
I like art where the blood is streaming
and the flowers are blooming like hell.
Peter Brötzmann
Cabezas calvas, cuerpos abultados por el alcohol, un fervor pocas veces visto entre el público. Los recuerdos aturden a la mayoría de los presentes, quienes mantienen atado en su memoria el primer momento en que escucharon Super 8. Estamos aquí —Foro Indie Rocks, sábado 22 de marzo, 2025— para comprobar que a la potencia verdadera no la mella el tiempo. Este es el concierto más exitoso en la historia de Los Planetas en la Ciudad de México, por tratarse del más nutrido y el más sentido. Son J y Florent quienes hoy encabezan al grupo. La primera vez que se presentaron en suelo mexicano ocurrió el 20 de mayo de 2005 en la extinta Carpa Neumática del Hipódromo de las Américas. Rodeados de campos militares, Los Planetas se presentaron al lado de Zoé y Vive La Fête en la primera edición del Festival MXBeat. Recuerdo bien a León Larregui diciendo al micrófono que era un honor tocar con Los Planetas, una de sus bandas favoritas e inspiración de la suya. Se le veía deslumbrado, incluso. Quique y Meme de Café Tacvba miraban, azorados, el show de Florent y compañía. De ese día al presente han transcurrido veinte años. Las arrugas aún no poblaban nuestros rostros. Desde aquella primera vez, siempre he sentido que los escenarios les quedan cortos durante el tiempo que tocan. Despegan, parecen flotar. Se multiplican.
Es Super 8 un disco al que no se le nota ni la arruga ni la costura.
La efervescencia sigue allí, incólume. Un imaginario donde por siempre rondará la duda de si habla de amor o de drogas. El primer paso de la banda más influyente del pop nacional español, que se abría en canal para convertir las heridas en carne viva en una colección de canciones como único antídoto para su superación. Quizás fueron los primeros indies españoles en cantar en castellano, una decisión que se antojaba descabellada para un grupo granadino que comenzaba su carrera junto con la década de 1990. El espíritu de su tiempo condensado en trece canciones angulares, filosas y ondeantes, formando una obra furibunda y mística a un tiempo. Tres canciones infalibles, a prueba de balas, arrancan la noche. “De viaje”, “Qué puedo hacer” y “Si está bien”. Qué debut, madre mía. Al verlas una detrás de la otra, no se puede creer que una tríada así exista, menos en un primer disco. Pequeños milagros surcados en una placa de plástico por siempre. Y que después siga “10,000”, para mí condensa todo lo que me gusta de ellos: aquellos riffs que rozan lo divino, el ruido que busca aplastar la melodía hermosa, la tensión entre belleza y opresión. La letra, con esa suave perversión atrevida para su tiempo y para éste (“Me dice ven, ¿quieres hacerlo con mi amiga? Tiene quince años ya”). Ahogados en reverb, todo el tiempo en tensión con las melodías sutiles pero firmes que sostienen aquella puesta en escena. No puedo creer que la vi en vivo. Poco usual en su repertorio. Jamás interpretada en este país. Las letras de J, jadeantes y rasposas, pero más vivas que nunca. Escritas hace treinta años, no hacen sino resplandecer en su encanto.
¿Cuál es el secreto para que no sea éste un espectáculo más de decrepitud y recuerdos? ¿Habremos de creer en la palabra de Tony Soprano, quien solía decir que las charlas que comienzan con “¿Recuerdas cuando…?” representan la forma más mísera de conversación? ¿Cuál es la fórmula secreta para que no sea un engranaje más de la industria de la nostalgia y de la marisma de shows conmemorativos de un disco importante para algunos cuantos? No tengo las respuestas concretas, pero me atrevo a dibujar algunas ideas respecto a la vitalidad perpleja de este show de Super 8: las canciones están vivas de un modo que ninguna obra de arte puede lograr: el milagro de revivir una y otra vez, conjurados por sus creadores. Cuando las canciones perduran en el tiempo, pueden reproducirse en 2005 y en 2055. Creo en que Los Planetas son una de las pocas bandas que perdurarán puesto que su reverberación persiste hasta nuestros días en forma de canciones ajenas y propias con una postura crítica sobre el modelo económico, social y político que dominaba por aquel entonces. Es imposible, hasta cierto punto, no escuchar las ondas de expansión que su música ha producido entre quienes han estado dispuestos a prestar atención a su mensaje, a mecerse entre las preocupaciones de un despechado de la vida amorosa y social. Pienso que las bandas que se mantienen vivas en el tiempo, cuyas vidas no dependen de aquellos hitos que conmemoran puesto que construyeron una carrera sólida y diversa, son capaces de interpretar sus discos clásicos con aplomo y dignidad.
