Desde Praga en la muerte de Milan Kundera

La siguiente crónica reporta desde su país natal ciertas noticias reveladoras acerca de la muerte del gran autor checo, Milan Kundera (1929-2023), nacionalizado francés y fallecido en París hace unos días.

12 de julio de 2023.

Miércoles. Mediodía.

Por el ventanal de la oficina en donde me encuentro, en el barrio de Karlín, observo a la gente ir y venir en ropa ligera, sandalias y lentes de sol. Es un día luminoso en Praga.

En París, mientras tanto, murió Milan Kundera.

En mi trayecto a casa me esfuerzo en vano por detectar alguna anomalía que acuse recibo de su muerte. Es absurdo, pero imaginaba a mi paso calles silenciosas, rostros más largos que de costumbre. Nada. Ni siquiera alguien leyendo uno de sus libros en el tranvía.

Subiendo por la calle Sezimova, sin darme cuenta, yo también le doy la espalda a Kundera. Tengo que preparar la cena, bañar a los niños, gestionar con decoro el túnel que son mis tardes.

Nadie es indispensable cuando el cotidiano apremia.

Ni siquiera Milan Kundera.

Dos tranvías Tatra en las calles de Praga, 2010. Fotografía de: Honza Groh (Jagro), con adaptación en sepia. Con licencia de Creative CommonsCC BY-SA 3.0.
Dos tranvías Tatra en las calles de Praga, 2010. Fotografía de: Honza Groh (Jagro), con adaptación en sepia. Con licencia de Creative CommonsCC BY-SA 3.0.

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Milan Kundera nació en Brno, al sureste del país, en 1929, pero se mudó a Praga en 1948 para realizar sus estudios universitarios. Su llegada a la capital coincidió con el “febrero victorioso”, el golpe de Estado que marcó el inicio del régimen comunista en la antigua Checoslovaquia.

Afiliado en 1947, excluido en 1950, y posteriormente reintegrado al Partido Comunista en 1956, Kundera fue nuevamente expulsado del partido en 1970, esta vez de manera definitiva, a raíz de sus declaraciones públicas y tras la aparición de su primera novela, La broma, en 1967. En consecuencia, Kundera se vio obligado a dejar su puesto como profesor en la Facultad de Estudios Cinematográficos de la Academia de Artes Escénicas de Praga, y sus libros fueron retirados de librerías y bibliotecas.

Kundera, sin embargo, continuó escribiendo, al tiempo que acumulaba empleos temporales en Brno y Praga. En 1973, su segunda novela, La vida está en otra parte, esquivó la censura interna y apareció publicada en Francia, traducida al francés. Ese mismo año obtuvo el Premio Médicis extranjero.

Finalmente, en julio de 1975, Kundera fue autorizado a salir de Checoslovaquia para realizar una estancia temporal en Rennes, una pequeña ciudad al oeste de París. Le habían ofrecido un puesto como profesor invitado para impartir clases de literatura comparada, gracias a la buena acogida que había tenido su obra en Francia. El pasaporte de Kundera y de su esposa Věra les permitía permanecer en el extranjero un máximo de 730 días.

Kundera tenía 46 años.

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Hoy en día, la presencia de Kundera en Praga se manifiesta en su condición de souvenir cultural. Junto a Kafka, Hrabal y Hašek, sus novelas son indispensables en las estanterías en lengua extranjera de cualquier librería en la ciudad.

Entre los checos, sin embargo, la apreciación de Kundera y sus obras es menos rotunda. Todos saben quién es, algunos lo han leído, pero muy pocos hablan de él con franco entusiasmo.

La ambivalencia es recíproca.

Desde que emigró de Checoslovaquia en 1975 para instalarse en Francia, Kundera no volvió la vista atrás. En 1984, cinco años después de haber sido despojado de su ciudadanía checa y tres años después de haber adoptado la francesa, Kundera aclaró su postura al respecto en una entrevista con el New York Times:

¿Considero mi vida en Francia como un reemplazo, como una vida substituta, y no como una vida real? ¿Me digo a mí mismo, “tu vida real está en Checoslovaquia, entre tus antiguos compatriotas”? ¿Acaso vivo en una realidad fuera de este apartamento, esta calle, este país? ¿O acepto mi vida en Francia —aquí, donde realmente estoy— como mi vida real, y procuro vivirla plenamente? Yo escogí Francia.

Ni siquiera después de 1989, tras la caída del régimen comunista, Kundera quiso volver al país. Para entonces ya había optado por el francés como su lengua de escritura, y en adelante se rehusó a que sus libros fuesen traducidos al checo. Insistía, además, en que sus novelas deberían aparecer en la sección de “literatura francesa” en librerías y bibliotecas.

No son de extrañar, entonces, las muecas de desdén o indiferencia que genera su nombre en Praga.

Portada del diario checo Lidové Noviny del 13 de julio pasado
Portada del diario checo Lidové Noviny del 13 de julio pasado

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20:15. Estoy a bordo del tranvía número siete. Es un tranvía viejo, con sólo dos hileras de asientos. Es un modelo reformado del legendario Tatra T3, el cual fue producido en Checoslovaquia entre 1961 y 1990.

