Despedida de Poder Prieto

Recientemente el colectivo anti-racista Poder Prieto anunció en redes el cese de sus actividades. Muchas de las personas que lo integramos seguimos comprometidas en la lucha contra la discriminación y el racismo y continuaremos nuestras actividades en otros espacios y por otros medios. Sin embargo, la decisión colectiva de terminar con esta iniciativa amerita un balance y una reflexión.

El fin de Poder Prieto se vincula de manera directa a un escándalo en redes que tuvo lugar en 2023 cuando una “influencer” acusó a participantes de este movimiento de explotar el trabajo de artesanxs de Michoacán sin darles créditos adecuados y, más tarde, a representantes del colectivo de responder a sus críticas de una manera agresiva e irrespetuosa. Juntas, ambas acusaciones produjeron una crisis dentro y fuera del movimiento y llevaron a la paralización de sus actividades públicas. No es mi propósito aquí revisar este episodio penoso, nuestros patentes errores y las abiertas manipulaciones por parte de las y los acusadores. Sólo quiero señalar que la falta relacionada con los artesanos fue zanjada con rapidez y de manera amistosa por las personas involucradas.

Logo del movimiento. Fuente: cuenta de X de Poder Prieto (@poderprieto_mx)

Más ampliamente el debate público alrededor del incidente reveló uno de los “talones de Aquiles” de Poder Prieto: la situación relativamente privilegiada y la fama pública de sus integrantes más visibles. Desde la posición de poder relativo que ocupan estas figuras, las respuestas a las acusaciones sonaron más a una reacción prepotente que a un intento de conciliación. Por ello, las críticas a Poder Prieto se centraron en la apariencia de que las figuras más visibles del colectivo eran actrices y actores bien conocidos de la Ciudad de México. En un primer momento esta notoriedad fue un gran activo para la causa pues dio a Poder Prieto una visibilidad y un impacto casi inmediatos. Recuerdo aún que los compañeros argentinos del colectivo Identidad Marrón, afirmaban que Poder Prieto había conseguido en unos cuantos meses el impacto social que ellos habían demorado años en construir.

Nuestra visibilidad casi automática se basaba en la fuerza del star system mediático, que privilegia tanto las voces de ciertos personajes como  ignora las de todxs lxs demás. Esta ventaja inicial permitió que Poder Prieto pudiera entablar diálogos abiertos y constructivos con diversas instituciones culturales para fomentar políticas de mayor inclusión. La Compañía Nacional de Teatro respondió a nuestros señalamientos y en varios foros nos mostró lo que ya estaba haciendo y lo que pensaba hacer para combatir el racismo en el medio teatral. Lo mismo hicieron diversas productoras privadas que trabajaron con nosotras para diseñar agendas contra la discriminación y a favor de la representatividad.

Ser tan visibles también nos atrajo, desde muy pronto, fuertes críticas de diversos sectores, afines y no afines. En este artículo no perderé el tiempo discutiendo las posiciones que pretendieron negar la existencia misma del racismo. Me interesa más abordar los señalamientos de voces progresistas que en teoría hubieran podido ser aliadas, o al menos simpatizantes, de nuestro movimiento.

Muchos críticos de Poder Prieto, particularmente provenientes de sectores académicos de la Ciudad de México, señalaron que sus objetivos explícitos de combatir la discriminación y la exclusión en los medios de comunicación y las instituciones culturales eran demasiado limitados. Algunos decían que esta agenda respondía a los intereses y privilegios de los miembros más visibles del movimiento y no a las necesidades de grupos “realmente” discriminados, como los indígenas. Debo señalar que nuestros amigos de comunidades originarias nunca se sintieron ignorados o desplazados por Poder Prieto, sino que comprendieron que nuestra lucha era diversa y paralela a la suya. Los señalamientos de que Poder Prieto usurpaba la lucha de otros grupos más meritorios o de que al privilegiar el racismo negaba importancia a los conflictos de clase, vinieron fundamentalmente de personas tan privilegiadas como las figuras más visibles del movimiento. Además, cuestionaban que los miembros de Poder Prieto, supuestamente todos privilegiados y chilangos, pudiéramos ser legítimos portavoces de la causa antirracista. Para algunos no éramos suficientemente prietos, para otros no habíamos sido realmente discriminados, para otros más no éramos suficientemente pobres o aún demasiado centralistas.

Llama la atención que algunas de estas voces tan críticas no se hayan tomado la molestia de acercarse a nosotras para conocer las dinámicas internas del movimiento y constatar que en él participaron de manera entusiasta y activa muchas personas que no eran ni privilegiadas, ni famosas, ni de la Ciudad de México. Retroactivamente queda claro que el movimiento debió haber hecho más para dar mayor visibilidad a estxs participantes y dejar que sus voces se escucharan al lado de las más famosas. Lo tratamos de hacer en los programas de televisión que organizamos en Canal 22 en 2021 y también en nuestro festival, pero esos intentos no tuvieron tanto impacto en las redes sociales, donde las “estrellas” siguieron opacando a todos los demás.

