Desmemoria del rey sonámbulo es uno de los libros más recientes de Balam Rodrigo. Nadie mejor que otro poeta, Fernando Trejo, para abrirnos la lectura de esos versos que se adentran en la doble condición de su autor: biólogo y teólogo.

El poeta es también un perro. Rumia. Dice Rodrigo Círigo que, como todo lo bueno en este mundo, Desmemoria del rey sonámbulo (conaculta, Monte Carmelo, 2015) comienza con un perro. Y es que el autor ha decidido interponer, antes que una condición, una forma de hablar, como si emergiera dentro suyo la saudade de su escritura. Al final de cuentas, el poema es el hambre de cada poeta que olfatea la calle. Y así es el primer apartado, (de cuatro) de este libro. Quizá porque su autor, el poeta chiapaneco Balam Rodrigo (Villa de Comaltitlán, Chiapas, 1974) radicó gran parte de su vida en la Ciudad de México. Su cosmovisión de joven de provincia, pero aquejado en las laderas más peligrosas del soconusco chiapaneco, hizo de él una especie de bardo con las fauces abiertas. En la espera de…, en el desasosiego de clavar no sólo la mirada, a las jaurías de tropas y pandillas de una ciudad que nunca terminó por hacer suya: espejo diminuto de su infancia en la que él se ve como “un pájaro ahogado en su propio canto / un desterrado en la penumbra”. Un poeta también es la voz de un niño. Aquel que dicta de su ingenuidad la más sincera palabra. Es decir, el poeta se anega en su infancia y recuerda algún pasaje de su infinitud: “De los niños que fuimos / no ha quedado mas que un ombligo roto / en las calles vacías”.
Es necesario reconocer que en la poética de Balam Rodrigo, desde Hábito lunar (Praxis, 2005) hasta Sobras reunidas (antología de poesías & pensamientos inútiles) (Los bastardos de la uva, 2016), hay una idea muy clara de su formalidad lírica, pero, además, una propuesta tanto estética como estilística. Encontramos en su vasta obra un aliento que rompe con esa voluntad, sentimos que, a propósito, el autor nos tiende una trampa. Pero una en la que queremos caer, también a propósito.
En la oralidad de su voz poética, en la esencia de fórmulas estrictas, marcadas, fiel a su postura de creador a través de dos de sus profesiones —la biología y la teología—, Balam es sobre todo un poeta visual y en gran parte de su obra encontramos recursos a través de las grafías que emplea. Desmemoria… no se exime de éstas. Por ejemplo, en el poema Adán (que alude, incluso, al jugueteo verbal a manera de divertimento), escribe:
¿Hijo de poetísima madre: Poeta?
¿Acaso: Bardo?
¿O, frívolamente: Neólogo?
¿ : … : ?
Él dice: Hombre, poeta
perro del hambre altísima:
Pequeño y solo dios ladrando versos
a éstos, y a los otros
—inútiles—
adanes.
Hay que mencionar que en este “absurdo”, Balam retoma un epígrafe del poeta chileno Vicente Huidobro: “El poeta es un pequeño Dios”. Y a propósito denomina al bardo, al neólogo (que puede ser el que escribe este poema): un perro ensimismado que ladra para otros muy inútiles (discípulos), creados a sus costillas, como sombras aduladoras de ese dios (que es el escribiente) pequeño y ladrador.
En el siguiente poema —“El peso del dolor”—hace uso de su capacidad narrativa y describe el proceso en el que un faquir (que hemos visto en el metro de la Ciudad de México o bajo los semáforos de algunas ciudades) se tiende sobre una alfombra de vidrios y cristales rotos. Balam Rodrigo es un poeta que entreteje tanto el verso libre como la prosa poética. Y a diferencia de estas dos variantes, en este texto descubre una peripecia: contar en verso, la narrativa de un cuento sin la necesidad de sumergirse en la prosa. Rodrigo sujeta su estabilidad lírica en cualquiera de las tres formas: “Echa en el piso —arúspice de sol— / semillas de vidrio para germinar / un peso o el peso del dolor. / Dice que sólo nos pide una moneda”.
