Diálogo de los muertos: José Emilio Pacheco y Sergio Pitol

Diálogo en homenaje a José Emilio Pacheco (1939-2014) a diez años de su muerte.


Son las últimas horas de ayer o el instante en que se abre otro mañana.La hora en la que el poeta, citando a otro poeta, nos recordó que se nace, se muere y se ama. Las cinco de la mañana. Un grupo de gringos borrachos deambulan, sin rumbo definido, por la avenida Álvaro Obregón de la colonia Roma, a la altura del cruce con la calle Orizaba. En ese preciso lugar, el fantasma de José Emilio Pacheco espera impaciente, mira hacia el Este, por donde no aparece un sol que aumenta el calor promedio en los últimos años. A su lado, el espectro de Sergio Pitol, con una sonrisa que podría iluminar toda la ciudad, observa al otro lado, hacia Avenida de los Insurgentes. Ambos esperan al fantasma de Carlos Monsiváis, más demorado que la luz solar.

Pitol: Ahora sí abusó.
Pacheco: Tú tienes la culpa. ¡Cómo nos citas tan temprano!
Pitol: La costumbre.
Pacheco: ¿Costumbre? ¿El horario diplomático no es vespertino?
Pitol: Reconduje el camino paseando a Sacho. Salíamos con el primer brillo del alba.
Pacheco: ¿Y por qué no lo trajiste?
Pitol: ¿Cómo? ¿No lo sabes? Es un mito eso de que nos reencontramos con nuestras mascotas.
Pacheco: Caray. Pensé que…
Pitol: …que todos volvíamos a ver a nuestros afectos. No, señor. Tu reencuentro con Cristina fue excepción, no regla.

Ilustración: Belén Monroy

Vencido por la impaciencia, José Emilio Pacheco busca con la mirada su reloj de muñeca. Las manecillas no marcan ninguna hora, giran en contrasentido una de la otra. El poeta utiliza esa contradicción temporal para legitimar su molestia: mueve la cabeza de izquierda a derecha. Sergio Pitol lo observa sin disimular su aire mordaz.

Pitol: Eres esclavo del tiempo, José Emilio. Tu gran obsesión en esta vida y en esta muerte.
Pacheco: ¿Y si le marcas con tu aparatito? Yo no tengo, ni tuve.
Pitol: La tecnología sigue la misma suerte que las mascotas, aquí se queda.
Pacheco: Para no seguir aquí parados, mejor vamos al café de la esquina. Es el único que se ve abierto.

Pitol y Pacheco entran a la cafetería donde ya están instalados los gringos borrachos. Gritan y hacen un alboroto, hablan en inglés y parecen estar familiarizados con el lugar. Aumentan los decibeles cuando intentan ordenar en el mostrador unos “churros con chocolate”, en un español maltrecho. Pacheco y Pitol toman asiento en una mesa con vista a una calle que recibe los primeros rayos del sol.

