre la sobreproducción que no abandona. Comenzamos a producir frenéticamente a fin de dar sentido a nuestro quehacer en el confinamiento; y había que hacerlo sin recursos, bajo la consigna establecida por el poder administrativo y el aparato de salud, a sabiendas de que somos una “actividad no esencial”. De esta manera construimos el foro en el espacio íntimo, creando dentro y desde nuestras casas, canalizando todos nuestros recursos y concentrando habilidades para enfrentar el desafío constante de la marginalización ante la claridad de aquello que nos parece aplastante: el arte no ofrece sustento. ¿De qué vive un artista entonces? Somos un gremio sobrepoblado y los apoyos del Estado se revelaron, como siempre, insuficientes. Sucedieron varias cosas: algunos de nosotros transitamos por todas ellas y aquí haremos un recuento.
En el mejor de los casos le apostamos a una tecnologización del oficio con tal de favorecer la mercantilización y así expandir las posibilidades de procurarse el sustento. Por otra parte, muchos nos vimos en la necesidad de emprender negocios fuera del campo de lo artístico. Esto lo hemos hecho antes. Desde siempre o casi siempre que buscamos tener viabilidad económica, recurrimos al “emprendimiento”: venta de comida preparada, distribución de productos para el hogar, clases de actuación o de yoga (ahora en línea), servicios varios.
Pero hay que subrayar algo que ocurrió de igual manera y que fue un despliegue inusitado: una activación de conexiones creativas y vivas a fin de favorecer la efervescencia de las prácticas, aunque éstas fueran económicamente no rentables. ¿Por qué? ¿Por qué otra vez el artista crea y construye aún en las condiciones más adversas? ¿Será únicamente por nuestro incuestionable amor al arte o existe también una lógica de supervivencia en ello?

Función de teatro espontáneo, agosto 2020. Fotografía de archivo de Memorias a la deriva.
Las alianzas colaborativas son una valiosa red de salvamento, no sólo porque nos mantienen creativos, sino porque solidifican y justifican nuestra existencia como colectivo. Trabajamos en aras de la vigencia, pero también para hacernos aparecer y visibilizar el intercambio de saberes y de prestigios adquiridos, pues es en la visibilidad donde se activan los agentes políticos que resuenan en el entramado social. Nos reunimos en y con las plataformas digitales que teníamos al alcance, y lo hicimos con una gran convicción de cohesión moral y ética. Este 2020 reveló como nunca antes nuestra inteligencia crítica y la cultura política inherente a nuestra práctica. Esta pandemia nos ayudó a desafiar la clásica tendencia especulativa que deposita de inicio todas nuestras esperanzas en la respuesta del Estado —respuesta que siempre decepciona— para fortalecer en cambio el ecosistema que somos. Es decir que emergió entre nosotros una perspectiva compleja de que las relaciones creativas colaborativas son —y siempre han sido— la gran potencia de nuestra subsistencia económica.
Hace un año, al despedir el 2019, creímos saber a dónde íbamos. Muchos de nosotros nos acostumbramos a trabajar desde el lugar que nos parecía más cómodo y casi habíamos olvidado el vértigo del riesgo. Hoy que despedimos el 2020 nos queda el aprendizaje de que supimos responder con imaginación subversiva y tal vez, sólo tal vez, pudimos romper con el círculo eterno de promesa-desilusión que supone la espera de un Estado que hemos concebido a la vez como el causante de todos nuestros infortunios y como nuestro redentor último; y que a su vez, irónicamente, se concibe a sí mismo como siempre inocente. Quizás el aprendizaje logrado en este 2020 nos ayude a imaginar cómo sería vivir en redes colaborativas de supervivencia, sin las ganas de reproducir viejos clichés ni patrones ya probados. Tal vez son estas redes colaborativas en activación las que nos ofrezcan con mayor claridad una posibilidad real de subsistencia en tiempos de precariedad e incertidumbre… ahora y como siempre, para quienes nos dedicamos a las artes escénicas.
No se trata tanto de romantizar como de descubrir, practicar, explorar posibilidades, opciones con diferentes matices en medio de lo incierto. No es un revirar, no es dar marcha atrás sino más bien torcer, dislocar, trastocar para descubrir otras maneras de embonar nuestras alianzas. Ciertamente, merecemos certeza laboral, seguridad social, acceso a la salud: eso lo sabemos y no dejaremos, como comunidad, de luchar por ello. El 2020 ha visto como nunca antes el surgimiento pujante de nuevos colectivos de artistas, que llegan para apuntalar a los ya existentes; colectivos que buscan redefinir la manera en que nos relacionamos entre nosotros y, por lo tanto, demandan una redefinición de trato por parte del Estado. Ahora hay que imaginar cómo queremos dibujar ese trayecto, fortalecidos en renovadas comunidades de confianza. Hoy se trata de consolidar una viabilidad para la subsistencia; se trata de construirnos un archivo como una posibilidad para la historicidad subjetiva de este 2020 que se termina. Ahora que tenemos la significación común de este periodo por el que atravesamos, ahora que tenemos un sentido compartido para mirar juntos el pasado, es apetecible movilizarnos para la construcción de un presente que nos encuentre ya fortalecidos como cuerpo social y no como un simple catálogo para el consumo de bienes culturales.
En toda crisis hay una enseñanza valiosa y para la comunidad artística esa lección está en el valor de la red, de las redes afectivas en reciprocidad, en un rico intercambio de favores, la empatía como mecanismo para la subsistencia. Ya Larissa Adler Lomnitz lo señala en su clásico de la Antropología Social Cómo sobreviven los marginados: “Al compartir sus recursos, escasos e intermitentes, con los de otros en idéntica situación, el poblador (…) logra imponerse en grupo a circunstancias que seguramente lo harían sucumbir como individuo aislado.(…) Sobre la precaria base económica de la marginalidad se ha levantado una estructura social específica, propia de este nicho ecológico que tiene la característica de garantizar una subsistencia mínima durante los períodos más o menos largos e irregulares de inactividad económica”.
En el 2020, la comunidad de las artes escénicas se ha volcado como nunca a fortalecer estas redes. Si los artistas estamos en la precariedad económica, ¿cómo se explica que nos estemos lanzando en masa a colaborar en proyectos que no pagan nada? No es únicamente por amor al arte: lo hacemos porque así tejemos nuestras redes de salvación. Ahora lo entendemos mejor que nunca: somos esas conexiones pulsantes, esas mismas que nos permiten posibilidades creativas entre visiones múltiples.
Queremos creer que el 2021 nos traerá paulatinamente una recuperación económica, pero —como en toda crisis, como en toda devastación— es indispensable no olvidar, para no volver a anclarnos en una inercia recaudatoria del sistema mundo, sino para seguir trabajando con este mismo afán colaborativo y no perder la cohesión comunitaria que logramos en el 2020. Dejemos ir el año, pues, cargados con una revalorización de lo colectivo por encima de lo individual.
María Sánchez Portillo y Alberto Lomnitz tienen amplia experiencia en el estudio y el ejercicio de las artes escénicas. Generaron juntos el Manifiesto de Arte Vivo Digital en respaldo a las prácticas emergentes del tiempo presente.