Dylan Thomas, retrato del cuentista entre leyendas

Recordar hoy al poeta galés Dylan Thomas (1914-1953), como lo hace el siguiente texto, es explorar algunas facetas poco conocidas pero no menos deslumbrantes de su obra, como la del cuentista excepcional. También es desmentir una serie de leyendas en torno a su muerte, como la de la famosa ingesta mortífera de dieciocho whiskys en un bar de Nueva York.


Un 9 de noviembre como hoy pero de 1953 fallecía ese extraordinario autor galés llamado Dylan Thomas. Su figura parece estar totalmente alejada del bronce, algo así como Bukowski pero, en algún punto, mucho más sofisticado. Es que Dylan Thomas tiene la particularidad de haber trascendido como un poeta de tintes románticos vinculado con la fuerza de la naturaleza y una infancia idílica aunque, al mismo tiempo, no parece haber quedado al margen del vértigo de nuestra contemporaneidad, quizás debido a su activa participación en los medios, leyendo poemas en la radio y escribiendo guiones; quizás porque Dylan Thomas no dudó en subirse y asumir todos los riesgos de esa montaña rusa que, en muchos sentidos, fue el siglo XX. No sólo por la forma en que la guerra lo impactó (muchos aseguran que dejó inconclusa su novela Adventures in the Skin Trade por lo banal que le parecía en comparación con el conflicto bélico) sino también porque conoció a Chaplin, a Marilyn Monroe y hasta a Stravinsky, con quien estuvo a punto de crear una obra en conjunto.

Aunque tal vez con menos intensidad que otros popes literarios, la presencia de Dylan Thomas se ha mantenido intacta a través de los años, como si hubiera alimentado una extraña forma de sutil omnipresencia. Aparece, para empezar, en la portada de Sgt. Pepper´s de los Beatles y su nombre bautizó a una banda emergente de rock de Costa Rica cuyos integrantes, en realidad, no lo leyeron mucho pero decidieron tomar su nombre acortando un relato de Bukowski, de 1972, que se titula “Esto es lo que mató a Dylan Thomas”.

En el polo exactamente opuesto su figura inspiró el estupendo cuento “La tumba del famoso poeta” de Margaret Atwood en el que una pareja a punto de separarse visita, como si se tratara de un último ritual, el cementerio en donde está enterrado ese famoso galés al que nunca se menciona. Y en ejemplos más recientes, su más celebre poema “Do not go gentle into that good night” (“No entres dócil en esta buena noche”), , se lee a manera de clímax en Interestelar (2014) de Christopher Nolan.

No olvidemos que además de esta relativa fama esparcida por el mundo Dylan Thomas también es profeta en su tierra. Al igual que otros grandísimos escritores que se convirtieron en verdaderos símbolos de una ciudad —Pessoa y Lisboa, Kafka y Praga, Octavio Paz y México—, Dylan Thomas es hoy casi un sinónimo de Swansea, la segunda ciudad más importante de Gales después de Cardiff. En esa que es también su ciudad natal, la cara de Dylan Thomas asoma en buzones, bancos de plaza, paredes de pubs y, desde 2005, la casa de dos plantas, cuatro habitaciones y una mística difícil de poner en palabras donde nació y vivió toda su infancia, ubicada en el número 5 de la empinada calle Cwmdonkin Drive, funciona como una residencia temática, algo así como un museo habitable que, al menos antes de la era covid-19, recibía alrededor de un grupo de visitantes de todo el mundo por semana.

El éxito de este museo habitable se debe, en parte, a que en el caso del galés parece haber una verdadera pugna entre su leyenda y su escritura. Su nieta Hannah Ellis parece apuntar en ese sentido:

Creo que su obra es más potente que su leyenda, su leyenda es conocida a un nivel público y general. Pero creo que las personas que descubren su obra se involucran profundamente en ella. Es difícil, creo que de alguna manera, algunas veces la gente conoce el poema “Do not gently into that good night” pero no sabe que es de Dylan Thomas.

Por esa misma razón repaso aquí algunos puntos fundamentales de la carrera de Dylan Thomas: una leyenda que, ya desde el primer día, terminó influyendo en su destino; su no tan explorada faceta como cuentista en comparación con su descollante labor como poeta y, por último, un mito totalmente apócrifo .

