La marcha contra el uso de las armas en Washington el pasado sábado tuvo las características típicas y rituales de cualquier manifestación política, con una pequeña pero significativa excepción: estuvo llena de niños y adolescentes. La siguiente crónica reflexiona sobre los usos del silencio en nuestra sociedad hipermediatizada y la presencia de los más jóvenes como símbolo de un futuro acaso menos decepcionante que el que podríamos imaginar.
Nadie voltea a verlas. (¿Verlos?) No sé qué son. Sé que están alimentadas de alguna manera por generadores eléctricos ruidosos. Sé que se levantan por encima de la multitud: dos postes metálicos que fungen como soporte de las esferas blancas. Grandes. Como las pelotas de tenis imposibles que los jugadores firman cuando van rumbo a los vestidores. Más grandes. Como globos terráqueos sin relieve alguno, sin el río Yangtsé, sin dibujitos. Más grandes: como pelotas de playa (¿quién juega con ellas?), como pelotas inflables en un concierto. La diferencia es que aquí el público está abajo y ellas arriba, inmóviles, inalcanzables. Están detrás de una reja tapada con una malla negra y coronada por un alambre de púas. Toda la escena grita a los transeúntes: mírame, no me mires, y los transeúntes, por supuesto, obedecen.
Las pelotas están conectadas a algo con cables que van a algún lugar. La descripción parece imprecisa, pero que arroje la primera piedra quien sea capaz de explicar con otras palabras lo que hace su microondas. Hemos firmado el mayor contrato de confianza colectiva en la historia: la tecnología es eso que sabemos operar, pero que no sabemos cómo opera. De alguna manera el asunto ni nos preocupa ni nos molesta. Solo a la luz de esa confianza inaudita en nuestros compañeros de especie (¿cuándo ha sido bien recompensada?) se explica que la cofradía de las pelotas blancas haya optado por salir de la camioneta sospechosa que ocupaban en la esquina y plantar confianzudamente sus monolitos burdos a la vista de todos. “¿Qué será eso?”, le pregunto a alguien. Antenas, me contesta con una calma envidiable, como si nada malo pudiera venir de ello. Como si la palabra misma, a través de décadas de condicionamiento —antena del teléfono para llamar a la abuelita en Zacatecas, antena de televisión para ver a Messi en Marruecos— tuviera ya una carga positiva.

Pero estamos en Washington. No la esquina arbolada, casi canadiense, del oeste del continente, sino la capital de Estados Unidos; DC, pues, para entendernos. DC, donde este sábado 24 de marzo, del 2018, se junta en la avenida Pensilvania la segunda manifestación más nutrida, numerosa, de la presidencia de Trump. (El señor mismo un fenómeno que quizá pertenece a las cloacas y que, sin embargo, se pasea confianzudo por Washington). La marcha por nuestras vidas se llama la manifestación, y ese plural se refiere a los estudiantes, en su mayoría adolescentes, que se niegan a ser las próximas víctimas en un tiroteo masivo en el salón de clases.
Estamos en Washington, decía, lo cual significa cosas. Entre otras: aquí despacha el gobierno del país más poderoso del mundo; aquí hay más periodistas para cubrir la marcha que en Misuri; aquí es donde el ex jefe de la CIA investiga al equipo del presidente; donde Nixon espió a los demócratas; donde el padre Merrin llevó a cabo su exorcismo; donde la sospecha, la traición, la intriga, los papeles del Pentágono y las gargantas profundas tienen su nido y, sin embargo, esas, seguro, solo son antenas.
Supongamos que lo son. Pues entonces, ni siquiera en medio del comercial ubicuo y gratuito de eso que se llama Cambridge Analytica —una compañía británica especializada en la obtención y comercialización de datos personales a través de Facebook—, la gente en Washington voltea a ver las esferas blancas y dice: caramba, ¿y eso?
Se entiende: hay cosas más importantes que merecen un reclamo este sábado. Entre ellas: alto a la venta indiscriminada de rifles automáticos diseñados para el ejército. Diecisiete personas —entre ellas catorce estudiantes, ninguno mayor de dieciocho años— fueron asesinadas el pasado catorce de febrero en una escuela preparatoria en Parkland, Florida. El responsable fue un ex estudiante del plantel, de diecinueve años, armado con el mismo rifle que usó el asesino de veinte niños en una escuela de Connecticut en 2012, que a su vez era el mismo que utilizó el asesino de veinte personas en un cine de Colorado ese año, que a su vez era idéntico al que utilizó el asesino de catorce personas en una oficina de San Bernardino, California, en 2015.
