Diamela Eltit. Leer el mundo, escribir en sus márgenes

Es el último día de Diamela Eltit en la Universidad de Cambridge, después de un año de ocupar la cátedra Simón Bolívar. Desde su oficina en el Centro de Estudios Latinoamericanos lee en su computadora las últimas noticias sobre Mario Vargas Llosa, quien alguna vez ocupó la misma cátedra, al igual que Carlos Fuentes y Octavio Paz.

Diamela cuenta con humor lo que publica la revista Hola: el Premio Nobel de Literatura 2010 ha iniciado una relación sentimental con Isabel Preysler, la ex esposa del cantante Julio Iglesias. “El escritor ahora necesita ser más mediático, a través del escándalo, la pataleta… el ego de la gente que escribe es muy débil en general”.

http://www.premioaltazor.cl/

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Diamela Eltit González (Santiago, 1949) prefiere los márgenes: no tiene agente literario ni cuenta en Facebook –aunque confiesa que ha visitado los perfiles de otros escritores– y se resiste a limitar su opinión a los 140 caracteres de Twitter. Diamela no es una escritora best-seller, pero sus novelas forman parte de los programas literarios en universidades anglosajonas y los reconocimientos nacionales e internacionales. Las publicaciones de crítica literaria sobre su obra se han multiplicado en los últimos años. Actualmente, vive entre Santiago y Nueva York, en compañía de su esposo Jorge Arrate, ex ministro de Estado y candidato de las fuerzas de izquierda a la presidencia de Chile en 2009.

Considerada una de las figuras más representativas de la escena artística chilena de los años ochenta durante la dictadura militar de Augusto Pinochet, Diamela piensa que no ha sido testigo de grandes cambios desde entonces. “Estamos en un mundo más globalizado pero que permite ver cómo se repite lo mismo: la guerra, el hambre, las crisis, la corrupción que hoy día es el gran tema que atraviesa al neoliberalismo”.

Contra el hipermercado

Los clientes recorren velozmente cada uno de los productos: los observan y los palpan como si necesitaran desprenderse de todo el tiempo del mundo mientras me asedian con sus preguntas maliciosas. (Mano de obra, p. 255)

LC: ¿Cómo le hace un escritor para escapar del mercado?

DE: Bueno, es que hay de mercados a mercados, toda literatura necesita un mercado, sin mercado estamos jodidos. Pero otra cosa es el hipermercado, el mercado planteado por el neoliberalismo, donde consumes libros como puedes consumir un caramelo; es parte de tu status consumir libros, tener una casa con jardín, por ejemplo, es un detalle que conforma al sujeto. En mi caso particular, yo he trabajado toda la vida, he sido jefe de familia, he tenido que cumplir con muchos protocolos y en eso he sido bien rigurosa, pero la literatura no la quiero transformar en otra oficina de 9 a 3 y después tener que ir a esta feria porque ahí se presenta y voy a conseguir algo. Otro lado de mi vida ha estado muy profesionalizado, nunca he dejado de trabajar, aunque claro que me gustaría, es una pulsión anarquista, salir arrancando el mundo del trabajo, pero esas pulsiones más anarquistas las dejo en lo literario, ahí sí soy anarquista.

LC: ¿La literatura sería entonces tu espacio de más libertad?

DE: ¡Anarquista! no me filio ni al mercado ni al Estado.

Así, las esquinas de la plaza adquieren movilidad por los cuerpos apiñados que, unos sobre otros, conducen a un exterior. Pero no en su penetración, sino en su apariencia que, en el renombre, exudan deleite y reapropiados constituyen el escenario. (Lumpérica, p. 9)

Diamela Eltit suele situar sus historias en espacios de socialización estrechamente acotados, entre más pequeños, asfixiantes o cerrados, le resultan más atractivos: la calle en El padre mío (1989), el hospital psiquiátrico en El infarto del alma (1994) o la cama para Jamás el fuego nunca (2007).

