
En un poema publicado por primera vez en 1947, el autor español León Felipe conjura la imagen de un Don Quijote que regresa de campaña, vencido y cabizbajo, a lomos de un caballo también derrotado. Por supuesto, la desoladora escena contrasta con el ideal quijotesco del caballero erguido, orgulloso y soñador. En el poema el caballero manchego evoca la derrota del idealismo frente a una realidad sórdida, lúgubre, capaz de apagar cualquier fantasía.
Pienso en esos versos mientras escribo este texto por la muerte de Brian Wilson, el músico que en 1961 fundó The Beach Boys y que, durante medio siglo transformó, con ánimo quijotesco, el panorama de la música occidental. El caballero de la triste figura que propone Felipe me recuerda a la portada del Surf’s Up, el disco publicado en 1971 por los Beach Boys, pero también al aura que Wilson vertió desde una herida del alma en todos los discos de su banda.
Pienso en lo adecuado de que el gran cronista de la melancolía estadounidense tuviera un nombre tan simple, tan convencidamente americano. Si hubieras crecido en California en los años sesenta, no sería muy difícil haber tenido un vecino llamado Brian Wilson. Aunque, para ser justos, si hubieras crecido en California en los años sesenta no sería tan difícil haber tenido como vecino a un genio-artista que cambiaría la historia de la música para siempre.
Porque los Beach Boys, además de una banda sobresaliente por mérito propio, son testamento de la ebullición histórica de la costa oeste norteamericana en la década de 1960: la revolución del ácido, el clamor por los derechos civiles, los primeros ensayos del verano del amor, el surf, las protestas estudiantiles contra la guerra de Vietnam, las mujeres en bikini, Perry Lane como epicentro hipster –cuando “hipster” todavía no era un insulto–, la marihuana como significante cultural, la República de California, el rock o la muerte.
Y el desencanto. Y la soledad del artista en medio de la vorágine.
En ese contexto híper estimulado, lisérgico y acelerado, casi consciente de su propio lugar en la historia, era natural que Brian Wilson y la banda que lideró también sufrieran sucesivas transformaciones. De ser una agrupación emblemática de la cultura del surf, embajadores de un estilo de vida californiano definido por el calendario de vacaciones universitario, se convirtieron progresiva y velozmente en pioneros de una versión propia del avant-garde. En donde las propuestas más singulares de la costa este, The Velvet Underground y compañía, hicieron espacio para la distorsión y la disonancia, los Beach Boys encontraron una oportunidad para el refinamiento de los arreglos de orquesta, la música de cámara, las armonías vocales complejas y los esfuerzos incipientes por integrar en el canon del pop los desarrollos de la música concreta.
Esta evolución se intercala con una trayectoria en la vida del propio Wilson, a quien la necesidad de preservar su salud mental le llevó a convertirse en un artista cada vez más recluido durante los primeros años de la agrupación. Ya en 1964 tomó la decisión de no acompañar las giras de la banda, y adquirió un papel paulatinamente más orientado a la composición y la producción musical. La revolución encabezada por Wilson desde su estudio convirtió a la música pop en un arte de vanguardia en toda regla.
La coronación de esa empresa ocurrió en 1966 con la publicación del Pet Sounds, cuya irrupción en los oídos de la humanidad supuso una metamorfosis en el oficio de la música grabada. Cada una de las trece canciones que componen el álbum representa un intento exitoso por empujar los límites de la música pop. Cualquier esfuerzo por medir la estela de influencia que ese disco dejó tras de sí sería inexacto: a final de cuentas, la perfección conceptual, técnica y estética del Pet Sounds fue lo que impulsó a los Beatles a dar, un año después, ese salto al vacío que sería el Sgt. Pepper’s.
Los arreglos musicales que pueblan las canciones de ese disco no se parecen a nada que hubiera existido en 1966. Por supuesto, como toda obra maestra, el Pet Sounds provocó reacciones disímiles, incluso entre los miembros de la banda: Mike Love, cofundador de los Beach Boys, sostenía la opinión de que nadie se atrevería a “escuchar esa mierda”. Me gusta el uso del verbo “atreverse” en esa oración porque, en efecto, hacer ese disco era un atrevimiento en sí mismo.
Tan seguro estaba de su creación, y tan asqueado de la industria musical que la vio nacer, que en una reunión con Capitol Records en la que discutirían la reticencia de la disquera a publicar el álbum, Brian Wilson asistió con una casetera y ocho respuestas grabadas: “Sí”, “No”, “Sin comentarios”, etcétera, que reproduciría según fuera necesario. La sensatez de publicar ese experimento insensato se impuso y, como se dice en estos casos, el resto es historia.
Del Brian Wilson productor, acreditado por convertir el estudio de grabación en un instrumento más, se seguirá escribiendo por muchos años. Prefiero dedicar estas líneas a mi Brian Wilson favorito: el escritor de lírica torturada.
La cualidad poética en las canciones de Wilson no está en el barroquismo, ni en una capacidad de conjurar metáforas complejas. La mayor virtud en su escritura era la habilidad para describir, con sencilla precisión, esa tristeza que no se entiende a sí misma, ese extravío de sentido de quien no podría ser feliz ni siquiera en un paisaje digno de un anuncio de cerveza o de una película de Hollywood. Brian Wilson entendió, no sé si mejor pero sí antes que casi todos, el ethos melancólico que opera como contracara del sueño americano. Su pluma hacía las veces de una navaja, que se incrusta y hurga con ánimo de disección en el corazón mitológico del Hombre estadounidense. En las canciones de los Beach Boys encuentra palabras la sensibilidad triste de quien observa el atardecer cuando ya todos se han ido de la playa.
Pienso ahora en la letra de una de mis canciones favoritas de los Beach Boys, “I Just Wasn’t Made For These Times”, y en ese sentimiento universal de sentirse extraño en cualquier sitio. Pienso que el título de la canción encierra otra paradoja: Brian Wilson, un hombre tan adelantado a la música de su época, no podría ser una persona más adecuada, más urgente para el momento histórico en el que vivió, una época guiada por una fuerza de cambio que, si no en otros ámbitos, dejó en el arte una huella indeleble.
La muerte de Brian Wilson es un recordatorio de la erosión inevitable de ese mundo perfecto que sólo existe en la memoria. Y muchas veces ni siquiera en la memoria sino en una especie de testamento conceptual que nos heredaron nuestros padres cuando pusieron el Pet Sounds o el Rubber Soul o el primero de los Doors en un viaje de carretera, o cuando secuestraron nuestra atención infantil para hablar de Bob Dylan como quien habla de un santo o un héroe de guerra. Ni siquiera las leyendas del rock son eternas, aunque su legado lo sea.
¿Qué sería de nosotros sin la música de los Beach Boys? ¿Qué sería de nosotros sin el regalo de esa genialidad torturada, sincera, hermosa y quijotesca, que fue la obra de Brian Wilson? Sólo Dios sabe.
Rubén Darío
Ensayista (con nombre de poeta)