De un epistolario de Astrid Lindgren

El 28 de enero, dos décadas atrás, se daba a conocer la noticia de la muerte de la escritora Astrid Lindgren. Algunos la identificarán como la pluma detrás de las aventuras de Pippi Calzaslargas y otros se acercarán a ella por vez primera. Para todos, sin duda, será emotivo leer la correspondencia que Lindgren mantuvo con su fiel amiga, la cantante Louise Hartung. Ese intercambio postal es la inspiración de este texto.

Doña Astrid, de quien ahora se cumplen veinte años de su muerte, era una mujer excepcional. Su correspondencia lo demuestra. Tenía una amiga lesbiana, Louise Hartung, alemana, que se le declaró en una carta llena de pasión y perdidamente enamorada de ella, y a quien le dio calabazas en otra carta llena de ternura y afecto, afirmándole que ella era una hetero irredimible, pero consiguió el milagro de que fueran amigas íntimas hasta la muerte, la de Louise. Incluso emprendieron varios viajes juntas, por la Yugoslavia de entonces y tres veces por el sur de Alemania, amén de un par de encuentros en Berlín y en Ibiza, en la casa que Louise compró allí en marzo 1961.

Las cartas que se cruzaron son un tesoro. Recuerdo en especial una que Astrid le escribe a Louise en esas fechas atareadísimas cerca del Día Internacional del Regalo, al que por inercia siguen llamando Navidad, donde le dice: “¡Ah, qué bien se lo pasa Jesús, que durante todas las Navidades no tiene otra cosa que hacer que estar tendido en su cunita!”.

De que existía, editada, la correspondencia entre Astrid Lindgren y Louise Hartung me enteré cuando estuve documentándome para un largo artículo dedicado a la divina criatura fraguada por AL, Pippi Calzaslargas, en ocasión de su 60.º aniversario. Doce años (1953­–1965) estuvieron remitiéndose cartas ambas mujeres, hasta un total de seiscientas, lo que habla de una amistad y una camaradería ejemplares. Pero es que son además un documento histórico valiosísimo, ya que Louise le escribe a Astrid desde su puesto de trabajo en la Oficina para el Bienestar de la Juventud en Berlín occidental, en una ciudad que en agosto de 1961 se vio cortada, y no por gala, en dos.

Me resultó además fascinante leer en paralelo esa correspondencia y las cartas de Eunice Odio a su compañero sentimental, el pintor mexicano Ricardo Zanabria. En la primera asistimos a una apasionante partida de tenis entre una lesbiana enamorada (Louise) y una heterosexual 100 % (Astrid), que se quieren entrañablemente sin que intervenga en ello el elemento sexual. En las cartas de Eunice, como sólo conocemos las suyas, asistimos a un duro entrenamiento de pelota vasca, donde el frontón (Ricardo) es mudo. Con aquel diálogo la atención va de un extremo al otro de la cancha, con los monólogos de Eunice mantenemos la vista fija en ella y vemos cómo se desnuda espiritualmente de una manera que a veces produce escalofríos. Es lo que también pasa con las Cartas a Ricardo (otro Ricardo), de Rosario Castellanos, una de las joyas más refulgentes de la literatura mexicana, no escasa en ellas.

Se conocieron personalmente Astrid y Louise en octubre 1953, cuando la escritora sueca fue invitada a una serie de lecturas en Berlín occidental, donde se alojó en el departamento de su anfitriona, a la cual le escribió luego desde Estocolmo: “Me gustaría escribir mucho más, pero ya sabe cómo son mis conocimientos de alemán. ¿No es para volverse loca? Te conviertes en una persona por completo diferente cuando no puedes usar tu propia lengua. Y esta otra persona me parece bastante aburrida con su pobre vocabulario”.

Un año después ya se tutean y le escribe: “Tú, no logré sacar la libreta de conducir el 1.9. porque no sé conducir marcha atrás dando la vuelta a las esquinas”.

27.10.1955, Louise a Astrid: “¿Qué serías tú sin melancolía, qué sin tus ojos tristes?”. Y esta frase valga como mínima muestra de la intensidad de la relación que las unía y en la que una y otra se nombraban con apelativos y diminutivos que demuestran el cariño y la confianza que mutuamente se tenían. Si no supiésemos que son tan sólo amigas, parecen de enamoradas. Hay cartas donde se despiden con la palabra hawaiana “Aloha!”, que significa “¡No me olvides!”.

Ilustración: Gonzalo Tassier

En noviembre de 1957, con el mundo pendiente del primer vuelo espacial tripulado, por la famosa perrita Laika, Astrid le escribe a Louise: “Es bastante poco divertido por el momento. No me gusta que un perrito ruso esté flotando en el espacio sobre mi cabeza. El asunto del sputnik te deja helado, creo. Es un pensamiento tan lúgubre que deberíamos empezar a emigrar a otros planetas. [Y más adelante en la misma carta menciona una novela de Zola:] En Thérèse Raquin, que he estado leyendo estos días, se dice en un momento que la buena mujer ha llegado a los 50 años. Esto significa que sólo se es una ‘buena mujer’ cuando se tienen 50 años. Jaja, en seis días seré una buena mujer, será divertido. Pero en mi cumpleaños me esconderé en el bosque como un animalito solitario. Me niego a ser una jubilada”.

