Dicloro-difenil-tricloroetano para uso familiar

Ilustración: Estelí Meza

Parecía vivo, pero no: el zanate estaba muerto. Mobiliaria pensó que se quitaría al pasar, pero se quedó quieto y ella casi lo pisa.

Qué día tan cansado. Olvidó agendar tres citas y tuvo que ir con el doctor Marcos para explicarle la situación. Sabía la reacción que tendría, pero necesitaba decirle la verdad porque no era una mentirosa. El doctor dijo que no había problema. Pero no la miró, apretó el juguete al que se le botan los ojos. Se imaginó que el doctor se imaginaba que el juguete era ella. El dolor de estómago por el estrés le causó una diarrea fulminante, pero afortunadamente corta. A eso se le sumaron unas náuseas que le causó el encontrar una cucaracha muerta en el baño. Alguien la aplastó a la mitad, sus vísceras blancas derramadas como grasa seca. Pero luego fue pero porque no estaba muerta: cuando intentó agarrarla con papel de baño, ésta movió las patas que todavía no tenía rotas con todas sus fuerzas, como queriendo escapar todavía de la bota que la partió a la mitad. Y luego de eso, las llamadas de pacientes que no acabaron: de laboratorios con resultados, pruebas, citas; de más enfermos que la trataban como si ella fuera la apestosa; de amigos del doctor que no sabían su nombre a pesar de llevar años en el consultorio; de la familia del hombre que pensaba que era su sirvienta personal… Y después el regreso caminando y luego en camión y luego caminando de nuevo y luego en tren y luego caminar y caminar y esquivar más cucarachas y escarabajos y una mariposa negra que se le enredó en el cabello y el pájaro muerto que, ahora que lo pensaba, no sabía si lo estaba realmente porque quizás, tal vez, al entrar, lo vio mover una ala, el ojo fuera de su cuenca, siguiéndola.

Aún tenía que hacer la cena para ella y Ismael, su hijo. Le gritó que saliera de su cuarto para ayudarle a poner la mesa. Pensó que más bien debería decirle que él debería hacer la cena porque acababa de cumplir quince años: ya estaba grandecito como para empezar ahora sí a cocinarse. Además quién sabe cuándo ella podría faltar y él no sabría hacer nada.

*

Ismael había estado en su cuarto, pero ya no. La cama estaba deshecha y la computadora prendida. Se horrorizó al ver que estaba viendo una narcoejecución. Ya lo había cachado antes haciendo eso, yendo a la sala a poner la mesa para la cena. Sobre todo le daba coraje que usara su computadora que tanto le costó comprar para eso, porque muertes ya había por todos lados: que el perro atropellado, que el vecino apuñalado, que el conocido golpeado por quién sabe quién en medio de la noche, que las ardillas torturadas, que el gato inmolado. Se lo diría cuando lo encontrara, además de darle un zape. Cuando lo encontrara, porque no estaba en el cuarto definitivamente. Su mochila estaba ahí, junto con sus libros, libretas y hasta su celular, pero Ismael no. Nada vivo: ni la araña que antes vivía en el techo de su cuarto, y que el niño se negaba a matar que porque le ayudaba con los moscos. Ahora estaba volteada, con las patas prensadas como si la muerte doliera aunque fuera silenciosa, en su cama.

Tocó la puerta del baño, pero abrió de inmediato: ya sabía que no estaba ahí porque hubiera puesto seguro. Dentro sólo había cucarachas, cochinillas y mosquitos muertos. Tenía que limpiar ya, pronto. Los cadáveres se seguirían apilando. Sin moverse, volvió a llamarlo. Y nada. Entonces salió, caminando más apurada. Pisó cadáveres de mosquitas de fruta en su camino. Abrió la puerta de la entrada y gritó su nombre una vez más.