La plaza pública como una zona de entrecruzamiento de cuerpos y clases sociales la atrajo desde su primera novela, Lumpérica (1983): “Me di cuenta de que la ciudad latinoamericana se construye sobre el modelo español alrededor de la plaza; segundo, que efectivamente yo pacté con una mujer en la plaza, no en la casa, ni cocinando, eso también fue más disruptor, sin contar todos los desplazamientos lingüísticos. Era una mujer en la noche, en el espacio público, así se quebró un poco el tema divisorio de lo privado y lo público, y produjo estupor a los pobres chilenos del mundo chico literario que tenemos, pero dije ‘¿qué voy a hacer?’, era lo que me interesaba hace años”.

a una hora determinada -al oscurecer- se enciende la luz

pública

todos los faroles relumbran en la plaza

cae la luz eléctrica sobre la plaza iluminada en sus costados

y mi lengua de madona toca su pecho de madona y lo moja

(Lumpérica, p. 23)

LC: Tu narrativa está volcada más hacia el otro que hacia el yo, ¿crees que esta búsqueda de la otredad en la ficción, como preocupación estética, está condicionada por tu experiencia de vivir bajo dictadura, o la de ser mujer?

DE: ¿Cuál sería la otra posibilidad?

LC: Las escrituras del yo, la literatura autobiográfica, por ejemplo.

DE: Sí, de hecho las escrituras de las mujeres fueron más autorreferenciales, pero a mí me interesó la ficción. La biografía está en los libros que ha escrito, no en lo referencial sino en el tiempo de escritura. Lo que ha sido mi vida está en los libros que he publicado. Yo vivo con mi vida, con mis recuerdos, con mi historia, que a mí me aburre un poco, entonces lo que me resulta fascinante es la interrupción de eso… Me parecería aburrido hacer una escritura para repasar lo que está todos los días en mi cabeza.

LC: ¿Por qué escribir sobre sujetos marginales en particular?

DE: Eso ya no lo puedo elegir, siempre he trabajado espacios más pequeños, más limítrofes.

LC: ¿Cómo te documentas para escribir o cuál es tu proceso de trabajo?

DE: No me documento. Sólo me documenté en un par de libros que no eran de ficción, tenía que pensar cómo abordarlos. En El infarto del alma tuve que leer para ver cómo abordaba el tema del amor y leí sobre el principio del amor en el idioma, es decir, cómo se formuló en castellano el amor. La poesía amorosa produce amor, no es que reproduzca sino que produce, entonces leí muchas poesías medievales, mozárabes,  jarchas y otros libros. Hay cosas que hago entrar en lo literario, por ejemplo, había leído el libro Las brujas, de Carlos Baroja, hijo de Pío Baroja, brujas quemadas por la inquisición; ahí los nombres de las quemadas eran muy interesantes, resonantes, entonces tomé nombres para personajes de mi novela, otras veces he robado títulos.

Pero detengo con gran dificultad mi lengua y entre una oleada de pánico recuerdo la traición. Caen sobre mí las mentiras con las que ocultaste la traición. Habrás de morir, aunque yo sé que tu muerte contiene la mía.

    —”Tu muerte contiene la mía” —te digo— “cuando se precipite el instante sangriento de tu cuerpo será idéntico a mi último momento pleno”. (Los trabajadores de la muerte)

LC: Te he escuchado referirte a la escritura como pulsión de libertad, de deseo y muerte a la vez, ¿qué significa escribir para ti?

DE: Pienso que tiene que ver con pulsiones, si bien es algo no enteramente espontáneo tampoco es totalmente controlable. Cada sujeto produce lo que su imaginario y pericia como oficiante lo lleven a producir, pero en general, para mí, la escritura interesa como sitio de la literatura. Yo no pienso que la literatura cambie el mundo, nada por el estilo, pero creo que se puede intentar y fracasar en ese intento. Ampliar un poco los espacios propios de la historia literaria, esa es la función, trabajar dentro del propio sistema literario. También la literatura es un discurso público.

Ser escritora no es lo mismo que ser escritor

Te solicité que se lo dijeras, te advertí cuánto me hundiré entre las gastadas cobijas de mi lecho y te aseguro que tu hijo se despertará únicamente para privarme del descanso que requiero.

Eso es todo. Piensa que permanezco a la espera del gesto que corrija el conjunto de mis inquietudes. Ah, piensa también en el frío que penetra por cada uno de los intersticios de la casa. (Los vigilantes, p. 48)

Ya en 1929 Virginia Woolf había advertido que para escribir, una mujer requería de independencia económica y de una habitación propia. Diamela coincide, pero sólo en parte. A diferencia de la escritora inglesa, ella nunca contó con una herencia y ha tenido que trabajar para asegurar esa libertad.

LC: ¿Consideras que hay diferencia entre ser un escritor y una escritora?