La importancia de llamarse Dylan

No se puede pensar la posteridad que alcanzó Dylan Thomas sin remontarse al elemento más originario, su(s) nombre(s). El nombre “Dylan” lo eligió su padre del Mabinogion, ciclo medieval en prosa que ocupa un lugar privilegiado no solo en literatura galesa sino céltica en su conjunto:

—Y bien —dijo Math, hijo de Mathonwy, dirigiéndose al niño rubio—, te voy a hacer bautizar aquí y haré llamarte Dylan. Le bautizaron. Apenas fue bautizado, se dirigió al mar. En cuanto se metió, recibió la naturaleza del mar y nadó tan bien como el más rápido de los peces. Por esa razón le llamaron Dylan (hijo de la ola). Jamás hubo ola que rompiera bajo él.

Lo que podría parecer una simple redundancia en realidad refiere al poder profético de ese nombre, cuyo significado como acabamos de ver es “hijo de la ola” y que más bien habría que tomar como causa de la íntima relación que el galés mantendría a lo largo de su vida con el agua. Y ese mismo poder profético tuvo también el segundo nombre de Dylan Marlais Thomas, en homenaje a su tío abuelo William Thomas, el orgullo de la familia: un zapatero devenido predicador que fue maestro, defensor de la justicia social y, sobre todo, un gran poeta que firmaba sus obras con el seudónimo “Marles”. La tradición de incorporar un nombre poético era algo muy frecuente en la cultura galesa y el tío abuelo de Dylan Thomas lo tomó del río que atravesaba Brechfa, su pueblo natal.        

Y así como el niño rubio del Mabinogion incorporaba su destreza marítima sólo con la asignación de ese nombre, podríamos aventurar que Dylan Thomas se convirtió en poeta desde el momento en que su padre, que siempre había soñado con serlo, le asignó ese nombre que, por supuesto, también tiene que ver con el agua.

No hay que desestimar, además, lo que ocurre con el nombre Dylan del otro lado de la orilla del Atlántico, esa especie de constelación que arman Dylan Thomas y Bob Dylan: el primero como poeta intrínsecamente ligado al ritmo y la música; el segundo como cantante y compositor que mereció el Premio Nobel de Literatura.

Respecto a las veces que el propio músico negó que su nombre viniera del poeta, el escritor y mayor coleccionista de Dylan Thomas Jeff Towns dice lo siguiente:

Cuando Bob Dylan ya era famoso en Nueva York y venía de firmar un contrato, un amigo de él llamado Steve Goodman le pidió que colaborara en una canción de su LP Somebody Else´s Troubles que salió en 1972. Y como por contrato no podía poner su verdadero nombre en otra compañía, ¿sabes cómo firma? ¡Como Robert Milkwood Thomas! Ese es su crédito en el LP de Goodman donde tocó el teclado e hizo coros. Es decir que si bien él negó en algunas ocasiones haber tomado su nombre está claro que viene de ahí.

Retrato del cuentista cachorro

Si bien su enorme fama se debe a su producción poética y, sobre todo, a su hipnótica forma de leer, no debería pasarse por alto que Dylan Thomas fue también un cuentista excepcional. Lo curioso es que, en rigor, el único volumen de cuentos que publicó en vida fue el famoso Retrato del artista cachorro (1940) de cuya publicación se cumplen ochenta años. Además de incorporar en ese libro técnicas literarias muy modernas como el fluir de conciencia, hay algo extremadamente singular en el estilo narrativo de Dylan Thomas que también aparece en los cuentos de El mapa del amor (1939) y en los que se publicaron, después de su muerte, bajo el título de El visitante y otras historias.

Esa singularidad puede describirse apuntando que, a ratos, en los cuentos de Dylan Thomas —los cuales, salvo contadas excepciones, son absolutamente realistas— la imaginación y la realidad parecen formar un todo indivisible sin volverlo por eso un escritor surrealista, etiqueta que muchos críticos intentaron endilgarle y de la que él siempre quiso despegarse porque, en efecto, su método literario está en las antípodas de la idea de automatismo.

La imaginación de los personajes de Dylan Thomas es tan fértil que, en algún punto, provoca un “derretimiento” de la realidad. En “Una visita al abuelo”, incluido en Retrato del artista cachorro, no se sabe si la locura de ese viejo que se pone a practicar equitación en su cuarto influye en el sueño de su nieto o es, por el contrario, el contenido onírico del joven Dylan lo que inspira esa extraña conducta en su abuelo. En “Un sábado de calor”, incluido en el mismo libro, la frágil figura de una mujer que el joven protagonista dibuja primero sobre la arena y luego sobre la barra de un bar parece anticipar la efímera aparición de una perfecta desconocida que lo cautiva hasta los límites de lo narrable. Por último, en el magnífico relato “Los perseguidores” los nombres que los dos jóvenes sedientos de historias les ponen a los personajes se terminan transformando en sus nombres y aquello que parecen desear ver es lo mismo que los termina asustando cuando finalmente aparece quizás ante ellos.