*

Sacó su teléfono y le escribió, pero en lugar de marcar dos palomitas, el mensaje marcó una: no llegó a su destinatario. Lo llamó y contestó una grabadora diciendo que el número estaba fuera de servicio. La escuela; ahí sabrían algo. No era la primera vez, seguro, que un chavo se les perdía, que se les iba de pinta. Contestó el vigilante. Especulación se llamaba, si recordaba bien. El hombre fue amable. Se ofreció a recorrer la escuela y a checar las cámaras después de decirle que sí lo vio despedirse de sus amigos y tomar el camino hacia casa, como siempre. La llamaría de vuelta si sabía algo. Entonces contactó a Cráneo, uno de los muchachos con los que más se juntaba. De los menos peores. Era tranquilo. No estaba el día de la paloma. Contestó después de unos segundos: no había visto a Ismael más que al salir de la secundaria, pero preguntaría por él. Intentó con Clavícula, a quien no quería para nada, ni él tampoco a ella. A pesar de su edad, Clavi, como Ismael lo llamaba, seguía torturando bichos. Su hijo le contaba cómo les quitaba las alas y los tenía todo el día junto a él, presos con un hilo, hasta que se aburría y los aplastaba con el zapato. De todos modos, mejor que estuviera con él a que no. Pero no contestó. Tal vez sí estaba con él. Y si estaba con él, seguro llegaría pronto porque ya habían hablado sobre eso. Ya habían pasado cosas… e Ismael prometió ya no hacerlas más. Llegaría. Hizo la cena para distraerse, entre el vuelo de más moscas de la fruta, pero también moscas negras y de las iridiscentes, de las panteoneras, y hasta una típula que no dejaba de chocar con su cabello.

*

La mañana llegó sin Ismael. Mobiliaria se quedó dormida en la entrada del departamento, esperando. Su rostro estaba picado por los mosquitos que se alborotaron con la humedad nocturna. Los mató como si en su dolor le fueran a decir el paradero de su hijo. Contactó a otros amigos de su hijo y hasta a amigas de ella. Nadie lo había visto. Entró de nuevo a su casa para mojarse la cara, pero antes regresó al cuarto del niño. Lo sintió como el de un extraño. Todo estaba ahí, pero fuera de lugar, en desorden. ¿Había sido ella quien lo dejó así? Y el olor como a carne podrida. ¿Era el cuarto el que estaba muerto o algo en él?, ¿alguien? Volvió a moverlo todo, a mirar abajo de la cama, de los muebles, entre las cobijas, en el clóset, entre las cobijas, abajo de los muebles, abajo de la cama, abajo de la cama. Quizás tenía que buscar mejor.

Con las horas se resignó a ir al Ministerio Público a cumplir una de sus peores pesadillas: denunciar la desaparición de su hijo. Estaba tan sola y el mundo era tan grande. ¿Cómo iban a encontrarlo si ella a veces sentía que se perdía regresando a casa? Se sentó en el sillón y se restregó las manos en la cabeza. Las moscas que sus nalgas aplastaron ayer ya no estaban. En su lugar había piel muerta y cabellos y los parásitos que viven en los cabellos.

Su muslo vibró. Dio un salto y un grito y sacó su teléfono. La pantalla marcaba número desconocido. El estómago se le hizo un vórtice de carne molida. Contestó con cortesía. Una voz fingidamente aguda le respondió de igual forma. Sonaba como si le doliera impostar. Era como una voz de doblaje de animal de Disney, si el animal estuviera envenenado. Le dijo que Ismael estaba con ella. A su lado. Mobiliaria preguntó quién hablaba, pero la voz la ignoró. Le contestó que Ismael estaba bien. Que estaba trabajando muy duro. Pero no para ganar dinero o algo. Para sobrevivir y para divertirse. Mientras, ella no decía nada. Frente a ella, el ratón tullido se arrastraba, intentando cruzar la sala de un mueble a otro. Ella lo veía sin verlo. Estaba vacía, seca, desangrada sin derramar una gota de sangre. Finalmente, la voz le dijo que no se preocupara tanto porque Ismael era muy bueno y obedecía bien, pero si Mobiliaria quería volver a verlo, tendría que hacer una cosa especial.

*

El Ministerio Público olía a cloro. De todos modos el piso estaba lleno de moscas muertas y palomillas con las alas destrozadas, caminando e intentando de pronto sacudirse las heridas. También había una abeja que volaba desesperada contra los cristales. La gente le huía como si fuera la criminal por la que se encontraran en ese lugar.

Cuando la atendieron, pasó lo que ya esperaba, lo que contaban las leyendas. Entendió cómo se siente la gente que pide dinero y que le responden con un “ahí a la próxima”. La mujer que la atendió, aunque amable, le dijo que lo mejor sería que esperara porque en estas épocas muchos jóvenes malcriados se escapan, buscan vidas mejores, menos aburridas, con más vida, con menos suciedad, que no quieren trabajar, envejecer, sino ser diferentes, mejores que sus padres. Mobiliaria insistió que su hijo no era así. Era alguien normal. La funcionaria levantó los hombros y le pidió acta de nacimiento, una foto reciente, señas particulares (un lunar, una cicatriz), y último lugar donde lo vió (saliendo hacia la escuela). Al final, la mujer le dijo que, por el momento, sólo podía esperar a que se distribuyera la alerta. Sabría algo si sucedía algo. Eso sería todo, por el momento. No insistió más porque había mucha gente esperando su turno detrás de ella. Y no lo hizo por esas personas, sino por la mujer. Sabía que su actitud era, en parte, por el exceso de trabajo que tenía ese día. Estaba anestesiada: hacía las tareas que tenía que hacer. Sentir empatía por una madre de entre muchas que buscaba a su hijo no era una de ellas.