DE: En general es bastante más difícil ser escritora, no se puede comparar con ser escritor. Tienes que certificar la escritura doblemente, con más sello, tienes que resistir con mucha rigurosidad y lucidez, tienes que poner sobre la mesa qué quieres. En mi caso particular, yo quería la escritura más que la simpatía o que formar parte de grupos; yo no iba a ser la chica de los chicos. Era complicado porque no quería cambiar mi lugar para que la escritura siguiera siendo un goce, y no caer tampoco en concesiones que en último término me parecían amenazantes. Preferí una cosa completamente autónoma. Y, por supuesto, en el caso de la escritora, hay que tener la autonomía económica, pero no tanto en el sentido de Virginia Woolf, que era más clasista y tenía una herencia, pero sí tener el dinero para sostenerte y en ese sentido no ser dependiente ni de premios ni de nada, porque eso implica empezar a conceder, no necesitas hacer tráfico sexual de ningún tipo. Yo siempre tuve la independencia económica y eso sí que me sirvió. Lo tenía clarísimo; no ser millonaria, no, pero tener dinero para vivir. El trabajo también resguardó mi escritura, porque como trabajaba temprano tampoco podía salir en la noche. La vida bohemia, que me encanta, tuve que administrarla bien porque los ratos que tenía eran para escribir, tuvo que ser sacrificada en un punto. Lo mismo en cuanto a otras pulsiones de despilfarro de tu vida: salir y conversar, que también está muy bien. Fue así.

La escritura para las mujeres está más complicada en Latinoamérica, de eso no hay ninguna duda, ninguna.

LC: ¿De qué genealogía te sientes parte?

DE: Yo tengo una genealogía enorme porque estudié literatura y soy lectora, incluso lo que no me ha interesado ha sido importante para mí. Pero si tú quieres, a mí me importó una escritora chilena que se llama Martha Brunet, de principios del siglo XX, muy poderosa, con una inteligencia que sus textos ponían de manifiesto. José Donoso escribió un libro muy interesante que se llama El obsceno pájaro de la noche y otro que me parece interesante es Patas de perro, de Carlos Droguett. En el ámbito latinoamericano, un escritor que tal vez me resonó más como camino fue Juan Rulfo con Pedro Páramo, por cómo poetizó el sujeto popular. Y en términos de algo más extravagante, yo diría que Severo Sarduy, el escritor cubano neobarroco. Te estoy diciendo el menos cero, cero, cero, cero, coma uno, de todos los libros que me han interesado.

Con y sin dictadura

Es 1979, Diamela tiene 30 años de edad y decide “lavar” la calle Maipú en el Santiago de Chile bajo dictadura. De rodillas frente a los prostíbulos, la artista utiliza un trapo y un balde para tallar y mojar la calle como una forma de iniciar la reflexión sobre un espacio socialmente marginado. Aún no ha publicado su primera novela, pero ya forma parte del Colectivo de Acciones de Arte (CADA) y ese es su primer performance. Después vendrían otra serie de “acciones de arte” con el grupo neovanguardista de resistencia, como la distribución de leche en áreas pobres de la ciudad o la creación de la campaña del “NO +”, que consistió en lemas distribuidos por todo Chile contra el régimen pinochetista.

LC: ¿Cómo era escribir en el contexto de dictadura, en comparación con tu vida actualmente?

DE: Escribir era un paréntesis y sigue siendo así. Una cosa es vivir bajo dictadura y otra cosa es escribir bajo dictadura. Vivir bajo dictadura obviamente no tiene punto de comparación. Pero los dilemas de la escritura, para mí, se mantienen igual.

LC: ¿Separas la vida cotidiana de tu trabajo con la escritura?

DE: Claro. Tú tienes que producir un texto y eso es muy complejo, muy solitario. La escritura, como escritura, para mí siempre ha tenido la misma dificultad, mismo goce, misma audacia. Vivir es completamente distinto.

Lo que me pasó a mí al principio es que el discurso más cultural lo tenía el hombre y la mujer tenía un discurso más centrado en su vida, sus hijos, su marido, sus padres y yo no entré a eso. Escribir fue siempre igual, pero la figura de escritora a mí me hizo no caer en este discurso femenino sino que siempre tuve muy presente el discurso cultural. Nunca dije ni pío de algo que pudiera ser popular ni para las mujeres ni para nadie. Me mantuve firme en eso, lo que no hice fue renunciar a los saberes que iba acumulando y eso fue conflictivo, no poco, conflictivo.