El 26 de octubre de 1958 le dice a su amiga: “Y ahora hay un nuevo papa [Juan XXIII], según he oído. ¿No estás contenta de que no eres papa? Qué tema tan maravilloso para alegrarse…, no soy papa y no lo seré nunca”.

Louise, por su parte, le hace el 3.1.1959 un par de recomendaciones a Astrid en lo que se refiere a lecturas filosóficas; y le dedica todo un largo párrafo elogioso al español Ortega y Gasset: “Enseñó filosofía en la Universidad de Madrid, es por completo antidogmático, nada cristiano, absolutamente individual, ni siquiera el fundador de una nueva visión del mundo, dotado de una claridad románica, de un maravilloso y poético sentido del lenguaje y un conocimiento de las personas que los sicólogos envidiarían”. Luego añade lo que sigue: “Idiomáticamente, el más hermoso y claro alemán lo escribió Schopenhauer; Heidegger, por el contrario, casi inventó una nueva oscuridad verbal”. [A mí tampoco me gusta Heidegger, lo poco que he leído suyo, pero le debemos una bella metáfora, o imagen, la del idioma como “la casa del ser”. Aunque cabe preguntarse en qué clase de inhóspito zaquizamí medieval vivía el ser de Heidegger, a juzgar por su idioma].

20.8.1960, Astrid a Louise, hablándole de su primer nieto: “Ayer Karl Johan cumplió un año. He comprado un terreno y una casita destartalada a unos cientos de metros de aquí, donde Karin y todos sus hijos (los que aún quiere tener) vivirán en el verano. Creo que será bastante bueno, porque aunque quiero a mis hijos con locura, a veces tengo que tener mi casa para mí sola”.

En diciembre de ese mismo año, Louise a Astrid: “Hannah Arendt ha escrito un nuevo libro, La condición humana, con el que ahora estoy ocupada. Es incomprensible cómo una sola persona puede ser tan inteligente…”.

Una biografía de George Sand por André Maurois hace que Astrid le escriba estas líneas a Louise en 1961: “Después de Maurois nadie tendrá ganas de leer una sola línea de George Sand. Es una especie de biografía con la que se entierra al muerto por segunda vez. Y en su mayoría sólo se escriben para fabricar un libro propio con un nombre famoso. En cualquier caso, Maurois es demasiado católico y poco sicológico para mí, y ama demasiado poco el objeto de su investigación. Y este me parece un requisito necesario para una biografía”.

El 13.8.1961 vuela Louise desde Ibiza de regreso a Berlín, justo el día en que la RDA empieza a levantar el muro que dividiría a la ciudad hasta 1989. Dieciséis días después, Louise le escribe a Astrid: “¿Recuerdas cuando estábamos de picnic en el bosque de Suabia entre las hepáticas azules y los arbustos de adelfas y perdí los nervios después del primer ultimátum de Kruschof? Bueno, tal y como han salido las cosas ahora, lo preví en su momento y también lo vi llegar un poco más adelante y no muy gratamente para nosotros. Nada de esto me sorprende; mi inversión en Ibiza estaba preparada para el día en que la "ciudad libre" fuera finalmente tomada por los rusos. No quiero volver a vivir bajo la dictadura comunista. Por supuesto, tampoco puedo existir en Ibiza, nada más que del aire y el sol (a pesar de un estómago poco exigente), sólo que no puedo vivir detrás de un telón de acero, prefiero no vivir. Pero no estoy pensando en dejar Berlín, al contrario, sólo quiero sentir que tengo un lugar donde ir en el peor de los casos. Los doce años bajo la dictadura de Hitler me enseñaron que hay que ayudarse a sí mismo”.

También en 1961, cuatro meses después, Astrid a propósito del matrimonio de su hijo: “Boda religiosa en la iglesia de Solna, pequeña y antigua y con mucho ambiente, y es la iglesia de la novia. Pero el pastor confirmó mi opinión de que prácticamente todos los pastores deberían ser fusilados”. (¡Leyendo esto uno cree estar leyéndole los pensamientos a Pippi Calzaslargas!)

En 1963, el año de mi llegada a Alemania, el día de mi cumpleaños Louise le comunica a Astrid que “nuestro” presidente estará la semana próxima en Berlín. Se refiere a Kennedy, quien cerró su discurso ante el ayuntamiento de Berlín occidental, frente a una multitud enfervorizada, con estas palabras: “Ick bin ein Berliner!”, con lo que quiso decir que él era berlinés, cuando lo que dijo, en realidad, es que era “ein Berliner”, o sea, un buñuelo dulce, especie de croqueta casi esférica y azucarada, en cuyo interior el confitero insufla un grumo de mermelada (de ciruela, fresa, grosella, etcétera, a gusto del consumidor). ¡Ah, las trampas del idioma!