En el segundo apartado “Nauta silabear”, el poeta ahora navega por los mares de su juventud, desde los ojos famélicos de un gato, hasta las ruedas de una bicicleta costeña. En ese devenir de su construcción, volvemos a su capacidad creativa y nos pone un verso visual en el poema “Pez vela”: “Con la vela extendida el pez vela su muerte”.Balam Rodrigo recurre al mar en gran parte de sus libros, y Desmemoria… no es la excepción. En el tránsito de esta alegoría, de esta saudade, el poeta se refresca a través de la desmemoria que lo sueña. Entendamos que el sonambulismo es un trastorno del sueño en el que no se recuerda nada de lo vivido durante este trance. En este caso, el poeta intercambia símbolos, destellos, de lo que su personaje sufre y vive, pero a cambio nos lo ofrece, como en una vitrina, para comprenderlo. Tal es el caso de este oxímoron en el poema “Por la boca muere”: “Así también el poeta: Pez cegado por la boca, ojo ahogado en su propia mirada”.
Uno de los poemas más vistosos, a mi juicio, que se propone como una postal de playa, es “Pescador”. La imagen concretiza y precisa en todo momento el oficio del pescador:
Como un puñado de navajas
puestas a madurar su filo
brillan de muerte los peces
y las escamas
—esquirlas, gotas de mercurio
en rebanadas—
esperan entre las barcas la mirada
casi niña, del cetrino pescador
y su bruñido corazón vigía
que lleva ese inmortal fulgor del ojo
hasta el cordaje del asombro
y sus más henchidas redes.
En “Decápoda voz”, está la trampa que menciono. Sin embargo, caemos a propósito. Todo el discurso, desde los dos primeros versos: “He aquí la profundidad abisal / de la página en blanco: / El sedimento silábico de sus fonemas / decanta su sentido hacia el fondo de tus ojos.” Es decir, todo el tiempo nos invita a conocer (con él) la decantación del poema. No asume su postura de guía. Y uno recorre en la lectura las ventanas que se abren a modo. Y nos advierte: “Si decantas esta hoja, si la inclinas a babor / por los costados caerá agua de mar / y escucharás el sonido:”. Dos puntos: visualmente el verso es también un silencio que se recrea, ya en la desmemoria del lector, agua de mar que cae. El poeta, el personaje del poeta, sin embargo, al final, (porque el lector está tan atento a la exhortación que no sucede “algo” más), como en una vuelta de tuerca, nos dice:
He aquí el charco —albino, quizá índigo—
donde aterrizan estos signos
nombrados o lamidos por tu lengua
al menos esta vez.Lo has hecho:
Ya.
La tercera parte, “Clones, transgenias, y Job El Saudoso”, es en cambio una búsqueda experimental, a través de una figura bíblica: Job. Los temores, y “pecados” permisibles se construyen desde el primer poema “Job padece gastritis o doble epifanía por un plato de mole”, incluso en “El bardo ebrio” y en “El mutante líbrico”, que esbozan a distintas transgresiones o vicios del ser humano. Por ejemplo, en el poema “Tribulación de Job”, dedicado al poeta Max Rojas, lo descubre en su muy marcada y peculiar tristeza: “Moraba en vestimentas magras / en páginas de púas. / Y era tristísimo no verlo: / Lloraba Jobes por la lengua”. Me pregunto: ¿qué tan desdichado puede ser un hombre para llorar la representación más fiel de la tristeza, pero también, qué tan afortunado puede ser para representarlo?
Siguiendo lo dicho por João Guimarães Rosa —que “el vicio de crear nuevas palabras invade muchas veces al creador, como imperial manía”— el neólogo tiene esa necesidad. Es por eso que Balam Rodrigo retoma del novelista brasileño este fragmento para el cuarto y último apartado titulado: “Los trabajos del neólogo”. En éste podemos encontrar la faceta escritural que define la poesía de Balam Rodrigo. Sin pretensiones. Dicho sea por él en el primer verso de este apartado: “¿Palabrear nomás? No”. Se cuestiona y se responde en esa necesidad traslúcida de hacernos comprender: no es válido nombrar por nombrar, se tiene que tener un juicio y un fundamento.