La vida mexicana

México fue el primer país en el que vivió fuera de Chile. Eltit residió en el Distrito Federal entre 1990 y 1994 como agregada cultural de la embajada chilena, trabajando para el gobierno de transición de Patricio Aylwin justo al término de la dictadura.

Separada para entonces del poeta Raúl Zurita y decidida a “armar casa” con sus hijos de manera independiente, ir a México no fue cualquier viaje para la autora ir a México. “Fue cambiar a un horizonte radicalmente otro. De un horizonte más pesado, de mucho trabajo para sostenerme, sostener a la familia –una realidad muy deprimente– a México, que tenía un discurso más revolucionario que Cuba, pensaba yo. La parte del trabajo no fue muy agradable, porque la gente de esa embajada era bastante difícil, también conmigo que era mujer y que estaba separada, pero a mí no me importaba mucho, como trabajadora se sortean las crisis. Más bien me refugié en la cuestión cultural”.

Así, inició una amistad que aún perdura con Elena Poniatowska, Carmen Boullosa, Marta Lamas, Gonzalo Celorio, Hernán Lara Zavala y con el fallecido Carlos Monsiváis. En México pudo, por fin, pensar a distancia su experiencia en la dictadura y escribir Vaca sagrada (1991), que ella misma ha descrito como una “novela de desencanto” y en la que reflexiona sobre la democracia, además de empezar a escribir Los vigilantes (1994), una novela entorno al poder y la represión en la economía de mercado. De esa época también recuerda el asesinato de Luis Donaldo Colosio y  el levantamiento zapatista del subcomandante Marcos, “viví todo el quiebre del PRI, ese cambio político, desde una súper estabilidad a un clima donde ya se resquebrajó esa estabilidad”.

LC: Ahora es inevitable pensar en escritura en México sin considerar el contexto de violencia y la llamada “guerra contra el narcotráfico”…

DE: He oído todo el dilema sobre la narco-literatura, ¿cómo sería posible que no existiera esa literatura si es un verdadero desastre? O sea, no sólo por la matanza sino por la codificación de la matanza, con los cortes de cabeza. Sería imposible no pensar que esta literatura va a proliferar y mantenerse en el tiempo y la historia. Es como la literatura de la revolución porque ha sido un periodo muy devastador, muy ambiguo también. Yo lo encuentro lamentable, pero, por otro lado, el país sigue funcionando, entonces es paradójico. Chile no resistiría una cosa así, no podría, no tiene piso para resistir eso, pero México curiosamente sí. Quizá porque es muy grande, porque tiene petróleo, resiste. En otras partes no sería posible.

Leer-escribir-leer

Mamá escribe. Mamá es la única que escribe.

Mamá y yo nos compartimos en toda la extensión de la casa. La casa está ruidosa, a veces tranquila. Tranquila. Mamá no está tranquila, lo noto en su pantorrilla engranujada. Tiene muchos pedacitos de piel desordenados. Desordenados. Los dedos que tengo están enojados con su desorden. Cuando me enojo mi corazón TUM TUM TUM TUM y no lo puedo contener porque parece decir TON TON TON To. (Los vigilantes, p. 35)

Leer a Diamela Eltit no es cosa fácil, ni siquiera para los especialistas. Cuando la investigadora Walescka Pino-Ojeda le preguntó a Elena Poniatowska por escritoras latinoamericanas fuera del circuito meramente comercial, ella destacó la originalidad de Eltit junto con la uruguaya Cristina Peri Rossi: “Que de Diamela se ocupe Raymond Williams, u otros que conocen de literatura, quiere decir que ella ha hecho una aportación nueva. Yo recuerdo que leí un cuento de ella de una fuerza que me deslumbró. Ella es una escritora impactante, pero desde luego es una escritora que no se lee con ninguna facilidad” (Sobre castas y puentes, p. 53).

Diamela Eltit, sin embargo, no cree que la literatura sea un privilegio de las élites. Hija de una secretaria, se esperaba que ella tuviera una profesión, pero no que decidiera, como lo hizo, estudiar literatura en la Universidad de Chile.

LC: Considerando que en nuestros países latinoamericanos no mucha gente lee, ¿cómo lograr que los libros lleguen a la gente pero sin crear un mercado en el que se consuma el libro con la ligereza de cualquier otro producto?