Pacheco: A la colonia Roma la demolieron hace décadas. Me da gusto que esté resucitando: librerías, cafés, tiendas de música, hasta una sala de cine debe de haber por aquí.
Pitol: Me sorprende tu optimismo. ¿Ya viste que la carta está en inglés?
Pacheco: ¿Y ya viste que los precios también parecen estar en inglés?
Debes sentirte como pez en el agua, Sergio. Esta colonia podría estar en cualquier capital europea.
Pitol: Al contrario, me siento extranjero en terreno propio. La próxima vez nos vemos en Xalapa, por favor.
Pacheco: El tiempo nos exilió, no la tierra. Además, a mí no me molestan estos güeritos, conviví con muchos en Maryland. Algo bueno harán por esta ciudad.
Pitol: Encarecerla.
Pacheco: O enriquecerla. ¿Cuándo te imaginaste una ciclovía en la colonia Roma?
Pitol: Nombre, esa fue medalla del gobierno. No fue inversión extranjera.
Pacheco: Ni muerto has perdido el respeto por la autoridad, Sergio.
Pitol: Yo le llamaría civilidad crítica, José Emilio.
Pacheco: Te concedo algo: lo más civilizado es no atacar a la clase política. No vale la pena. No hay vencidos, ni vencedores. O, mejor dicho, todos son irremediablemente vencidos que se disfrazan de vencedores. No es razonable, pues, manchar la página con argumentos que nunca leerán.
Pitol: Mejor vamos a dar una vuelta. Vamos a ver tu casa de infancia. ¿Guanajuato o Zacatecas? ¿Qué calle era?
Pacheco: Guanajuato 183.
Pitol: Seguro ya te pusieron una estatua o una placa, mínimo.
Pacheco: Supe que hay un idiota encorbatado que quiere gestar tremenda barbaridad, pero entiendo que no lo ha logrado. Cristina me dijo que dejó instrucciones para impedirlo.
Pitol: Tu nombre ya no te pertenece, José Emilio. Deja que rindan tributo al gran hombre de letras que fuiste. El gran polígrafo de la literatura mexicana del XX. Escribiste de todo y todo lo escribiste bien. Te sientas en la misma mesa redonda con Nervo, López Velarde, Reyes y Paz.
Pacheco: Yo nunca quise homenajes, ni ceremonias, ni mucho menos placas. Sólo quise escribir algunos poemas. La única mesa en la que me quiero sentar es una del Bellinghausen, contigo y con Carlos. Además, a ti es al que le deben reverencias con intereses. Por lo menos un carnaval en tu honor, mano.
Pitol: A mí nadie me leyó durante décadas y nadie me lee ahora. Si no fuera cuatacho del autor de Las batallas en el desierto sería ya para siempre inexistencia pura.
Pacheco: Te equivocas: tus novelas encontrarán su mejor momento en las próximas décadas. Tú escribiste con un pie puesto en este siglo desde tiempos en los que ninguno de nosotros, con tu genial excepción, podía ver más allá del canon que nos asfixiaba. Tú, querido Sergio, supiste escrutarte y oírte para escribir, con la mayor libertad. Los demás quedamos atrapados en el periodismo, en las revistas y suplementos que son un servicio al lector, pero esclavizan.
Pitol: No pretendo rebotar elogios contigo, sabes que me siento más cómodo lanzando desdichas, pero debo confesar algo que supongo que intuyes: admiro tu capacidad de enaltecer las virtudes ajenas. Tu generosidad es una de las cosas que te desmarca del oficio de escritor, José Emilio. Honrando con tu pluma, honraste tu propia literatura. Y supiste traducir y hacer versiones con respeto y creatividad. Un balance difícil de lograr.
Pacheco: Lo tomo como un cumplido mayor viniendo de quien tradujo a Conrad, James, Gombrowic, Kazimierz, Tibor Déry, Firbank, Andrzejewski, Chéjov y mejor ahí le paro, que no me alcanza la saliva. Carajo, Sergio, cuántas vidas viviste para darnos tanto, cuántas puertas nos abriste.
Pitol: Seamos honestos: cuando estábamos llamados a abrir esos caminos, yo estaba lejos. Muy lejos. Me pasé media vida completamente fuera de México. En cambio tú, valiente poeta, te quedaste a romper las cadenas que nos ataban a estúpidos nacionalismos. Tu Inventario en Proceso descubrió más mundos literarios que cualquier otro ejercicio en su tiempo, en las décadas anteriores y en las subsecuentes.
Pacheco: Eres injusto contigo. La compulsión cosmopolita la defendiste tanto o más que yo. Juntos nos contagiamos de ese virus universal. ¿O ya te olvidaste de nuestras pláticas en el Kikos? ¿Ya no te acuerdas de cuando nos conocimos, allá por el 54 o 55? Le criticábamos al viejo Rivera y compañía la obsesión de encerrarse en los moldes de la Revolución mexicana. Incluso a Octavio y a Fuentes les tocó sentarse en el banquillo de nuestros juicios sumarios. Qué ingenuos éramos, pero por lo menos intentábamos fraguar una vida congruente con lo que queríamos escribir.
Tú estabas lejos, Sergio, sí, pero nosotros nunca nos alejamos de ti. Tú trajiste a Herralde y sus anagramas. Tú ayudaste a que Siglo XXI, Era y demás pudieran circular en Europa. En el extranjero, tú hiciste mayor relación editorial en beneficio del país que cualquier otro. ¿A cambio de qué? De mantenerte congruente. Tus novelas y tus traducciones, te guste o no, llegaron a tu país para quedarse.
Pitol: Ojalá alguna de mis traducciones hubieran alcanzado la altura de tus Cuatro cuartetos de Eliot. Lo digo en serio.

Sergio Pitol y José Emilio Pacheco, ruborizados por igual ante la alabanza ajena, dan una vuelta al parque Luis Cabrera en absoluto silencio. Sus pies avanzan al ritmo de un mismo compás. Se toman del antebrazo para utilizarse recíprocamente como bastón. Se adentran en las calles de la colonia y llegan así, unidos por el silencio, al frente de una fachada recientemente remodelada en el número 183 de la calle Guanajuato.

Pacheco: ¿Quién puede sentir nostalgia ante algo tan feo?
Pitol: Es paradójico, pero siendo el edificio más horrible de la calle, y quizá de la colonia, con altas probabilidades incluso de la ciudad, es también al que más bonito le pega el sol a esta hora.

Las calles empiezan a poblarse, principalmente de paseadores de perros que no recogen las mierdas que los turistas y “nómadas digitales” inevitablemente pisarán. No hay ningún puesto de periódicos en un kilómetro a la redonda, pero sí cuatro estudios de pilates ya abiertos. Del edificio sale una joven absorta en su teléfono que obviamente no reconoce a los escritores. Láptop en mano, les pregunta si saben si ya abrió el Starbucks. Pacheco y Pitol, desorientados, niegan con la cabeza.

Pacheco: ¿Starbuck? Espero que se trate de una librería en honor a Melville. Pero no lo sabremos. ¿Y Carlos?
Pitol: Pobre, tendrá que desayunar solo en este lugar tan extraño.
Pacheco: Bien merecido lo tiene.
Pitol: Cuídate mucho. Un beso a Cristina y que la próxima no sea en diez años. ¿O cómo contamos el tiempo siendo fantasmas?
Pacheco: Mejor no me lo preguntes… Adiós, querido amigo.

 

Pablo Berthely Araiza
Escritor, su novela más reciente es El silencio que nos une (Tusquets, 2023).

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Publicado en: Resurrectorio