¿Qué es un bibliófilo?, se pregunta el autor de este texto. La respuesta puede tener matices, pero sin duda Alberto Ruy Sánchez encaja en todos ellos. El siguiente ensayo, que forma parte del homenaje que la FIL le rinde al escritor y editor mexicano, repasa la historia de amor entre el creador de la saga de Mogador y su biblioteca.

Alberto Ruy Sánchez. Fotografía cortesía de Milenio.
Uno de los males benignos de leer diccionarios es que, fatalmente, uno acaba por creer que ciertas palabras sufren de insuficiencia cardíaca. Todos sabemos que, cuando se presenta un desequilibrio entre la capacidad del corazón para bombear sangre y las necesidades de órganos y músculos, nos llegan como heraldos negros la falta de aire, el cansancio y la dificultad para respirar estando tumbados. De la misma forma, cuando una palabra no expresa los múltiples matices que caben dentro de ella, cuando se muestra incapaz de recoger las sutilezas que la tradición o los siglos de uso le han ido impregnando, experimentamos una falta de aire idiomática, una insuficiencia lingüística, una carencia que nos impide nombrar con exactitud los hechos del mundo.
Si ustedes consultan el diccionario académico de 1936, descubrirán que la bibliofilia se define como “la pasión por los libros, y especialmente por los libros raros y curiosos”, y que un bibliófilo es “el aficionado a las ediciones originales, más correctas o más raras de los libros”. La consulta de una edición más moderna del DRAE, pongamos por caso la de 1989 —aunque también podría ser la del 2014—, no cambiará ese panorama: el lexema semántico en ambos casos es el mismo, salvo porque los redactores decidieron añadir en la edición del 89 que un bibliófilo es, “en general, persona amante de los libros”.
Tal vez llegó el momento, no de intentar nuevas definiciones, sino de hacer más ricas y complejas las que ya existen. En un sentido lato como el que nos ofrece el diccionario académico, Alberto no es un bibliófilo. Pese a que tiene libros de una subyugante hermosura y a que en su biblioteca no faltan las piezas extrañas o curiosas —pienso ahora mismo en una investigación sobre el chile de árbol, impresa en Guadalajara en el siglo XIX, o en un libro de Kenzaburo Oé sobre suicidios colectivos en el Japón—, me sentiría faltando a la verdad si lo definiera como un coleccionista de libros antiguos, de primeras ediciones o de manuscritos ajados, misteriosos. El propio Alberto dice que la suya es apenas “una biblioteca de trabajo”, a despecho de que alberga más de quince mil libros y a que arquitectónicamente sea una de las más bellas que yo conozco.
Justamente de allí proviene mi insatisfacción con el significado tradicional de bibliofilia y bibliófilo: nunca entendí por qué debíamos usar esas palabras solo para los amantes de los libros, en detrimento de quienes conciben y fabrican esos libros o, si estamos de acuerdo con esta ampliación semántica, de quienes se han preocupado por construir bibliotecas que son, además de repositorios de textos, pequeñas joyas de la arquitectura.
Si consideramos la obra de Alberto bajo la luz extendida de esta definición, no cabe la menor duda de que es un bibliófilo. Por ser tan conocida, no me detendré en la extraordinaria labor que él y su esposa, Margarita de Orellana, han realizado al frente de Artes de México. Tan solo diré que sería imposible escribir una historia de las artes gráficas, del diseño y de la tipografía en América Latina sin dedicar al menos un capítulo a la ingente influencia de una revista que ha sido editada con —no se me ocurre otra expresión— celoso mimo.
Permítanme citar un ejemplo a este respecto. Cuando Alberto y yo nos conocimos, presencié una discusión telefónica que tuvo con Magali Tercero, entonces jefa de redacción de Artes de México. Magali insistía en que si el nombre de un autor tiene abreviaturas —H. L. Mencken, H. A. Murena— resultaba forzoso añadir un espacio blanco después de cada mayúscula. Alberto, con no menos entusiasmo, sostenía lo contrario: que, en aras de la elegancia tipográfica, debía suprimirse ese espacio y, mientras le decía lo anterior a Magali, iba buscando entre los estantes de su biblioteca el Manual de estilo de la lengua española de José Martínez de Sousa para ilustrar, con la ayuda de un experto, la firmeza de su punto de vista.
Aquí no importa dilucidar quién de los dos tenía la razón, suponiendo que alguien pueda tener una opinión definitiva en asuntos de ortotipografía. Lo que me interesa destacar es el hecho de que un par de editores como ellos dediquen veinte minutos, media hora de sus vidas a debatir sobre una cuestión que a la mayoría de los lectores les parecerá insignificante. ¿Qué más da si las mayúsculas y el punto van pegados o separados de la siguiente mayúscula en un nombre compuesto como V. S. Naipaul?
Se dice que un día, en su estudio, el arquitecto sir Edwin Lutyens revisaba los planos para un edificio que uno de sus ayudantes estaba terminando de bosquejar y que, alarmado por un detalle menor en los dibujos, tuvo una especie de sobresalto. Por lo visto, la posición de una ventana afectaba la simetría de la fachada trasera de la construcción. El ayudante, atónito, alegó que eso no suponía un problema; al fin y al cabo, la fachada estaba destinada a formar parte de un patio interior y nadie podría apreciar la incongruencia. Dicho de otro modo, nadie nunca podría ver esa ventana desde fuera. Lutyens, sin inmutarse, le respondió:
—Dios sí podrá verla. Rectifique eso ahora mismo.