Saliendo del lugar, Mobiliaria recibió otra llamada de un número desconocido. Era la misma voz de antes. Al fondo sonaban animales. ¿Eran pájaros dolientes? ¿Eran monos? Le dijo que por qué había hecho eso. Eso, ir ahí. No era necesario. Ya le había dejado muy claro que Ismael estaba bien. Estaba en un lugar, no desaparecido. La voz le pidió que no lo volviera a hacer. Mobiliaria volteó hacia todos lados. ¿Quién la observaba? Nadie hablaba por teléfono. ¿Estaría dentro del edificio, en una de sus cientos de ventanas en donde no era posible ver el interior? ¿Sería acaso la mujer?

La voz le pidió que caminara a su casa sin voltear a los lados. Un perro le empezó a ladrar furioso. La voz le dijo que no hiciera caso, pero lo hizo. El perro se quedó ladrando donde estaba porque tenía las patas traseras inservibles, como si fueran dos colas más en lugar de lo que eran. La voz esgarró y escupió un gargajo. Ella le preguntó qué quería. La voz le contestó que no era momento para esa respuesta, que solo quería que se alejara de donde estaba porque no valía la pena, pero que ya podía colgar. Ella obedeció y tomó el primer autobús a su casa. Estaba llenísimo. Olía a sudor y humedad. Un animal revoloteaba entre las piernas apretadas de los pasajeros. O muchos. Era, quizás, una nube de mosquitos perdidos.

*

Bajó unos minutos después, segura de que la seguían observando. Quiso con todo su cuerpo que Ismael estuviera en casa cuando ella abrió la puerta, pero la recibió el mismo vacío lleno de cadáveres pequeños. Había más, incluso: el ratón herido estaba inmóvil en medio del pasillo. Junto a él, casi como una muerte colectiva, había tres o cuatro cuerpos de esas cucarachas pequeñas que ella tanto odiaba. Recorrió la casa de nuevo, pero igual no lo encontró. Para pasar el tiempo, barrió y trapeó y sacudió y talló el piso para que quedara más nuevo que nunca, aunque nunca lo iba a lograr. Al final se quedó dormida en el piso.

Soñó con Ismael descuartizado. También con Ismael inflado junto a la carretera. Lo soñó pidiendo ayuda. Lo soñó amarrado a una cama, sangrando de lugares donde no debería. Lo soñó con cuerpo de cucaracha, siendo aplastado por un pie desnudo; lo soñó con cuerpo de ratón, atrapado en una trampa de pegamento, arrancándose pedazos de piel y extremidades mientras intentaba zafarse de su muerte; lo soñó como un ave chocando contra un cristal, destrozándose el cráneo; lo soñó como mosquito aplastado, como mosca explotada, como perro atropellado, como gato crucificado, como cucaracha, como animal, como insecto, como muerto, como vivo que no se muere, como vivo que se quiere morir, como vivo que no sabe que se puede morir. Soñó que ella le hacía todo eso.

*

Tocaron a la puerta. No era nadie. Pero sí algo. Un papel. Un sobre. Rojo, con un sello de cera negra. Dentro tenía otro papel, grueso, duro, que olía a grasa quemada. Era piel. ¿De qué? El papel tenía un número telefónico anotado con patas de insectos: grillos, cochinillas, moscones, mariposas.

Marcó. Ismael contestó. Histérico. Llorando. Le rogó que lo salvara, que fuera por él. Lo quiso consolar. Le dijo que esperara. Que no se preocupara. Que lo amaba. Temblaba tanto que se le cayó el teléfono. Lo levantó rápido, pero Ismael ya no estaba al otro lado del teléfono. Era la voz que tenía secuestrado a su hijo. Se imaginó una ardilla herida hablándole antes de morir. Ésta felicitó a Mobiliaria por aislarse y por abrir el sobre. Le dijo que, gracias a eso, podrían comenzar con el proceso de liberación.

Eran tres sencillos pasos.