Sin embargo, en la reseña para Tierra Adentro sobre Desmemoria…, Rodrigo Círigo apunta que “en ocasiones se abusa de las bromas y los guiños, […] creo que son artificios demasiado transparentes”; sin embargo, menciona que “todo se perdona al leer contundentes maravillas como ‘Job padece gastritis o doble epifanía por un plato de mole’, ‘La hora del animal’ o ‘Escritura’”. Se agradece, por supuesto, que en esa búsqueda el poeta no se aleje de la construcción de su relato, de su voz poética. Y no exagera. Acude al neólogo cuando éste se aparece, no porque lo busca. “Luna hiena” dice en “El ombligo de la noche”: “Desgargántame así la luna / en este lobecer de miedos por tu voz”.
De pronto es muy común observar que el poeta hace uso de elementosdel barroco o de los poetas novohispanos, en versos como: “y silba en la su boca”, “Acuitada en avesuras, desveníase”, “zurcía los ya tan aires al su espejo”, “donde espejaba a la su muerte”. Y esto acumula ritmo, genera un compás de música. También sugiere al español que hablamos los chiapanecos. Una figura recurrente en la poesía de Balam Rodrigo es la presencia de la Ceiba. En varias ocasiones se ha comparado con ésta o persiste a su figura. Tampoco es la excepción en Desmemoria… cuando, además, recalca su condición centroamericana al vosear en el poema “La Ceiba” (que, conjuntamente, es un trabajo que desde hace varios años el poeta ha venido desarrollando por convicción personal):
Vos el grito de los sordos,
vos la sierpe que no muerde,
vos la verba de la lluvia:Vos, la ceiba.
Dice Alberto Ruy Sánchez de su libro Elogio del insomnio que no dormir puede convertirse para muchos en una pesadilla, pero para él es un regalo de tiempo. Esa es la posibilidad de los insomnes. Tener tiempo de más. Y en “Insomnífuga”el poeta Rodrigo aconseja algunas formas para conciliar la noche y dormir:
¿Insomnio?:
Cuatro cucharadas de niebla
una pizca de corazón de gato
dos onzas de élitros de libélulas
doce gajos de tristeza y una gota
de petirrojos ebrios de agonía
—macerados y escaldados en agua de lluvia—
asegún dicen avienen salutíferos
para las núbiles que han sido presa
de las pardas vigilias
las sanguijuelas noctívagas
y los ácaros que devoran la babaza de la noche
la esencia onírica:
Dice el poeta Daniel Medina, que “ [Balam] se apropia del sentido y escribe textos que, desde su nombre, ofrecen una buena parte de la factura de su contenido: Ave era Eva; Ella, ebria edad; Insomnífuga; El Cancerverbo, entre otros”. Para Daniel “es un cuaderno de principios: una deontología y visión total de los oficios y misiones del poeta, del bardo o neólogo y su saudade…”.
En “El oficiante transgénico”, poema que toca y hiere la susceptibilidad de muchos (yo creo), Balam Rodrigo, como en Sobras reunidas…,elabora un retrato del poeta elocuente que nomás no sugiere ni se involucra, ni tan con la tecnología que permita aumentar su potencial artístico:
La reprogenética es una tecnología que permitirá
[…] aumentar el potencial artístico
Lee M. SilverYa ni gobernaba la transgénica su voz
iba perdiendo el suyo genomita
todo lo mutaba y lo muertaba en su adeene
y no paraba en verborreas
ni en locuciones tautológicas
ni en cifrar taxonomías malversadas
e infantiles, pues todo lo imitaba
de los otros ya juglares
de los clones y vates más verbistas
—incluso esa su forma de oficiar
en la poiesis, altísimo ritual—
y por más que deletreaba y escribía
lo ya dictado por sus genes
—gozaba de un pool donado por diez nobeles—
y por más que recurría a su afamada
inspiración in vitro, ningún poema
brotaba en sus matraces
así que comenzaba a transformarse
en un poetita, en uno de esos tristes bardos
que lloran de impotencia en los burdeles.
Desmemoria del rey sonámbulo liba de una estética que consolida el trabajo de Balam Rodrigo, y nos acerca a la posibilidad de descubrir que la poesía mexicana es tan variante tanto en sus formas como en sus estructuras, que el poeta chiapaneco lo sabe y por eso retoma elementos tan propios de su contexto que los vuelca, irónicos, en un bote de vidrio para darnos a beber sin temor es: poesía.
Fernando Trejo
Poeta. Es autor de los poemarios Cuaderno invertebrado, Solana, Ciervos y Base Atenas.