En el estupendo libro de Nando Cruz, llamado Pequeño Circo, se narra la historia oral del indie en España y Los Planetas ocupan un lugar preponderante en el tejido de ese momento definitorio. Las entrevistas del libro hacen hablar a los disqueros independientes, los mainstream, los mánagers malévolos, las figuras de la crítica que los vilipendian hasta nuestros días. Pero lo que perdura en el relato es la sensación de absoluta novedad. Entre propios y extraños. Sus colegas se mostraban sorprendidos ante aquella ola endiablada de ruido y melodía que no sonaba a nada que se hubiera escuchado antes en España. Sr. Chinarro les dedicó un cover y rehizo “¿Qué puedo hacer?” en 1997 como muestra de que sus contemporáneos los tomaban muy en serio.
En 1994, el año en que se publicó Super 8, lo que sonaba en las radios de toda España era Los Rodríguez, Luz Casal, Héroes del Silencio, Alejandro Sanz pisaba fuerte. En México nuestro soundtrack consistía de Café Tacvba, Gloria Trevi, Maná arrasaba con “Oye mi amor”, Caifanes estrenaba “Afuera”. El mundo era sonorizado por las Spice Girls, Lisa Loeb, Tom Petty publicaba el último baile de Mary Jane, aplastaba The Sign de Ace of Base pero también explotaban Beck y Kyuss, Sonic Youth presentaba Experimental Jet set, Trash and No Star, su octavo disco. Yo La Tengo estaba entre Painful y Electr-O-Pura. Es allí, entre estos últimos, donde puede trazarse el origen de Los Planetas. Entre discos que no pueden evitar hacerle sentir a uno que, mientras el planeta siga dando vueltas sobre su propio eje, ellos estarán ahí. Girando junto a él, eternamente. Da la sensación de que cuando uno los escucha, solo está subiendo el volumen de algo que suena en loop eterno. Los Planetas nunca habían escuchado a The Jesus and Mary Chain pero habían leído sobre ellos y es un apunte que no sobra. En los tiempos en que el grupo creció, era difícil que llegaran los discos de rock importados a Granada, por lo que hacían un tremendo ejercicio de imaginación sostenido por las reseñas que leían, ideando que, de acuerdo a los textos, así debían sonar ellos o My Bloody Valentine. La única referencia que Florent tenía era ese sonido espectral que John Cale le sacaba a la viola en Velvet Underground y cuando vio a Lee Ranaldo darle a la guitarra con la baqueta en una visita de Sonic Youth a Granada, su sorpresa fue total. Habían llegado, él y Ranaldo, al mismo sitio de experimentación creativa sin saber el camino del otro. Esa era la compañía de Super 8, atípica por donde se le vea. Original, desde luego. Los Planetas construyeron un estilo asentado en la música popular aunque no mayoritaria.
***
Es difícil dimensionar lo que hicieron Los Planetas desde un lugar que poco tenía de tradición rockera. El flamenco lo abarcaba todo. Luego vendría el paso natural hacia el entretejimiento con la tradición de las alegrías, los palos y las seguiriyas que se materializó con “La leyenda del espacio”, siguiendo el camino ya recorrido por sus paisanos granadinos Lagartija Nick y el gran Enrique Morente. Lejos quedaban todavía sus colaboraciones con el Niño de Elche, el principal agitador y renovador contemporáneo de la tradición flamenca, junto a quien firmaron Fuerza Nueva en 2019. La forma de cantar de J siempre fue flamenca, al menos en espíritu, y aunque él mismo contó en una entrevista con David Saavedra que Los Planetas son para él un grupo de rock, considera que llevan muchos años reivindicando la importancia que el flamenco tiene en la música popular de guitarras.