El primero era fácil y casi inofensivo: tenía que hacer llorar a un niño. En menos de veinte minutos. Y colgó. Mobiliaria marcó de nuevo porque ahora sí estaba convencida de que era una broma. Pero la contestadora le dijo que el número no existía. Lo checó de nuevo en el pedazo de papel duro, pero las patas, los cadáveres, ya se había despegado, y formaban una pila de muerte mínima en el suelo.

*

Le tomó diez minutos llegar al parque que quedaba cerca de su casa, aunque parque era mucha palabra para el tamaño y condición del área verde. A esa hora no había más que un par de niños. Tomó el camino de arcilla que llevaba al centro, donde quedaba una resbaladilla oxidada y un pasamanos. Cadáveres, momias de tiempos mejores. En medio de los juegos encontró a dos niños. Tendrían a lo mucho 9 años. Usaban la misma ropa escolar. Uno de ellos fumaba. Estaba en cuclillas, rodeando algo en el piso que tocaban y pateaban intermitentemente.

Mobiliaria se acercó y les preguntó qué hacían. Dijeron que nada. El del cigarro quiso terminar la conversación aventándoselo. Ella aprovechó el insulto para reaccionar. Les gritó que no tenían nada que estar haciendo ahí, que eran unos vagos, unos inútiles, que sus papás y mamás seguro estaban avergonzados de ellos. Los niños, en lo bajo, repetían que no era cierto. Al tenerlos de frente, vio por fin lo que miraban antes de que llegara: un cacomixtle mosqueado, torcido en el suelo. Los gritos siguieron. Les dijo que eran unos salvajes, unas mierdas por matar a un pobre animalito que no tenía nada en contra de ellos. Los niños gritaron también, negando el crimen. Gritaron y lloraron al mismo tiempo como sólo los niños pueden hacerlo, desgarrando el aire, entrando directo, profundo a la calma de los adultos. Se fueron corriendo entre sollozos.

Mobiliaria se agachó hacia dónde quedó tirado el cadáver del animal. Las moscas volvían a él. Le pidió perdón mientras resistía las ganas de acariciarlo. Entonces sus ojos notaron la silueta en el suelo que el cacomixtle había dejado en el lugar donde estaba cuando los niños lo rodeaban. El suelo, amarillento y negro y también con moscas y escarabajos muertos, tenía un número telefónico escrito con los cadáveres. Lo marcó y contestó la misma voz de siempre. Estaba feliz. Felicitó a Mobiliaria por su buen trabajo.

La voz, que ahora sonaba como una rata siendo golpeada por una escoba hasta quedar aplastada en el suelo. Le dijo que le daría un regalito y calló. Al fondo de donde estaba, entre ecos y sonidos de agua corriente, escuchó a Ismael. La llamaba llorando, implorando. Luego rió como si no pudiera aguantar la broma. La voz volvió para decirle que era un incentivo para la siguiente prueba: tenía que golpear a un niño. Hacerlo sangrar. Tenía media hora. Colgó.

Los niños no estaban. No había nadie más que ella en la calle. Y el cacomixtle y los escarabajos y otro zanate ya hecho puro esqueleto y cucarachas pisadas y envenenadas y ratas tullidas. Desesperada, tomó un taxi al centro de la ciudad, donde seguro habría niños en las calles, entre las alcantarillas, niños que nadie lloraría o defendería de sangrar un poco. Pero tenía que llegar rápido y el conductor no se apuraba. Cruzó miradas con él por el retrovisor. Varias veces. ¿Sería uno de los secuestradores? El taxista le preguntó adónde se dirigía tan guapa. Ella pensó hasta ese momento en su aspecto. Pero el taxista insistió que, con todo respeto, era una mujer muy atractiva. La luz se puso roja y el taxista se giró sobre su asiento para sonreírle. Mobiliaria miró más allá de él y vio su salvación. Le dejó dinero, más de lo necesario, y salió del auto. Un niño vestido de payaso intentaba malabarear unas naranjas frente a los coches. Estaba solo. Nadie le dio dinero. Dio la luz verde y él regresó a la esquina de la calle donde tenía armado su lugar. En ella había un trapo, una botella de agua, más frutas redondas y una lata de solvente.