Más allá de este error estratégico del movimiento, queda claro que no es fácil remontar el sesgo profundo del universo mediático que privilegia las voces más famosas. Aún más difícil resulta enfrentar la pereza de críticos que están dispuestos a condenar a un movimiento social sólo a partir de su imagen más pública, sin molestarse en investigar más sobre él. No se trata de urdir una excusa, sino de señalar una realidad que otros movimientos del futuro tendrán que enfrentar.

Por otro lado, me parece que Poder Prieto y sus participantes más visibles fueron objeto de una exigencia paradójica que se hace a todos los movimientos que luchan por la justicia social. Al enarbolar una causa progresista, somos sometidos a un escrutinio moral que busca encontrar y señalar negativamente la menor “contradicción” entre nuestras posiciones públicas y nuestra vida privada y personal. Así como muchos afirman que un comunista que tiene un buen nivel de vida es un “hipócrita”, pues debería ser pobre, muchas personas afirmaron que el hecho de que varios integrantes de Poder Prieto fueran exitosos y populares desacreditaba por completo su posición crítica ante el racismo. Cuando encuentro estas críticas no puedo dejar de envidiar a las personas y grupos que enarbolan discursos y causas conservadores y que rara vez son sometidos a críticas similares. Sólo quiero señalar esto: la exigencia de que para defender una causa justa hay que ser moralmente perfecto y exento de cualquier contradicción, es similar (pero nunca tan terrible) como la que pretende que una mujer sólo puede acusar a un hombre de violencia sexual si vivió como una auténtica monja antes del incidente en que fue atacada. No me extraña, desde luego, que la derecha utilice esos argumentos especiosos. Me desconcierta un poco más que personas que se imaginan de “izquierda” hagan lo mismo.

Pero las críticas contra Poder Prieto por algunos miembros de círculos ilustrados y privilegiados de la Ciudad de México fueron aún más virulentas, llegando incluso a definirnos como un movimiento social por completo espurio, que no tenía ni siquiera el derecho a ser escuchado. Esta abierta intolerancia ante un movimiento que combatía precisamente la intolerancia plantea incógnitas que valdría la pena investigar más a fondo ¿Qué vergonzantes pactos de clase habremos roto sin darnos cuenta? ¿Qué secretas aspiraciones de blanquitud habremos exhibido? Como no quiero caer en las mismas faltas de ética, y de respeto elemental, en que me parece que incurrieron estos detractores al condenarnos sin molestarse en averiguar más de nosotros, me abstengo de aventurar más hipótesis antes de hacer el trabajo de campo elemental entre ellos. Queda pues pendiente un proyecto de investigación sobre la “fragilidad blanca” de nuestras pretendidas élites intelectuales.

Pero ya basta de hablar de nuestros críticos y sus contradicciones. Como participante de Poder Prieto me corresponde presentar una autocrítica y un recuento honesto y franco de nuestra breve historia.

El movimiento nació en plena pandemia, como parte del auge de las iniciativas anti-racistas en todo el mundo. Como tal fuimos antes que nada una comunidad virtual, construida a partir de chats de WhatsApp y de intervenciones en las redes sociales. Desde un principio fuimos también una comunidad abierta a todas y todos. Las reuniones presenciales, las asambleas, los talleres se organizaron mucho después. Esta realidad virtual provocó, desde un principio, una falta de cohesión y de conocimiento entre nuestros diferentes miembros e impidió que nos diéramos cuenta y nos hiciéramos cargo cabalmente de las profundas diferencias de clase, género y origen que nos atravesaban. Unidos por una causa común pretendíamos avanzar rápidamente sin tomar en cuenta las abismales distancias entre nuestros puntos de origen.

En ese arduo proceso de construir un colectivo a partir de personas tan heterogéneas el primer conflicto estalló alrededor del género. En contra de la dinámica inicial del movimiento y también del contexto mediático más amplio que privilegiaba a las voces masculinas y famosas, las compañeras femeninas y transfemeninas de Poder Prieto exigimos un trato más igualitario. El resultado fue una serie de talleres en que los miembros varones de Poder Prieto emprendieron un intento sincero por cuestionar sus sesgos y privilegios. Este experimento resultó parcialmente exitoso y, en retrospectiva, me queda claro que nos debió haber llevado a abordar directamente nuestras otras diferencias, de clase y de origen.

En suma, nos faltó construir más comunidad, incluso cuidarnos más entre nosotras y nosotros. No es excusa, pero hacerlo era difícil en un movimiento virtual y bastante numeroso, y entre personas criadas en el individualismo de la vida urbana, educadas en los ambientes teatrales, mediáticos y universitarios que son igualmente personalistas.