El 1.12. de ese año, Astrid a Louise: “Comprendo que estés harta de todas las películas de horror y policiales. Creo que eso tiene que cambiar pronto. Todo este interés morboso debe embrutecer poco a poco hasta la ignorancia. ¿Entiendes lo que hace que la violencia y el crimen sean tan colosalmente atractivos? Estoy convencida de que todos estos gánsteres y películas policiales son terriblemente culpables y son participativas en la delincuencia de los jóvenes. Al fin y al cabo, la formación de su ideal está muy equivocada desde el principio. En la época en que se les inculcaba aquello de ‘la patria primero’ y la bandera azul y amarilla y sé fuerte, caballero de la luz y cosas por el estilo, eso tampoco era tan bueno, pero al menos debería haber algunos ideales humanitarios a los que puedan aferrarse. Aunque el gángster sea retratado como antipático, me temo que los pobres débiles probablemente piensen que así de tough hay que ser. Dentro de cien años, creo que este periodo será considerado uno de los más oscuros de la historia de la humanidad”.

Y un mes más tarde, a fines de enero 1964, de nuevo un juicio negativo sobre el cine, pero en otro orden de cosas: “Por mi parte, nunca he visto nada más aburrido y menos comprometido que El silencio, que ahora la gente corre a ver por las escenas de sexo”.

En el verano de ese mismo año, Astrid, Louise y Gertraud Lemke, entretanto la compañera sentimental de Louise, pasaron unas vacaciones en la casa que ésta había comprado en Ibiza: fueron unos días felices sólo turbados por los calambres y dolores que Louise padecía y que eran síntomas del cáncer que ya socavaba su salud. El 14.9. volaron juntas a Barcelona, donde Astrid se compró un vestido y regalos para sus nietos, y siguieron vuelo al norte, despidiéndose en el aeropuerto de Fráncfort antes de continuar viaje a Estocolmo y Berlín, respectivamente. La enfermedad de Louise hizo necesaria una quimioterapia y el 21.12. voló Astrid a Berlín para visitar a su amiga en la clínica donde estaba hospitalizada: como regalo de Navidad le trajo un viejo disco de vinilo con una grabación de los años veinte, del Lied de Beethoven “Ich liebe Dich [Te quiero]”, cantado por Dietrich Fischer–Dieskau. No se volvieron a ver. El 24.2.1965 moría Louise en su casa, adonde Gertraud se la había llevado contra el parecer de los médicos.

Del epistolario entre Astrid Lindgren y Louise Hartung, que se interrumpe con la muerte de Louise, terminé con la lectura a mediados de diciembre 2019, y seguí teniéndolo al alcance de la mano hasta el día 30, cuando al fin me decidí a devolverlo a su balda, como despidiéndome de un viejo y querido amigo. Y lo hice para enfrascarme en la lectura de otro epistolario, que Louise le descubrió a Astrid, quien lo leyó entusiasmada y se lo comentaba a Louise conforme avanzaba en su lectura. El intercambio postal entre Luise Justine Mejer y Heinrich Christian Boie, desde 1777 a 1785, es de un interés inusitado porque se trata de una correspondencia escrita sin el más mínimo rastro de duda, sin la intención de que alguna vez se llegara a publicar, y de un valor historiográfico enorme porque nos permite echarle un vistazo al interior de la vida alemana, a la intrahistoria alemana de aquellos años. El título del epistolario resulta muy simpático: Sí que fui sabio al encontrarte, una frase tomada de una carta del escritor Matthias Claudius a su esposa Rebecca. Pero el libro es uno que amerita todo un artículo aparte. Les queda prometido.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

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Publicado en: Resurrectorio

4 comentarios en “De un epistolario de Astrid Lindgren

  1. Qué interesante epistolario y que buenísima narración del mismo.
    De modo que a la alemana le encantaba Ortega y su amigo Gasset.
    (Miraré si ambos epistolarios están traducidos al español, aunque lo dudo)

  2. Ricardo Bada hace una narracion interesante del epistolario donde se percibe la inteligencia de Astrid y pinceladas del mismo. Sera interesante leer mas del epistolario.

    1. Gracias por leerme, y lamentablemente creo que ese epistolario tal vez no se traduzca nunca a nuestro idioma, de manera que los lectores del mismo se quedarán sin conocer uno de los más apasionantes documentos de una relación humana entre dos mujeres de dstintas nacionalidades e inclinaciones sexuales y que llegaron a ser íntimas amigas. Hay pocos ejemplos de epistolarios así en la literatura universal. El único parangonable que conozco, aunque se trata de dos mujeres heterosexuales, es el de las cartas que se cruzaron entre Hannah Arendt y Mary McCarthy, y ese sí está traducido al castellano, bajo el título “Entre amugas”, y se lo puedo
      recomendar con la seguridad de que le va a gustar.

  3. Perdón por el teclazo mal dado, el libro se titula, naturalmente, “Entre amigas”. Vale.

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