Ella ya tenía las manos cerradas, listas para golpearlo. Pero algo no la dejaba. La culpa. A pesar de la mugre y el maquillaje y la expresión de indiferencia, vio a Ismael en él. Recordó cuando le dio una golpiza por haberle descubierto un cigarro de marihuana en su ropa. Sintió de nuevo la culpa que la achacó después de dejar amoratado el cuerpo de su hijo. Las manos le dolieron con la promesa del choque entre huesos y piel del niño que ahora tenía frente ella. Y supo algo: no lo haría sangrar con sus propias manos. No era tan fuerte ni su cuerpo le daría tanta fuerza Pero vio su arma: la lata de solvente. Si le acariciaba la mejilla con su borde abierto y filoso… Sin anunciarse, dio un paso hacia ella. El niño se tensó. Vio qué era lo que quería esa mujer extraña. Se lanzó hacia ella, pero Mobiliaria fue más rápida. La tomó y forcejearon. La gente que pasaba en sus coches los miraba hasta sonriendo, pero ninguna se detuvo: no querían tener que ver nada con eso. Se zafó del niño. Pero aún no triunfaba. Cerró los ojos y lo golpeó con la lata. Sintió el cuerpo. Sintió la piel rasgarse. Y luego el grito. El niño estaba en el suelo. Se agarraba la cabeza. Corrió antes de golpearse a sí misma con la lata.

Se detuvo cuando los pulmones le ardieron. Y los ojos. Porque lo que vio en el niño la atacaba: no era la primera vez que sufría, una parte de la piel de su brazo era muy rosa y brillante. Algo lo había quemado. O alguien.

Otro número. Marcó animada. Completó la segunda prueba, y sólo faltaba una más. Una, y su hijo estaría con ella. La voz le contestó como si estuviera recibiendo placer antes de morir. Felicitó a Mobiliaria. Le agradeció muchas veces. Se disculpó por no poner a Ismael en la línea, pero la razón le gustaría: como premio a ella, lo dejó dormir por primera vez desde que llegó a donde estaban. Al fondo se escuchaban jaurías de perros y gatos, como si pelearan a muerte. Mobiliaria contuvo un gemido de dolor. Ya casi acababa todo.

La voz le explicó la última prueba. Le dijo que era un trato justo: una vida, la de Ismael, por otra. No era tan difícil. Le dijo que pensara a su víctima como un animal. Una peste: una mosca, un mosquito, un perro sarnoso, un gato manco, un tlacuache atropellado. Y ya. Fácil.

Tenía una hora.

*

Vio tantos niños. Vio tantos, pero con ninguno pudo. No podría. No era así. Mobiliaria nunca mataría a nadie. Arrojó lejos su celular y lloró y lloró y lloró y lloró hasta que pensó que alucinaba, porque la voz llegó de nuevo.

La escuchó debajo de ella, como si saliera del suelo mismo. Estaba furiosa. Gritaba. El asfalto vibraba tanto que una hilera de hormigas muertas temblaba ante ella. Sonando como un Bambi furioso, a veces con voz grave y a veces con voz aguda, le dijo que era su culpa que se llevara a Ismael. Que era una inútil. Una alimaña. Que despertaba y comía y cagaba sólo para ensuciar más la suciedad. Que su hijo estaba avergonzado de ella como madre. Que la deseaba muerta.

A pesar de todo, la voz le daría una última oportunidad porque había actuado bien en las dos pruebas anteriores.

Ya no tendría que matar, sino encontrar el ojo derecho de Ismael, escondido en un bote de basura de las calles de la ciudad. Cuando lo hiciera, le devolvería a su hijo y le pondría su ojo de vuelta. No le daría más pistas: era el precio por negarse a matar. Sin prisas.

Regresó a su casa, tomó todo el dinero que tenía guardado, junto con una mochila con chamarras, agua y dos cambios de ropa. Así pasó días en la calle. Buscó en todos los botes de su colonia. En los pequeños, en los de casas y hasta en los enormes contenedores de negocios y centros comerciales. Sus manos apestaron y su cara y ropa se llenaron de mugre. El fermento acabó con su piel. Su cabello se volvió duro de cochambre y cosas sin nombre. Se acostumbró a los cadáveres de tantas cosas que había en la basura. No solo ratas y ratones y gorriones y cucarachas y cochinillas y mosquitos, también animales de casa como perros, gatos, hámsters, pericos, arañas, iguanas, serpientes y sobre todo muchos pescados. Aprendió a reconocerlos por su olor y tacto sin siquiera haberlos sacado todavía. Lloraba mientras lo hacía. La gente empezó a temerle, a decir que ahí estaba otra vez La Buscadora, anunciando cosas terribles para el barrio mientras rascaba y se metía entre lo que nadie quería ver, oler, escuchar, sentir cerca. Le temían tanto como le tenían lástima. El resultado fue que si no le arrojaban unas tortillas que devoraba como animal, con las manos y la boca sacando espuma, la ignoraban.