La alineación de Los Planetas es un espectáculo poco frecuente en los cielos y lo que pudimos ver la noche de la celebración por el Super 8 es un evento insólito, un concierto plagado de nostalgia que no deprime. Es curioso cómo un grupo de canciones que habla de un momento tan específico de estar vivo son comprendidas —por quienes las hacen, incluso, me atrevo a sugerir— hasta que nos hacemos viejos. Es Los Planetas un grupo que se anticipó a sí mismo. No sabemos lo que hacemos sino hasta que miramos atrás.
El espejo que devuelve la imagen de Los Planetas muestra los estragos del tiempo pero también ha dejado ver la perla reluciente en la que se convierte una joya que cuida bien su esplendor, que lo cultiva. Que no se ha dejado abaratar permitiendo engarzarse a otros collares con más fantasía pero más burdos. Me gusta la metáfora del collar de perlas porque me recuerda lo que dice la canción del Columpio Asesino: un collar de perlas que se confecciona a punta de errores. Me desdigo: nostalgia no es. No podría decir que se antoja un pasado que fue mejor, sino que aquel pasado anticipaba ya la obra que construirían a la postre. Es la oportunidad de mirar los cimientos de una casa sin derribarla. Como si pudiéramos iluminar el interior de un edificio y de pronto, por arte de magia, aparecieran los huesos de la construcción.
La renovación sonora y postural que emprendieron Los Planetas es una como pocas se ha visto en la historia de la música en español. La de un grupo que daba la impresión segura y fehaciente de que no querían ser otros más que los que eran. Y eso no es poco. El impulso por construir una dimensión distinta del tiempo y el espacio, espesando las desventuras coloquiales hasta convertirlas en épicas insólitas. Los ramalazos de deseo que golpean nuestra vida hasta moldearla en lo que es: un conjunto de desiertos, montañas, llanuras y desfiladeros.
El goce de Los Planetas vive en estos versos de amor que hace falta para vivir, amor despechado, idilio que acaba en trastes rotos y ropa desperdigada desde el balcón. Sublimar ese sabor amargo y dulzón que deja siempre el despecho y la despedida es tarea que los granadinos han ejercido vivamente. Y lo han hecho a través de una exploración sonora que si bien puede resultar homogénea para el que no es tan cercano a su repertorio, está llena de picos y veredas de éxtasis psicodélico y ruidista.
El espectro de Los Planetas para cantarle al amor se derrama en un universo único y personal en que no abunda la melaza. Es una obra de sentidas meditaciones sobre el amor desbordado, nunca en paz, nunca quieto. Ese amor febril que se lleva muy dentro. Es esa forma en que unos granadinos criados en el cante jondo entienden la punzada del enamoramiento. La obra de Los Planetas es, le pese a quien le pese, una rama de la evolución de la tradición musical de Granada, y esa obra está salpicada de guiños directos o indirectos a los fandangos, los tientos, los caracoles y otros cantos que me gustaría conocer más a fondo. En medio de capas de reverb y paredes de guitarras que cubren a la voz apenas audible, puede también imaginarse que J canta lo que uno quiere que cante. Esta forma de enterrar la voz permite que cada quien se figure lo que le dé la gana, que para eso existen también las canciones, para construir mundos propios.
Un éxodo estelar que puede remitir a la fuga con el ser amado o a la fuga que representa el subidón psicotrópico. Para el arranque de “¿Qué puedo hacer?”, una canción de desesperación amorosa, de necedades y obsesiones, ya queda claro que se trata de un disco distinto, entrelazado por otro lado con la tradición de su lugar de origen, pues la letra remite a un bar mítico de Granada, El Amador. Es su intento por hacer un single que pudiese tener potencial de sencillo para los medios comerciales. Llega “Si está bien” con ese lamento shoegaze que se pregunta con candor y pena si todo en apariencia marcha tan bien, por qué una marejada de dolor le asalta y produce un vacío total. Youth angst a tope. Bien apuntan en Genius que “10,000” no es una canción de deseo morboso, sino más bien de abatimiento, un lugar donde no hay lugar para la pasión, sino un pesar plomizo en el alma que lleva al protagonista a buscar la compañía de una prostituta, pagándole diez mil pesetas, la antigua moneda española.
“Jesús” es una canción en la que se imaginan una conversación con Jesucristo y un mortal. Con ese “solo enséñame para que pueda ver”, sintetizan de golpe un ruego común en la tradición judeocristiana arraigada a la luz y la visión. Psychocandy Jesuschrist. Los epílogos de un romance, un homenaje desgarrador a Ian Curtis en Desorden (“Hay un cuerpo girando en la cocina / Al final de una cuerda atada a una viga / Toda la tarde viendo películas”) y una pesadilla sobre encerrar al diablo en una caja completan el cuadro.
