Demián Bichir y la mayoría silenciosa

Pasé años de mi vida viajando a Los Ángeles varias veces al año para entrevistar a celebridades y directores de cine, conociendo de manera superficial los entramados de Hollywood. Sin embargo, no eran las reuniones con Will Smith y Quentin Tarantino y Brad Pitt lo que más me entusiasmaba. De quienes más aprendía, quienes tenían historias más insólitas qué contar, eran los taxistas, mucamas, meseros y cocineros que mantienen viva a la ciudad californiana, muchos ellos desde un limbo legal que los obliga a vivir una vida indigna y en secreto. Todas estas historias, que escuchaba aquí y allá, pronto se convirtieron en el proyecto, aún inconcluso, de un libro en el que aparecerán las entrevistas con estos hombres y mujeres que dejan todo para vivir un American Dream que es caprichoso y en ocasiones ingrato. Ya tenía bien calculada la hora en que llegaría la mucama a limpiar la habitación. Mientras tendía la cama y aspiraba el área de la televisión, yo le preguntaba cuándo había cruzado la frontera, después de unos minutos me confesaban cómo lo habían hecho (en ocasiones son odiseas de meses o incluso años). Luego seguía la historia de sus vidas, por lo general plagadas de adioses y reencuentros frustrados. Una vez que me granjeaba su confianza, era como si hubieran estado esperando por años a que alguien se los preguntara, a que alguien las escuchara de manera empática . Mujeres de El Salvador, de Nicaragua, de México y hasta una señora rusa, doctora en física que ahora se ganaba la vida limpiando cuartos en un hotel de lujo de Beverly Hills. Taxistas somalíes que llegando a la frontera entre México y Estados Unidos rompieron su pasaporte para ser aceptados como refugiados, meseros mexicanos que se alegraban de servir café a un paisano y que contaban con orgullo que solían atender a Johnny Cash. En fin, un entramado narrativo riquísimo que está plagado de historias de heroísmo cotidiano, de lágrimas y de esperanzas rotas.

Todo esto viene a colación porque acabo de ver A Better Life, de Chris Weitz, cinta por la que el mexicano Demián Bichir muy merecidamente se llevó la candidatura al Oscar 2012. La cinta narra la historia de un jardinero de Los Ángeles, quien compra una camioneta para iniciar su propio negocio y poder salir de East LA, territorio tomado por las pandillas y de donde quiere sacar a su hijo, para el que quiere, sí, una vida mejor. Pero Carlos Galindo emprende esta lucha en la oscuridad, pasando desapercibido, con miedo a que la migra lo agarre y lo deporte a México. Cuando la camioneta es robada (no es un spoiler, querido lector, pues aparece desde el trailer de la película), Galindo y su hijo Luis emprenden una travesía que calca la estructura de Ladrón de bicicletas (De Sica, 1948) y en la que Weitz despliega su cámara en los recovecos escondidos de Los Ángeles, aquellos en los que 20 ilegales viven hacinados en un departamento de dos recámaras, aquellos dominados por las Maras, aquellos del kitsch mexicano y los rodeos. Bichir logra construir un personaje tridimensional, un hombre frustrado que vio violentado sus derechos básicos pero que no puede luchar abiertamente, temeroso de ser descubierto por Uncle Sam y mandado “para atrás”, a México.  El filme revela las contradicciones de la mitología fundacional de Estados Unidos, en apariencia abierto al multiculturalismo, en teoría generoso con los underdogs, pero en realidad caprichoso de su status quo e hipócritamente protector del cheap labor que sostiene su economíaa. El filme dista de ser perfecto, y Weitz es blandengue a la hora de fincar cierta responsabilidad a las políticas migratorias de su país, cosa que sí hacía, por ejemplo, la espléndida Padre Nuestro (2007) de Christopher Zala, en la que Jesús Ochoa interpretaba a un migrante tan complejo como el de Bichir.

(Espero algún día terminar aquél libro).

–César Albarrán Torres (@cesar_pescado)


Un comentario en “Demián Bichir y la mayoría silenciosa

  1. Un pequeño error en “aparecierán”. El otro día vi esa de Bichir en un avión y me latió.
    Un abrazo.

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