El tranvía va casi vacío y yo soy la única persona con un libro entre las manos. Estoy hojeando y releyendo algunos fragmentos de El arte de la novela, un volumen de ensayos que Kundera publicó en 1986. Encuentro la frase que buscaba, porque está subrayada con furia: “La novela no examina la realidad, sino la existencia. Y la existencia no es aquello que sucedió, la existencia es el campo de las posibilidades humanas…”.

El ámbito de la existencia entendida como el ámbito de lo posible. Me digo entonces que Kundera pudo, posiblemente, haber viajado en este mismo tranvía Tatra T3 cuando aún vivía en Praga.

Improbable, mas no imposible.

Desciendo del tranvía en la estación Strašnice. Hoy, como cada miércoles, jugaré un partido de “Futbol 5” en el parque Gutovka.

Voy con retraso.

Soy el último en llegar.

Soy, también, el único extranjero en la cancha.

Mis compañeros de equipo y los rivales no muestran gestos de congoja. Nadie, por supuesto, lleva un brazal negro en señal de luto. El delantero de mi equipo, sin embargo, se llama Milan.

Antes de comenzar el partido, mientras estiro las pantorrillas, me acercó a Milan para indagar su sentir con respecto a la muerte de su tocayo ilustre.

—¿Era francés, no? —me dice—, con una sonrisa irónica.

Es una mueca de desdén o indiferencia.

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13 de julio de 2023. A primera hora de la mañana, de camino a dejar a mi hija en la escuela, me detengo frente al quiosco de Náměstí Bratří Synků. El rostro de Kundera aparece desplegado en múltiples versiones y tamaños en la primera plana de todos los periódicos.

No estoy al tanto de las corrientes ideológicas de los diarios locales. Elijo dos al azar, Dnes y Lidové Noviny. Ya en el tranvía (uno moderno, que jamás pisó Kundera) le digo a mi hija que el señor que está en la portada de los dos diarios es un gran escritor que acaba de morir.

—¿Entonces ya no está aquí?

—No, ya no.

—¿Está en las estrellas?

—Sí, tal vez.

* * *

En el trayecto de vuelta a casa desciendo del tranvía al mismo tiempo que una mujer muy anciana. Su mano izquierda sostiene un bastón y en la derecha carga un gran bolso de tela.

Mi checo es limitado pero suficiente para ofrecerle ayuda. ¿A dónde va? La mujer me indica, creo, que su casa está un poco más allá.

El trayecto es de cien metros, pero nos toma varios minutos completarlo. La mujer me pregunta algo desde las profundidades de su joroba: desafortunadamente no le entiendo. Es más anciana de lo que pensaba. Debe tener, yo calculo, unos 94 años.

Cuando por fin llegamos al portón de su edificio, le pregunto si desea que la acompañe arriba. ¿Nahoru? La mujer sonríe y asiente con la cabeza. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis pisos de escaleras. Me gustaría preguntarle sobre Kundera, pero no me da la lengua. ¿Lo habrá leído? ¿Sabrá que ha muerto?

Deposito la bolsa de tela frente a su puerta. El nombre en el timbre dice Ema Svobodová.

Mientras desciendo a trote las escaleras, me digo que Ema Svobodová y Milán Kundera crecieron en un país que sufrió en abundancia. Quizá compartieron mesa en un restaurante, o vieron la misma película en una sala de cine, o sus hombros se rozaron durante alguna manifestación en la Plaza Wenceslao en la Primavera del 68.

Luego él se fue y ella se quedó.

Improbable, mas no imposible.

* * *

Antes de llegar a casa me detengo unos instantes sobre las bancas del parque Na Fidlovačce para examinar los diarios.

En la primera plana de Lidové Noviny aparece Kundera de cuerpo completo, con las manos guardadas en los bolsillos. Es una foto en blanco y negro: Kundera con cincuenta y tantos años. El título de la nota es un oxímoron: “Inmortal”.

En la portada de Dnes, Kundera aparece a color, de medio perfil, mucho más viejo, recargado sobre la veranda de algún puente. La entradilla a la nota dice: “El escritor checo más famoso y más traducido de la actualidad murió el martes en París. Kundera, que empezó a escribir en francés tras emigrar en 1975, tenía 94 años.”

Que empezó a escribir en francés tras emigrar…

Ahí está, otra vez, el nudo del reproche. Como si la traición más honda no fuese el exilio geográfico sino el lingüístico. Pero en esa frase escueta también se asoma la reconciliación que ocurrió entre Kundera y su país de origen en los últimos años de su vida.

El escritor checo…

En 2019, el gobierno decidió restituir la nacionalidad checa a Kundera, y en 2020 le fue concedido el premio Franz Kafka, el galardón literario más importante del país. Kundera, por su lado, accedió finalmente a que sus novelas francesas fuesen traducidas y publicadas en checo.

Recientemente, Kundera decidió enviar su biblioteca privada, sus archivos y parte su correspondencia a su natal Brno, para le creación de la Biblioteca Milan Kundera, la cual fue inaugurada el 1º de abril pasado, en celebración del cumpleaños 94 del autor.

Según la información en Dnes, Kundera pidió ser enterrado en Brno. 

 

Alessandro Triacca Sánchez
Es autor de la novela Berlín atómico.

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Publicado en: Corresponsal, Resurrectorio