Escritos bajo el mismo fuego sagrado de su poesía aunque a la vez casi siempre más inteligibles que sus poemas, los cuentos de Dylan Thomas tienen paisajes y motivos recurrentes como “Daisy Bell”, una mítica canción inglesa escrita en 1892 o ese impresionante lugar llamado la Cabeza del Gusano que queda en la península de Gower y aparece no solo en varios cuentos de Retrato del artista cachorro sino también en algunas de sus cartas porque era uno de sus lugares favoritos de Gales: un conjunto de dos islas de piedra al sur del país al que solo puede accederse desde la playa cuando la marea está baja.

Aun cuando en general son muy legibles y simples, los cuentos de Dylan Thomas tienen la virtud de ser más profundos de lo que parecen a simple vista porque siempre ofrecen alguna vuelta de tuerca inesperada o una descripción que queda resonando después de la lectura.

Dieciocho whiskys, un récord sin fundamentos

No es necesario aclarar, tal como reza la frase, cuántas consecuencias puede generar una mentira. Pero, a veces, más potentes aún resultan las mitificaciones. Tal es el caso de los famosos dieciocho whiskys que, según la leyenda, consumió el escritor antes de morir en la emblemática White Horse Tavern de Nueva York. Más allá de lo inverosímil de que alguien a punto de caer muerto tenga la posibilidad de decir que ha alcanzado un récord, ya en el libro Yo conocí a Dylan Thomas (1955) de John Malcolm Brinnin y, desde entonces, en casi todas las biografías publicadas posteriormente —incluyendo la más completa, Dylan Thomas A New Life de Andrew Lycett— hay varias pruebas de que su muerte no fue así de repentina ni de pintoresca.

En primer lugar porque desde su pub favorito en Nueva York se trasladó hasta el hotel Chelsea donde estaba alojado y, desde ahí, llamaron a una ambulancia que lo condujo al hospital St Vincent’s donde terminaría muriendo no por un exceso de alcohol sino de neumonía.

Según coinciden la mayoría de los testimonios la famosa frase la habría acuñado Liz Reitell, la asistente de John Malcolm Brinnin —quien llevó a Dylan Thomas de gira por Nueva York— y que, además de convertirse en su interés romántico, fue la persona que estuvo con él en el momento final. Según cuenta Jeff Towns, “cuando él murió Liz estaba asustada porque empezó a decirse, con cierta malicia, que en Nueva York le daban alcohol todo el tiempo y no lo cuidaban. Lo que sí pasó es que el médico le dio varias dosis de morfina, lo cual no era algo recomendable: tenía 39 años y fue una tragedia”.

Siguiendo a Towns, Liz quería quedar en la historia como su último gran amor y dijo muchas cosas que nunca nadie pudo corroborar, entre ellas la célebre frase de los whiskys que, dicho sea de paso, aparecía ya, palabras más palabras menos, en dos obras de Thomas: en el radioteatro Bajo el bosque lácteo —donde alguien en un pub dice que se tomó “diecinueve pintas de cerveza”—, y en el relato “¿Quién te gustaría que estuviera con nosotros?” — donde un personaje declara: “creo que ha sido todo un récord”. Jeff Towns concluye aclarando esto: “quedó como que esas eran sus últimas palabras y a la gente le gusta pero la verdad es que sus amigos recorrieron los bares de la zona y nadie le había servido dieciocho whiskys seguidos”.

Por su parte, el escritor George Tremlett, autor de varias biografías de estrellas de rock como David Bowie y coautor con Caitlin MacNamara de Life with Dylan Thomas, va aún más lejos: “No era tan borracho como la gente decía: se las arreglaba para escribir bastante cada día, era un gran trabajador de la escritura, no podría haber escrito tanto si vivía borracho”.

Desmentidos esos dieciocho whiskys mortales, es claro que las leyendas seguirán alimentando las vidas de artistas y poetas como Dylan Thomas, tal como demuestra el número de personas que viajan cada año a Swansea o el pueblo de Laugharne (donde está enterrado) en busca de inspiración. Y a pesar de que, como dice su nieta, muchas veces esos mitos parecen fagocitar un poco su obra también es cierto que, en algún punto, contribuyen a mantener la vigencia de esos libros que, después de todo, siempre están al alcance de la mano.

 

Juan Pablo Bertazza
Periodista cultural.

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Publicado en: Resurrectorio

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