Esta anécdota, referida por Óscar Tusquets en un libro espléndido, siempre me hace pensar en Alberto: a él lo apasiona encarar la hechura de un libro como si en cualquier instante Dios mismo fuera a bajar de su elíseo y convertirse en árbitro del mérito editorial. Recuerdo mi pasmo, una vez que visitamos el taller donde se imprimía Artes de México, al ver que hacía repetir un pliego completo debido a que notaba una variación del ¡4%! en el color negro. No estoy seguro de haberle dicho que a mi ojos ese altibajo era indetectable, pero si lo hubiera hecho sin duda que hubiera recibido una respuesta como la del arquitecto inglés.
Aunque podría acumular anécdotas similares —por ejemplo, el malicioso uso en algunos libros de Artes de México de la caligrafía de Leonardo da Vinci, cosa que al parecer nadie ha notado hasta el momento—, he recordado la figura de Lutyens por un motivo distinto.
En escritos diseminados por aquí y por allá Alberto ha subrayado que, contra lo que presupone el lugar común, hacer un libro admirable no depende de tener un presupuesto generoso, sino de pensarlo como una obra de arte, inmune o al menos refractaria a ese vocabulario popularizado por la mercadotecnia. Si un libro solo es “un producto”; si una librería se reduce a ser “un punto de venta”; si una editorial es nada más que “un negocio”, ¿qué queda al final del día de una actividad que mezcla en partes iguales, indivisibles, lo material y lo espiritual, el deseo de ganarse la vida y el deseo de embellecer el mundo? En Bogotá, en Ciudad de México, en Madrid, en Cartagena de Indias, en Guadalajara y en tantos otros lugares donde hemos coincidido, Alberto me ha reiterado que esas filigranas obsesivas en que nos consumimos los editores, esas discusiones eternas sobre la importancia de una coma o un paréntesis, no son una variante de la neurosis, ni materia de psicoanalistas. Son, para usar sus propias palabras, “nuestro impulso inclaudicable hacia la belleza”. Y aunque él no lo ha dicho, estoy seguro de que no se sentiría traicionado si lo pongo a repetir, en compañía de John Keats, que “A thing of beauty is a joy for ever”.
Dije atrás que la biblioteca de Alberto era una de las más hermosas que yo conozco. Discúlpenme si la comparación resulta atrevida, pero para mi gusto su biblioteca rivaliza en atractivo visual, en belleza plástica, en magnificencia arquitectónica, con la Capilla Alfonsina. De hecho, la similitud es tan notoria que varios amigos que conocemos la biblioteca de Alberto y que nos hemos deleitado con su colección de chapulines, con sus puertas secretas, con su alfabeto hecho por artesanos mexicanos, con la piedra de ónix que preside el espacio como un guardia nocturno, con sus techos altos “para que las ideas se formen como nubarrones”, según le gusta explicar a él mismo, y con sus cientos y cientos de volúmenes, nos referimos informalmente a ella como “la Capilla Albertina”.
Una cantidad inmensa de lo que ha salido en Artes de México o ha desembocado en novelas como Los nombres del aire o en ensayos como Tristeza de la verdad: André Gide regresa de Rusia, tuvo su pistoletazo de partida, su chispa inicial, su punto ígneo, en esa biblioteca. Cuando uno recorre sus dos plantas advierte por todas partes rastros de las múltiples pasiones que abrasaron a Alberto en el pasado: allí podemos encontrar los más de sesenta libros que tiene de Pier Paolo Pasolini; allí podemos toparnos con baldas y baldas de libros sobre Octavio Paz y Rainer Maria Rilke; allí podemos ver lo lejos que lo ha llevado su morosa delectación por el mundo árabe.
Es importante añadir que, si esa biblioteca ha sido una continua fuente de asombros para Alberto, en no menor medida también lo ha sido para sus visitantes. Haciendo una lista terriblemente exigua, en ella yo pude descubrir cosas tan dispares como la prodigiosa cerámica de Mata Ortiz, las caligrafías portentosas de Hassan Massoudy, los alucinantes grabados de Joel Rendón, los eruditos tratados de Luce López Baralt, la juguetona poesía de Orlando González Esteva y un libro que no puedo dejar de mencionar, dada su creciente importancia para entender las turbulencias de nuestro desgarrado mundo: La enfermedad del Islam del profesor y poeta tunecino Abdelwahab Meddeb.
La imagen tradicional del bibliófilo a veces se superpone con la del avaro: alguien que —nótese el verbo— atesora libros. Alberto ha hecho algo que está en las antípodas y es infinitamente mejor: no solo idear libros deslumbrantes, no solo descubrir autores ignotos, no solo conquistar territorios artísticos desconocidos, sino ponerlos al alcance de nuestra mano. De muchas formas, nos ha demostrado que la generosidad también es un nombre de la belleza. Por sí mismo, ese hecho bastaría para justificar el premio que hoy se le concede y para ampliar el significado de lo que es la bibliofilia. Sin embargo, yo quiero pedir algo simultáneamente más modesto y más ambicioso:
Que larga —y todavía más fecunda— sea la vida para él.
Mario Jursich Durán
Periodista cultural, poeta, escritor y traductor. Es director y miembro fundador de la revista El Malpensante.