Les tomó a los estudiantes sobrevivientes del tiroteo en Parkland poco más de un mes armar una protesta masiva en Washington, en la avenida que conduce al Capitolio, para pedir que los políticos hagan algo al respecto. Las soluciones —las razones mismas de la protesta— eran tan variadas como la naturaleza de las cartulinas que llevaban los asistentes a la marcha. Cada marcha tiene sus cartulinas estándar: el lema que se ha repetido ya mil veces en la televisión; la imagen bicolor que ya se hizo popular en Facebook; el chiste que parece original hasta que lo ves impreso en las tres pancartas que van en el asiento frente al tuyo en el metro. Sin embargo, cada marcha también inventa su propio lenguaje, referencias y universos de papel cascarón gracias a la creatividad empeñada de unos cuantos.

Pese a que los jóvenes eran los protagonistas del evento (y lo fueron entre los manifestantes: ahí estaban chicos y más chicos con sus amigos, allá estaban niñas con sus compañeras de clase, acá andaban con su grupo de la iglesia, más allá con sus profesores, con sus padres), parecía que los mejores carteles en Washington habían sido redactados por adultos. Eran los más ingeniosos, los más inteligentes, los más sintéticos. No tiene sentido reproducir los lemas aquí porque parece una traición a la naturaleza intrínseca de cualquier protesta: convertir a la literatura mínima en algo urgente, en una experiencia compartida pero efímera. Me parecía, por un momento, como si los adultos, los viejos, descubrieran lo que se sentía estar en Twitter; pero quizá era al revés: quizá los chicos veían que también en la calle había espacio para gritar lo que uno quisiera; que también ahí había chistes buenos (y uno podía felicitar de viva voz a sus creadores); que las conversaciones públicas también podían ocurrir en el espacio público.
Es tentador: no ser niño, no ser ya adolescente y decir: aprendieron, vieron. Es tentador (y cursi) decir también: nos enseñaron, aprendimos de ellos. Pero es certero decir que en nuestros tiempos de estímulos audiovisuales ininterrumpidos —y ayer, para los manifestantes, ponían canciones de Ariana Grande y Miley Cyrus— el silencio puede ser tomado como una postura radical. Quien no responde un mensaje de Whatsapp en un lapso de cinco horas es ya un anacoreta. Quien puede proponer matrimonio sin público, virtual o presente, es un completo excéntrico. Que una de las sobrevivientes del tiroteo, la del millón y medio de seguidores en Twitter, la que todo mundo esperaba que hablara sobre el templete, se quedara callada durante cuatro minutos y veintiséis segundos, que los cientos de miles de personas que estaban con los ojos puestos en las pantallas a lo largo de la avenida se quedaran también callados durante ese tiempo, fue un verdadero acontecimiento.
Más allá de eso habría que decir que las propuestas son múltiples; que las soluciones imaginadas van de lo alcanzable a lo hiperbólico. Si las armas hacen de Estados Unidos un país seguro, decía una mujer, deberíamos ser el país más seguro del mundo. Y no: los niños que salieron a la marcha en Washington llevaban cartulinas cortadas como mirillas que se colocaban frente al rostro. “¿Sigo yo?”, preguntaban. ¿Cuántos en México podrían usar la misma pancarta? ¿Qué les dijeron los padres a esos niños durante el desayuno acerca de los planes del día? Sea cual sea la manera en que se desarrolló la conversación, la marcha tuvo el efecto primero y primario de provocarla: de hacer que, de una manera o de otra, los adultos tuvieran que dar explicaciones; los niños escucharon —los niños de Georgetown, los que pueden irse de vacaciones en Tailandia, los que conocen los coches eléctricos— que no viven en el paraíso.
“Las protestas masivas son ensayos de la conciencia revolucionaria”, decía John Berger. No se forman como respuesta ante algo, sino que crean su función en el momento mismo del aglutinamiento: la reunión pública como desafío. En las calles, los manifestantes dramatizan el poder del cual todavía carecen, para seguir con Berger, y quizá eso nunca sea más cierto que cuando se trata, literalmente, de niños. La marcha es la expresión de una ambición política que se enuncia antes de que hayan sido creadas las condiciones para ser alcanzada, escribió el inglés. Los niños, vale la pena recordarlo, son los creadores de ese método infalible para engañar al sistema llamado “ponerse de puntitas”.
Luis Madrigal
Periodista. Cursa la maestría en Escritura Creativa en NYU, Estados Unidos.