Otra dificultad era el estrellato de algunos de nuestros miembros que, como hemos visto, opacaba muchas iniciativas comunes. Espero que esta falla nuestra sirva de lección a otros movimientos con membresías heterogéneas que buscan consolidar un sentimiento de comunidad.

La misma dificultad para emprender iniciativas colectivas fue evidente en los distintos proyectos que intentamos impulsar. Las ideas y labores individuales o de pequeños grupos rara vez fueron transformadas en trabajo de equipo. Faltaba el tiempo, faltaban los recursos, faltaba la organización. Nuestro compromiso voluntario se topaba con los límites de nuestras vidas profesionales. Como me han señalado compañeros de movimientos afines, crecimos demasiado rápido y tratamos de abarcar demasiado. Esta precipitación no fue sólo falta nuestra, sino resultado directo de nuestro vertiginoso éxito mediático. Una paradójica lección. Ser más selectivos nos hubiera dado mayor seguridad y fuerza, pero iba en contra del carácter abierto de nuestro movimiento. Ser más lentos y menos notorios nos hubiera dado solidez, pero hubiera reducido nuestro impacto.

En nuestro interior, la apertura fue la fuerza secreta, y desperdiciada, de Poder Prieto. En efecto, me enorgullezco de que sí logramos atraer y abrir puertas a personas muy diferentes, de muchos lugares distintos y de posiciones de clase, género y cultura muy variadas. Y son justo estas personas, ni privilegiadas, ni famosas ni chilangas, que siempre fueron invisibilizadas por los medios y por nuestros críticos, las que más han lamentado la crisis del movimiento. Para ellas y ellos se ha cerrado una puerta que nunca antes se les había abierto, se ha clausurado un foro que les permitió expresarse y proyectarse como ninguno otro anteriormente.

Esta es, tal vez, la moraleja trágica de nuestra historia: el “fracaso” público de Poder Prieto, producido por una mezcla de excesiva visibilidad, de las dinámicas del estrellato, de la mala organización y de la inquina de nuestros posibles aliados, ocultó, enmascaró y terminó por ahogar su mayor éxito privado, abrir un espacio incluyente y plural, dar oportunidades y entrada a personas que raras veces las encuentran en nuestros espacios mediáticos.

Para muchas de las personas que participamos en Poder Prieto la experiencia fue agridulce y no podemos sino lamentar nuestros errores y también resentir la mezquindad de nuestros detractores. Sin embargo, quedan como legado invaluable algunas de nuestras acciones públicas y sobre todo, el compañerismo profundo, la amistad y la lealtad que muchas y muchos hemos construido.

 

Fe/derico Navarrete
Historiador y escritor

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Publicado en: Con guante blanco

3 comentarios en “Despedida de Poder Prieto

  1. Ante el fracaso de «Poder prieto» creo que fundaré «Poder güero». Espero tener éxito.
    En un país lleno de prietos, de niño, yo que fui güerito ojiverde y bonito, me sentía marginado, observado y discriminado. Como niño güerito, te ven feo los niños prietos y de güero cagaleche no te bajan. Los niños prietos te hecha bronca de la nada. Los niño prietos ñeros te rodeaban y te quitaban los tenis. Yo, que nunca tuve buenos tenis, tenía miedo de esos asaltos Las niñas prietas que tanto me gustaban, me daban la vuelta. Yo sabía que le gustaba a esa morenita bonita y ella me miraba con desdén… por ser güero. Un desdén de clase que mi corazoncito de niño enamorado no entendía. Te ven güero y asumen que eres rico. Sucede que al preguntar el precio de algo en el mercado o tienda, los prietos te sube el precio, así nomas, de pura vista. Te juzgan rico y te cobran de más. Estudié en escuela pública. Con esfuerzo y dedicación y becas logré hasta el posdoctorado. Pero te ven güero y todos los prietos dicen que no tuvieron las mismas oportunidades que tú. Creen que fui a «escuela de paga» y que todo me lo dieron mis padres ¡sí como no!. Mis alumnos prietos creen que mi trabajo lo tengo por que soy güero.
    Toma tiempo saber que no se puede juzgar a nadie por su apariencia. Toma tiempo.
    Ese es el problema de origen de «Poder prieto».

    1. En las escuelas públicas se da todo el espectro cromático. Nunca noté que los güeros sufrieran el ostracismo de sus compañeros.

      He sabido de casos en que un hombre moreno se enoja si sus hijos son de tez clara, pero los casos contrarios son mucho más comunes. Los morenos sufren muchas burlas, sólo hay que ver el humor que manejan algunos influencers en youtube, que dicen ser comediantes.

    2. En las redes sociales, hasta hace unos años de las personas morenas se decía que se les ve el nopal en la frente. Ahora se dice que son color humilde, o color cartón mojado.

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