DE: La gente que lee literatura es muy poca y siempre ha sido así, hay un malentendido de que en un lugar se leería mucho en circunstancias  en que la población era analfabeta. Las alfabetizaciones son recientes, lo que había sí era un mayor reconocimiento del Estado, un poco lo que ha pasado en México con sus escritores, que no tiene mucho que ver con la realidad real de la lectura, sino que se trata de una construcción de escritores que a su vez beneficia al Estado como Estado, que tiene escritores como tiene químicos. Hoy día creo que el escritor ha sido reemplazado por la figura del empresario.

Ahora, ese escritor, ese lector, no necesariamente viene de las élites, hay escritores y lectores que vienen verdaderamente de sectores populares, ¿por qué leyeron? Mira, porque tenían ese filo puesto en su cabeza, y entre todas las capacidades creativas, que son muchas –puede ser hacedor de muebles, distintas cosas– se formulan ahí pequeños espacios para unos lectores que no sé de dónde salieron, pero salieron. En Chile hay muchos casos, yo misma soy una persona de clase media, no vengo de altas esferas, mi mamá era secretaria. Estaba pensado que yo fuera una profesional, pero no que fuera escritora, mi entorno no era un entorno de biblioteca, aunque mi mamá tenía intereses culturales. Pero ¿por qué? Porque sí.

LC: ¿Y eso no tiene qué ver con políticas públicas?

DE: No, no tiene que ver, porque la mayor parte de mi gente, de esa época adolescente cuando uno se formula, mis parientes, mis amigos, no fueron escritores nunca. Yo pienso que la gente aunque lea best-sellers, estos libros de autoayuda, cualquier cosa, es mejor eso a que no lea; aunque son literaturas ideológicas que producen ideología dominante y son estereotípicas, es mejor que lean a que no lean. Todos hemos pasado por literaturas que son muy cuestionables, de las cuales nos avergonzamos y no nombramos, pero así nos fuimos formando porque esos libros fueron insuficientes y uno siguió buscando ejes referenciales más poderosos.

LC: ¿Hay una forma de lectura diferente en esta época, si comparamos los autores nuevos a los de tu generación?

DE: Hay una ocupación, diría yo, de las tecnologías por parte de los autores nuevos. Twitter es el más obvio. Facebook es una máquina pre-construida, no es personal, por eso la pudieron vender en el mercado de acciones. Yo pienso que los autores jóvenes saben que son parte de una producción en serie que es Facebook, pero lo usan porque no quieren o no pueden restarse de esa máquina. Tal vez lo más notorio del efecto neoliberal son las escrituras autobiográficas que no problematizan la escritura autobiográfica. También la exaltación del yo es parte de la escritura neoliberal, cuando el yo es algo muy incierto, es algo que no es seguro; eso es lo interesante que tiene el yo, pero también lo dramático y angustioso. Quizá ese es el hecho más fuerte del presente: hay mucha literatura entre comillas verdadera, pero está cerca de la ingenuidad.

LC: ¿es por eso quizá que te interesa enseñar a escribir? ¿Cuál ha sido tu experiencia con los talleres de escritura creativa que impartes en la Universidad de Nueva York?

DE: Dirijo talleres desde hace más de 30 años, es algo que partió como un desafío en los ochenta. Para esa práctica tú tienes que salir de ti como la lectora más marcada por signos que te cautivan, para emprender la lectura de otros. Yo tengo libros, pero no voy a estar reuniéndome con gente para imponer mis criterios y hablar de mis libros, eso es ridículo, aunque haya  gente que lo haga. No creo que una comunidad así pueda funcionar. Me defino como una acompañante, abierta a todas las compañías. Por muchos años, mis talleres no fueron académicos sino personales: de establecer una comunidad. Sé que es un fracaso; de pronto las comunidades se han pensado como un conjunto de ejércitos donde todos tienen que pensar lo mismo, yo las entiendo como divergencias: podemos pensar distinto, pero podemos caminar juntos por un tiempo. Son comunidades que no tienen ganancia alguna, están formuladas en el deseo, entonces para mí es muy interesante a nivel personal. Por supuesto, cuando trabajo en la universidad tengo un sueldo, pero no trabajaría recibiendo un sueldo en algo que no me interesa, no tiene sentido. Yo trabajo con afectos, no en el sentido cursi del término –de abrazos, besos, de “todo lo que hacen es muy bueno”, tú sabes que no es así– pero trabajo con afectos a la gente que escribe. Prefiero a alguien que escribe que a un empresario.

¿Qué hora es? Tengo que llegar a la casa.

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Publicado en: Ciudad de libros