Luego viene el bis, nueve piezas recogidas de Una semana en el motor de un autobús, Unidad de Desplazamiento, Encuentros con Entidades, Zona Temporalmente Autónoma y el EP Medusa, su primera grabación registrada por Elefant Records y descatalogada hace muchos años, cuyas dos primeras piezas hacen acto de aparición para ser las encargadas de abrochar la noche. “Pegado a ti” y la primera canción que escribieron, “Mi hermana pequeña”, cuyo origen se remonta a un día en que J llegó al ensayo leyendo el libro de Raymond Chandler del mismo nombre y Florent sugirió que hiciera una canción con ese título “tan guay”. Da la impresión de que lo que cuenta Florent en Pequeño circo sobre que Los Planetas pisotean y se mean en el dogma, sigue siendo verdad a treinta años de distancia. Su filosofía de “vengo a tocar, no a lucirme”, continúa intacta.
Los Planetas se despiden emocionados de ver tantos pares de ojos que se han desorbitado a cada momento, que han sudado y lloriqueado quizás sumidos entre sus propios recuerdos, de forma que uno ya no sabe si el recuerdo es la canción o la canción es el recuerdo. Esa capacidad para desdibujar las fronteras entre la fantasía de nuestras memorias y la realidad del mundo es el encanto todopoderoso que estos Planetas ejercen entre nosotros.
¿Qué sería de Él Mató a un Policía Motorizado sin Los Planetas? Santiago Motorizado cuenta en el libro Más o menos bien (2018) de Nicolás Igarzábal, cómo sin Los Planetas no existiría en Argentina un tipo llamado Yoni, quien se hace llamar J por Jota y se hizo un grupo llamado Los Japón bajo su inspiración. Es ahora el bajista de 107 Faunos. No existiría Triángulo de Amor Bizarro. Ni Biznaga. Ni Punsetes. Las Ligas Menores mencionan escuchar a Los Planetas en la canción “Renault Fuego”. De tal forma existe esta suerte de Los Planetas-core, que recién se publicó un tributo al grupo, esta vez a piezas de Super 8, con versiones ideadas por algunas de las bandas más exitosas en España en estos tiempos que corren, como Carolina Durante y Alcalá Norte, además de los ya mencionados Él Mató y Punsetes.
Nada mal para un disco que costó un millón de pesetas, lo que hoy equivale a unos seis mil euros, una fortuna de aquel entonces y apenas una décima parte del presupuesto con que contaban colegas como Lagartija Nick. Los Planetas abrieron brecha con el idioma, el único que tenían, pues ninguno provenía de hogares que les permitieran estudiar inglés en un colegio privado. La necesidad es la madre de algunas de las mayores invenciones creativas de nuestra especie. Super 8 es un álbum que habla desde la confusión emocional que muchos seguimos arrastrando hasta nuestros días. Un artefacto que no cedió ante las presiones de la industria disquera, quien desarrolló una obsesión por subir la voz de J unos cuantos decibelios para que se entendiera mejor lo que cantaba, una decisión que a todas luces habría quebrado el estilo planetario de forma irremediable. Un disco de alma pop, salpicado de hachís y LSD, inspirados por el camino lisérgico de Jason Pierce y Spacemen 3. El toxicosmos tomaba forma y Los Planetas comenzaba un viaje que les permitiría incidir en la relación que tiene cada individuo consigo mismo y su manera de entender el mundo. Aquel viaje que propone J al principio del disco, una travesía por el sol en una nueva dimensión.
Luli Serrano Eguiluz
Escritora y locutora, ha colaborado en medios como Rockdelux, Vice, La Semana de Frente, Noisey, Gatopardo, Radio Chilango, entre otros.
Excelente texto, grandes recuerdos y una voz experta en la materia.
Por muchas más colaboraciones de Luli Serrano en Nexos. Una pluma valiosa.
Sigo a Luli desde hace muchos años en Twitter ahora X y sus colaboraciones siempre parecen brillar una más que la otra. Este ensayo es una reseña como pocas hemos visto en el terreno de las reseñas y la crítica musical.
Otro voto por más colaboraciones de su autoría.