La casa se cubrió de polvo. No tenía tiempo para limpiarla. Apenas y volvía para dormir, a veces. Cortaron el agua, la luz y el gas. La tomaron los bichos que había combatido por tanto tiempo. La cocina desapareció: en su lugar había paredes, trastes y gabinetes hechos de cucarachas. El suelo se hizo negro de tanta caca de ratón. Los baños eran criaderos de moscos. Los cuartos estaban llenos de fantasmas: siempre, todo el tiempo, polillas y moscas volaban contra las paredes, el techo, ellas mismas.

*

Un día quiso entrar y unos extraños se lo impidieron. Sus ojos de sangre brillaban en la penumbra. Olían a fruta fermentada. Al fondo se escuchaba como si un animal gigante rascara las paredes de todo el edificio. No volvió a intentar entrar.

El tiempo dejó de ser y se convirtió sólo en espacio que cambiaba. Seguía arrastrándose y tentando todos los rincones en busca de señales del niño. ¿Cómo se llamaba? Igual tenía que encontrarlo. Su felicidad aún podía sobrevivir. Veía a otras madres pasar junto a sus hijos o pelear o quererse y se imaginaba que así sería ella después de que todo pasara. Estarían tanto tiempo juntos que, con el tiempo, esa separación sería una mentira, nunca habría pasado. Y recordaría su nombre. Para eso, sin embargo, se decía que no podía parar, que tenía que buscar y buscar y buscar y levantar basura y quitar cadáveres y levantar desechos y buscar y buscar y comer de lo que encontrara y tirar su dolor y buscar y buscar y buscar y buscar hasta que eso fue lo único que recordaba de la búsqueda: que era importante hacerla.

Muchos botes de basura después, Mobiliara todavía buscaba. Ya tenía tiempo que no distinguía formas. Su vista se había deteriorado de estar tan cerca de objetos que no deberían mirarse de cerca. Su manos se habían deformado en garras con uñas saliendo por doquier a causa de tantos cortes, golpes y quemaduras. No recordaba su voz si no era en quejidos. Y de todas formas, seguía buscando. Hurgaba entre baterías abandonadas, enlatados podridos, vidrios rotos, papeles sucios y sobre todo de cucarachas envenenadas y ratones destripados y zanates y gorriones descuartizados y caracoles aplastados muertos, llenos de moscas y de gases que de todos modos acababan dentro de su boca, triturados por los pocos dientes que le quedaban, digeridos por el estómago lleno de cicatrices.

Encontró algo que se sentía como chicle, pero que también podría haber sido el cadáver de un ratón o un gorrión. Ah, quizás era eso: un pajarito recién nacido, el cadáver de un pajarito recién nacido que se cayó del nido, o su madre lo tiró. Lo tomó y se lo metió a la boca. Aún sabía a algo. Lo tragó. Se sentó cerca para disfrutar su bocado. Entonces pasó algo: una mujer bien vestida y limpia y normal, como la gente que hace mucho ya no le importaba, metió las manos completas en el bote y sacó todo lo de su interior. Pero no encontró lo que buscaba y se alejó rápido, desesperada. ¿Qué estaría buscando esa mujer? Algo muy importante, a juzgar por su rostro.

Mobiliaria tuvo una revelación: ella también buscaba porque había perdido algo importante. Pero no podía recordar qué.

La mujer, al menos, le facilitó el trabajo: Mobiliaria se agachó entre los restos de basura y comenzó a seleccionar lo que le servía: comida a media podredumbre, servilletas no tan sucias, un objeto redondo, húmedo, suave. Su vista se aclaró, como si sus propios ojos estuvieran descansando del mundo solo para volver a mirarlo en ese momento. Parecía un ojo. ¿Un ojo? Un ojo que parecía real, ¿pero cómo iba a serlo entre tanta basura? Pero parecía tan real que sintió cómo lo miraba de vuelta, como si siguiera vivo. Eso le dio cosa, vergüenza de ser vista por ese juguete o pedazo de cuerpo que la metería en problemas si lo siguiera viendo, así que lo puso con cuidado de nuevo en el bote de basura. Alguien que caminaba detrás de ella se aguantó una carcajada y siguió su camino, pero ella no pudo verle el rostro. El mundo material se volvió opaco de nuevo.

Enrique Urbina

Escritor.

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Publicado en: Ciudad de libros